Los seis asesinatos de Daphne St. Clair 6 #2
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—Vamos a brindar por una nueva amistad —anunció, ofreciéndome un pequeño vaso de cristal lleno de vino tinto.

Lo cogí, consciente de que era lo más bonito que jamás había sostenido en mis manos, si bien seguía nerviosa por su contenido—.

Toma un buen trago, para que aprecies los aromas —me dijo el cura, y me di cuenta con repugnancia de que su mano estaba en mi rodilla.

DAPHNE : Ya sabes lo que ocurrió después. No te lo voy a decir.

RUTH : ¿Por qué?

DAPHNE : Mira, estoy de acuerdo en describir a los hombres que maté.

¿Quieres saber cómo gemían y vomitaban mientras yo estaba en el piso de abajo moliendo pastillas?

Ningún problema. Ahora bien, no me gusta recordar las veces en que yo fui una víctima.

Además, lo has oído un millón de veces; ya te lo puedes imaginar, ¿verdad?

RUTH : Bueno, yo…

DAPHNE (alterada): Una alfombra rasposa, unas manos que toqueteaban frenéticas, su peso aplastándome. Los ruidos de asustada que hacía yo, lo traicionada que me sentía… CONOCES esta historia. TODO EL MUNDO ha oído ESTA historia. ¿Qué ganamos contando otra historia sobre una mujer de la que abusan?

RUTH : Bueno, es la verdad… Siempre se gana si se cuenta la verdad, ¿no? Aunque no haya un final feliz.

DAPHNE : No por mi experiencia, no. Me violó. Y luego me acompañó hasta la puerta y me dijo que lo del vino era un secreto, que no hablara porque si no la gente podría pensar que era una niña mala. No dijo nada sobre la violación, porque sabía que no se lo podía contar a nadie.

RUTH : Qué persona tan repugnante. ¿Crees que hizo lo mismo con otras?

DAPHNE : Es probable. La gente no hablaba de esas cosas entonces.

Nadie les daba a las niñas las palabras para ver balizarlo en voz alta.

Después me fui a casa. Me temblaban las piernas y el viento me sacudía como si fuera de papel.

Recuerdo que cerré los ojos para protegerme del viento y así, ciega, estuve andando entre las ráfagas.

Ese día fue el último que me sentí íntegra…

Mató algo que había dentro de mí. Perdí la fe.

RUTH : ¿En Dios?

DAPHNE : Oh, no, nunca he creído en eso. En las personas.

RUTH : ¿Crees que te habrías convertido en una asesina si eso no hubiera ocurrido? ¿Habrías sabido encontrar algún modo de seguir adelante, de dejarlo todo atrás, aunque la gente que te había hecho daño jamás respondiera ante la justicia?

DAPHNE : A ver, esta pregunta tiene mucha miga.

No estoy segura. No se puede decir que sea una ecuación matemática.

El cura no fue ni el primero ni el último en lastimarme de aquella forma.

Pero había algo especialmente perverso en lo que él hizo.

Esa violación mató lo que yo era. Y supongo que he estado matando al cura desde entonces.

Aquella noche, en casa, me tumbé en la cama, rezando para que mi padre siguiera durmiendo la mona, porque tenía la sensación de que me volvería loca si otro hombre trataba de tocarme.

Estaba rodeada de mis hermanos, que dormían todos apelotonados conmigo en la cama como si fueran cachorros, y lo más normal es que sus cuerpos calientes y retorcidos (con un ligero olor a pipí) me hubieran arrullado hasta que me hubiera quedado dormida, pero estaba totalmente desvelada.

Me quedé mirando la oscuridad mientras intentaba respirar hondo, aunque parecía que la habitación se llenaba de aire agrio.

Toda mi vida simplemente había aceptado lo que se me había dado, aunque eso solía ser mierda en un bol de cereales.

Ahora, sin embargo, estaba en la cama con el jersey bueno metido entre las piernas, tratando de aliviar el dolor que me venía de muy adentro y parecía resonar por toda la sala con cada palpitación.

¿Por qué merecía esto? Me había esforzado en el colegio, había ayudado a los más canijos cuando los grandullones se metían con ellos, había secado las lágrimas de mis hermanos y los había hecho reír cuando parecía que no hubiera nada que pudiera hacerles sonreír.

¿Por qué debía permitir que gente como mi padre y el cura me machacaran?

¿Por qué debía esperar a que mi propio marido miserable me diera una choza llena de niños maltratados?

La cosa estaba muy clara. En ese momento, supe que tenía dos opciones: o me suicidaba o me largaba. Porque no podía ver como salía de nuevo el sol en Lucan, Saskatchewan.

Al día siguiente, que era domingo, me levanté temprano, antes de que ninguno de mis hermanos empezara a desperezarse.

Ni me molesté en coger nada, porque todo lo que tenía lo compartía con ellos.

Ya me sentía bastante culpable por abandonarlos, consciente de que era muy difícil que huyeran de allí.

Me supo especialmente mal por las niñas, pero no podía hacer nada.

Eran demasiado pequeñas para llevármelas.

Así que miré por última vez a mis hermanas y hermanos, metidos en la cama, con sus caritas asomando, y me fui.

Me gustaría decirte que experimenté toda clase de sentimientos dramáticos, pero en ese momento, solo me sentía anestesiada e impasible.

Una parte de mí deseaba hacerse un ovillo en una zanja y morir, pero mis pies no se detenían, y mis ojos seguían el camino hacia la ciudad, y de algún modo lo logré.

Cuando llegué, el cura, junto con la mayoría de la buena gente de Lucan, estaba en la iglesia.

Mi familia no iba muy a menudo, y a veces acudía yo sola porque me gustaba la música.

Me dirigí a la casa del cura (nadie cerraba con llave en Lucan) y entré.

Era una casa de dos plantas, y aunque hoy en día no la hubiéramos considerado grande, sí lo era para una niña que se había criado en una pocilga situada a las afueras de la ciudad.

El salón estaba abarrotado de jarrones de cristal y adornos de porcelana, y había un piano de verdad y una alfombra gruesa y mullida que se hundía bajo mi peso.

Toda esa residencia era como un museo de objetos que yo nunca había tenido.

Recorrí la casa del cura, imaginándome que arrojaba al suelo sus jarrones de cristal uno tras otro, que propinaba un hachazo en su escritorio y me cagaba en su butaca de terciopelo.

Mi cuerpo se estremeció de arriba abajo al pensar en ese destrozo absoluto, en cómo sería volcar toda mi rabia en esa vivienda preciosa.

Incluso había una parte oscura de mí que fantaseaba con esperar a que volviera a casa y emplear la misma hacha para hacerle picadillo.

Sin embargo, apreté los puños y clavé la vista en el reloj de pie.

Al cabo de menos de una hora, debía estar en el andén para tomar el tren de las 10.

15 a Moose Jaw. Podía elegir venganza, o podía elegir libertad, pero solo una de las dos.

Subí las escaleras con cuidado, ya que era algo que no solía hacer. Había cuadros colgados a lo largo de la pared de la escalera, retratos de familiares del cura con aspecto adusto y unos cuantos de una niña con la mirada triste y el pelo rubio ralo.

Primero arramblé con todo el dinero que pude encontrar en la casa.

Tenía suficiente para pagarme el billete de tren y un alojamiento con pensión completa durante varias semanas.

Aún estaba arriba, husmeando, cuando descubrí un viejo armario en la habitación de invitados.

Abrí las puertas despacio y me lo encontré lleno de prendas de mujer: vestidos, abrigos, incluso un sencillo vestido de novia blanco.

Supe de inmediato que eran las posesiones de su difunta mujer.

Qué sola debía haberse sentido, lejos de casa, compartiendo vivienda con un monstruo.

Saqué una vieja maleta, con los dedos torpes por las prisas, y la llené con la ropa de ella.

Incluso me cambié mis botas y vestido sucios y los metí también, por si algún día los necesitaba, y me puse un vestido verde y unos zapatos de piel con un poco de tacón.

El vestido me quedaba perfecto, y fue como si la difunta me diera su aprobación.

Había fallecido en esa casa, rodeada de esas cosas, pero quería que me las llevara y viviera.

Salí de la habitación con la maleta y me detuve enfrente del dormitorio del cura, como en un trance. Introduje los dedos en mi cuerpo, consciente de que todavía sangraba debido a la agresión. Luego pasé la mano por el cubrecama, manchándolo.

Al poco estaba en el tren, apoyada en una ventana, viendo pasar Lucan por última vez. Agarré con fuerza la maleta y me hice la solemne promesa de que, aunque me fuera muy mal, jamás regresaría.