Capítulo 50
Capítulo Cincuenta
Josh
En mi carrera he vivido infinidad de momentos cumbre. Pero ninguno me ha resultado tan intenso como besar a Maya delante de todo el mundo. Este instante supera mi pasión por el piano y mi amor por la música de una forma que jamás habría podido imaginar.
Saboreo tenerla tan cerca, con la certeza de que a partir de ahora podremos empezar una vida nueva juntos. Los vítores entusiastas y los atronadores aplausos no dan señales de apagarse, ni siquiera cuando la orquesta concluye The Melody of Our Dream s con un redoble de tambor ensordecedor.
Maya se acurruca contra mi pecho.
—Te quiero —murmura—. Te quiero, te quiero, te quiero.
Sus palabras suenan cada vez más fuertes a medida que las repite una y otra vez. Al final, grita que me quiere con todas sus fuerzas, para que todo el mundo la oiga.
Le tomo las mejillas encendidas con ambas manos.
—Quédate conmigo para siempre —le pido—, porque no hay nada que desee más que eso.
—Nadie puede impedírmelo. —Asiente con entusiasmo y me dedica una sonrisa radiante. Luego posa sus dedos con intención sobre los míos—. Has tocado de maravilla.
Solo en ese instante me doy cuenta de que mis manos están completamente quietas. Cierro el puño y, aun así, no hay ni rastro de temblor.
—Dios mío... —Miro a Maya y a mi mano, sin dar crédito.
Y de pronto entiendo lo que me ha pasado en las últimas semanas. Esta mano está sana. Solo era la presión que yo mismo me imponía lo que la hacía temblar.
Perdido en mi euforia, apenas noto que el presentador se acerca a nosotros.
— Ladies and gentlemen, that was Joshua Friedberg —dice en inglés, guiñándome un ojo—. With half a piano piece, but with a very special performance.
El público estalla en carcajadas y Maya apenas puede contenerse. Me toma de la mano, la alza junto con la suya y hace una reverencia. Yo la imito con una sonrisa. Luego le quito el micrófono al presentador.
—¡Gracias, Roma! —grito a modo de despedida, arrancando un último aplauso atronador.
Con Maya entre mis brazos, camino hacia la salida del escenario.
De camino, miro a Tamika en el foso de la orquesta.
Con la mano derecha apretada con fuerza contra el pecho, parpadea rápido.
Sus facciones están cargadas de anhelo, de una forma que nunca antes le había visto.
Y, sin embargo, entiendo al instante que esta es la verdadera Tamika.
Durante años no tuve claro qué sucedía en su mundo emocional. Pero ahora sé que la dura mánager no era más que una fachada.
Le hago un gesto con la cabeza. Ella me lo devuelve, y no hace falta nada más. Estoy seguro de que todo entre nosotros saldrá bien.
Unos segundos después, Maya y yo bajamos las escaleras del pasillo tenuemente iluminado, con la sonrisa aún en los labios.
—Eso fue... —empiezo. Pero no logro seguir hablando. Porque allí, al fondo del corredor, se recortan dos siluetas. Distingo con claridad a mis padres que se acercan hacia nosotros.
Mi padre va delante sin que mi madre tenga que empujarlo. En la penumbra, observo su expresión seria, pero no me afecta. Ya no dependo de su juicio. Lo que piense de la profesión que elegí ha dejado de importarme.
Atraigo a Maya más hacia mí y le acaricio el brazo. Ella se acurruca contra mi cuerpo.
—¿Todo bien? —pregunta.
—Sí —respondo, mientras beso su frente y saboreo el aroma floral de su pelo.
Un instante después, mis padres se plantan frente a mí.
—Joshua —dice mi padre, hundiendo las manos en los bolsillos, como si buscara algo en el fondo de estos.
—Padre —lo sostengo con la mirada, apremiante. Que diga lo que tenga que decir y luego guarde silencio para siempre. No quiero que nuestra pelea continúe. Ha durado demasiado y ya ha dejado demasiadas víctimas por el camino.
Se balancea de un pie al otro. Luego baja la mirada y se muerde el labio.
En este instante, al verlo ahí plantado, de pronto siento una profunda compasión por él. Incluso ahora es incapaz de hacer las paces conmigo. Pero ni siquiera eso me duele ya. Porque hoy he crecido tanto más allá de todo eso que me resulta fácil dar el primer paso.
—Te perdono —declaro—. De verdad.
De pronto, sus músculos ceden. Los hombros se le desploman hacia delante y los brazos le cuelgan, como si pesaran una tonelada.
—Siempre quise lo mejor para ti. —Sigue sin mirarme. No puede. Tal vez se haya roto demasiado entre nosotros—. Pero elegí la manera equivocada de demostrártelo.
Es cierto. Pero, al final, no importa qué errores hayamos cometido ni en qué malentendidos hayamos caído en el pasado. Cada día nos ofrece otra oportunidad de liberarnos de ellos. Yo lo he hecho y espero, por su bien, que él también pueda hacerlo.
Doy un paso hacia él, con cautela.
—Empecemos de cero.
Alza la vista. En su mirada se refleja una mezcla de sorpresa, dolor y esperanza.
—¿De verdad podremos?
No puedo evitar sonreír.
—El mundo está lleno de maravillas. Solo tenemos que estar dispuestos a verlas —digo en voz suave.
Eso fue lo que Maya me explicó en la costa de Irlanda. Entonces creí entenderlo, pero ahora comprendo el verdadero sentido de sus palabras en todo mi ser.