Capítulo 12
Capítulo Doce
Josh
Hubo un tiempo en que esta mujer era hermosa. Cuando el sol de otoño hacía brillar su pelo rubio. Cuando le bastaba con mirarme para encenderse por dentro. Hoy no queda nada de aquello. Marlene es como un carámbano: sin calor, sin emoción.
—¿Por qué contrataste a una niñera? —quiere saber con un tono estridente, mientras recorre el salón de un lado a otro—. ¿Y precisamente a esa?
Su voz agrava el dolor de cabeza que ya casi no soporto. Pero, aunque su comportamiento sea exagerado, no se equivoca del todo. Yo mismo apenas puedo imaginar que esa tal Maya sea la persona adecuada para el trabajo.
—Tú mismo tienes que pasar tiempo con Sophia.
No va a dejar el tema. ¿Y por qué lo haría?
Por si acaso, hundo las manos en los bolsillos de mis vaqueros descoloridos.
—Me encantaría, pero...
—Ahórrate las excusas. Ya sé perfectamente cuál es el motivo.
Su mirada acusadora me atraviesa.
Aunque no tengo el menor ánimo para esto, doy un paso hacia ella.
—Esta vez es distinto —intento explicarle, reprimiendo con esfuerzo la culpa que amenaza con extenderse por dentro de mí. Ya de por sí me cuesta bastante mantener la calma, pero si esto se descontrola, no le sirve a nadie.
De sus labios perfectamente maquillados se escapa un suspiro tenso.
—¿No lo es siempre?
En ese momento se queda quieta. Como una figurita de porcelana, en la entrada, justo bajo la lámpara del techo, entre los muebles antiguos y las plantas altas.
¿Qué se supone que debo responder a eso? Ella no me entiende y, si soy sincero conmigo mismo, nunca lo ha hecho. ¿Cómo podría explicarle que en mi vida no tengo nada más que el piano?
Que no sé hacer otra cosa y que no soy nadie si no toco.
—¿Cuántos sacrificios ha exigido ya tu importantísima carrera? —Su expresión me deja claro que será mejor que no responda—. No se te ocurra convertir a Sophia en uno de ellos.
¡Jamás permitiría algo así!
La culpa me atraviesa, quemando como ácido en el estómago.
Y eso que ella no tiene ningún derecho a acusarme.
Al fin y al cabo, es ella quien quiere disfrutar del verano con su nuevo galán.
Una niña, por supuesto, estorba en ese plan.
Así que ¿por qué no pasarle la hija al padre, al que siempre se le echa la culpa de todo?
—Si tanto te preocupa nuestra niña, ¿por qué la dejas conmigo?
Aunque por dentro estoy hirviendo, mantengo un tono sereno y reflexivo.
Marlene, en cambio, ni siquiera se molesta en contener sus emociones.
—Eres su padre. Deja de comportarte como un cobarde que intenta esquivar su responsabilidad.
—Me apunta con el dedo índice, mientras unas arrugas feas se le forman alrededor de la boca—.
He sacrificado los mejores años de mi vida por ti.
Todo giraba en torno a ti y a tu maldita carrera. Y eso se ha acabado, ¿entendido?
¿Cómo se supone que voy a responder a eso?
No lo sé. Dejo que los hombros se me venzan hacia delante.
—Cuidaré muy bien de Sophia.
Y ahora, por favor, márchate , es lo que me gustaría añadir. Porque la verdad es que apenas lo soporto ya. Al dolor de cabeza se le suma ahora el mareo. Ya cargo con demasiado. Lo que ella pone sobre mis hombros, sumado a todo lo demás, es simplemente excesivo.
Al fin y al cabo, solo soy humano.
Pero no puedo permitirme comportarme como tal.
Durante un momento, el silencio se impone entre nosotros. Los ojos de Marlene están llenos de odio.
Me pregunto qué ve ella en mi mirada. ¿Ve el conflicto que no me deja dormir por las noches? ¿Percibe la depresión que se me pega como el olor a pescado podrido?
De pronto, alguien carraspea.
—Disculpen —dice una voz cristalina, rompiendo el tenso silencio que se ha extendido por el salón como una niebla espesa.
Me vuelvo.
Maya está erguida en el marco de la puerta, con su falda de tul, como una bailarina, y nos juzga con la mirada. Como si pudiera entender lo que está pasando aquí. No tiene derecho a eso.
Justo lo que me faltaba.
—¿Sí?
Ella parece ajena a la atmósfera explosiva. Se esfuerza por curvar las comisuras de los labios en una sonrisa.
—Sophia necesita sus maletas.
Marlene le indica la puerta de entrada con un gesto de la mano.
—En la parte de atrás. Está abierto.
—Gracias.
No es eso lo que está pensando, no me cabe duda. Enseguida se pone en marcha y desaparece en cuestión de segundos.
Me vuelvo hacia mi exmujer. Deseo con todas mis fuerzas que esté tan cansada como yo. Y que también se dé cuenta de que esto no lleva a ninguna parte. La miro, expectante.
Endereza los hombros.
—Voy a despedirme de Sophia —dice, y enseguida sube las escaleras corriendo, como si tuviera que escapar de un animal salvaje.
Se acabó.
Por fin.
Una fatiga abrumadora me recorre el cuerpo.
Me encantaría dejarme caer en uno de los sillones de cuero verde y cerrar los ojos.
Pero no me lo puedo permitir. Así que me arrastro por el salón hacia el cuarto de música.
Después de lo que parece una eternidad, por fin llego hasta donde me esperan las medicinas que necesito con tanta desesperación para mis dolores.
—Eh, Josh…
Incluso sin darme la vuelta sé que Maya está de pie detrás de mí. Inspiro hondo y aparto la mano del picaporte.
—¿Sí?
—A Sophia seguro que le haría ilusión que cenáramos todos juntos esta noche. Su madre también debería quedarse. —Oigo el roce barato de su falda, como si estuviera jugueteando con el dobladillo—. Lo necesita para poder adaptarse aquí.
¿Una cena todos juntos? Imposible.
—Marlene seguramente no tiene tiempo. —Vacilo un instante.
No quiero decir las siguientes palabras—.
Y yo tampoco —añado al final con voz firme.
No hay otra salida. Aunque me esforzara al máximo por mantener inmóvil la mano derecha, antes o después ocurriría.
Un solo movimiento descuidado. O una distracción que me hiciera olvidar.
Y me descubrirían. El riesgo es demasiado grande.
—Deberías hacerlo.
Oigo pasos que se acercan. Un segundo después, Maya se desliza a mi lado y se planta frente a mí.
—Sophia necesita atención con urgencia. Todo aquí le resulta ajeno. Tiene miedo.
Una culpa aplastante se expande dentro de mí. Penetra en cada rincón de mi cuerpo y me roba el aliento.
¿Qué clase de padre soy?
A pesar de todo lo que me pesa encima, debería estar ahí para Sophia. Debería quererla, abrazarla y jugar con ella. Pero la verdad es que no sé cómo se hace eso. En toda su vida, nunca tuve tiempo para ella. Y cuando hoy vi su rabieta de reojo, me sentí más desamparado que nunca.
No soy capaz. Soy un maldito fracaso con la cabeza a punto de estallar.
—Del bienestar de Sophia te encargas tú.
Limítate a hacer el trabajo por el que te pagan —digo, y me detesto un instante después por mis propias palabras.
Esta lesión me convierte en un monstruo y no tengo fuerzas para cambiarlo.
Abro la puerta del cuarto de música con torpeza. —Discúlpame. Mi piano me espera.
—Pero… —empieza Maya, pero cierro la puerta a mi espalda con tanta rapidez que ya no alcanzo a oír el resto.
Frustrado, me tomo la medicina, me acerco al piano y despliego ante mí las partituras de mi composición actual.
Luego apoyo las manos sobre las teclas y toco lo mejor que puedo.
Pero donde el sonido de la música suele conmoverme hasta lo más hondo, hoy solo hay un gran agujero negro que engulle la melodía antes de que consiga hacer vibrar mi alma.