Los sueños que compartimos (Amor y otros sueños 1) Capítulo 46
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Capítulo 46

Capítulo Cuarenta Y Seis

Josh

Ha llegado el momento. El día que he estado esperando toda mi vida por fin está aquí. En unos minutos saldré al escenario. En mi imaginación, este instante siempre ha resplandecido con los colores más vivos. Antes rebosaba expectación, energía, entusiasmo.

Pero hoy no queda nada de eso. Lo único que siento es miedo.

Tengo el cuello como si estuviera hecho de cemento.

Y mi mano está más inquieta que nunca. Es como si toda la presión que recae sobre mis hombros se concentrara en mis dedos y yo no pudiera hacer nada para evitarlo.

Camino de un lado a otro, sin descanso, por el pequeño camerino.

Cada vez que paso junto al espejo, le echo una mirada fugaz.

La maquilladora ha hecho un gran trabajo y ha logrado borrar las sombras bajo mis ojos. Mi tez parece fresca y sana, y me han cubierto tanto la frente que no se ve ni una arruga.

Tengo la sensación de llevar puesta una máscara.

Ese no soy yo.

El hombre del espejo es solo alguien a quien estoy dispuesto a mostrar al mundo. Porque nadie ahí fuera, entre el público, podría quererme ya si supiera quién soy en realidad.

Un hombre que se aferra con tanta desesperación a su sueño que ya no es capaz de ser él mismo.

Como si eso pudiera servir de algo, me aparto del espejo y sigo caminando hacia la pared de hormigón. Cuando llego, me doy la vuelta y vuelvo a cruzar la habitación. En el bolsillo que hay bajo la mesa está mi botella. Solo asoma el tapón plateado por la abertura de la cremallera.

Me ha ayudado durante los conciertos en el Tirol, en Ginebra y en París. Pero hoy ya no es una opción para mí.

Beber no es lo correcto. Y aunque me llevó mucho tiempo entender lo que pasó durante el ensayo general de ayer, al final me hizo ver las cosas claras.

—Ya no te quiero —le digo a la botella—. Tengo que hacerlo sin ti.

Me tiembla la mano y el mareo me invade.

—Te operaron, estás bien —le reprocho con severidad—. Así que no tienes absolutamente ningún motivo para sabotearte.

Por desgracia, a mis dedos les da exactamente igual. De hecho, incluso me parece que tiemblan más que antes.

Los miro, presa del pánico. No puedo tocar así.

¡Pero tengo que hacerlo! En diez minutos saldré al escenario. Tengo que tocar o todo estará perdido.

Dirijo la mirada hacia la puerta.

¿Y si, por accidente, dejara atrapada la mano ahí?

Esas cosas pasan. Nadie sospecharía lo que en realidad ocurrió. Los fans se sentirían decepcionados, pero al menos podrían entender que hoy no toque para ellos. ¿Y Maya? ¿Me perdonará, aunque mañana esté plantado delante de su casa, negándome a irme hasta que me escuche?

Doy un paso hacia la salida y miro el marco de la puerta. Parece sólido. Sin hacer ruido, abro un poco la puerta y deslizo los dedos de la mano derecha por la rendija. El canto se clava sin piedad en mi piel.

Con la mano izquierda, agarro el picaporte.

Si abro la puerta y luego la cierro de un portazo con todas mis fuerzas, todo se acabaría. Ya no tendría que seguir torturándome y, por fin, tendría una vía de escape que incluso me permitiría salvar la cara.

Me muerdo el labio. Luego cierro los ojos. El pulso se acelera y la respiración se vuelve pesada.

De un tirón, abro la puerta de par en par. Los dedos de mi mano derecha se aferran con fuerza al marco.

—Ahora o nunca —murmuro. De pronto es como si el tiempo se detuviera. Porque en ese instante me doy cuenta de que estoy ante la encrucijada más importante de mi vida.

Puedo comportarme como el fracasado que mi padre siempre ha visto en mí. O puedo dejar eso atrás y liberarme de la carga que siempre me ha pesado.

«Cada camino empieza con la decisión de dar el primer paso». Eso me enseñó Maya.

No es demasiado tarde. Hoy tampoco. Porque nunca es demasiado tarde.

De pronto sé exactamente lo que tengo que hacer. Voy a tocar. A pesar de mi mano temblorosa y completamente sobrio. No por el jurado ni por los fans. No por mí y, desde luego, no por mi padre.

Solo por la mujer para la que soy algo más que mi carrera. Por esa única persona que me enseñó que no hace falta ser perfecto para que te quieran.