Los secretos de Los Ángeles (Amber Farrell – Investigadora Paranormal 5) Capítulo 49 #2
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Capítulo 49 #2

—Quiero decir, mira todo esto: no es tan malo tener que aguantar a los cretinos —continuó—. A veces hay que, ya sabes, pagar por adelantado. Pasar un poco de apuro al principio para tener una vida tranquila después.

Mi eukori burbujeó y sentí un escalofrío de profundo miedo en Tamanny mientras repetía como un loro las cosas que su madre le había estado inculcando.

Antes de que pudiera decir nada más, llegó la mujer en cuestión. A toda prisa, descontenta y haciéndonoslo saber a todos.

—¡¿Quién os ha dicho que podáis entrevistarla?! —fue su primera frase, pronunciada a voz en grito.

—Hola, señora Harper —dijo Elizabetta—. No le estamos haciendo una entrevista. Sólo estábamos charlando y disfrutando de las vistas mientras le esperábamos a usted.

Eso sólo le satisfizo en parte.

—Nadie me lo dijo. ¿Qué demonios está pasando? —No esperó una respuesta y se abalanzó sobre Tamanny—. ¿Qué les has dicho?

Logré contenerme y no romperle el brazo a la señora Harper, pero al demonio se le ocurrió decir:

—Que hay unas vistas estupendas y que lleva unos zapatos bonitos.

Elizabetta se interpuso entre la mujer y yo.

—Queremos hacer algo un poco diferente aquí, señora Harper. De hecho, queríamos hablar con usted tanto como con Tamanny. El enfoque que buscamos es, bueno, de dónde viene Tamanny. Se trata de la familia, y eso le incluye a usted.

—Oh. No soy sólo su madre, ¿sabe?

Dio un paso atrás, soltando a su hija. Tamanny se frotó el brazo discretamente.

—Estoy a punto de relanzar mi carrera —dijo la señora Harper.

Me mordí el labio para callarme. Elizabetta iba a ser mucho mejor que yo hablando con ambas.

Tenía que admitirlo, la señora Harper saldría bien en las fotos. Se notaba que Tamanny había heredado la buena estructura ósea de su madre. La mujer habría seguido siendo atractiva de no ser por la quietud antinatural de su rostro y el maquillaje excesivamente recargado.

Pero ¿relanzar una carrera aquí, en Los Ángeles, donde la juventud era un dios?

—Buenos genes —dijo Elizabetta—. La estructura ósea, el porte. Usted también debía de estar en el mundo del espectáculo. Es decir, ¿no leí algo sobre su trabajo con el Bailarín Dance Group?

La señora Harper casi esbozó una sonrisa. Me pregunté si aún le quedaban músculos que funcionaran en la cara.

—Sí. Yo era la directora. Llevamos el espectáculo a Las Vegas, ¿sabe? Compartimos escenario con todos ellos. Dean y Sammy, Joey y Peter, el dulce Lolo y Danny, por supuesto. Danny Gans. Qué trágico.

Me mordí el labio. No creía que estrellas como Dean Martin y Sammy Davis Jr., si es a ellos a quienes se refería, «compartieran» jamás su escenario. No con una pequeña compañía de baile californiana.

—Lo di todo por el Bailarín, ya sabe —dijo—. Fue mi pasión la que nos impulsó. Le dediqué mi corazón y mi alma. Fueron los demás los que se rindieron, todos ellos, uno tras otro. Pero yo sigo aquí y no me he rendido. Todavía tengo lo que hace falta.

La habíamos distraído, pero estaba lejos de estar convencida de nosotras.

—Tenemos que dejar esto muy claro —dijo—.

Soy su agente y, o bien acatáis mis decisiones sobre lo que podéis publicar, o nunca volveréis a tener otra oportunidad de hablar con Tamanny.

Ella es la próxima gran estrella. Es el rostro del mañana, y no dejaré que nada se interponga en eso.

Tengo que dar mi visto bueno a todo antes de que entréis en la fase de impresión.

Necesitaré copias completas con antelación, incluidas las fotografías y la ubicación en las revistas.

Oh, y querré la información de contacto de cualquier anunciante cuyos productos aparezcan junto al artículo.

Lo mismo se aplicará cuando me entrevisten.

La cosa estaba a punto de salirse de madre.

No sabía prácticamente nada sobre el sector, pero sabía que nadie podía exigir ese tipo de garantías a ninguna revista de prestigio. Si es que aún existía alguna. Y, además, éramos unas completas farsantas.

Tamanny se había apartado a un lado y le estaba dando la espalda a la discusión. Le seguí. No me quedaba mucho tiempo.

—Escúchame —le dije.

Volvió sus ojos hacia mí, a la vez jóvenes y viejos, y sentí un sabor amargo en la boca, imaginando lo peor que la industria podría hacerle. Lo peor que Forsythe podría hacerle. No deseaba nada más que secuestrarle en ese mismo instante; llevármela y devolverle su infancia.

—Yo… eh… —Miró a su madre. Elizabetta estaba haciendo un trabajo excelente, distrayéndola y ganándome unos momentos más con Tamanny.

—No tienes que responder a nada. Déjame decir sólo unas palabras. No es nada malo, ¿verdad?

Se mordió el labio.

—Tienes miedo. No confías en la gente que te rodea.

El miedo que había percibido se reflejó en sus ojos. Movió los labios, pero no salió ningún sonido.

Extendí la mano . Esta vez no fue mi intención; simplemente sucedió. Mi eukori funcionó. Fluyó y se entrelazó con el suyo.

No había forma de describir con precisión ninguno de los eukori que percibía.

Me basaba en extrañas asociaciones que los sentimientos creaban en mi mente.

El eukori de Tamanny era como pétalos de rosa cayendo.

Un suave tirón y pude sentir el miedo arremolinándose debajo.

Bajo el escudo de reírse de los «raros» y burlarse de ellos, tenía auténtico miedo a algunas de las personas con las que se encontraba.

Y entretejido con el miedo había otro sentimiento, como quedar atrapada por las espinas de una rosa, ser incapaz de escapar.

Un sentimiento que yo conocía. Podía recordar el beso de acero del angoisse que se aferraba a mi garganta, las espinas afiladas presionando contra mi carne.

Parpadeé para contener unas lágrimas inesperadas. ¡Catorce!

A mis espaldas, oí la pregunta que iba a hacer que nos echaran.

—¿Qué revista? ¿Quién es tu editor? Tengo que hablar con él. —La señora Harper tenía el móvil en la mano.

—Bueno, somos freelances. Nuestro trabajo se enviará a las agencias...

— ¿Freelances? ¡Jodidas freelances! Esto es una estafa. Aléjate de ella, joder.

Su voz se había convertido en un chillido y estaba empujando a Elizabetta para pasar. Tenía un par de segundos, nada más.

—Escúchame —le dije, con las palabras saliendo a borbotones—. Soy alguien en quien puedes confiar tu vida. Cuando necesites ayuda, llámame y vendré a por ti.

Le di mi tarjeta con mi número.

Parpadeó.

Por un segundo pensé que iba a levantarla y mirarla. Su madre se la arrebataría de la mano y me la tiraría de vuelta.

Me moví para interponerme entre ella y su madre. Sólo un segundo más. Sólo…

La mano de Tamanny se retorció como la de un mago haciendo un truco. Mi tarjeta había desaparecido.

Adelante, chica. Sobrevive, maldita sea.

La mano de su madre me agarró del hombro y me tiró hacia atrás.

—¡Lárgate de aquí! —me gritó a la cara—. Voy a llamar a seguridad.

Levanté las manos y retrocedí. Tamanny tenía la cabeza gacha y su madre le empujó hacia los ascensores.

Las dejamos ir y bajamos por nuestra cuenta después.

Al personal del hotel no le importábamos mientras nos fuéramos, y un minuto después ya estábamos en la calle.

—¿Tienes la misma sensación con esto? —preguntó Elizabetta.

Asentí con la cabeza.

—Su madre le está haciendo sentir culpable. Algo así como que lo sacrificó todo para criarla y ahora es el momento de devolverle el favor.

—¿Lo has percibido? ¿Tu eukori?

Asentí con la cabeza.

—Creo que sí. Funcionó, más o menos.

—Esa mujer es una farsanta —espetó Elizabetta—. ¡Menuda tipa!

—Sí, pero eso no prueba nada sobre Forsythe —dije, yendo en contra de mis instintos—. Tamanny no cree que él sea el problema.

—No, supongo que le compra los zapatos por pura bondad.

—Oye, estoy de tu lado —dije—. Es un depredador enfermo, pero eso no cambia los hechos. No nos ha dado nada que podamos usar contra Forsythe.

—Y su madre no sirve de nada. No le importará lo que pase mientras el dinero sea bueno y su nombre aparezca en las luces de neón.

—Eso no lo sabemos.

Pero mientras lo decía, volví a levantar la vista hacia la altura impersonal del hotel. Los ojos vacíos de las ventanas que daban al centro de Los Ángeles me hicieron pensar en los ojos de la señora Harper. Desalmados. Mi instinto me decía que Elizabetta tenía razón.

Mi instinto sabía que había un montón de víctimas suyas para las que ya era demasiado tarde.

Incluso en los casos en los que no era demasiado tarde, eran demasiadas, estaban demasiado dispersas.

No podía salvar a todo el mundo, pero si podía salvar a Tamanny, quizá así podría saldar mi deuda con Fay. Quizá eso aliviaría ese sentimiento.

¿Dónde demonios está nuestro coche?

Un guardia de Altau estaba a unos diez metros de nosotras, escudriñando la calle.

Estaba a punto de llevarnos a un lugar más protegido cuando vi al otro guardia doblar la esquina en el coche.

—¡Mierda! —dijo Elizabetta detrás de mí—. Justo lo que nos faltaba.

Me volví bruscamente al oír su tono.

Me atrajo hacia ella y levantó el móvil como para mostrarme algo. La pantalla estaba en negro.

—No es el móvil. Mira al otro lado de la calle. En la mesa junto a la ventana de la cafetería —dijo.

Un tipo estaba sentado tomando algo. Había una cámara sobre la mesa frente a él, apuntando, como por casualidad, hacia las puertas del hotel.

—Es uno de los detectives de la división de Delitos Graves de Jefferson.

Había dos problemas.

Uno, tendría una foto de nosotras. Dos, si se estaban involucrando más detectives, esto ya no era un proyecto extraoficial de Delitos Graves, era un caso, y nos estaríamos entrometiendo en su camino.