Los Sullivan de Seattle, Libros 1-3 (Colección Los Sullivan nº 4) Capítulo 8
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Capítulo 8

CAPÍTULO OCHO

El sábado se le pasó volando, repleto de visitas a casas para un CEO con pasta que estaba planeando mudarse de Nueva York a Seattle. Mia no tuvo ocasión de respirar hasta que por fin se subió al avión que la llevaba al Valle de Napa.

Siempre había tenido mucha energía. Su pobre madre había tenido que perseguirla por todo Seattle cuando era pequeña solo para intentar que estuviese cansada a la hora de irse a la cama.

Pero hoy le había costado el doble de lo normal mantener la sonrisa en la cara.

Porque a pesar de lo mucho que las chicas habían salido en su ayuda la noche anterior en el bar, Mia todavía no había conseguido sacarse a Ford del todo de la cabeza y se había pasado casi toda la noche dando vueltas en la cama.

Y lo peor había sido que una de las propiedades a las que había llevado al CEO era la casa con el torreón que tanto le había gustado a Ford.

Cuando el CEO le había dicho que pensaba que el torreón era «un pegote» en una casa que por lo demás era bastante «decente», Mia se había sentido consternada por el alivio que la invadió, casi como si Ford fuese la única persona que debería quedarse con esa casa.

¿Dónde estaba su legendario autocontrol, se había estado preguntando una y otra vez desde la mañana anterior?

Normalmente estaba más que contenta de aceptar una copa de champán de la azafata de primera clase y entablar una conversación con el hombre de negocios sexi y soltero que le hubiese tocado en el asiento de al lado del avión.

Hoy, sin embargo, no solo rechazó la bebida espumosa, sino que también le prestó más atención al Excel que estaba revisando en su portátil que al tío bueno que se había sentado a su lado.

El problema era que si se permitía a sí misma relajarse, aunque solo fuese un segundo, con un vaso de vino, se temía que los recuerdos del súper sexi beso que casi le había fundido los plomos con Ford regresarían con saña…

Y la dejarían atrapada por su deseo por él a treinta mil pies de altura.

Desgraciadamente, la mera idea de intentar no pensar en el beso de Ford era suficiente para distraerla de la pantalla. Cuando el tío sentado a su lado creyó que ella estaba intentando establecer contacto visual, le preguntó de inmediato:

—Entonces, ¿es este viaje a Napa por negocios o por placer?

Ella apenas pudo conjurar una sonrisa coqueta mientras decía con sencillez:

—Mi primo va a casarse —y luego volvía a centrar descaradamente su atención al ordenador.

¿Qué demonios estaba pasando con ella? Primero, había echado a James del bar anoche, y ahora parecía haber perdido no solo su habilidad de coquetear, sino las ganas de hacerlo también.

Ford ya le había robado el corazón todos esos años atrás.

No iba a dejar que también le robase la alegría de flirtear y lo mucho que disfrutaba conociendo a gente nueva.

Mia cerró el portátil de golpe y se acercó tanto al tío que prácticamente pareció que iba sentada en su regazo.

—Lo que quería decir es que soy Mia y que este es un viaje de placer. —Hizo una seña a la azafata para pedirle una de esas copas de champán—. ¿Y que hay ti? ¿Negocios… —Bajó la voz con picardía antes de decir—: o placer?

Perdonada al instante por el corte que le había pegado un minuto antes, averiguó que su nombre era Scott, que era un representante de ventas de treinta y cuatro años para una empresa de calzado italiana, y que la había visto en la sala de espera del aeropuerto antes del vuelo y que no podía creerse su suerte por estar sentado a su lado.

La conversación era encantadora, todo lo que él le dijo era halagador, y lo mirase como lo mirase, él era prácticamente el tío perfecto.

Pero cuando se bajaron del avión y ella se alejó hacia la limusina que la esperaba fuera del pequeño aeropuerto del Valle de Napa, no pudo obligarse a sentir que no le importaba un pito si volvía o no a ver a Scott de nuevo.

La limusina llevó a Mia directamente a la casa de su primo en Napa.

Marcus Sullivan era el dueño de las Bodegas Sullivan, un exitoso negocio de cultivo de viñedos y producción de vinos en el corazón del condado.

Él y Nicola vivían juntos allí cuando su futura novia no estaba en la carretera haciendo giras por el mundo para promocionar su carrera musical.

Mia estaba asombrada por cómo había cambiado Marcus del todo su vida, de una forma tan tremenda, para poder estar con Nicola todo lo posible.

Dirigía un negocio muy lucrativo, y ella sabía que él podría haberse quedado fácilmente en Napa los trescientos sesenta y cinco días del año para centrarse en su bodega en vez de en la mujer que amaba.

Mia se preguntaba qué es lo que habría hecho que Marcus se decidiera a hacer eso. ¿Le habría dado Nicola un ultimátum como el que Ford le había dado a ella, exigiéndole que la eligiese por encima de cualquier otra cosa en su vida, y que si no lo dejaría y que le dieran al amor?

No, pensó Mia meneando la cabeza mientras recorría el sendero de grava hasta la puerta principal de Marcus, no me puedo imaginar a Nicola haciendo algo así jamás.

Porque cuando estabas realmente enamorada, igual que lo estaban Nicola y Marcus, simplemente no le hacías esa clase de daño a la persona a la que amabas.

En vez de eso, Mia siempre había creído, observando el matrimonio de sus padres, que el amor de verdad significaba intentar apoyar a tu pareja en todo lo que pudieras, mientras que tu pareja hacía todo lo que podía para apoyarte a ti.

Esa era la clase de hombre por el que Mia estaba esperando. Uno que la pusiera en primer lugar y a quien ella pusiese también en primer lugar. Una asociación de verdad, en vez de una rápida llamarada de lujuria que se apagase en cuanto cayese la primera gota de lluvia.

Hablando de grandes hombres, cuando levantó la vista y se encontró con su hermano Ian plantado delante de ella, dejó caer la bolsa con su vestido al suelo de gravilla y corrió a sus brazos.

—¡Has venido!

El más mayor de sus hermanos vivía en Londres, dirigiendo su negocio de inversiones, y como sus últimos viajes a casa se habían cancelado en el último momento, ella ya había empezado a echarlo terriblemente de menos.

Claro que quería a sus otros hermanos, Adam, Rafe y Dylan, pero siempre había tenido una relación especial con Ian.

Cuando él la levantó del suelo, los brazos que la rodeaban eran fuertes y seguros.

—Te he echado de menos, pequeñina.

Él era el único al que le permitía que la llamase así. Bueno, también estaba la forma en que su padre la llamaba su calabacita. Pero ahí se acababan los apodos que ella podía tolerar, y solo porque su padre y su hermano eran sus dos personas favoritas del mundo mundial.

—Yo también te he echado de menos —dijo ella—. Un montón. Por favor, dime que pronto vas a volver a mudarte a Seattle.

Normalmente, cuando ella le decía eso, él meneaba la cabeza como si no hubiese posibilidad alguna de que él regresase a América. Pero esta vez él solo sonrió y le dijo:

—Primero tengo unos cuantos asuntos que cerrar en Londres.

La alegría la invadió de inmediato y olvidó su humor gruñón. Pero al tiempo en que ella soltaba un feliz gritito mientras le abrazaba más fuerte, totalmente entusiasmada por la idea de volver a tener cerca a su hermano mayor, el añadió:

—No les digas nada a mamá y a papá todavía. Odiaría que se decepcionaran si cambio de planes.

Ella se apartó para clavarle el índice en el pecho.

—Bueno, más te vale que no me decepciones a mí, tampoco.

Él la besó en la frente y luego frunció el ceño al darse cuenta por fin de las sombras oscuras de debajo de sus ojos.

—Odio no estar lo bastante cerca como para vigilarte. Estás cansada. ¿Qué es lo que pasa?

Por íntimos que Ian y ella fueran, era imposible que le pudiese contar lo de Ford. No si quería mantener a su hermano mayor alejado de la cárcel, porque seguramente le haría unas cosas terribles a la estrella del rock si averiguaba que Ford le había causado cualquier clase de daño.

Por fortuna, justo entonces una niñita salió disparada por la puerta, con su madre riendo y corriendo tras ella. Mia se agachó y cogió a Emma.

—Hola, bonita, ¿a dónde vas con tanta prisa?

Emma se rio alegre al sentirse en el aire de repente, y luego le puso una mano a cada lado de la cara a Mia y le plantó un húmedo beso.

Oh, pensó Mia achuchando más fuerte a la preciosa pequeña, va a ser tan maravilloso pasar el fin de semana con mi familia.

Especialmente cuando había llegado tan baja de moral, y ahora ya se sentía mil veces mejor.

La cara de Chloe se iluminó al ver a Mia.

—¡Has llegado! —Cuando se abrazaron, la barriguita del nuevo bebé de Chloe se interpuso entre ellas—. Estábamos esperando a que llegases para empezar la fiesta.

Chloe se había casado con Chase, el primo de Mia, un par de años atrás, después de que ambos se conocieran en estas mismas bodegas, cuando Chloe andaba huyendo de su peligroso exmarido.

Chase había estado ahí a cada paso del camino para amarla exactamente como ella necesitaba ser amada, y Chloe se había enamorado del mismo modo de él.

Chase era un fotógrafo famoso, Chloe cosía los mejores edredones del mundo, y encima, ambos eran unos padres fantásticos.

—No me parece que la señorita Emma estuviese esperando —bromeó Mia, enredando uno de los rizos de la niña en su dedo meñique.

Ian tampoco pudo resistirse a acariciar sus suaves cabellos.

Porque, por serio e intimidante que pudiese parecerle su casi multimillonario hermano a los desconocidos, Mia sabía que con los niños pequeños él era un amor.

Ya que había formado una gran e influyente parte en la vida de sus cuatro hermanos menores, ella no creía que eso tuviese que ser una gran sorpresa para nadie.

Ser rico y poderoso no quería decir que tuvieras que ser un gilipollas total.

Bueno, excepto en el caso de Ford, donde eso era exactamente lo que quería decir.

Cuando la niña empezó a revolverse en los brazos de Mia para poder volver al suelo y continuar con su loca carrera, Chloe sugirió rápidamente:

—Emma, ¿quieres ser tú la que lleve oficialmente a la Señorita Mia adentro para que podamos comenzar con la fiesta de chicas para la tía Nicola?

Los ojitos de la niña se iluminaron. De nuevo sobre sus pies, se estiró y cogió la mano de Mia con su manita.

—Dentro. —Su sonrisa dejó a la vista sus cuatro dientecitos perfectos—. ¡Fiesta!

Y mientras Mia dejó que la pequeña Emma la guiase por el camino y a través de la puerta con unos decididos pasos de sus adorables piernas regordetas de bebé, supo que todo iba a ir bien, después de todo.

Porque ahora, con su familia a su alrededor, ¿cómo podría ir nada mal este fin de semana?