Capítulo 5
CAPÍTULO CINCO
Ford nunca había sido demasiado dado a planificar, sino que siempre había elegido guiarse por su pasión. Por otra parte, nunca antes se había jugado tanto como ahora. Un beso para decidir si Mia seguiría en su vida… O si tendría que renunciar a ella para siempre.
Solo que aunque hubiese pensado en planificar el beso cuidadosamente poniendo en juego todos sus puntos fuertes en cuanto a sensualidad, Ford no habría tenido ocasión de seguir ese plan.
Porque en el preciso instante en que ella había accedido al beso, la desesperación de volver a tocarla hizo pedazos cualquier otro pensamiento, cualquier otro sentido lógico, cualquier otro deseo.
Solo estar cerca de ella hacía jirones su autocontrol.
El mundo entero creía que Ford era el conquistador por antonomasia, y que no había una sola mujer viviente que tuviese el poder de hacerle caer de rodillas. Pero el mundo estaba equivocado. Totalmente equivocado.
Mia era la única mujer que le había marcado de verdad. No solo había marcado su cuerpo, sino su corazón… Y mucho más hondo que eso, incluso. Nunca había sentido una pasión así por nadie más.
Sintió su aliento atascarse en su pecho mientras rozaba suavemente los pómulos de ella con los pulgares y sus otros dedos le acariciaban suavemente la mandíbula y la punta de los lóbulos de las orejas.
Unos lóbulos que él sabía que eran extremadamente sensibles.
Lo único que él tenía que hacer cuando estaban juntos antes para que ella empezara a suplicarle que la poseyera era sujetar uno de sus lóbulos entre los dientes.
Ella se había puesto una nueva capa de pintalabios antes de entrar al torreón, y aunque casi había desaparecido, quedaba una ligera mancha de pigmento rojo. Tenía los ojos todavía abiertos, pero sus pestañas estaban temblando, mientras luchaba por impedir que se cerraran.
El aliento de sus labios era cálido y jodidamente seductor contra el suyo mientras él intentaba alargar el momento. Pero Ford simplemente no era capaz de mantener más la expectación, no cuando se estaba muriendo por probar su sabor de nuevo.
Por fin, con el nombre de ella en sus labios, atravesó la distancia que quedaba entre ellos.
Habría sido imposible contener su gemido de placer por lo bueno que era el mero contacto de los labios de Mia contra los suyos. Se sintió casi borracho por la presión contra sus curvas, aunque ella estaba intentando mantenerse tiesa y poco receptiva contra él.
Ford movió sus manos para enterrarlas en su pelo y movió la lengua dibujando un lento camino por su labio inferior. Por buenos que hubiesen sido sus recuerdos de besarla, los recuerdos nunca habían sabido tan bien, ni habían hecho que su corazón casi se le escapara del pecho.
Las manos de ella se habían posado contra su pecho, como si quisiera empujarle para apartarlo.
Pero cuando su lengua hizo el segundo viaje por su labio superior, hundiéndose en el hueco del medio antes de dejar un camino húmedo hasta la sensible comisura, pudo notar como ella luchaba consigo misma.
Su intención al aceptar este reto había sido mantenerse fría e impasible por su beso.
Y claramente, había creído poder lograrlo.
Pero cuando sus dedos empezaron a cogerle por la camisa, y lo único que habría hecho falta para terminar el beso habría sido un ligero empujón para apartarle, antes de que hubiese tenido realmente ocasión de empezar, ella se agarró al tejido de algodón para acercarlo más todavía.
Gracias a Dios.
Mia se había preparado mentalmente para sentir placer. Se había preparado físicamente para el calor.
Pero no fue hasta que Ford realmente toco su piel con las yemas encallecidas de sus dedos y luego esperó a que ella no tuviese otra opción salvo responder a sus dulces y pecadoras caricias antes de hacer descender la boca hacia la suya cuando recordó la enormidad de los poderes de seducción de él.
Todavía peor, como si no fuese suficiente ya con la presión de sus labios contra los de ella para hacerla derretirse de dentro afuera, él le había pasado la lengua por los labios. Y entonces fue cuando sus recuerdos se hicieron todavía más claros.
Porque Ford nunca la había seducido sin más.
En vez de eso le había exigido su pasión.
Desde ese primer momento en que él estaba en el escenario y ella en el público, él la había obligado a enfrentarse a lo que ya había entre ellos.
Daba igual que fuesen dos completos desconocidos, porque con nada más que una mirada y una canción, ella había sido suya.
Igual que la estaba haciendo suya ahora mismo otra vez con este beso, aunque ella intentara recordarse a sí misma que debía evitar que él le tocase cualquier parte de ella, de su cuerpo o de su mente.
Pero mientras la lengua de él acariciaba la suya una, dos y luego tres maravillosas veces, enviando escalofríos por su cuerpo, de la cabeza a los pies, y sus manos le estrujaban involuntariamente la tela de su camisa todavía más fuerte, su beso se hizo más profundo, igual que lo había hecho siempre.
De la nada al todo en el breve lapso de un latido, de una respiración.
Y ahora que su calor, su fuerza, estaban de nuevo bajo sus manos, apretando fuertemente contra toda la extensión de su cuerpo, Mia no pudo evitar ceder al deseo que no había querido admitir que llevaba cinco años bullendo dentro de ella.
Según el tiempo se desvanecía y sus recuerdos eran reemplazados por un potente y embriagador placer real, Mia tampoco era ya capaz de negar que este beso dejaba al resto de sus otros besos a la altura del betún.
No porque ambos llevaban obviamente cinco dolorosos largos años esperando a darse otro, sino porque ahora todo era distinto.
Entonces había sido una chiquilla, envuelta en sueños y cuentos de hadas, y aunque todavía tenía casi el mismo aspecto por fuera, su ruptura había cambiado algo por dentro de ella para siempre.
El mismo Ford apenas había sido más que un crío cuando le rompió el corazón.
Ahora no solo era un hombre, sino también una superestrella que tenía el mundo entero a sus pies.
Mia siempre creyó ser una mujer fuerte, pero aun así, había deseado tanto a Ford a los veintitrés que casi había renunciado a su vida entera por él.
Si entonces él casi había sido capaz de arrebatárselo todo, ¿qué no le quitaría ahora si ella era lo bastante estúpida para permitírselo?
—Jesús —dijo él, asombrado, todavía pegado a sus labios—, ni siquiera en mis memorias más salvajes recordaba yo algo tan sexi.
Aunque ella todavía tenía su camisa en las manos y su cuerpo le estaba instando a tirar de ella y acercárselo más, se dio cuenta de repente de que si no levantaba todas sus murallas y no hacía hasta el último esfuerzo posible por resistir, Ford podría tener esta vez el poder real de destrozarla en vez de simplemente dejarla magullada.
Reuniendo hasta el último gramo de determinación que poseía, le apartó de un empujón, lo bastante fuerte como para que sus dedos no tuviesen más opción que soltarse de donde le tenían agarrado.
Su movimiento fue tan súbito cuando por fin se separaron del todo, uno de los dedos de él se enganchó en el pelo y le causó una punzada en el cuero cabelludo.
Ella no podía hacer esto, tendría que haber sido más lista y no haber accedido a este desafío lanzado con tanta despreocupación. Nadie excepto Ford le había hecho sentir jamás de esta manera, sin esforzarse, tan profunda, tan apasionada… Tan locamente.
Todos estos años ella se había estado diciendo a sí misma que jamás sería tan estúpida como para ser susceptible a él de nuevo. Pero ahora sabía con un cien por cien de certeza que daría igual cuántos años pasaran.
Seguiría cautiva de su influjo.
Ambos estaban jadeantes, y la forma en que el pecho de él se elevaba contra la fina tela de su camisa de algodón de manga corta marcaba sus bien desarrollados músculos contra el tejido de una forma que la distraía horrorosamente.
Negar su conexión física solo demostraría que era una tonta aún mayor, así que no se molestó en intentarlo.
—Tienes razón —asintió—. Ha sido sexi. —Se aseguró de hacer una mínima pausa para que él no se perdiera sus siguientes palabras—. Pero tú sigues sin significar nada para mí.
—Ambos sabemos que eso es mentira. —Él tenía un aspecto arrogante y hermoso cuando le dijo sin rodeos—: Nunca has sido capaz de olvidarme, igual que yo no he sido nunca capaz de olvidarte a ti.
—¡Basta! —Ella se echó para atrás, pero un frondoso matorral le bloqueó el camino antes de poder zafarse de él y de las palabras que sabía que él pretendía utilizar de exactamente la misma manera en que había usado su beso.
No para seducir, sino para exigir—. No te atrevas a mirarme así, como si ese beso hubiese sido especial, como si te importase.
No cuando los dos sabemos que no es así.
Por primera vez desde que se lo había encontrado allí de pie en el torreón, la furia asomó soltando chispas en los ojos de él.
—¿Cómo demonios puedes decirme eso después de este beso?
¿Cómo puedes comportarte como si no fueses especial para mí o no me importases…
¿Cuándo jamás nadie me ha importado tanto como tú?
Si hubiese creído que atenderías a razones, si hubiese creído que escucharías mis disculpas, habría empezado por ahí, pero eres tan terca, joder, que he tenido que empezar con el beso solo para que tú admitieras sentir alguna cosa.
Ella odió la forma en que todavía le cosquilleaban los labios, lo rico que su sabor le resultaba incluso ahora y lo desesperadamente que quería escuchar sus disculpas, y por fin dejó de intentar mantener la compostura.
—¡No has contactado conmigo en cinco años!
—Ella estaba a mil ahora y chillando, pero ya le daba igual lo que él pensara de ella—.
¡Y cuando lo hiciste, me liaste con una llamada de tu abogado para que no supiera que eras tú quien estaba esperándome al acecho en esa torre!
Eres el mismo capullo egocéntrico que has sido siempre porque, claramente, todo gira alrededor de lo que tú quieres, y ni la vida de los demás, ni sus deseos, importan.
Así que no te atrevas a quedarte ahí plantado e intentar convencerme de que soy especial o de que por fin me vas a pedir unas disculpas que van a solucionarlo todo.
Éramos buenos en la cama. Eso es todo lo que hay, o ha habido nunca, entre nosotros.
¿Pero sabes qué es lo peor? Que casi he sido lo bastante estúpida como para dejarte que con tu dinero compraras el camino de vuelta a mi vida.
Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta, sacó el cheque que todavía no había llevado al banco y lo rompió en dos pedazos. Los dos trozos de papel cayeron flotando hasta el suelo mientras ella decía:
—Hace cinco años, tú fuiste el que me dijiste adiós. Ahora te lo estoy diciendo yo a ti. —Con la cabeza alta, se dio la vuelta y se alejó.