Los sueños que compartimos (Amor y otros sueños 1) Capítulo 48
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Capítulo 48

Capítulo Cuarenta Y Ocho

Josh

Tras las palabras de elogio del presentador, el público sigue aplaudiendo. Bajo el foco, avanzo hacia el piano. Solo unos pasos me separan del banquillo.

Me tiembla la mano. Trago saliva con dificultad.

Ha llegado el momento de la verdad.

Me quedo inmóvil, de espaldas al público, y reúno mis fuerzas. Porque para lo que está a punto de ocurrir voy a necesitar todo lo que tengo.

Los aplausos se apagan y dan paso a murmullos. Me vuelvo. El foco me deslumbra, pero no va a detenerme. Ya he tomado una decisión. A paso rápido llego al borde del escenario, arranco el micrófono de su soporte y lo enciendo.

Dirijo la mirada hacia abajo, al foso de la orquesta. Tamika está ahí de pie, mirándome con una expresión que probablemente significa: ¿Se puede saber qué demonios estás haciendo?

A eso le respondo con la mirada, dejando claro lo que debería haber hecho hace mucho.

Me aclaro la garganta. Aunque no estoy preparado para lo que viene ahora, sé que es lo único que debo hacer. Detrás del público, el día quiere acabar. Igual que mi juego del escondite.

—Desde que tengo uso de razón he querido tocar el piano.

La música es mi vida —empiezo, en alemán.

No consigo quedarme quieto, así que empiezo a andar de un lado a otro sobre las tablas gastadas del escenario y voy repitiendo lo que digo en inglés.

El foco me sigue—. Me ha ayudado en momentos difíciles y siempre hemos creído el uno en el otro.

—Una sonrisa melancólica se dibuja en mi rostro.

Tamika agita los brazos como si estuviera guiando a un avión hasta su puesto de aparcamiento. Quiere desesperadamente que deje de hablar. Pero para eso ya es demasiado tarde.

—Pero en junio tuve un accidente en el que me lesioné la mano. —Como si necesitara demostrarlo, alzo el brazo derecho. No solo me tiemblan los dedos, tiemblo entero—. Mi médico diagnosticó un daño en la médula espinal y se vieron afectados los nervios que llegan a mi mano.

Un murmullo de estupor recorre el anfiteatro.

—Ya no podía tocar, tuve que cancelar conciertos y, por puro miedo, decidí mantener mi enfermedad en secreto —digo con la voz tensa, aunque me cueste—.

Se suponía que una operación iba a arreglarlo todo.

Con el corazón desbocado, aparto la mirada de los rostros horrorizados de las primeras filas y vuelvo a buscar a Tamika.

Porque lo que todos están a punto de oír es nuevo incluso para ella—.

Pero no fue así. —Exhalo entrecortadamente.

Con el aire se escapa de mi cuerpo una parte de la tensión—. Mi mano nunca volverá a ser como antes.

Ya lo he dicho. La máscara ha caído.

Cae un silencio solemne. Las nubes anaranjadas del cielo se oscurecen.

—Como pianista, siempre quise ser el mejor.

No me permitía cometer errores porque estaba convencido de que nadie me los perdonaría.

Mi carrera y mi perfeccionismo marcaban mi vida —confieso.

No sé de dónde salen de pronto estas palabras, pero siento lo verdaderas que son.

Y no hay ningún motivo para contenerlas—.

Eso no solo me llevó a mentirles a ustedes. No. También me he mentido a mí mismo.

De pronto, el peso que cargaba sobre los hombros se aligera. Mis pulmones se llenan de aire, el pecho se ensancha.

—Siempre me convencí de que solo valía algo si se lo demostraba al mundo.

Pensé que ganar el Premio Internacional de Música era lo único que de verdad importaba.

Así que hice todo lo posible para que ese objetivo se hiciera realidad —declaro.

Mi mirada recorre las filas abarrotadas del Coliseo, donde la noche que avanza proyecta su sombra sobre los rostros del público—.

Desde mi diagnóstico he estado esperando un milagro, sin darme cuenta de que había estado conmigo todo el tiempo.

—Niego con la cabeza y sonrío. De repente, todo parece sencillo.

Y quiero que todos lo sepan—. Maya. —Mi voz suena firme, mi respiración es tranquila—.

Tú eres mi milagro. Porque me has demostrado que el mundo solo se vuelve perfecto cuando tú no lo eres.

—Aunque ni siquiera sé si ahora mismo me está escuchando en casa, frente al televisor, vacilo un instante antes de seguir.

Pero tengo que decirlo—. No soy el mejor pianista.

Solo soy el mejor pianista que podría ser. Y con eso basta.

Porque yo soy suficiente.

Porque la vida, fuera del túnel de mi carrera, tiene muchísimo más que ofrecer.

Porque ya no quiero odiar mi mano. Al final me hizo un favor. Si no me hubiera fallado, quizá nunca habría conocido a Maya. Ni a mi maravillosa hija.

—Estar hoy aquí, como uno de los tres nominados al Premio Internacional de Música, sigue significando mucho para mí. Y que todos ustedes hayan venido hasta aquí también. Por eso quiero tocar. Pero si ahora me siento al piano, no lo haré a pesar del problema de mi mano, sino con él —proclamo.

Nada había sido nunca tan liberador como gritar eso al mundo. Alzo la vista al cielo y, por un momento, me siento tan ligero que casi podría elevarme hasta las estrellas.

—Tal vez no sea la interpretación que esperan de mí. Pero será lo mejor que pueda darles —prosigo.

En cuanto las palabras salen de mi boca, estalla el aplauso. Al principio es solo un batir de palmas contenido, pero se vuelve más fuerte y fervoroso.

Conmovido, contemplo a mi público. La oscuridad impide distinguir los rostros, pero percibo con toda claridad los vítores de ánimo, los silbidos entusiastas y esa ola de afecto que se dirige hacia mí.

No están enfadados conmigo. No me odian, aunque acabo de confesar que ya no soy perfecto. Al contrario, parece que, precisamente por eso, nos hemos acercado un poco más los unos a los otros.

En algún lugar ahí abajo está sentado mi padre. No tengo ni idea de si está aplaudiendo, pero de algo sí estoy seguro: no me importa.