Capítulo 6
CAPÍTULO SEIS
Lo último para lo que Ford tenía tiempo justo ahora era para hacer un viaje y ponerse a buscar casa en Seattle.
Su equipo de la gira y los de producción estaban en Los Ángeles preparando su actuación de ese domingo por la noche en el Centro The Staples.
Tenía media docena de entrevistas importantes previstas para hoy, pero cuando su abogado le había confirmado que Mia se encontraba disponible, él había hecho que los de relaciones públicas cambiasen todas las citas.
A pesar de su fama, él nunca había sido un cliente particularmente difícil de llevar, así que no les había importado encargarse de ello, imaginando que le había surgido algo importante.
Esta noche y el sábado iban a ser bastante difíciles, sin espacio para respirar entre las entrevistas extras que habían tenido que meter con calzador.
Cuando se subió a su avión privado para dirigirse al Sur de California, su cerebro, su cuerpo, su…
Qué demonios, hasta la última fibra de su ser estaba enganchada a Mia.
Sí, ella se había enfadado con él por presentarse inesperadamente.
Y no había duda alguna de que ella seguía estando furiosa sobre la forma en que las cosas habían acabado entre ellos.
Pero incluso mayor que su enfado y su ira habían sido la intensidad y el calor del fuego que prendían las chispas que habían saltado entre ellos.
Ya fuera hablando o besándose… —Oh, Señor, ese beso le había dejado totalmente fuera de combate—…
Su conexión era innegable. Había rezado porque ese beso derritiera las murallas de hielo que ella tenía rodeando su corazón, lo bastante para escucharle.
En vez de eso, es lo que la había hecho estallar por fin…
Y decirle que desapareciera de su vida para siempre.
Y, maldita sea, tenía razón. Había actuado como un burro egoísta organizando lo de la visita anónima. Necesitaba pensar en alguna otra manera de convencerla de que pasara más tiempo con él para que pudiera hacerle ver que había cambiado… Y para hacer las cosas bien esta vez.
¿Pero cómo iba a poder conseguir eso cuando ella estaba tan decidida a mantener la distancia? ¿Y cómo podría hacerlo sin actuar como un gilipollas obsesionado consigo mismo que creía que podría controlar el mundo igual que lo había hecho hoy?
Le sonó el teléfono, y de haber sido cualquier otra persona aparte de su asistente personal, no habría respondido.
Carol Vale había trabajado para un músico británico famosísimo durante varios años antes de decidir que quería volver a los Estados Unidos para estar más cerca de sus hijos.
No le impresionaban ni la fama ni el dinero…
Y era un puto genio en lo referente a los detalles.
—¿Qué tal la casa?
¿La casa? Se había paseado por cada habitación y por gran parte del terreno, pero lo único que podía recordar al respecto era a Mia.
Lo hermosa que estaba allí de pie en el torreón, con la luz inundándole el pelo.
El glorioso rubor de su piel cuando le vio tumbarse en la cama del dormitorio principal.
La sorpresa en su rostro cuando él le había hablado de querer tener niños algún día.
Por otra parte, ella no había sido la única que se había quedado sorprendida por eso. Especialmente porque no habían sido solo palabras vacías… Él había sido capaz de visualizar de verdad a unos pequeños correteando por la casa. Unos críos que eran un cruce perfecto entre él y ella.
Al final, respondió:
—Es para morirse.
Eficiente como siempre, Carol le recordó su agenda de entrevistas y pruebas de sonido. Pero antes de colgar, añadió:
—Solo una cosa más. Querías ir a la boda de Nico este fin de semana, ¿es correcto?
Siempre había creído que Nico, o Nicola, como la conocida estrella del pop prefería que le llamasen sus amigos, era una gran chica.
Él tenía que rechazar la mayoría de invitaciones de boda por uno u otro motivo, pero los dos se habían hecho amigos durante años de cruzarse estando de gira y por una vez años atrás en que habían estado de gira juntos durante varias semanas.
—Cierto —confirmó—, pero ¿no era imposible organizar mi agenda para eso?
—Aunque todavía tengo que hacer varios malabarismos —dijo Carol—, parece que igual puedes llegar al menos a los votos. Siempre que recuerdas que esa noche tienes bolo, así que probablemente no debas disfrutar demasiado de lo mejor de las Bodegas Sullivan mientras estés en Napa.
Espera un minuto.
—¿La boda es en las Bodegas Sullivan?
—Nico va a casarse con el dueño. Creía que ya lo sabías.
Había estado tan concentrado intentando averiguar la forma de volver a meterse en la vida de Mia de forma subrepticia, que había estado ciego ante la oportunidad que tenía plantada delante, mirándole a la cara.
¡Que Mia era prima del tío que era dueño de las Bodegas Sullivan!
Y así de fácil, la música que había estado sonando en su cabeza cuando volvió a ver a Mía, de repente se convirtió en una orquesta completa intentando salir a escena.
—Gracias por organizarlo, Carol. Llamaré a Nicola para decirle que estaré allí. —Pero incluso mientras hacía la llamada, ya estaba cogiendo una de las guitarras que llevaba a bordo del avión.
Por fin, la inspiración le había llegado… Y, de nuevo, todo era gracias a Mia.
Su cita era un musculoso hombre rubio de metro ochenta y cinco. Sonrió a Mia en plan sexi y le dio un beso en la mejilla a modo de saludo cuando se encontraron delante del bar de vinos a dos manzanas de su oficina,
—Estás preciosa —dijo él, y sus palabras eran un eco de lo que ella podía leer en sus ojos.
Era casi exactamente lo que Ford le había dicho esa mañana.
Solo que cuando se lo dijo Ford, cada una de las células de su cuerpo había cobrado vida de un salto, como si ninguna otra palabra hubiese significado tanto para ellas jamás.
Mientras que el cumplido de su cita no estaba teniendo ningún impacto en absoluto sobre sus células.
Sencillamente se quedaron como estaban, como esperando a que llegase su cita de verdad.
Mia se dio una sacudida a sí misma mentalmente mientras se obligaba a centrarse en el tío que tenía delante de ella, más que en que el que había vuelto loca toda la mañana.
Su cita era alguien increíblemente guapo. Y claramente, un hombre de éxito en la empresa financiera en la que trabajaba, dado el corte de su traje y el reloj que llevaba en la muñeca. Mia tendría que haber estado interesadísima en él.
Solo que, en vez de notar cómo se le aceleraba el pulso o se le calentaba la piel, cada uno de sus instintos quería alejarse de él. Como si ella ya estuviese pillada.
¡No! ¿En qué estaría pensando? Lo que era peor, ¿qué estaba sintiendo en lo profundo de su corazón?
Decididamente, no estaba pillada. Por el contrario, era perfectamente libre de hacer exactamente lo que quisiera con cualquiera con quien le apeteciese hacerlo.
¿Y no le estaría bien empleado a Ford averiguar que después de separarse ella había pasado una noche íntima con otro hombre?
Oh, sí, ese sería el modo perfecto de acabar su horrible día, la única manera de asegurarse del todo de que había bloqueado a Ford y a todo lo que él le había hecho sentir a pesar de que ahora fuese más lista.
Pero al mirar a su cita a los ojos, no fue capaz de recordar su nombre por un instante. El espacio en blanco en su cerebro se ensanchó unos momentos antes de que consiguiera llenarlo.
—James —dijo por fin, con un alivio demasiado evidente.
Él no pareció estar contento por su extraño saludo, pero después volvió a sonreírle y le devolvió el mismo saludo en idéntico tono, con su nombre.
—Mia.
Entonces ella se echó a reír, encantada de que el momento en el que no había sentido nada en absoluto por su cita hubiese pasado por fin.
Cuando él le ofreció su brazo, ella metió la mano en el hueco de su codo y le dejó que al condujese dentro hasta un reservado vacío en una esquina de alguna forma más privada de la abarrotada vinoteca.
Este era uno de sus lugares de encuentro habituales con las chicas, y un lugar seguro para una primera cita.
Los de la barra y las camareras la conocían tanto que una sola señal por su parte sería suficiente para que se acercaran y la libraran de cualquiera con quien no se sintiese a salvo.
Ojalá, pensó con un pequeño suspiro, hubiese podido disponer de algo de ayuda que la apartase de Ford esta mañana.
Ay. ¿Por qué seguía pensando en él?
Hasta esta noche, había estado deseando tener esta cita con James.
Se habían conocido el fin de semana pasado, haciendo jogging por el parque Green Lake, y ella se había sentido inspirada para correr un poquitín más rápido para estar a la altura de la gran forma física de él.
Había planeado conocer esa «forma» suya un poquito mejor esta noche.
O incluso un mucho mejor, si estaba a gusto.
Solo que aquí estaba ahora, a punto de alegar que le dolía la cabeza para poder salir de allí…
¿Y hacer qué? ¿Comerse el coco con Ford?
¿Con la forma en que la había engañado para que le viese de nuevo?
¿O peor, con todas las estúpidas emociones traicioneras que habían brotado en ella como si no hubiesen pasado cinco años?
No, maldita sea, tenía que haber algo entre James y ella, al menos un poquito de esa chispa que había sentido el fin de semana pasado mientras corrían juntos.
Porque si no la había, si resultaba que se había esfumado debido a la no deseada intrusión de una arrogante y exasperante estrella del rock en su vida, entonces ella iba a tener un motivo más para estar furiosa con Ford.
¿Y cómo iba a poder librarse de cualquier emoción hacia Ford y asegurarse de que él significaba menos que nada para ella de aquí a la eternidad, si estaba constantemente enfadándose con él?
—Bueno —le dijo a James con una radiante sonrisa que esperaba que no pareciese tan forzada como la sentía—. ¿Has hecho alguna buena carrera esta semana?