Capítulo 50 #3
Para un observador, podría haber parecido que sólo me retorcía para causar efecto.
Y, como se vio después, tuvimos un espectador.
La puerta se abrió de golpe y Alex irrumpió en la habitación, cargando con su ropa y todavía chorreando agua por haberse bañado desnudo en la piscina.
—¡Oh! Oye, seguid —dijo sonriendo. —No querría que paraseis por mi culpa.
—Pervertido. —Jen se deslizó fuera de mí, hacia el lado más alejado de Alex.
—Reina de hielo —replicó Alex.
—¡Niños! Por favor.
Se me volvió a subir el corazón a la boca. Adiós a la discusión teórica con Jen, adiós al plan de ir avanzando poco a poco. Me sentía como si estuviera en la cuerda floja sin red de seguridad. Y sin eukori que me permitiera hacer trampa.
Confía y salta.
—Alex. —Extendí un brazo hacia él, invitándolo.
No se había molestado en ponerse una toalla, al igual que no se había molestado en ponerse el bañador, así que estaba frío y mojado cuando se deslizó en la cama a mi lado.
Los dos estaban tan relajados como dos serpientes de cascabel evaluándose mutuamente.
Tan relajados como lo habían estado Félix y Cameron en Coykuti.
Eso me daba una pizca de esperanza.
Jen era una Alfa. No era una licántropa, pero claramente era tan Alfa entre los humanos como lo eran Alex, Félix o Cameron entre los licántropos.
¿Y si ella y Alex sólo estaban reaccionando como Alfas de hombre lobo?
¿Y si las miradas fulminantes y los insultos fueran una especie de provocación loca?
Ahora me encontrada acorralada de verdad. Alex estaba tumbado sobre mi brazo derecho, Jen sobre el izquierdo. Aparte de apretarlos contra mí y esperar que no explotaran, ¿qué más podía hacer?
El agua de la piscina goteaba del pelo de Alex y le resbalaba por el pecho.
La piscina era de agua salada. Por suerte, sin cloro.
Lamí algunas gotas de su piel, subiendo hasta su garganta.
Alex respiró hondo.
Y lo que le hice a uno…
Pasé la lengua por Jen, desde el pezón hasta la línea de la mandíbula.
Ahora ambos parecían haber olvidado cómo respirar. Tiré de Alex hacia abajo para hacerle el boca a boca que le salvaría la vida.
Luego a Jen. Todo es cuestión de equilibrio.
Funcionó, y ahora estábamos en racha.
Tenía una mirada de interés firme por parte de Alex, que en ese momento se apretaba con fuerza contra mi cadera. Los ojos de Jen habían vuelto a su mejor aspecto ahumado y se clavaban en los de Alex.
Silencio, salvo por tres respiraciones entrecortadas.
Los ojos de Alex parpadearon hacia los labios de Jen. Como si respondieran, estos se separaron.
Con los ojos muy abiertos, los dos se inclinaron hacia delante sobre mí.
Sus labios se tocaron y se apartaron de golpe como si se hubieran quemado.
Qué incómodo.
Mi amiga del colegio, Cassie, lo había hecho mejor con su primo cuando les reté a que se besaran en el cobertizo del jardín. Tenían apenas doce años.
—Vaya, eso fue difícil —dijo el demonio en mi garganta—. Ahora, una vez más, con pasión.
Jen cerró los ojos e inclinó la cara.
Alex se acercó a ella.
Sus labios se tocaron, se separaron, se tocaron.
Volví a olvidarme de respirar.
¿Cómo se sentiría?
Están enamorados. Están enamorados. Quieren hacer el amor.
Sus deseos son sagrados para mí.
Lo cual hacía que pareciera una especie de obligación: permitirles que se quisieran el uno al otro como me querían a mí.
Ahora se estaban besando, un beso de verdad. Podía sentir el calor, la urgencia, la necesidad.
Eso despertó una necesidad en mí también. Verlos besarse era un nivel de erotismo que me hacía agua la boca, me hacía temblar las piernas y me quemaba por dentro.
Esto no era ningún deber. Se trataba únicamente de placer. De deseo.
Lo necesitábamos. Necesitábamos que nuestro amor fuera igualitario y compartido entre nosotros.
No era una verdad que descubrí con eukori, sino una verdad que simplemente sentí cuando el fuego comenzó a arder en los tres, cada uno alimentando las llamas del otro.
Y mientras se besaban más profundamente, Jen deslizó las yemas de los dedos por el pecho de Alex, dejando un rastro de piel de gallina. Arriba y abajo, entre Alex y yo. Rozando mi pezón. Su vientre. Mi vientre. Mi cadera. La unión de piel donde su vientre presionaba mi costado.
Los tres temblábamos.
Sus dedos se detuvieron.
Una pregunta.
Mi corazón latía como si intentara salir de mi caja torácica.
El cuerpo de Alex se estremeció y se movió. Una cantidad minúscula. Apenas lo suficiente para dejar espacio para que una mano se deslizara entre nosotros, hasta donde su expresión de interés palpitaba ardiente contra mi cadera.
Una respuesta. Una invitación.
Esto iba a funcionar. Una oleada de placer y expectación increíble sacudió mi cuerpo.
En un instante, todo se esfumó. Un segundo antes de que sucediera, tanto Alex como yo lo sabíamos. Alex ya estaba agachado entre nosotras y la puerta cuando esta se abrió de golpe.
Yelena. Obviamente recién salida de la cama. Magníficamente desnuda, con el pelo plateado peor que el de Medusa.
Elizabetta y Dominé justo detrás de ella.
—Lo siento, jefa —dijo Yelena, tendiéndome el móvil—. Es urgente.
Me deslicé de la cama.
—¿Dante?
Negó con la cabeza.
—Tamanny.