Los Sullivan de Seattle, Libros 1-3 (Colección Los Sullivan nº 4) Capítulo 12
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Capítulo 12

CAPÍTULO DOCE

Ford dejó encantado que Mia le sacase por un lateral del granero y le arrastrase a través de un patio de ladrillos hasta un pequeño edificio auxiliar.

El almacén estaba oscuro y olía a cuero y a viejas planchas de madera, pero tenía un tragaluz en la parte más alta del tejado que dejaba entrar la luz del sol.

Una luz que caía sobre el brillante cabello de Mia como si fuese un halo.

—Me pillaste por sorpresa en la casa del torreón el viernes, pero ahora que he tenido algo de tiempo para pensar, he decidido que ya es hora de que te diga muy clarito lo que pienso. —Entrecerró los ojos—. Y ni se te ocurra largarte hasta que haya terminado.

—No hay ningún otro lugar en el que preferiría estar —dijo él con honestidad—. Y ninguna otra persona con la que preferiría estar tampoco.

Él vio el efecto que sus palabras tenían en ella antes de apartarse un paso de él, con una mano en el pecho como si eso fuese suficiente para evitar que lo que él sentía por ella le afectase.

—Este es justo uno de los grandes problemas que tengo contigo.

Eres muy bueno con las palabras. Demasiado bueno.

Cuando nos conocimos, yo solo tenía veintitrés años.

Los tatuajes y los pantalones de cuero ya me habrían dejado medio pillada, pero ¿cómo no iba a tragarme cada palabra que salía de tu boca, tanto si las cantabas como si las decías?

Durante mucho tiempo, me daba bofetadas a mí misma por ser tan estúpida, tan ingenua…

Pero luego me di cuenta de algo. —Pareció resignada al decir—: No creo que hubiesen tantas mujeres que no se hubiesen enamorado de ti como lo hice yo.

—Tú ya tenías más de la mitad del camino ganado con tu vestidito ajustado color plata y tus ojazos —le dijo él—, pero no fuiste la única que no solo se enamoró del aspecto exterior, Mia.

No solo eres hermosa. También eres inteligente.

Estás llena de vida. De dinamismo. Hay un millón de mujeres hermosas ahí fuera, pero jamás ha habido nadie igual que tú.

Mia soltó un sonido de incredulidad.

—Eres una enciclopedia musical andante, así que sé que conoces esa canción de Joni Mitchell en la que canta sobre hermosas mentiras.

Como acabo de decir, en eso eres un maestro, Ford.

Pero eso solo funciona si la mujer con la que estás todavía quiere creer en caminos de rosas y besos con hombres hermosos como tú.

—Ella meneó la cabeza—. Yo ya he superado esa fase.

—Nada de lo que te he dicho nunca era mentira.

Ni entonces, ni ahora. —Pero ella ya había dejado claro que las palabras bonitas no iban a ayudar a su causa, así que él las dejó atrás de golpe diciendo—: Y tampoco lo es el hecho de que ninguno de los dos haya tenido jamás una conexión tan fuerte ni tan profunda con nadie más.

—Típico de la estrella del rock transformar el sexo ardiente en conexión profunda.

—El sexo más ardiente que he tenido jamás —aceptó él—, pero ¿quién es la que está mintiendo ahora? Maldita sea, sabes muy bien que lo que tuvimos fue más que eso.

—Solo tú estarías así de seguro de que nunca he tenido esa conexión con otro hombre.

—Si ese hombre existiera, ya te habrías casado con él. —Le soltó él rápidamente.

—Tampoco me casé contigo.

—No te casaste conmigo porque yo fui un idiota.

Y si creyera que podría existir una maldita posibilidad de que accedieses a casarte conmigo ahora, te arrastraría ahora mismo ahí fuera para que la madre de Marcus nos casase en medio de este viñedo con toda tu familia presente para ser testigos de ello.

Vio como los turgentes y hermosos labios de Mia se abrían ligeramente, sorprendidos.

—¡Basta! Deja de decirme esas cosas.

El viernes, ni se había acercado a decirle todo lo que necesitaba decir. Hoy, se lo iba a jugar todo, incluyendo su orgullo.

—Tienes razón en lo de que montar todo eso del comprador anónimo no estuvo bien.

Estaba haciendo las mismas gilipolleces de siempre.

Pero quería venir a la boda de Nicola mucho antes de saber que estabas emparentada con Marcus.

—Ella pareció sorprendida de que admitiera eso, y cuando no le hizo callar inmediatamente, él espero que estuviese por fin preparada para creer que lo que estaba diciéndole era cierto—.

Soy otro hombre, Mia. Y espero haber aprendido lo suficiente esta vez para admitirlo cuando lo hecho mal, cuando la he jodido…

Y para intentar no repetir los mismos errores que cometí hace cinco años.

Pero claramente, esas admisiones de culpa no eran suficientes, porque ella meneó la cabeza y se apartó un paso de Ford.

—No puedo volver a hacer esto otra vez, Ford. Simplemente no soy capaz.

—Dime por qué. Dime por qué no puedes creerte que te quiera.

Dime por qué no te creerás que nunca he dejado de amarte.

Dime por qué no vas a escucharme cuando te diga que lo siento por lo que hice hace cinco años.

Lo siento tanto, joder, que he vuelto a visualizar en mi mente lo idiota que fui al menos mil veces.

Ford no se había enamorado de Mia solo porque era guapa y le hacía reír. Se había enamorado de su fuerza.

Una fuerza que ella estaba usando ahora para asegurarse de no permitirle acercarse.

—Lo de Miami fue… —Ella respiró, tan hondo que su pecho se estremeció—. Fue horrible. Entrar en el backstage y encontrarme con esa extraña manoseándote fue como estar atrapada en una pesadilla de la que no podía despertarme.

—Mia. —Intentó tocarla para librarla con una caricia de los recuerdos de esa pesadilla, pero ella levantó rápidamente una mano para detenerle.

—Has dicho que querías saber por qué, y no puedo hacer que mi cerebro funcione bien cuando me tocas.

Archivando esa confesión accidental para más tarde, Ford dijo:

—Quiero saber por qué. No puedo soportar verte ahí de pie, con ese dolor, y saber lo que te hice.

—No te cuelgues demasiadas medallas, estrella del rock. Como he dicho, era joven y estúpida y quería creer en unas fantasías que jamás podrían haberse hecho realidad.

—No había tocado a nadie más aquella semana después de marcharme de Seattle. Y esa chica de Miami, te juro que no significó nada para mí.

—Guau, toda una semana entera sin una grupi en tu cama —dijo ella con tono sarcástico—. ¿Crees que eso mejora en algo lo que hiciste? ¿Crees que te hace ser menos gilipollas?

—No. Ya no. Entonces, era un crío inmaduro que se empeñaba en quedarse en su rincón con uñas y dientes y en decirse que tenía razón al hacer lo que había hecho, durante demasiado tiempo.

—Ford soltó aire con fuerza—. Pero ahora que sé que jamás debí haberte dejado con el ultimátum de que o estabas dentro del todo o te quedabas fuera.

—Así que sabes lo que hiciste.

—Ahora lo sé —le dijo—, pero entonces, cuando no te lanzaste de cabeza ante la oportunidad de irte de gira conmigo, estaba seguro de que significaba que tú no me querías del mismo modo en que yo te quería a ti.

—Me pediste que lo dejara todo, mi vida entera, y apenas me diste quince minutos para decir que sí, hacer las maletas y subirme a ese autobús —Sus ojos destellaron, heridos—.

Actuaste como si tu vida fuese la única que tuviese importancia.

Como si mi familia, mi carrera y mis propios sueños fuesen tan solo una nota al pie en el show de Ford Vincent, y se suponía que yo debía sentirme afortunada por formar parte de él.

—Todo lo que pensaba que quería me estaba llegando rápido y fácil, servido en bandeja de plata.

Fama. Dinero. Reconocimiento. Y entonces, de repente, ahí estabas tú.

No te estoy diciendo esto para ponerte excusas.

No hay ninguna para lo que hice ni por todo el tiempo que estuve intentando convencerme de que tenía razón.

Pero necesito que sepas que jamás te pediría que tomases una decisión así nunca más.

—Vale —dijo ella lentamente. Era la primera vez que parecía haber aceptado una de sus disculpas—. Pero lo que me hizo daño no fue solo ver a esa chica medio desnuda en tu regazo. Fue más la forma en que menospreciaste mi carrera y mi vida en Seattle. Tú me hiciste daño.

—¿Cómo?

Pero él sabía cómo, ¿verdad? Porque cuando ella le había dado una vía para cambiar en la casa del torreón el viernes por la mañana, él no la había cogido.

Y cuando ella suspiró esta vez, él sintió que había dejado caer la mayor parte de sus murallas.

Ya no parecía estar particularmente enfadada con él, y el sarcasmo se había esfumado, también.

Pero la decepción seguía allí.

Por desgracia, sabía por experiencia personal con sus padres que la decepción no era un paso para alejarse del enfado. Era una herida que iba mucho más profundo.

—Tantos primos míos se han enamorado este año…

—le dijo—. Y mi hermano Rafe también. Solo he estado viendo esas cosas desde la barrera, pero algo que he presenciado una y otra vez con cada uno de ellos es que ellos y sus parejas confían el uno en el otro.

Por completo, especialmente hablando de las partes de sí mismos que nunca habían tenido el valor de compartir con nadie más.

Sé que tú y yo éramos jóvenes, y no estoy diciendo que tú no estuvieses en una posición muy loca con tu carrera y tu vida personal todas creciendo de golpe a la vez, pero aunque dijiste que me amabas, nunca compartiste conmigo mucho más de lo que compartías con tus fans cada noche en el escenario.

Él sabía que no había sido más fácil para ella decir esto de lo que lo había sido para él escucharlo.

—Si me das otra oportunidad, Mia, te prometo que esta vez no la joderé.

—Yo… —Sus ojos estaban muy abiertos, y claramente en conflicto, pero entonces él los vio llenarse de una triste determinación—.

Lo siento, Ford. Creo que es genial que por fin hayamos aclarado el pasado.

Y quiero que sepas que te perdono por todo lo que pasó hace cinco años, incluso por la forma en que me atacaste por la espalda el viernes en la casa del torreón y de nuevo hoy durante la ceremonia.

Pero ha llegado el momento de que siga con mi vida.

—Se detuvo y le miró directamente a los ojos—. Sin ti.