Capítulo 16
—Entonces, ¿se supone que debo sentirme totalmente diferente?
Estaba claro que Dante no había cambiado por fuera.
Yelena le provocó acariciándole la espalda con los dedos.
—¿No es así?
Dante le lanzó una mirada de reojo.
—Vosotros también hacéis ese tipo de cosas con el sexo, ¿no?
—Quizás.
—¿Ves? Lo sabía. Lo sabía. ¡Orgías!
Dominé sonrió ante la escena. Se había colocado un pañuelo de seda alrededor del cuello y estaba sentada allí con aire reflexivo, como si estuviera escudriñando sus propios pensamientos para ver qué había cambiado.
El vínculo no era como pulsar un interruptor. Habíamos iniciado el proceso, pero necesitaba tiempo para asentarse. Necesitábamos tiempo para ganarnos ese vínculo.
Sugerí que Dominé y Dante vinieran a vivir con nosotras y se desplazaran al club desde allí; además eso parecía ser la norma en Los Ángeles. Y con la casa que había elegido Jen, teníamos espacio de sobra.
—Me gustaría —dijo Dominé.
La parte final de los eukori fusionados compartió una sensación de placer y expectación ante eso.
Y, aunque Dante podía afirmar que no se sentía diferente, yo no podía.
No era únicamente el vínculo, sino el hecho de salir y volver a hacer cosas parecía haberme despejado la mente.
El club en sí, y el personal de Dominé, se habían convertido en parte de mi responsabilidad como miembro de la Casa Farrell. Y hasta que no aclaráramos el asunto con el Alfa de Pasadena, mi Casa corría peligro.
Llamé a los guardias de Altau que estaban de servicio en la casa. Tuve suerte y se puso Tom Sherman, el segundo al mando de Bian.
—Necesito que uno de vosotros venga aquí a hacer guardia en la puerta durante un día —le dije.
—¿Un día en la puerta de un club de sexo? Supongo que alguien tiene que hacerlo.
—No es broma, Tom. Una de las manadas locales está amenazando a mis parientes. Existe la posibilidad de que aparezcan hoy. Les enviaré un mensaje, pero si es demasiado tarde, quiero que huelan a Athanate en cuanto lleguen a la puerta. Eso debería disuadirlos.
— ¿Debería disuadirlos?
—El Alfa parece tener muy mal genio. Ese tipo de actitud se contagia. Su manada podría actuar sin pararse a pensar.
Tom gruñó.
—Enviaré a dos. Llegarán en una hora. Y tú, Casa Farrell, tienes que volver aquí rápidamente con el mínimo riesgo.
—Sí. Oído, Tom.
Con eso, terminamos la llamada. Dominé estaba a punto de salir de la oficina, pero la detuve.
—Espera un momento.
—¿Sí, Señora? —dijo Dominé, mirándome con adoración, con un ligero atisbo de sonrisa en los ojos para indicarme que estaba exagerando.
Puse los ojos en blanco.
—Es Amber. Esto es serio. ¿Cuándo te advirtió el Alfa de Redondo sobre la manada de Pasadena?
—Esta mañana. Estaba a punto de llamar a Rita para preguntarle qué debía hacer cuando recibí tu llamada.
—De acuerdo —dije lentamente—. No podemos dar por sentado que Pasadena no haya puesto ya un plan en marcha. No vamos a salir a la calle sin hacer algunas comprobaciones básicas. Yelena, sal y compra algo en la tienda de enfrente, por favor. Fíjate a ver si ves a alguien que parezca sospechoso.
Asintió y se marchó, regresando apenas cinco minutos después, sacudiéndose las gotas de lluvia del pelo.
—Hay dos posibles grupos. Media docena de moteros de pie al otro lado de la calle y un todoterreno estacionado en el parking de enfrente con tres tipos dentro.
—¿Nueve hombres lobo contra uno?
No son buenas probabilidades.
Yelena negó con la cabeza.
—Los moteros no son licántropos. Me acerqué lo suficientemente cerca para comprobarlo. Aunque no puedo decirte nada de los tipos del coche. —Se encogió de hombros—. Puede que no haya ningún licántropo por ahí, pero el cuchillo que no ves es el que tienes clavado en la espalda.
Resoplé. Esa frase era digna de Ben-Haim, uno de mis antiguos instructores de Ops 4-10.
—Te das cuenta de que no podemos matarlos —dije.
—¿Qué demonios? —dijo Dante—. Si son esos tipos de Pasadena, han venido a matar a Dominé.
—Vas a tener que empezar a pensar de otra manera.
Para empezar, no sabes si el Alfa de Pasadena realmente va a por ti; es sólo lo que te ha dicho otro licántropo.
¿Y si el Alfa de Redondo tiene algún tipo de cuenta pendiente?
¿Y si sólo quiere ahuyentarte de su territorio?
En segundo lugar, si hay licántropos ahí fuera y son de Pasadena, ¿están aquí para matar a Dominé?
No lo sabes, y tienes que averiguarlo. En tercer lugar, la cosa se complica mucho más si empiezo a matar licántropos.
Formo parte de una manada, además de los Athanate, y mis acciones se interpretan como si las realizara en nombre de la manada, lo quiera o no.
—Dante y Dominé parecían ligeramente atónitas ante esto, y ni siquiera había entrado en el tema de ser sindesmón—.
Y, por último, ¿por qué demonios os estoy explicando todo esto?
—¿Y qué hacemos, jefa? —preguntó Yelena.
—Si son licántropos, están aquí como una amenaza, como mínimo. Podemos hacerles daño. Tenemos que asegurarnos de saber de qué manada son y por qué, y luego enviarles el mensaje de que el Club Vasana está bajo la protección de los Athanate.
Ella esperó.
—Tenemos que llevarlos a algún lugar tranquilo sin testigos —dije—. Tenemos que conducir y hacer que nos sigan.
—Hay un edificio en Long Beach que el agente inmobiliario intentó venderme cuando vine a Los Ángeles —dijo Dominé—. Cuando lo vi, estaba rodeado de almacenes vacíos. Imagino que será lo suficientemente tranquilo, si conseguimos entrar.
—Comprueba que siga estando vacío —le dije, y volvió a su escritorio.
—Van a sospechar —dijo Yelena.
Tenía razón. Lo pensé un poco más mientras Dominé llamaba al agente inmobiliario.
Deja de complicarlo con la política de los licántropos y los Athanate. Es una simple operación encubierta, y necesito una solución sencilla.
—Tiene que ser una trampa —dije—. Y tengo una idea.
Era una idea arriesgada, pero necesitaba volver a la acción. Necesitaba ser yo quien protegiera a mi Casa y a mí misma.
—Sigue vacío —dijo Dominé, colgando el teléfono—. ¿Qué más necesitas?
Me gustó el tono de confianza en su voz.
—No mucho. Tu coche. Unas tenazas para entrar en el edificio de Long Beach. Bridas. Guantes para Yelena y para mí. Cinta adhesiva, por supuesto —dije, y miré a Dante con una sonrisa maliciosa—. Y una bolsa de tela.