Capítulo 18
Estaba en nuestro dormitorio, dando vueltas de un lado a otro.
—Ya no sé en quién podemos confiar.
Podemos . Una palabra pequeña. Importante para mí. Lo abracé.
—¿Qué demonios ha provocado esto?
Me devolvió el abrazo. Seguía haciendo ruidos de lobo, en lo más profundo, como si llevara mucho tiempo enjaulado. Quizá la distancia que parecía haber mantenido conmigo se debía a que no se sentía en casa aquí, en Los Ángeles. No tenía ningún lugar donde transformarse y correr.
Lo atraje hacia mí, empapándome de su olor a lobo. Habría sido tan fácil quedarme allí de pie y aspirar su aroma, pero tenía la misión de averiguar qué le pasaba.
¿Por qué siempre debía tener una maldita misión? Tuve que ignorar una punzada de irritación. Tenía una misión porque pertenecía a la Casa Farrell. Y era el Alfa de Alex. Al menos, mientras estuviéramos sobre dos piernas.
—¿Qué pasa? —le pregunté de nuevo.
—Me está afectando. —Hizo una pausa, como si se estuviera obligando a hablar con calma y claridad para mí—. Seguimos haciendo lo que Skylur y Diana dicen, sin cuestionar nada, y no hay vuelta atrás.
—¿Qué quieres decir?
Le acaricié el pecho con las manos. Mi loba quería unirse a sus gruñidos, y acariciarlo parecía la mejor manera de mantenerla callada por el momento.
—¿Has intentado hablar con Diana hoy? —preguntó.
—Bueno, no está disponible. El Imperio...
—Lo sé. Bian me puso al corriente de camino aquí —dijo—. Skylur tiene planes, pero en realidad no puede decirme nada, y todo es sobre lo que esto significa para los Athanate.
—Bueno, se supone que ahora soy el enlace entre los Athanate y los licántropos, así que puedo empezar a trabajar en ello.
—Sí, eso he oído. ¿Cómo te fue hoy?
Eso me arrancó una media sonrisa.
—No se trata sólo de la política Athanate —dijo—. Se trata de ti y de tu terapia.
Se soltó y volvió a dar vueltas.
—Hasta hoy, todos te hemos tratado como a una paciente en recuperación. Y ahora se espera que te encargues de Ibarre y Huang y del vínculo. Y de ser sindesmón. ¿Qué se supone que debo hacer?
—No te entiendo.
—¿De qué se supone que puedo hablar contigo? ¿Crees que el resto del mundo se ha olvidado de ti? —dijo enfadado—. ¿Félix? ¿Tu madre? ¿El FBI? Incluso esos locos de Nuevo México quieren hablar contigo. A todos les están dando largas.
Entendía lo que quería decir. La coacción de Diana que me protegía mientras me recuperaba no me impedía recordar el mundo exterior, pero hacía que todo pareciera menos importante, menos urgente.
Sin embargo, todo parecía tan razonable.
Cada vez que pensaba demasiado en algo, mi mente parecía alejarse de ello, como si fuera lo correcto.
Recordaba la sesión de terapia en la que lo había visualizado como salir de un pozo de hielo.
Diana había dicho que estaban hablando con todo el mundo. Pero eso fue hace tres semanas. Tres semanas .
Me estremecí. Odiaba la idea de no tener el control de mi propio cerebro.
Pero enfrentarme a la coacción, reconocerla, parecía haber cambiado sus cimientos. Mi mente no se escapaba.
—¿Y cómo va todo por ahí? —pregunté.
—No muy bien. Tu madre está preocupada. Ingram está cabreado. ¿Félix y Zane? Lo mismo. Todos entienden que estabas «lesionada», por lo que les hemos contado, pero se nos acaba el tiempo.
Mientras aún estaba en Nuevo México, el agente Ingram me había dicho que tenía un día o dos para cumplir mi promesa de hablarle con sinceridad. Mamá me había pedido que pasara a verla en cuanto volviera.
Hacía un mes.
Me imaginaba cómo se estaba tomando mi ausencia.
—Vale. —Apreté los ojos con fuerza e intenté pensar con serenidad—. Cuéntame qué está pasando en el mundo de los licántropos.
—La Confederación se ha recuperado bien —dijo, y dejó de dar vueltas—.
Mira, hemos mejorado la situación. Nosotros, me refiero a las manadas de Denver y Cimarrón con la ayuda de Altau, nos enfrentamos a la manada de Wind River y matamos o capturamos a cientos de ellos.
Todas las manadas de la frontera sur que la Confederación había tomado aprovecharon la oportunidad para liberarse: Cheyenne, Medicine Bow, Rock Springs, Black Hills.
Y se retiraron de un enfrentamiento con Salt Lake.
La Confederación se limita ahora a las Montañas Rocosas del norte.
—Así que se han retirado, bien. Pero has dicho que se han recuperado.
—La manada de Bozeman nos utilizó como chivos expiatorios para asustar a un montón de manadas nuevas del norte y provocar que se aliaran con la Confederación contra nuestra «agresión». Se han hecho con el control de las manadas de Montana e Idaho e incluso han avanzado hasta Oregón.
—¿ Nuestra agresión? ¿Cómo se les ocurrió esa tontería?
—Porque estamos aliados con Altau, y Skylur siguió adelante con tu sugerencia.
Todas las Casas de Norteamérica se han puesto en contacto con las manadas de su zona para ofrecerles alianzas.
Bozeman fue capaz de darle la vuelta a todo el asunto y presentarlo como un intento del Athanate por controlar a los licántropos.
En la Confederación no eran unos pusilánimes, y esto era una guerra.
Había tres manadas dominantes en la Confederación.
Habíamos dañado a Wind River, demonios, Julie había matado a su Alfa, pero eso dejaba a Bozeman y Bighorn.
Acabábamos de ganar la primera batalla y de trazar nuevas líneas en el mapa.
—¿Cómo se lo está tomando Félix? —pregunté.
—Al principio se tomó bien lo de Athanate, hasta que se dio cuenta de que no podía ponerse en contacto contigo.
—Alex se frotó la cara con las manos. Parecía cansado.
Como si llevara demasiado tiempo cargando con esto él solo—.
Mira, la clave es la noticia del ritual: se ha vuelto viral.
Félix ha empezado a recibir llamadas de manadas de todo el mundo, por no hablar de Estados Unidos.
Pero ha tenido que darles largas, y eso no está sentando bien.
Esa es la única razón por la que no ha venido a Los Ángeles a exigir tu presencia: está intentando mantener en secreto dónde estamos.
—¡Oh, mierda! —dije, al darme cuenta de adónde iba a parar esto.
—Sí. Alguno de esos lobos de Pasadena a los que le diste una paliza tendrá suficientes neuronas para usar su olfato y sacar una conclusión. Sólo hay un híbrido. Ya se ha corrido la voz. Todos los que quieran acabar contigo sabrán que estás en Los Ángeles mañana a esta hora.
Enfrentarme a los licántropos de Pasadena había sido un gran error. Aunque no me hubieran contado cuál era la situación, debería haberlo deducido por mí misma.
Alex me conocía lo suficientemente bien como para leerme el pensamiento. Dejó de dar vueltas y me agarró.
—Es culpa de Diana, Amber. No tuya. Si ella hubiera aceptado que te contaran lo que estaba pasando, tú no te habrías arriesgado a tender una emboscada a los licántropos de Pasadena.
Si al menos Diana hubiera informado a Tom, él podría haber dicho algo.
Las intenciones eran buenas, pero salió mal. No es culpa tuya.
—Vale, vale. —No podía culparme de todo—. Bueno… sobre los escorchados. Supongo que ahora hay algunos más, ¿no?
—¿Algunos? Todas las manadas tienen ese maldito problema.
Todas quieren enviar a alguien para que le apliques tu magia.
—Parecía descontento—. Se ha convertido en una cuestión política.
Félix quiere restringirlo a las manadas que están aliadas con él.
Skylur quiere incluir a cualquier manada que esté aliada con Altau; afirma que es lo mismo.
—No —dije.
Alex esbozó una media sonrisa y volvió a rodearme con los brazos, meciéndonos de un lado a otro.
—Esa es mi loca —dijo—. Quieres que esté abierto a todo el mundo, ¿verdad? ¿Incluso a la Confederación?
Le di un codazo en las costillas. Sólo yo puedo llamarme loca.
Sí, loca.
Respiré hondo y aparté de mi mente todas las preocupaciones externas.
—No me cuentes nada más esta noche —dije.
Él se quedó desconcertado, y yo me preocupé por mí misma. ¿Era esto algún efecto secundario de la coacción? Mi decisión me parecía razonable, tal y como cabría esperar de una coacción sutil.
No. Me volvería loca pensando así.
—Están pasando demasiadas cosas —dije, hundiendo la cara en su cuello—, y para tomar cualquier decisión sensata, necesitamos más información.
Alex no lo entendía. Lo notaba en la tensión que se acumulaba en su interior. Mi Athanate estaba totalmente a favor de resolver esto. Su licántropo aullaba pidiendo acción.
—Escúchame, lobo. Mañana hablaré con Diana y me libraré de cualquier otra coacción.
No podrá decir que no soy lo suficientemente fuerte si se espera que cumpla con la lista de responsabilidades que me han dado.
Entonces podré empezar a arreglar las cosas.
Félix. Ingram. Mamá. Mañana. —Volví a acurrucarme contra el cuello de Alex, tratando de convencerlo sin palabras ni discusiones de que lo dejara estar por ahora, tratando de hablar con su lobo de una forma que su lobo entendiera.
Intentando cambiar la conversación a una que sólo nosotros dos necesitábamos tener, sin interferencias externas. Una que podría salir muy mal.
—Estás triste, y no es sólo por los problemas con los Athanate y Félix, ¿verdad? —dije en voz baja.
Se apartó bruscamente.
—No es importante.
Bueno, había conseguido que dejara de pensar en otros problemas. Ahora tocaba resolver este.
Lo seguí con paso firme.
—Es muy importante. Necesito que mis parientes sean felices.
Me lanzó una mirada de reojo, llena de lobo salvaje.
—Ambos —dije—. Felices conmigo y felices el uno con el otro.
Su lobo estaba tan cerca de salir a la superficie que sus labios se retrajeron sobre los dientes. Era frustrante. Quería al lobo, pero no el gruñido.
—Tengo razón, ¿verdad? ¿Tú y Jen seguís teniendo problemas?
No hizo falta que respondiera. Lo veía. Ahora sólo tenía que entenderlo.