Los sueños que compartimos (Amor y otros sueños 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

Capítulo Seis

Josh

La tierra tiembla.

—¡Josh!

Intento abrir los ojos, pero apenas lo consigo. Durante una fracción de segundo, distingo el rostro redondo de Jasmin inclinado sobre mí. El tono de su piel me recuerda a la niebla de noviembre, sus labios, de un rojo antinatural.

—¡Despierta, Josh!

¿Es pánico lo que hay en su voz?

Vuelven a sacudirme con fuerza.

Un gemido incontrolable se escapa de mi boca. Intento levantar el brazo para detenerla.

—No —consigo articular. En el mismo instante, suenan sirenas y una luz titila detrás de mis párpados cerrados. Jasmin aparta enseguida las manos de mí. Allí donde hace un momento descansaban, se vuelve todo frío.

—Menos mal, ya están aquí los paramédicos. Ahora vuelvo, aguanta.

Debería asentir, pero no puedo. Una vez más, abro los ojos un instante y alcanzo a verla alejarse a toda prisa por el rabillo del ojo. Sus pasos hacen vibrar el parqué. El temblor se atenúa y se instala una calma inquietante.

Intento notar mi cuerpo. Primero las manos, luego los brazos.

Todo bien, los dedos se mueven. Me duelen el hombro derecho y el cuello, pero no demasiado.

Después les doy la orden a las piernas. Responden como deben. El corazón late. El aire entra y sale. Huelo a libros viejos. Ya sé que mis ojos y mis oídos funcionan.

Estoy bien. No ha pasado nada grave.

Por fin puedo soltar el aire. Una tensión de la que ni siquiera era consciente se va de mi cuerpo.

Cuando el paramédico entra en la sala de música, casi he conseguido incorporarme.

—Buenos días, señor Friedberg. —Se arrodilla frente a mí y deja el maletín médico en el suelo—. ¿Cómo se encuentra? —Saca una pequeña linterna y me ilumina los ojos.

Sigue una serie de pruebas en las que tengo que contar dedos y valorar el dolor. Me dobla todas las extremidades y luego me permite ponerme de pie y sentarme en el sillón del salón, mucho más cómodo. Desde allí examina la herida de mi sien.

—Ha tenido suerte dentro de lo malo —dice por fin—. Puedo tratarle ahora mismo el raspón. La conmoción parece leve, pero aun así hay que vigilarla.

—Nada de hospitales —acierto a decir—. No puedo permitirme el circo mediático que se armaría ni la pausa forzosa que implicaría.

Jasmin, que hasta ahora se había mantenido en segundo plano, se acerca.

—Yo me encargo de él —asegura con un enérgico asentimiento.

El paramédico nos observa pensativo, alternando la mirada entre Jasmin y yo.

—Si surge cualquier problema, por supuesto lo llamaré de inmediato. Mi ama de llaves tendrá todo bajo control.

Por un momento aprieta los labios y luego asiente.

—Le voy a dejar aquí un medicamento para el dolor de cabeza. —Rebusca en el maletín y saca cuatro cajas de pastillas.

Los labios de Jasmin se curvan en una leve sonrisa cuando se hace con mi medicación. Repite varias veces las indicaciones de la dosis que le da el paramédico. Él le explica con paciencia a qué señales debe prestar atención en relación con la conmoción y luego vuelve a centrarse en mí.

Su mirada, enmarcada por unos amables ojos castaños, se vuelve seria.

—Debería tomarlas en seguida.

Lo que sea con tal de quitarme este dolor de cabeza. Alargo la mano hacia la pastilla.

—Descanse al menos cinco días. Y hablo tanto de esfuerzo físico como mental. Su cerebro necesita recuperarse.

—Por supuesto —respondo, aunque ya está claro que apenas seré capaz de hacerlo.

Tomarme un descanso está totalmente descartado; el tiempo corre en mi contra.

Me observa un instante más de lo necesario.

—Muy bien —murmura al fin, cerrando el maletín.

El chasquido resuena en mi cabeza como un relámpago.

—Si se siente mal, nota nuevos síntomas o no mejora en unos días, busque atención médica.

Eso no hará falta. Soy joven y estoy en forma; mi cuerpo puede con una caída tan insignificante.

—Gracias por la rapidez con la que me ha atendido. Le estrecho la mano—. Jasmin, ¿podrías…?

—Claro que sí. —Asiente con amabilidad. Y aunque no he dicho en voz alta lo que le estoy pidiendo, se pone en marcha —. Lo acompañaré a la salida. —Con un gesto cortés señala la puerta, y al poco los dos desaparecen tras ella.

Cansado, apoyo la cabeza en el respaldo de cuero del sillón y cierro los ojos. Mañana seguro que me encontraré mejor y podré seguir con mi trabajo.

La mañana siguiente comienza con un dolor de cabeza. Cada rayo de luz es una tortura y cada sonido, un suplicio. Aun así, despego mis miembros entumecidos de la cama y me pongo un pantalón de chándal. Mi reflejo en el espejo está tan gris como yo me siento. Una gruesa venda blanca adorna mi sien.

¿Puedo trabajar hoy? Sí. Porque tengo que hacerlo.

Además, no me queda más remedio que informar a Tamika de mi accidente.

Le envío un mensaje breve. Con eso debería bastar.

Con unas gafas de sol caladas en la nariz y tapones de espuma en los oídos, me arrastro hasta la cocina, donde Jasmin prepara, al parecer, el desayuno para una familia numerosa.

Huele a tocino frito y a tortitas. En cuanto entro en la estancia, deja todo lo que está haciendo y se acerca a mí.

Me recorre con la mirada de arriba abajo y me posa la mano en el brazo en un gesto de consuelo. Luego sus labios se mueven y dice algo.

Pido disculpas, señalo los tapones de los oídos y luego la cabeza.

Ella se vuelve para buscar la medicación.

Parece que me habla mientras llena un vaso de agua, y eso me arranca una sonrisa.

Aprieta un momento los labios pálidos y repasa las pastillas con la mirada.

Sin embargo, al poco parece decidirse y me las pasa.

Me da igual, mientras se me quite este dolor de cabeza.

Me trago todo lo que me había preparado y, en efecto, después de treinta minutos y una taza de café me siento bastante mejor, así que me atrevo a quitarme los tapones.

—Buenos días otra vez —susurra Jasmin—. ¿Listo para un desayuno contundente que te devuelva las fuerzas? Suena como mi madre cuando yo estaba enfermo. Por extraño que parezca, me reconforta un poco.

—Muchas gracias, pero de verdad que no tengo hambre —digo, encogiéndome de hombros. No es cierto. Más bien, la medicación me ha despejado la cabeza y quiero aprovecharlo—. Quizá más tarde.

Pone cara de desilusión.

—¿Aunque sea un batido?

Eso puedo llevármelo conmigo.

—Claro.

Con la bebida verde hierba en la mano, me planto ante el piano un poco después. Por Jasmin, doy un sorbo mientras me sumerjo en mis notas de ayer.

No recuerdo dónde me había quedado.

Por más que lo intento, no consigo acordarme. Debe de tener que ver con el accidente. Estaba buscando algo en la estantería, pero ¿qué era?

Cuanto más le doy vueltas, más embotada siento la cabeza. Empezaré por tocar lo que ya he pasado al papel. Quizá así encuentre el hilo.

Coloco las manos sobre el teclado y me concentro. Me encanta este momento en el que todo dentro de mí se aquieta. Solo estamos el piano y yo. Toco las primeras notas con extrema suavidad. Tienen que sonar lo más delicadas posible.

Sí, así es. La melodía me arrastra y se acerca el trémolo. Una brevísima pausa. Ahora. Mis dedos inician la rápida alternancia entre las notas.

Y fallan.

No consiguen mantener el ritmo ni hacen lo que les pido.

Lo intento de nuevo. Y vuelvo a fallar.

De pronto, noto algo que nunca había sentido. Instintivamente, bajo la mirada.

En efecto. La mano derecha me tiembla y el pulgar está entumecido. Lo sujeto con rapidez con la mano izquierda. Masajeo la palma y flexiono uno a uno los dedos. En cuanto lo suelto, el temblor regresa.

¿Qué está pasando?

El pánico se apodera de mí. Trepa despacio por la columna, se aferra a mis hombros y me oprime el pecho. Unos escalofríos ardientes hacen que el sudor frío me resbale por la frente.

Mis manos son todo lo que tengo. Si dejan de funcionar, entonces…

No. No quiero pensar así. Ayer me di un golpe y se vio afectado mi cerebro.

Seguro que solo hay un pequeño fallo ahí arriba que necesita descanso para arreglarse.

Nada que unos días de reposo no puedan curar, justo como dijo el médico.

¿O será un efecto secundario de la medicación?

Una reacción más lenta no es rara cuando uno toma analgésicos.

No voy a dejar que esto me frene. No necesito tocar a la perfección para componer, así que puedo seguir. Al menos hasta terminar la pieza que empecé ayer.

Vuelvo a colocar las manos sobre el piano. Quiero pulsar una tecla, pero mi mano derecha se niega en redondo. La siento torpe y, cuanto más la fuerzo, más tiembla.

Ahí. Una nota equivocada.

Retiro los dedos de las teclas de un tirón.

—Joder —exclamo en voz alta.

—¿Qué está pasando? —suena una voz a mi espalda.

Aunque no hay motivo, me siento pillado de inmediato. Entrecruzo las manos con rapidez. La rigidez del cuello me impide girarme del todo. Me vuelvo despacio y distingo a Tamika de pie en las dobles puertas abiertas de la sala de música.

Con su ajustado mono de cuero, parece la ayudante del diablo. ¿Cuánto tiempo lleva ahí? ¿Cuánto ha oído?

¿O visto?

Se acerca.

—Respóndeme, Josh.

Los pliegues que se forman en su frente, por lo demás lisa, no me gustan nada.

—Es la medicación —digo con la mayor naturalidad que puedo—. Me nubla la mente y hace que me cueste tocar bien.

—¿Y por qué estás sentado tan encorvado? —Levanta las cejas.

—Tamika, por favor, no te pongas paranoica. Ni siquiera han pasado veinticuatro horas desde que me caí. Es normal que esté algo magullado.

Mi voz suena chillona, demasiado chillona. Incluso yo noto que intento ocultar algo.

Mi representante se agacha frente a mí y se echa hacia atrás el pelo rubio platino.

—Sabes que solo quiero lo mejor para ti, ¿verdad?

—Por supuesto.

Me encantaría alzar los brazos, pero será mejor que me contenga.

Con gesto preocupado, alarga las manos hacia las mías.

—¿Qué. Te. Pasa?

No solo su mirada, también sus palabras me presionan, demasiado. No puedo contárselo. Porque no me pasa nada. Solo se inquietaría sin motivo. En unos días volveré a estar como siempre.

No hay ningún motivo para alarmarse.

Me cuesta incorporarme del banquillo.

—De verdad, no tienes nada de qué preocuparte.

—Si es así, entonces no te importará que un médico te haga otra revisión. —Me mira, expectante.

—Solo para estar seguros.

¿Asegurarnos de qué?

—Solo necesito descansar, nada más.

Es así y punto. Cruzo los brazos sobre el pecho con toda intención.

Al final, asiente.

—Entendido —dice distraída.

Por un momento, el silencio se adueña de la sala, que de pronto se siente demasiado pequeña para los dos.

—Bien, me gustaría continuar ahora, si no te importa.

Señalo la puerta con un gesto de la cabeza, para que entienda lo que quiero decir.

Se da la vuelta. ¡Gracias a Dios!

Suelto un suspiro de alivio mientras cruza la sala. Cuando llega al marco de la puerta, se detiene.

—Tenemos que investigar lo del temblor —dice con calma, aún de espaldas a mí.

Al final sí que lo vio.

El torso se me desploma, como si de pronto me hubieran vaciado de energía. Y ese pensamiento, que hasta ahora había logrado mantener a raya, ya no se deja contener.

Ni siquiera frente a ella.

—¿Y si es algo grave?

Mis palabras se disuelven en la habitación como fantasmas etéreos.

Lo hice. Pronuncié aquello a lo que más miedo le tengo en este mundo.

Tamika se gira hacia mí a cámara lenta. Su expresión parece extrañamente nítida.

—Esta semana te pido hora con el médico —responde.

Luego me deja a solas con mi pregunta.