Capítulo 11
CAPÍTULO ONCE
—Queridos amigos y familiares, estamos encantadísimos de que estéis hoy aquí para celebrar el amor de Marcus y Nicola.
Cuando Mary Sullivan se dirigió a los asistentes, Mia luchó por contener las lágrimas que ya le estaban empezando a brotar.
El problema era que solo con ver a Nicola caminar por el pasillo ya se le había hecho un nudo en la garganta, y cuando Marcus había sido demasiado impaciente y no había podido contenerse de correr y robarle la novia as su padre…
Bueno, ¿podría acaso haber algún otro ejemplo más hermoso de lo mucho que la amaba?
Mia nunca había sido ninguna llorona. De pequeña aprendió que si quería que sus hermanos la incluyeran en sus aventuras, debía aguantarse cuando se caía de los sitios y se hacía daño.
Pero había decidido también hacía bastante tiempo que en las bodas familiares tenía permitido romper su regla de no llorar.
Siempre eran experiencias altamente emocionales para ella, y para cuando la novia hizo su aparición y se intercambiaron los votos, Mia ya estaba inevitablemente perdida en un mar de sentimientos.
Hoy, no era llorar lo que no estaba contenta de hacer. Era el permitir que cualquier parte de ella bajase la guardia cerca de Ford. Porque un estado altamente emocional era un punto terrible en el que encontrarse con él sentado cerca de ella.
Tendría que mostrarse dura como el acero cerca de él. O debería acordarse de estar enfadada para mantener sus muros levantados. Ambas reacciones habrían tenido lógica.
Cualquier cosa tenía lógica ahora, excepto sentir que era demasiado, demasiado bueno, demasiado adecuado estar sentada así de cerca de él.
No. Necesitaba dejar de centrarse en Ford.
Hoy la cosa iba de Marcus y Nicola. Si no podía evitar llorar, c’est la vie.
Lo importante era que sus lágrimas no tenían nada que ver en absoluto con el hombre que había tenido el cuajo de colarse en el granero y colarse a su lado en ese banco ya abarrotado.
Demonios, ahora mismo ella se sentía prácticamente como si estuviese sentada en su regazo…
Y se negaba a admitir para sí misma lo sexi que le resultaba esa idea.
¡Mia, céntrate!
Con la precisión de un láser, dirigió la mirada hacia su primo, sabiendo que Marcus nunca había parecido tan feliz.
Estaba tan contenta por él… Especialmente teniendo en cuenta cuánto había dejado su vida en suspenso cuando falleció el tío Jack y Marcus había tomado las riendas de la familia para ayudar a criar a sus siete hermanos y hermanas menores.
Todos y cada uno de los que estaban en el granero podían ver cómo miraba a la novia, como si ella lo fuese absolutamente todo para él.
Era la expresión que ella veía regularmente en los rostros de sus primos y de su hermano cuando miraban a las mujeres de las que se habían enamorado. Pero, se encontró pensando por primera vez, ¿no había visto ella esa mirada recientemente de una forma más cercana? ¿Pero dónde?
De repente, cayó: ¡Era exactamente cómo la había mirado Ford cuando la vio entrar en el torreón el viernes por la mañana!
¡Oh, Dios…! No podía estar en lo cierto sobre esto, tenía que ser que había tomado alguna copa de más ese viernes por la noche con las chicas y eso le estaba afectando, junto con la falta de sueño, la semana estresante de trabajo, y todas esas emociones en el granero.
Y aun así, incapaz de detenerse a sí misma, la estupefacción pura ante la idea de que eso podría ser verdad, hizo que se volviese a mirar directamente a Ford por primera vez desde que se había colado a su lado.
¿De verdad es así cómo te sientes sobre mí?
Como si él hubiese podido leerle la mente, sus ojos oscuros le sostuvieron de inmediato la mirada. El calor y la emoción que albergaban la dejaron clavada en el sitio mientras hubiera jurado que él le había respondido:
Siempre.
De algún modo, Mia consiguió apartar la mirada.
Se obligó a seguir respirando despacio en respiraciones regulares hasta que consiguió devolver a la normalidad su ritmo cardíaco.
Ese había sido siempre su problema con Ford: Cuando lo tenía cerca, su cerebro se colapsaba y se iba directo a Loquilandia, donde las estrellas del rock que normalmente iban saltando de cama en cama cada noche lo que en realidad deseaban era estar con la misma mujer durante el resto de su vida.
Sí, sabía que sus primos, Smith y Ryan, eran ambos dos grandes estrellas que podían haber seguido saltando de cama en cama para siempre si hubiesen querido en vez de estar felizmente comprometidos con unas mujeres alucinantes.
Aun así, el mundo del cine y el del deporte profesional nunca parecía realmente quedar al nivel de pecado del de las estrellas del rock.
De hecho, sin pensarlo demasiado, podía pensar en media docena de historias publicadas por grupis explicando lo desenfrenado que era el sexo no exclusivo dentro del negocio de la música.
Y no era de extrañar que la estrella del rock sentada a su lado ahora desprendiese tanta energía sexual, dado lo devastadoramente sexi que estaba con su traje oscuro y su corbata, con esa barba incipiente que a menudo llevaba recién afeitada y con un sombrero bien calado sobre su pelo ligeramente demasiado largo.
¿Qué mujer no se lanzaría a sus brazos? Una vez que los invitados de la boda se dieran cuenta de que estaba aquí, a Mia no le sorprendería que unas mujeres que por regla general aparentaban estar cuerdas se pusieran a lanzarle sus sostenes.
Como si él supiera que ella estaba catalogando cada elemento concreto que lo hacía ser tan sexi, le pudo ver sonriendo por el rabillo del ojo. Estaba claro que él creía que estaba ganando este round entre ellos.
Pero Mia ya había jurado no permitirle ganar ni una sola cosa en lo que a ella se refería. Llena de una renovada determinación, utilizó hasta el último gramo de energía para volver a centrarse en lo que estaba diciendo su tía Mary.
En vez de hablarles a los invitados, Mary le tendió una mano a Nicola.
—En cuanto hablé contigo aquella primera noche en que conociste a mi hijo, sabía que ibas a cambiarle la vida de la forma más extraordinaria posible.
—Mary cogió entonces la mano de Marcus y los tres se quedaron así agarrados mientras ella decía—: Oh, cariño, yo…
—Cuando se emocionó demasiado como para continuar, se rio suavemente a través de sus lágrimas y dijo—: Creo que es el momento de que Nicola y tú pronunciéis vuestros votos.
Ni Marcus ni Nicola habían hablado aún cuando Mia ya estaba secándose las lágrimas que rodaban por sus mejillas.
Podía sentir los ojos de Ford clavados en ella, pero no tenía forma alguna de contener sus emociones durante un segundo más, ni sabiendo que él iba a aprovecharse de su debilidad después.
Marcus y Nicola se volvieron para mirarse el uno al otro, con las dos manos cogidas.
Tenía que haber más de trescientos invitados allí delante, pero a Mia le dio la sensación de que su primo y su novia solo eran conscientes el uno del otro.
Marcus se llevó las manos de Nicola a los labios para darle un beso antes de que ella empezara a hablar.
—La noche en que nos conocimos —empezó Nicola con su voz melodiosa, que se escuchó por todo el granero gracias a todos sus años en los escenarios—, tu madre me dijo que eras uno de los mejores hombres que ella había conocido.
Y luego me dijo que estando contigo estaría segura.
—Nicola se volvió hacia Mary—. Gracias por el maravilloso trabajo que has hecho al criar al hombre con el que voy a pasar el resto de mi vida, amándole con toda mi alma y todo mi corazón.
Mary sonrió a través de las lágrimas que se iba secando, una tras otra.
Nicola se volvió a mirar a Marcus y dijo con una voz que temblaba de amor y maravilla:
—Todas las canciones de amor más grandes del mundo juntas no podrían acercarse a expresar lo mucho que te amo. Y te prometo que cada día intentaré amarte todavía más de lo que lo hago ahora.
Marcus enredó sus manos en las ondas del cabello suelto de Nicola y la atrajo para darle un beso que casi prende fuego al granero.
Y gracias a Dios que lo hizo, porque por fin eso le dio a Mia unos cuantos segundos para intentar meter en vereda sus lágrimas que escapaban libremente.
No era la única que estaba perdiendo la compostura, dados todos los sollozos y suspiros de la gente que tenía a su alrededor.
Justo entonces, Ford estiró la mano y le secó suavemente una de sus lágrimas. Su mano se quedó en su mejilla varias fracciones de segundo de más, lo bastante para que ella sintiera que la corriente entre ellos seguía siendo súper-fuerte, daba igual lo mucho que ella deseara que no fuese así.
En ese momento, ella no podría haberse obligado a apartarle la mano, pero por primera vez, él no tentó a la suerte. Y cuando apartó la mano de su piel, ella sintió si falta en lo más profundo.
Al volver a mirar a los novios, Mia vio que estaban tan pegados que el vestido de boda de Nicola se había enredado en las piernas de Marcus.
—En el primer momento en que te puse la vista encima —dijo Marcus, y su voz profunda y resonante llenó el granero—, supe que eras la única para mí.
Y en cada momento desde entonces, me he ido enamorando cada vez más de tu inteligencia, de tu talento y sobre todo, de tu corazón asombrosamente bello.
Hasta que te conocí, nunca había entendido de verdad el significado del para siempre.
Esta vez, Nicola fue la que levantó las manos, le cogió la cara y lo atrajo para otro beso.
Mia había asistido al menos a una docena de bodas a sus veintimuchos; bodas que eran acontecimientos alegres y divertidos, pero en los que todo el mundo ponía mucho cuidado en seguir las normas.
Solo en las bodas de sus primos se mandaba a paseo el guion de esas normas.
El amor era lo único que importaba y los Sí, quiero, llegarían cuando tuvieran que llegar.
Cuando Nicola y Marcus se volvieron hacia su madre para que pudiese terminar con los votos y pronunciarlos marido y mujer, Marcus sonrió y dijo:
—Y de nuevo gracias, mamá, por decirle exactamente lo correcto a Nicola aquella noche cuando se preguntaba si debía irse del club conmigo o no.
Los invitados regresaron de nuevo de las risas a las lágrimas cuando, con una voz cargada de orgullo y de amor, Mary Sullivan anunció por fin:
—Yo os declaro marido y mujer. Y —añadió con una enorme sonrisa—, ahora puedes besar a la novia. Otra vez.
Todos los invitados se pusieron a aplaudir ruidosamente cuando Marcus y Nicola volvieron a besarse de nuevo.
En cuanto los novios empezaron a recorrer el camino del pasillo, seguidos por sus damas de honor y padrinos, Mia agarró un puñado del traje negro de Ford con la mano y tiró de él para susurrarle más de cerca:
—Tenemos que hablar. Ahora.