Los secretos de Los Ángeles (Amber Farrell – Investigadora Paranormal 5) Capítulo 25
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Capítulo 25

—Hola, chicos —dije alegremente.

Estábamos en un refugio, a unos ochocientos metros del lugar de los hechos y al otro lado del río. Todos estaban dentro, Tom estaba llamando al cuartel general para informar y yo hablaba con los licántropos de Los Ángeles, que estaban atados como pavos listos para el horno.

La patrulla de Altau seguía mirando con ira a los licántropos. Que te disparen provoca eso. El hecho de que los hubiéramos capturado no parecía ser suficiente venganza. Y los licántropos lo sabían, aunque todavía estuvieran en shock. Apenas lograron lanzarme un gruñido entre todos.

Todos eran hombres. Si no lo supiera, me habría costado mucho distinguirlos de entre la multitud de Los Ángeles como licántropos. Pantalones negros, chaquetas voluminosas y coloridas, bufandas, camisas lisas y botas de trabajo.

Olfateé, dejé que su aroma tomara su forma única en mi nariz, saboreé su Llamada.

—No sois de Pasadena, así que supongo que ¿quizá de Redondo?

Uno de ellos escupió. Lo ignoré. Observé sus ojos. Quién miraba hacia dónde. Quién bajaba la mirada.

Los ojos me dijeron que el tipo que se había quedado atrás en el edificio era su líder.

Por ahora estaba fuera de combate, tirado en el suelo semiconsciente.

Si estuviera despierto, estaría recuperando la vista y el oído en este momento, pero también había recibido un buen golpe en la cabeza.

Le habíamos dado una sobredosis de analgésicos humanos estándar y confiábamos en que sus defensas licántropas se encargarían del resto.

Supuse que su número dos era un latino larguirucho con el pelo corto y recto, y un bigote en forma de herradura.

Se produjeron sutiles movimientos de cabeza en la manada. Bigote de Herradura miró fijamente a cada uno de los demás hasta que bajaron la vista, y luego volvió a mirarme, con su autoridad confirmada. Era una mirada enfadada.

No estaba contento. Supongo que no iba a ser mi mejor amigo.

—Long Beach —dijo.

—Así que ya son tres manadas de las que tengo constancia. ¿Quiénes son los demás?

Bigote de Herradura le dio vueltas a la pregunta. No le estaba pidiendo exactamente que revelara ningún secreto, pero no quería responderme.

Esperé a que se decidiera.

Finalmente, gruñó:

—Los Heights. Desde Whittier hasta Chino.

—¿Esas son todas las manadas? —pregunté.

Asintió con la cabeza.

Cuatro, no las cinco que pensaba Dominé.

—Estás vivo porque no queremos pelear con los licántropos locales.

—Deberías haberlo pensado antes de venir aquí. —Quien hablaba era uno de los licántropos subordinados, y se calló cuando Bigote de Herradura le gruñó.

—Habéis invadido nuestro territorio... —comenzó a decir.

—Nada que no se pudiera haber resuelto con una conversación —dije—. Pero, en lugar de eso, empezasteis a dispararnos.

Bigote de Herradura miró a Alex.

—Bueno, sólo le disparaste a mi compañera. Entonces no pasa nada.

Volvió la vista y pude ver cómo se le dilataban las fosas nasales mientras olfateaba la marca en la habitación.

Al final lo conseguiría. Separaría al Altau Athanate y se quedaría sólo con Alex y conmigo.

Tres. Dos. Uno.

Frunció el ceño, justo en el momento justo.

—¿Qué coño?

—Sí. ¿Qué coño haces disparando a gente que está aquí por asuntos Athanate? Nosotros somos tanto Athanate como licántropos. ¿ Quieres empezar una guerra?

Abrió mucho los ojos.

—Tú eres la híbrida… —dijo.

Más le valía haber seguido y llamarme «zorra». Notaba que quería hacerlo.

Sí. Ni de coña voy a ser amiga tuya.

Para mi sorpresa, se tragó el orgullo, más o menos.

—Mis disculpas. De verdad —balbuceó mientras Alex resoplaba—. ¿Por qué no nos contactasteis?

Pero no me estaba hablando a mí. Se había fijado en Alex y se estaba disculpando con él como si yo no estuviera allí.

—No pude encontrar vuestra página web, y mucho menos vuestros datos de contacto —dijo Alex.

El sarcasmo rebotó en Bigote de Herradura.

Alex se estaba irritando y dejando que su dominio se desbordara.

Quizá ese fuera el camino a seguir. Juntos éramos una pareja alfa y, a menos que hubiera alfas excepcionales en Los Ángeles de los que yo no hubiera oído hablar, seríamos dominantes sobre todo el grupo.

Ojalá fuera tan rápido y fácil.

Alex me miró y yo giré la cabeza bruscamente para indicarle que nos alejáramos de donde pudieran oírnos.

En la oscuridad fuera de la casa nos abrazamos. Cerré los ojos y simplemente disfruté de la sensación de sus brazos durante un minuto, del aroma de mi propio lobo grande y malo.

—Tengo que dejar estos chicos a tu cargo —dije finalmente, y le conté que los licántropos de Nuevo México habían aparecido en el club y le hice un resumen de la reunión con Skylur.

Bian salió.

—Ha llamado Tarez. Nos aconseja que los soltemos —dijo—. Le preocupa que retenerlos ponga en peligro cualquier acuerdo que pueda llegar a hacer con las manadas locales.

—No. Él solo no va a llegar a ningún acuerdo en un plazo razonable —dijo Alex—. ¿Cuatro manadas que probablemente no se soportan entre sí? ¿Qué les va a ofrecer?

—Sí. Tenemos que averiguar qué les atraerá —dije—. Parecen preferirte a ti antes que a mí. Eso al menos nos dice algo. Pero primero tengo que ir al club para asegurarme de que los licántropos de Nuevo México no vayan a sumarse a nuestros problemas.

—Me gustaría conocer a los licántropos de Nuevo México —dijo Bian—. Espero que pronto sean mis vecinos y socios. Y, si son un problema, necesitarás refuerzos.

—Trato hecho. ¿Alex? ¿Te parece bien quedarte y sondear a estos tipos con tacto?

—De acuerdo —dijo él—. ¿Qué hago si aparece Tarez y da órdenes de liberarlos?

—Yo soy el sindesmón. Skylur me dijo que pusiera a todos los licántropos en condiciones para que podamos incorporarlos a la nueva Asamblea.

—Suspiré. Tarez me había apoyado frente a Naryn.

Sentía que podía trabajar mejor con él, pero ninguno de los Athanate entendía realmente las manadas y cómo funcionaban.

No a ese nivel visceral en el que lo hacíamos Alex o yo.

Endereché los hombros.

—Voy a seguir adelante partiendo de la base de que nadie nos dice cómo gestionar las negociaciones con los licántropos.

—Vale. ¿Qué necesitamos de ellos? —preguntó Alex, señalando con el pulgar a los licántropos que estaban dentro.

—Una reunión con todos los Alfas. A partir de ahí me encargo yo. Por supuesto, cualquier cosa que puedas averiguar sobre ellos nos será útil.

—¿Necesitas a Tom y a un par de los demás para ir al club?

—No, no quiero que la situación sea más tensa de lo que ya va a ser.

Sólo Yelena, Bian y yo.

Habían apagado sus comunicadores en el club y nadie respondía a sus móviles. Teníamos que irnos ya. A esa hora de la noche, habría menos tráfico.

Me preocupaba que incluso así tardáramos demasiado.

∞ ∞ ∞ ∞ ∞

El Club Vasana parecía sospechosamente tranquilo, pero el aparcamiento estaba lleno.

Los dos guardias de seguridad de Altau que Tom había enviado hacían de portero y portera.

Llevaban el uniforme gris del club, con sombrero de copa y frac, pero sus chaquetas estaban más holgadas de lo que Dominé solía permitir.

Vi el ligero bulto que me indicó que ambos llevaban sus fundas de hombro.

—Señoras, bienvenidas al Club Vasana —dijeron riendo, quitándose los sombreros de copa y haciéndonos pasar por la puerta con una reverencia.

Bueno, parecían estar pasándolo bien.

—Supongo que entonces no ha muerto nadie —dije.

—La cosa se puso bastante tensa un rato —dijo el chico—. Pero todos volvieron a la oficina y desde entonces ha estado todo tranquilo.

—¿Dominé lo mantuvo en secreto?

Se miraron y volvieron a reírse.

—Sabes, a decir verdad —dijo la mujer—, fue más bien Vera.

Sentí una punzada de inquietud. Vera era buena para mantener a la gente tranquila. Había visto muchas pruebas de ello en Ops 4-10. Y era una de las favoritas en la Casa Altau: la gente hablaba con ella con una franqueza que rara vez mostraban con los demás.

Pero había llegado a Denver con una grave herida de bala, y el tratamiento de emergencia de Bian, con su sobredosis de euforizantes, parecía haberle dejado una tendencia a decir las cosas más extrañas. Por ejemplo, me había dicho que los Athanate eran ángeles, excepto los que eran demonios.

¿Y si soltaba un comentario inapropiado en el momento menos oportuno? ¿Y si Rita estaba al límite?

Dimos las gracias a los guardias y bajamos a toda prisa a la oficina, yo iba delante.

A nuestro alrededor, el Club Vasana hacía lo que mejor sabía hacer: sexo, real o de fantasía.

—¿Has visto eso? —dijo Bian, pero yo estaba demasiado concentrada en llegar a la oficina de Dominé.

A medida que nos acercábamos, mis peores temores parecían confirmarse. Podía oír gritos incluso a través de la gruesa barrera de la puerta.