CAPÍTULO 26 Mami #2
Pedí un Uber desde el teléfono. Durante el trayecto hablamos de cosas sencillas: de recetas antiguas, de los parques de Manhattan, de las flores que más le gustaban y de cómo, cuando era joven, preparaba grandes comidas para toda su familia todos los domingos.
Al llegar a casa contempló la fachada con una sonrisa.
—Qué hogar tan bonito tenéis.
—Por fin empieza a sentirse como nuestro.
Entramos.
Nada más cruzar la puerta comenzó a observar cada rincón de la casa. Se detuvo frente a las fotografías de nuestra boda y sonrió con ternura.
—Se os ve muy felices.
—Lo somos.
Dejé el bolso sobre el sofá.
—Siéntese. Yo prepararé la cena.
Ella negó inmediatamente con la cabeza.
—Ni hablar.
—Tiffany...
—He dicho que no.
No pude evitar reír.
—Es usted muy cabezota.
—Después de setenta y ocho años ya no voy a cambiar.
Intenté convencerla varias veces más, pero fue imposible. Se remangó las mangas del jersey, abrió los armarios como si conociera la cocina desde hacía años y empezó a sacar cazuelas mientras canturreaba una vieja canción de Frank Sinatra con una sonrisa en el rostro.
La observé en silencio.
Aquella mujer que unas horas antes lloraba en un Starbucks ahora parecía completamente distinta. Durante unos minutos dejó de ser una anciana abandonada por sus hijos. Volvía a ser la madre que había cuidado de toda una familia durante décadas.
—De verdad, no hace falta...
Se giró sujetando una cuchara de madera.
—Megan... toda mi vida he cuidado de los demás. Déjame hacerlo una vez más.
Aquellas palabras bastaron para que dejara de insistir.
Sonreí.
—De acuerdo. Pero con una condición.
—¿Cuál?
—Mientras usted cocina, yo voy a darme un baño.
—Eso está mucho mejor.
Subí las escaleras mientras seguía escuchándola cantar bajito desde la cocina. El sonido de la sartén, el aroma de la comida y aquella voz apagada por los años consiguieron que la casa volviera a sentirse llena de vida.
Cuando entré en el cuarto de baño me quedé completamente inmóvil.
Tiffany no solo estaba preparando la cena.
También había preparado la bañera.
El agua humeaba suavemente. Había echado sales de lavanda y dejado una toalla perfectamente doblada sobre el borde. Incluso había encendido una pequeña vela aromática.
No pude evitar sonreír.
Aquella mujer necesitaba que alguien cuidara de ella.
Y, aun así, seguía encontrando la manera de cuidar a los demás.
Me metí despacio en el agua caliente y cerré los ojos.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí la misma paz que cuando mi abuela todavía estaba conmigo.
Descansé dentro de aquella bañera hasta que el agua empezó a enfriarse.
Cerré los ojos durante unos minutos, dejando que el aroma de la lavanda y el silencio de la casa calmaran mi mente.
Sin embargo, por mucho que intentara relajarme, era imposible dejar de pensar en la conversación que había tenido con Sasha.
Sus palabras seguían resonando en mi cabeza.
"Nos debes demasiado."
Apreté los labios.
No.
Yo no le debía nada.
O al menos eso quería creer.
Abrí los ojos lentamente mientras contemplaba el techo del baño. Sin darme cuenta, mi mano volvió a descansar sobre mi vientre. Sonreí durante apenas un instante, pero aquella paz desapareció tan rápido como había llegado.
Porque el pasado nunca desaparece.
Solo espera el momento adecuado para volver.
Y aquella conversación había abierto una herida que llevaba años intentando cerrar.
Los recuerdos comenzaron a desfilar por mi mente uno detrás de otro. El olor de las calles, los gritos, el miedo, la sensación constante de no saber qué iba a ocurrir al día siguiente...
Todo empezó cuando Sasha y yo dejamos de ser unas niñas.
Aquel fue el momento en el que comprendimos que la infancia había terminado para siempre.
No hubo una despedida.
No hubo una última tarde jugando.
Solo una realidad demasiado cruel para dos adolescentes que todavía no entendían cómo funcionaba el mundo.
Ese fue el principio de todo.
El principio de nuestras mentiras.
El principio de nuestros secretos.
Y también el comienzo de la deuda que, muchos años después, seguía persiguiéndome.
Origen
Eran las diez y media de la noche cuando los cuatro entraron en el despacho del comisario Ambrose.
El ambiente estaba más cargado que de costumbre.
Ambrose permanecía sentado en el sofá situado en el centro de la estancia.
Frente a él, Michael ocupaba el sillón de la izquierda y Nathaniel el de la derecha.
Ethan y Matt permanecían de pie, esperando el inevitable sermón.
Ambrose dejó caer un expediente sobre la mesa con un fuerte golpe.
—Vamos a ver... ¿me queréis explicar cómo es posible que no tengamos absolutamente ninguna prueba? ¡Ninguna! Los de arriba llevan todo el día llamándome y pidiéndome la cabeza.
Matt suspiró.
—Jefe, apenas ha pasado un día y medio desde que apareció el cadáver. No vamos a encontrar al asesino por arte de magia.
—¿Un día y medio? —repitió Ambrose, levantándose de golpe—. ¡Un día y medio dice!
Comenzó a caminar por el despacho con las manos en la espalda.
—¿Sabéis qué hay justo al otro lado de esa puerta? La prensa. Llevan horas dándome por culo. Y como no demos una respuesta pronto, adivinad quién va a terminar jodido.
Ethan se encogió de hombros.
—Con todos los respetos, jefe... solo es un criminal.
Ambrose se plantó delante de él.
—¿Solo es un criminal?
Repitió cada sílaba despacio.
—¿So-lo es un cri-mi-nal?
Ethan tragó saliva.
—Eso no ha sonado bien...
—Señor Williams, le juro que como vuelva a salir una frase así de su boca lo mando a patrullar Central Park durante un mes entero.
Los demás agacharon la cabeza para ocultar la risa.
Ambrose continuó señalándolos uno por uno.
—No, rectifico. El guaperas...
Señaló a Matt.
—El chulo...
Ahora apuntó a Michael.
—El tarado...
Nathaniel levantó una mano.
—Siempre me toca.
—Porque te lo ganas.
Las risas fueron inevitables.
—...y usted, señor Williams, os vais todos de patrulla. Pero no una patrulla cualquiera. Os voy a joder tanto que vais a venir de rodillas a suplicarme volver a Homicidios.
Nathaniel carraspeó.
—Jefe... ¿eso incluye hacer multas de aparcamiento?
Ambrose lo fulminó con la mirada.
—Empieza a rezar para que no.
Justo en ese momento llamaron a la puerta.
—Adelante.
La puerta se abrió y apareció Helen con una carpeta en la mano.
—Buenas noches.
Todos dirigieron su atención hacia ella.
—Mientras realizábamos la autopsia encontramos varios detalles importantes. Horas antes de morir, Kevin mantuvo relaciones sexuales. En las inmediaciones de la escena apareció un preservativo. El semen coincide con su ADN y, en la parte exterior, hemos encontrado fluidos biológicos de una mujer.
Matt fue el primero en hablar.
—En resumen... antes de palmarla echó un polvo.
Cuatro pares de ojos se clavaron sobre él.
Ethan le dio un codazo.
—No, soplapollas. Lo importante es que tenemos una testigo.
Helen sonrió con resignación.
—Exactamente. Además, el laboratorio ha conseguido acceder parcialmente al teléfono de Kevin. Había varios mensajes con una mujer llamada Amanda. El número es de prepago y, de momento, no conduce a ninguna parte, pero el contenido de las conversaciones apunta a que trabajaba como escort.
Michael cruzó los brazos.
—¿Algo más?
—Sí. En las ligaduras hemos recuperado ADN suficiente para obtener un perfil genético. Si todo sale bien, mañana o pasado tendremos los primeros resultados.
Nathaniel dejó escapar el aire lentamente.
—Por fin una buena noticia.
Helen cerró la carpeta.
—La científica está trabajando sin descanso. En cuanto tenga algo más, os avisará.
Ambrose asintió satisfecho.
—Me alegra escuchar eso. Significa que, al menos por una vez, no estamos viviendo solo de las migas.
El silencio volvió a instalarse en el despacho.
Matt apretó los puños.
—Puto criminal...
Ambrose giró lentamente la cabeza hacia él.
—¿Qué?
Matt levantó las manos.
—Nada, jefe.
—Eso pensaba.
Michael observó a sus compañeros durante unos segundos. Entre las bromas, los gritos del comisario y las malas noticias, una idea no dejaba de rondarle la cabeza.
Kevin Queen había salido de prisión para encontrarse con aquella mujer.
Y alguien había aprovechado ese momento para ejecutarlo.
Aquello no había sido un crimen improvisado.
Había sido una ejecución perfectamente planificada.
Todo empezó cuando entré en la universidad.
Cualquiera habría pensado que tenía la vida perfecta.
Nací en una familia con dinero. Nunca me faltó un techo, ropa de marca ni la oportunidad de estudiar en una de las mejores universidades de Nueva York. Desde fuera, mi vida era la que muchas personas habrían deseado.
Pero nadie veía lo que ocurría cuando se cerraban las puertas de casa.
Mis padres siempre estaban demasiado ocupados para mirarme de verdad. Las buenas notas eran una obligación, no un motivo de orgullo. Cada logro era simplemente lo mínimo que esperaban de mí. Crecí rodeada de lujos, pero con una sensación constante de soledad.
En la universidad descubrí algo que llevaba buscando desde hacía años: personas que parecían aceptarme.
Las fiestas comenzaron siendo una forma de desconectar.
Luego se convirtieron en una necesidad.
Cada fin de semana era una excusa para beber más, dormir menos y sentir, aunque solo fuera durante unas horas, que pertenecía a algún lugar.
Entonces empezaron los hombres.
Al principio eran citas.
Después encuentros sin significado.
Cada vez que uno me prestaba atención, confundía el deseo con el cariño. Me convencía de que, si hacía todo lo que esperaban de mí, alguno terminaría enamorándose.
Nunca ocurrió.
Ellos seguían con sus vidas.
Yo volvía a casa sintiéndome cada vez más vacía.
La chica segura y educada que mis padres habían criado fue desapareciendo poco a poco. Dejé de respetarme porque estaba convencida de que nadie podía quererme por quien era.
Fue en esa época cuando conocí a Sasha.