Los secretos de Los Ángeles (Amber Farrell – Investigadora Paranormal 5) Capítulo 33
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Capítulo 33

—¡Amber! ¿Estás… estás bien?

Ni siquiera un Alfa sabía muy bien cómo formular la pregunta.

¿Ya no estás loca?

Alex le habría mantenido más o menos al corriente de ese tema, y yo tenía que hablarle primero de cosas más personales.

—Siento mucho lo de Martha y Silas —dije—. Y lo de todos los demás.

Una imagen del pequeño cementerio detrás de Coykuti apareció en mi mente. Su hermana Martha lo mantenía. ¿Quién lo haría ahora?

Y Silas, su enorme lugarteniente, que nunca había sido de muchas palabras, ahora en silencio para siempre.

Soy la suma de todas las cosas que he hecho...

Se me nublaron los ojos.

—Fue culpa mía —concluí.

Si no me hubiera convertido en renegada y hubiera perseguido a Amaral colina abajo, llamando a la manada de Denver para que viniera a mí… Amaral ya estaba derrotado. No había necesidad de que la manada le atacara a él y a su seguridad, que iba bien armada.

—Sí, fue culpa tuya —dijo Félix—. También fue culpa tuya que la Confederación se viera obligada a retroceder cuando estaba en posición de arrollarnos.

Culpa tuya que Diana fuera rescatada y que Altau mantuviera su liderazgo sobre Panethus y la Revelación.

Culpa tuya que Amaral y los Adeptos de Taos murieran.

Culpa tuya que mi manada ahora incluya una submanada, y que tengamos miembros que no saben en qué manada están y, mucho menos, qué piel prefieren llevar cuando se transforman.

—Hizo una pausa y, cuando continuó, su voz era más baja—.

También es culpa tuya que Olivia esté viva.

Martha y Silas dieron sus vidas para que todo eso pudiera suceder, y decir que fue culpa tuya es una falta de respeto hacia ellos.

—Félix, ni siquiera estoy segura de poder volver a hacer el ritual.

—Lo conseguirás —dijo, sin un atisbo de duda—.

En el fondo, lo sabes. Lo volverás a sentir en cuanto los veas.

Tenemos un par de docenas de escorchados aquí, en Coykuti, viviendo en tiendas de campaña en la antigua pradera.

—Resopló—. Cada uno con un amigo de su manada.

Nunca habíamos tenido tantos visitantes a la vez.

Todas esas marcas… Están volviendo loco a Duane.

Me aclaré la garganta.

—¿De qué manadas son?

—Las que ya conoces: Cimarrón y sus dos aliados, Clayton y Mills. Glen Canyon, nuestros vecinos de Utah. Nuestros nuevos amigos de Cheyenne, Medicine Bow y Rock Springs. Luego hay otros: unos cuantos de la Alianza de las Llanuras de Kansas y Crescent Lake, de Nebraska.

No todos ellos se habían mostrado amistosos últimamente. Recordé que las manadas de Kansas y Nebraska habían intentado expandirse hacia Colorado.

—¿Todos han cerrado algún tipo de acuerdo contigo?

A pesar de ser mi Alfa supremo, Félix se puso a la defensiva.

—No soy la Confederación, Amber, no los estoy subordinando. No quiero su territorio. Sólo un entendimiento sobre problemas comunes, como la Confederación, acuerdos sobre territorios concretos, derechos de paso. Cosas sencillas y sensatas como esas.

—He hecho una oferta a las manadas de Los Ángeles para que empiecen a negociar algún tipo de acuerdo.

—Lo sé, Alex me envió un correo. Cinco manadas. Menudo lío hay allí —dijo—. Está bien.

Bien. Lo que significaba que me daba permiso. Lo que significaba que él controlaba quién acudía al ritual.

Me llevaba mejor con Félix que con Skylur, y no quería estropear eso, pero sabía que, si lo dejaba pasar esta vez, cada vez sería más difícil plantarle cara.

—Este ritual, el que ni siquiera estoy segura de poder volver a hacer —dije—, sé algunas cosas sobre él por intuición. Una de ellas es que no funcionará si elijo a quién se lo ofrezco.

—Pero…

—Tengo que ofrecérselo a cualquiera que lo pida. De lo contrario, dejará de funcionar.

En realidad, no lo sabía; igual que no sabía si funcionaría, pero me parecía lo correcto.

—No podemos. La manada ya está lo suficientemente nerviosa tal y como están las cosas —dijo Félix—, con todas las marcas diferentes aquí presentes. No podemos permitir que los escorchados de la Confederación entren en nuestro territorio.

—Lo entiendo. Tendría que visitarlos allí. Supongo que te pido que entiendas mi posición; no es culpa de los escorchados que las manadas se estén peleando.

Él gruñó.

—Lo entiendo, pero no vayas allí, Amber. No vayas a Montana. Haz que ellos vengan a verte a algún lugar neutral.

Un buen consejo.

—De acuerdo. Ya veré. Y empezaré más cerca de casa. Quizá Cameron me permita volver a Carson Park para ver a los escorchados de Nuevo México.

Mencionar a Cameron ante Félix no fue una buena idea.

—¡Ese loco! ¿Sabes que está intentando reunir a las manadas del sur?

—Sí, claro que lo sé. La manada Deauville está asociada con las manadas de Nuevo México.

—Sobre eso… —comenzó Félix.

—Cameron sólo quería venir aquí para hablar con Altau. La verdad es que no tuve otra opción.

—Bueno, ahora ya no tiene que venir aquí para eso. Bian está en Nuevo México. Puede hablarlo con ella. —Era evidente que Alex le había puesto al corriente de todo, y Félix parecía mucho más contento al respecto.

—Ven a Coykuti esta vez y podemos empezar a prepararnos —dijo.

La última vez, habíamos realizado el ritual en el Parque Carson, justo en la frontera entre Colorado y Nuevo México, en un lugar que Martha llamaba «una zona sagrada».

Un lugar donde el propio viento parecía ser el aliento de los espíritus.

Coykuti tenía algo de eso. Podía imaginar la línea fresca y oscura de pinos sobre el rancho, la vigilancia de la montaña detrás de ellos.

Pero había un sitio que era todavía mejor.

Donde los árboles se alzaban altos y uno se arrastraba bajo ellos en un silencio de catedral.

Donde me había parado sobre una roca y sentí que el lobo se filtraba en mí por primera vez.

—No. Llévalos a todos a Bitter Hooks esta noche. ¿Conoces Falcon’s Bluff?

—Sí —dijo él—. En el extremo superior de la finca.

—Llévalos allí antes de medianoche. Prepara hogueras como las que hicimos en Carson. Necesito a Nick y a Úrsula, a Ben de la manada de Cimarrón y a cualquiera de los otros cachorros que nos ayudaron en el ritual. A Olivia, por supuesto.

—Entendido —dijo él—. También me pondré en contacto con los Alfas de Los Ángeles. Les daré los detalles y les ofreceré una escolta desde el aeropuerto.

—Gracias, Félix.

—¿Algo más?

Él se había sumado enseguida a la idea. Yo estaba en racha.

—Eh… sí. Necesito que me prestes algunos de la manada esta tarde…