6
Ruth preparaba el equipo para grabar el segundo capítulo cuando Daphne se le acercó por detrás.
El salvapantallas del portátil mostraba una selección de fotos de la vida de Ruth: de visita en Nueva York, donde vivía Chelsea, su mejor amiga; acurrucada de pequeña en el sofá con su madre; de su graduación universitaria, y también fotos en blanco y negro de su abuela y su padre.
Entre todas esas imágenes que pasaban sin pausa por la pantalla, había incluso algunas de Jenn, y Ruth sintió una opresión en el pecho; al instante se recordó a sí misma quitarlas del carrusel.
—¿Me estás investigando? —preguntó Daphne de pronto.
—¿A qué te refieres? —repuso Ruth sorprendida.
—Es que ese hombre me suena —aclaró Daphne.
Fruncía la frente como si tratara de acceder a un archivo que había quedado relegado al fondo de un disco duro muy lleno.
A Ruth le dio un vuelco el estómago y contuvo el impulso de cerrar el portátil, aunque sí giró un poco la pantalla, de espaldas a Daphne.
No quería que viera las fotos de su familia, no quería que las contaminara con su presencia.
—Ni siquiera me has hablado aún de tu vida, ¿cómo quieres que te investigue? No soy adivina —le soltó Ruth, intentando que su tono sonara despreocupado.
Era consciente de que Daphne la observaba, y sintió una picazón por todo el cuerpo.
De hecho, nunca se había parado a pensar cómo sería estar encerrada en una sala con una asesina en serie, fuera mayor o no.
Tuvo la sensación de que nadaba en aguas profundas, tan profundas que bajo sus piernas no había nada más que azul y que, de pronto, advertía una sombra larga y oscura que daba vueltas por debajo de ella.
—La verdad es que parece un poco mayor para ti, es más de mi tipo que del tuyo —comentó Daphne con una risita mordaz. Ruth vio como la piel arrugada de su nuca temblaba con el movimiento.
—Es un familiar, y esto es Florida, no Alabama. ¿Pero cuál es exactamente tu tipo? —Quiso saber Ruth. Se preguntó qué pensaría Daphne si le confesara que acababa de cortar con una mujer.
—Rico —respondió Daphne—. Mi tipo es rico. Y siempre detecto a los que tienen pasta. Este hombre me suena, pero, no sé, he quedado con un montón de vejestorios forrados en Florida, y los confundo.
—Las maravillas de cumplir años, ¿verdad? —dijo Ruth sacando el micrófono y tratando de sonar natural—. En cualquier caso, tenemos que cubrir casi noventa años de vida, o sea que más vale que nos espabilemos.
—Supongo que sí —repuso Daphne encogiéndose de hombros. Sus ojos se fijaron de nuevo en el rostro de Ruth, como si tratara de desvelar algo, pero ya no dijo nada más.
RUTH (voz en off ): La vez siguiente acudí a la residencia con la intención de hablar más sobre Lucan y la infancia de Daphne, porque la gente quiere saber cómo se forjan los asesinos. Sin embargo, parecía que Daphne pensaba que el tema ya no podía dar más de sí.
[Apartamento de Daphne. Chasquea la lengua como si Ruth la hubiera molestado ].
DAPHNE : No hay nada más que decir, en realidad. Mi infancia fue un mierda. Estaba rodeada de una mierda de tormentas de polvo, vivía en la mierda y me trataban como una mierda. Mi recuerdo favorito de Lucan fue cuando me largué. ¿Y tú? ¿Cómo fue tu infancia?
RUTH : ¿Yo? ¿Por qué hablamos de mí?
DAPHNE : Porque me apetece.
RUTH : Pues me crie por aquí. Me educó una madre soltera que trabajaba muchísimo para mantenernos.
DAPHNE : Qué enternecedor.
RUTH : Y bien, ¿me podrías decir qué edad tenías cuando te fuiste de casa?
DAPHNE : ¿Dieciséis? Más o menos. Cuando vives tantos años como yo, se pierden algunos detalles.
RUTH : ¿Y qué tal fue el colegio?
DAPHNE : Dejé el colegio a los doce. En esos tiempos, las cosas eran distintas.
Ni siquiera podían pagar a maestros durante la Gran Depresión.
La junta escolar les daba pagarés y las familias se turnaban para alojarlos.
A veces debían compartir camas con sus propios estudiantes.
A nadie le importaba mi educación, querían que hiciera deberes en casa.
Apenas tengo recuerdos de esos años, cada día era igual al anterior.
[Un leve suspiro, apenas audible, se escapa de los labios de Daphne].
RUTH : ¿Y la Segunda Guerra Mundial? ¿Qué recuerdas de ella?
DAPHNE : Bueno, fue cuando Hitler marchó a paso de ganso por la calle mayor de Lucan… ¿Crees que cambió algo? Había menos hombres alrededor y las mujeres tejían calcetines para los soldados. Fue de lo más soporífero.
RUTH (con voz molesta): Seguro que ocurrió algo.
DAPHNE : Supongo que sucedieron algunas cosas.
Después, por fin, la sequía nos dio una tregua y el polvo empezó a asentarse.
Los insectos hacía tiempo que se habían ido; la campaña que lanzó el gobierno a favor del uso de pesticidas había funcionado con su magia truculenta.
Y antes de que la gente se pudiera relajar de verdad, estalló la Segunda Guerra Mundial.
Mi padre no fue a la guerra. Un granjero podía contribuir al esfuerzo bélico cultivando alimentos para el país, pero aun así muchos granjeros se alistaron.
Los que se quedaron no siempre recibieron un buen trato.
Todo el mundo sabía que yo era la hija de un borracho, pero entonces me vieron como la hija de un cobarde.
Empezamos a ir al pueblo cada vez menos, ya que preferíamos evitar todos los comentarios por lo bajo y las miradas acusadoras.
A los catorce tenía la sensación de que todo mi mundo era del tamaño de un centavo y que se encogía rápido.
Odiaba la granja y odiaba a mi padre. Cada día era como una lucha, una que me dejaba cansada y sucia de una forma que ahora me cuesta recordar.
Aunque ya hacía mucho tiempo que la sequía había pasado, y que Saskatchewan ya no era un “tazón de polvo”, todavía lo notaba en mi piel; del modo en que te queman los mofletes cuando recuerdas que alguien te abofeteó.
Yo también estaba cambiando, de niña a mujer.
Empecé a andar con los brazos cruzados sobre el pecho porque no me podía permitir comprar un sujetador, y mis pechos se bamboleaban y chocaban a cada paso que daba.
Al principio mis facciones parecían demasiado grandes, con esos labios rellenos y enormes, los ojos saltones y unos pómulos prominentes como omoplatos.
Pero luego crecí y se me ensanchó la cara, como si cada una de mis facciones se colocara en su sitio y, de pronto, era preciosa.
Me parecía mucho a Ava Gardner; las dos teníamos el pelo negro como el carbón y los ojos verdes.
Aunque no es que este descubrimiento me proporcionara algún placer. Era más seguro ser invisible.
A los dieciséis ya me quitaba de encima a los chicos, pero no con buenos modales.
No me venían con su traje de domingo y me preguntaban si me apetecía que almorzáramos juntos.
Esa galantería estaba reservada a las chicas que importaban: las chicas con el pelo reluciente y vestidos recién bordados por sus madres gordas y chismosas; chicas que vivían en pequeñas y ordenadas casas del pueblo y esperaban amabilidad, porque era lo único que siempre les habían dado.
Las chicas como yo, aun así, se casaban, pero jamás con alguien que valiera la pena y solo porque no tenían adonde ir.
Un domingo, después de misa, el cura me pidió que me acercara.
Me sonrió amable y me explicó en voz baja que necesitaba ayuda para organizar un baile para los jóvenes del pueblo.
Estaba orgullosa de que me hubiera elegido a mí, que no me hubiera visto como una Cowell despreciable.
Cuando pienso en quién era entonces, siento como un dolor extraño en el pecho.
Era tan solo una niñita patética, que esperaba gustar a alguien.
Al siguiente domingo, volvimos a quedar, esta vez en su despacho parroquial. Me había pasado la semana enumerando las ideas que había tenido y estaba entusiasmada porque iba a compartirlas. Llevaba las mejores ropas de mi familia: la falda escocesa de mi madre y un jersey grueso de color verde.
—Bueno, para el baile, he pensado que podríamos preparar un tema primaveral, con flores de papel. Sé cómo hacerlas; solo necesito un poco de papel de colores —dije. De repente, me di cuenta de que hablaba demasiado y demasiado deprisa. Quería deslumbrarle con mis ideas.
Jamás había tenido la oportunidad de ser buena en algo.
Debía turnarme con algunas de mis hermanas para ir al colegio porque mi familia no tenía suficiente ropa ni calzado para todos nosotros.
Algunas veces me veía obligada a ir a clase descalza y con camisetas hechas con sacos de harina desteñidos, lo que me daba una vergüenza terrible.
Nadie quería ser amigo de los niños vestidos con sacos de harina porque eran los más pobres de los pobres.
Lo cierto es que me gustaba aprender, pero lo único que todo el mundo veía cuando me miraban era una niña estúpida de una mala familia.
—Hablo demasiado, ¿verdad? —pregunté medio tapándome el rostro con mis dedos encorvados.
El cura sonrió y me dio un golpecito en el brazo.
—¡Claro que no! ¡Por eso te he elegido, porque tienes muchas ideas!
Sentí que el calor inundaba todo mi cuerpo. Esas pocas palabras amables me darían vida durante meses; eran como gasolina para mi alma.
—Quiero colgar guirnaldas del techo, como si fueran enredaderas —añadí, escrutando su rostro en busca de más reacciones positivas.
—Pues eso es lo que haremos —resolvió—. ¿Qué te parece si tomamos un poco de vino para celebrarlo?
—Oh, de acuerdo —accedí.
Nunca había tomado alcohol. Traté de disimular la chispa de incomodidad que siempre sentía cuando un hombre empezaba a beber a mi lado, como si percibiera que mi propia seguridad se diluyera con cada sorbo.