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Ya lo que me faltaba. Que encima se metiera con mi novio.
Me había quedado con él porque me daba pena, ni más ni menos.
Viéndole en la barra del bar con la mirada perdida, nadie hubiera dicho que ese hombre era un reputado piloto de avión.
Es verdad que todavía tenía buena planta, era corpulento y se notaba que había llevado una “buena vida”, pero los excesos le habían terminado pasando factura.
Como decía, tomé una copa con Ismael por mera compasión, y siendo sincera, la primera media hora de la charla había sido muy amena. Casi sin darme cuenta me bebí el cóctel que me ofreció y me dejé llevar, aceptando una nueva invitación.
Pero enseguida sacó a relucir un lado rancio, casposo y anticuado que no me gustó nada.
Con cada palabra que salía de su boca se notaba que era un machista de la vieja guardia y además, había tenido que escuchar su lenguaje soez mientras me decía que yo le gustaba a su compañero y que como tenía novio y no había querido irme de fiesta con ellos, Fran se iba a terminar follando a Sandra.
Me repateó la manera de referirse a las auxiliares, como si fuéramos las fulanitas de los pilotos, y ellos pudieran hacer con nosotras lo que les diera la gana.
¿Pero de qué cojones iba este tío?, y ya para terminar de rematar la noche, no se le ocurrió otra cosa que preguntarme, sin venir mucho a cuento tampoco, si me gustaba mandar o no.
¿En serio esa era su manera de ligar?
No me cabía duda de que Ismael, años atrás, debía haber sido un pieza tremendo; y es que con esas pintas de galán trasnochados, no me quería ni imaginar la de mujeres que habrían pasado por su cama, pero ahora estaba de vuelta de todo y se había quedado completamente obsoleto.
Ya no era ni la sombra de lo que debió ser en su día.
Y para colmo, terminó de rematarlo metiéndose con mi novio. Eso sí que no se lo iba a consentir. Ni una falta de respeto más.
―¿Y tú qué narices sabrás cómo es mi novio? ―le pregunté cada vez más enfadada.
―Hombre, no lo sé, pero me hago una idea...
―¿Has estado una hora conmigo y ya te haces una idea del tipo de chico que me gusta?
―Seguro que es un guaperas, en casa hace todo lo que le pides y en la cama folla de maravilla, ¿estoy en lo cierto?
―Pues sí, mira, has acertado, ¡sobre todo en lo de que folla de maravilla!
Entonces el muy cabrón sonrió y afirmó con la cabeza.
Enseguida comprendí que había caído en su juego y no solo consiguió enfadarme, sino que además le confesara intimidades con mi pareja, y es que el alcohol que llevaba encima me había desinhibido en parte y ahora me sentía capaz de hacerle frente.
―Aunque antes te has equivocado con él; es de los que les gusta mandar, a mí me gustan muy hombres... ―le confesé realzando las cualidades amatorias de mi chico.
―¡Uy, eso no te pega nada!, me da a mí que me estás engañando... ―sonrió rascándose la barbilla, lo que todavía me enervó más.
―¿Y tú que sabrás?
―Lo que sé es que llevas muchos años con él y seguro que ya lo tienes muy bien adiestrado, sois todas iguales, solo queréis perritos falderos...
―Paso... ―dije apoyando el cóctel en la barra―. No sé cómo ha derivado la conversación en esto, pero no me apetece discutir contigo sobre lo que hago o no con mi novio... ¡faltaría más!
―Y yo solo quiero que nos quitemos las caretas, Andrea... por lo menos podías haber sido sincera... yo lo estoy siendo. Venga, termina el cóctel ―y se puso de pie frente a mí y me devolvió la copa.
―Está bien, lo termino y me voy...
―De acuerdo, y ahora reconoce que te gusta que te manden; ahí dentro... ―dijo haciendo círculos sobre mi frente sin tocarme―, tienes una parte sumisa escondida en algún sitio...
―Y a ti te gustaría encontrarla, ¿no?
―No me importaría, si me dejas, podemos probar...
―Ja, ja, ja, en tus sueños...
Y cogió con el palillo una de las aceitunas que nos habían puesto para picar y me la acercó a la boca.
Me rozó los labios y de manera involuntaria los abrí, sacando con timidez la lengua hasta dejar que reposara en ella la aceituna, para después masticarla sin dejar de mirarle a los ojos y finalmente darle un trago a mi Cosmopolitan.
Sonrió satisfecho y se arremangó una vuelta más las mangas de su camisa, después se dejó caer en el taburete, sentándose de nuevo con una mirada arrogante. Y yo como una estúpida, me arrepentí al instante por lo que acababa de pasar, bajando la cabeza avergonzada.
¿Por qué había hecho eso?
Volvía a beber, e Ismael permaneció callado unos treinta segundos, observándome con detalle, poniéndome cada vez más nerviosa con su silencio.
―Estarías más imponente con otro botón desabrochado, sería lo ideal para mostrarte sensual, pero sin parecer vulgar ―me soltó confiado señalando mi escote.
―Me parece muy bien, pero no lo pienso hacer y menos por darte el gusto...
―Ooooh, qué pena... ya casi lo tenía ―dijo cerrando el puño y moviendo el brazo―. Pensé que te había gustado...
―¿El qué...?
―La sensación de sentirte dominada... ―y se volvió a incorporar, avanzando un par de pasos hasta plantarse delante de mí, como si quisiera intimidarme con su altura―. ¿Por qué has abierto la boca antes? ―preguntó acercando su mano a mi camiseta―. Solo sería este botón...
―¡Ey!, ¿qué haces?
Y con una habilidad asombrosa consiguió desabrochármelo, sin apenas rozarme, regresando de inmediato a su sitio.
―Mucho mejor, así, ¿no te parece?
Apenas tuve tiempo de reaccionar, y al mirar hacia abajo me encontré con mis pechos duros, hinchados, mostrándose de manera impúdica, pero elegantes, ante la cínica sonrisa de Ismael.
―La verdad es que no me extraña que Fran quisiera follarte, ¡estás bastante buena! ―y de repente se giró hacia la barra y levantó la mano, pidiendo otra copa para él solo―. ¡Chico, ponme otro Rusty Nail!
Menuda falta de respeto, ni tan siquiera tuvo la cortesía de preguntarme y sin venir mucho a cuento, casi me había dado la espalda, dejándome allí plantada, con los tres botones de la blusa desabrochados.
―No querías nada más, ¿no? ―soltó sin tan siquiera mirarme.
Dejé el cóctel en la barra, me levanté de la silla, y me acerqué a él furiosa, situándome a su lado.
―No te he dado motivos para que te cojas esas confianzas conmigo, así que te pediría que de ahora en adelante no vuelvas a hacer ninguna mención sobre mi físico, ¿entendido?
―Entonces, ¿te quedas o no?
La desfachatez de Ismael no tenía límites, yo le estaba regañando por sus impertinencias y a él no se le ocurrió otra cosa que preguntarme si me tomaba otra copa con él.
―Por supuesto que no, ahí te quedas...
Y de repente me rodeó con su gran brazo por la cintura, impidiendo que me moviera y atrayéndome contra su cuerpo, en un gesto que pudo parecer grosero, pero a la vez fue muy cortés.
―¡No te vayas así!, y te prometo que me disculpo contigo...
Aquel hombre era enorme, y encontrarme así, entre sus brazos, me hizo sentir pequeña, pero a la vez protegida. Apoyó su manaza en mi cintura, demasiado cerca de mi culo y un calor me subió por la boca del estómago, haciendo que me ruborizara al instante.
Ni esperó a que contestara. Otra vez levantó la mano que tenía libre y me pidió otro Cosmopolitan.
―Te he dicho que no quería nada más, ya me voy... ―y con suavidad, para que no pareciera algo violento, me liberé de su brazo.
―Está bien, puedes irte si quieres, pero ahora te vas a correr pensando en mí en cuanto llegues a la habitación..., y lo sabes, je, je,je... se te han puesto las tetas duras y apostaría a que ya estás mojada...
―¡Vete a la mierda, imbécil!
―Ja, ja, ja, buenas noches, Andrea, y si cambias de opinión aquí voy a estar un rato más, eso sí, cuando vuelvas tienes que hacerlo sin ropa interior, eh, me gusta más cuando vais sin nada, esa blusa te quedaría mucho mejor sin sujetador y no me parece muy erótico cómo se te marcan las costuras por debajo de la falda, ¡ese culazo luciría mucho mejor sin las braguitas!
Me quedé con las ganas de lanzarle a la cara lo que me quedaba en la copa, pero preferí no montar ningún numerito en la cafetería del hotel, así que con las pulsaciones a mil, cogí el bolso y me dirigí hacia el ascensor.
Entré en la habitación deprisa, demasiado nerviosa por lo que acababa de pasar y me senté en la cama tratando de tranquilizarme.
Tendría que denunciar a ese hijo de puta por lo que me acababa de hacer, y mi primera reacción fue coger el móvil.
¿A quién podía llamar? Lo normal hubiera sido hablar con mi novio y contárselo, pero me dio mucha vergüenza que eso sucediera en mi primer día de trabajo, además, yo le había dejado que me metiera la aceituna en la boca y que me desabrochara el botón de la blusa.
A parte de eso, ¿qué más había pasado? Me tocó la cintura y me dijo un par de impertinencias; si denunciaba eso parecería una estúpida niñata calientapollas y me tocaría revivir lo sucedido en un juzgado delante de mucha gente.
¿Qué pensarían de mí? La típica auxiliar de vuelo tonteando con el piloto, los dos solos, a la una de la mañana en la cafetería del hotel.
Me desmaquillé la cara, me pegué una ducha relajante y ya más calmada y con el pijama puesto, me dispuse a meterme en la cama, cuando de repente, escuché ruidos en la habitación de al lado.
Era Sandra.
Iba acompañada por un hombre y enseguida me di cuenta de que era Fran, se estaban riendo y luego me pareció percibir que comenzaban a besarse.
Sentí un calor inusual en la entrepierna con los primeros jadeos; no me parecía normal ponerme tan cachonda por tan solo escuchar unos besos y sus respiraciones aceleradas, y cuando me quise dar cuenta, ya había colado un par de dedos por el elástico del pijama...