Capítulo 67 #2
Sin embargo, su inteligente jugada los estaba llevando directamente hacia mí.
Los encontré a medio camino, mientras tropezaban y se empujaban para rodear el bloque de subastas. Los licántropos de Pasadena alcanzaron a los hombres que iban atrás y el pánico se extendió como una llama sobre un charco de gasolina.
Buzz Uno se topó con mi patada lateral. Puse toda mi fuerza en ella, sabiendo que su peso absorbería el impulso y me dejaría en equilibrio para el siguiente golpe.
Se había agachado más en el último momento, como si sospechase que algo se le venía encima. Como resultado, recibió toda la fuerza de la patada en el esternón y las costillas. Pude sentir cómo se rompían.
Cayó, y yo le di un puñetazo en la cara al siguiente tipo.
Alex pasó rugiendo a mi derecha, agarró a un guardaespaldas y lo utilizó como ariete para golpear a los demás.
A mi izquierda, Yelena golpeó a dos en la garganta y cayeron al suelo, ahogándose.
La pelea terminó rápidamente.
—¡Tirad las armas, estiraros en el suelo y no os haremos daño! —grité con voz ronca—. Si disparáis, os mataremos. ¡Al suelo! ¡Tiraros ahora! ¡Ahora! ¡Al suelo!
Obedecieron. Nuestra velocidad y la pérdida de luz destrozaron cualquier moral que tuvieran como grupo de guardaespaldas que trabajaban por dinero y ni siquiera se conocían entre sí.
Sabían que estaban derrotados. Se tumbaron en la oscuridad, ciegos, temblando por el shock, medio esperando que la pesadilla los destrozara de todos modos, pero incapaces de hacer nada más.
En cuanto a los licántropos, ellos también entendieron las palabras, pero la moderación era otra historia para los más jóvenes. Los lugartenientes de la manada tuvieron que gruñir y tirarlos hacia atrás.
La disciplina se mantuvo, por los pelos. Nadie disparaba. Y sólo Altau y Pasadena seguían en pie.
Otro camión se adelantó y dirigió sus faros a través de las puertas destrozadas hacia el caos del vestíbulo.
Respiré temblorosamente y miré a mi alrededor.
Julie le estaba vendando la pierna a Keith con un trozo de tela arrancado de sus pantalones. Él parecía moverse sin problemas. Julie levantó la vista, vio que le miraba y me hizo un gesto de aprobación con el pulgar.
Yelena avanzó por el centro del vestíbulo, con la P90 todavía barriendo a los guardaespaldas supervivientes que yacían en el suelo.
—Yelena. ¿Dante? ¿Tamanny? —pregunté.
Yelena se detuvo e indicó con un movimiento de cabeza hacia un lado, con los ojos todavía buscando amenazas. Ignoró la sangre que le goteaba por el brazo.
Corrí hacia donde me había indicado.
Dante sabía dónde estaba Tamanny. Había vuelto corriendo al interior, atravesando el fuego cruzado, y se había lanzado sobre la niña, protegiéndole con su cuerpo. Había recibido una de esas balas por su esfuerzo. También sangraba, pero había tenido suerte: apenas le había rozado el hombro.
—Idiota —le susurré al oído mientras me arrodillaba junto a ellas y las abrazaba a ambas.
—Lo siento, Señora.
Resoplé, saboreando el gusto amargo de los bioagentes curativos en mi boca.
—No te preocupes por eso. Esto te ayudará —dije, y lamí su herida, administrándole los aniatrópicos y analgésicos. El aire silbó entre sus dientes.
Tamanny tenía los ojos bien cerrados, de los que brotaban lágrimas. Estaba temblando.
—Te dije que vendría. Te lo dije —le susurró Dante a Tamanny—. Ya estás bien. Estás a salvo.
Me quité el chaleco Kevlar y envolví a las dos con él.
—Las dos estáis a salvo. Voy a estar ocupada. Quedaos ahí —les dije—. Le quitaremos las esposas a Tamanny y os sacaremos... de aquí tan pronto como podamos.
Lejos. ¿Tendría que devolver a Tamanny? Su madre estaba muerta, no es que yo hubiera dejado que esa zorra recuperase a su hija. ¿Tenía Tamanny más familia?
No. Mía.
Mi Athanate había llevado a cabo otra adopción, definitiva e inquebrantable. No estaba segura de cómo se interpretaría eso en el sistema legal californiano. En ese momento, no me importaba.
A Yelena no le gustó que me quitase el chaleco antibalas, pero hizo lo mismo y envolvió a otras dos jóvenes.
Cuando terminó, le subí la manga y le lamí la herida del antebrazo para detener la hemorragia. Al diablo con lo que pensaran los guardaespaldas, si es que estaban mirando.
No era una herida grave. Mi Casa había salido casi ilesa.
Tamanny y Dante estaban a salvo.
Pero Forsythe había huido.
Necesitaba tanto encontrarlo que me empezaron a temblar las piernas.
Respiraciones profundas. Despacio. Despacio.
Concentración.
—Los jefes de equipo, acercaros, por favor. Equipo Sky Uno, mantened la guardia. Equipo Sky Dos, recoged las armas y buscad las llaves de estos grilletes —ordené—. Y algo de ropa, si podéis.
Las fuerzas de seguridad Altau se dividieron y se pusieron manos a la obra; no eran tan hábiles como Ops 4-10, pero lo harían bien.
Los dos jefes de equipo aparecieron ante mí, y se les unió un lobo de Pasadena: el teniente que había conocido en el concierto.
—¿Bajas? —pregunté.
—Un muerto, dieciséis heridos, ocho de gravedad, incluidos tres rehenes —dijo Sky Uno. Él también sabía a qué bajas me refería. Las nuestras. Las bajas entre los postores y sus guardaespaldas las podría averiguar más tarde—. Ya están bajo control, Gunny —concluyó.
Un apodo típico de los marines...
Si no hubiera sido por la muerte, habría sonreído. Habíamos tenido suerte. Eso y el soporte vital de emergencia Athanate, sin duda.
Me volví hacia el licántropo.
—¿Pasadena?
Él sonrió.
—Sólo un teniente, Sra. Farrell. Tenemos a uno con la pierna rota. Nada más.
Resoplé.
—Gracias por venir —dije—. De verdad, habéis marcado la diferencia, habéis salvado muchas vidas inocentes.
Sobre todo, teniendo en cuenta que le rompí el hombro a tu Alfa.
—Son nuevos tiempos. Ya sabes, es parte de que todos los paranormales nos mantengamos unidos. —Parecía casi avergonzado—. Este tipo de cosas hay que hacerlas de todos modos. Y, bueno, usted ayudó a Paige a transformarse. Hay que hacer mucho más de eso.
Ah. La joven escorchada de Denver.