Los relatos de David Lovia. 4
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Nos pusimos bien separados de la pareja, por la parte central y el viejo se situó todavía más arriba, para vernos bien, en la última fila, a unos tres metros de nosotros.

Intentamos no estar pendientes de él, pero yo sabía que en cuanto se apagaran las luces y comenzara la película iba a acercarse, aunque esta vez lo estaríamos esperando.

¡Todo iba según lo previsto!

A pesar de no hacerle caso, era imposible no pensar en él, a mí me daba cierto morbo estar con mi mujer, sabiendo que ese tío no perdía detalle de nuestros movimientos.

Y por fin se apagaron las luces y Silvia y yo nos pusimos a ver la película mientras comíamos las palomitas y bebíamos la coca cola.

La verdad es que pasados veinte minutos, la peli era un auténtico tostón y yo aparté el bol de palomitas para acercarme a Silvia.

―¿Tienes algo...?, no quiere tocarte con estas manazas...

Ella sacó del bolso una toallita húmeda y me limpié las manos con parsimonia, haciéndoselo desear a mi mujer, que ya sabía lo que venía a continuación.

Me acerqué a Silvia, apoyando la cabeza en su hombro, después de darle un beso y apartar uno de sus finos tirantes.

Mi mujer se lo volvió a colocar, aunque me dejó hacer cuando subí la mano para acariciarle los pechos por encima del vestido.

―¡Joder, qué tetas! ―exclamé sopesándolas y comprobando el peso que tenían.

La oscuridad del cine, las miradas indiscretas hacia su escote de cada tío con el que nos habíamos cruzado en el centro comercial, los primeros toqueteos y saber que el viejo estaba detrás de nosotros, sin perder detalle de lo que hacíamos, nos había ido poniendo calientes poco a poco.

Casi sin darme cuenta ya tenía una buena erección bajo los pantalones y las tetazas de Silvia cada vez estaban más duras y sensibles. Cuando se le escapó el primer gemidito al contacto de mis manos me atreví de nuevo a bajarle el tirante del vestido.

―¡Santi...! ―me rogó Silvia sin decir nada más.

No hacía falta que siguiera suplicando, podía ver en sus ojos lo excitada que se encontraba y estábamos a punto de cruzar una línea de no retorno. Silvia estiró el brazo y comprobó el estado de mi polla, tanteando con sus dedos, y recorriendo todo mi tronco con la palma de la mano.

Me encantaba cuando me la agarraba por encima del pantalón y comenzaba a pajearme así, era una costumbre de nuestra época universitaria y Silvia era una experta en el arte de las caricias sin sacártela.

Hacía bailar mi polla sobre su mano con una habilidad especial, abriendo y cerrando el puño y a veces, incluso me gustaba más eso que el contacto directo.

Y con delicadeza deslicé el otro tirante por su hombro, bajándole el vestido para que asomaran sus dos tetas embutidas en un elegante sujetador negro.

La dejé así, con los pechos por fuera y ahora fui yo el que la acarició sobre la fina tela de su vestido veraniego, apretando la carnosa piel de sus muslos y moviendo la mano hasta ponerla a la altura de su coño.

En cuanto la metí entre sus piernas Silvia volvió a gemir y me dejó que la masturbara unos minutos.

Nos estábamos pajeando mutuamente por encima de la ropa, y durante esos instantes me llegué a olvidar de nuestro pervertido compañero, no así mi mujer, que miró hacia atrás para comprobar que no se había movido de su asiento.

―¿Sigue ahí? ―pregunté a Silvia.

―Sí...

―¡Qué raro que no venga!... pensé que...

―Mejor, no me apetece que ese tío se acerque a nosotros...

―¿Te imaginas que baja ahora y te ve así?..., tienes las tetas casi fuera...

―¡Muy gracioso!... ―dijo Silvia intentando subirse los tirantes del vestido.

―Ni se te ocurra hacerlo, me encanta tenerte de esa manera... ¡no sé por qué me pone tan cachondo!, recuerdo que la otra vez hasta te quitaste el sujetador... ―y tiré de su vestido hacia abajo para descubrir todavía más sus pechos.

―¡Santi... para!

―Me estoy poniendo a mil, ¡qué ganas tengo de que se acerque ese cerdo y demostrarle quién es tu marido.

―Tranquilo, a mí no tienes que demostrarme nada ―susurró Silvia abriéndome los pantalones de un solo tirón.

Mi cuerpo se tensó por completo al sentir los calientes dedos de Silvia agarrándome la polla y sacándola por fuera de los calzones. Ahora me tenía en su mano y comenzó a pajearme despacio, pero apretándola con mucha fuerza.

―Mmmm, Silvia, más despacio...

―Shhhhhhh, déjame a mí...

Y esta vez el que se giró hacia atrás fui yo para comprobar si el mirón seguía allí. No se había movido y se encontraba en su butaca atento a lo que hacíamos, con el pequeño detalle que ¡¡también se la había sacado!!, y se meneaba su enorme verga con extremada lentitud.

Ya no me acordaba del tamaño de la polla de aquel viejo. Joder, desde mi posición se veía un falo grande y ancho y el muy cabrón se la agarró estrangulándola por la base, para mostrármela bien con una perversa sonrisa en la boca.

Me giré rápido con las pulsaciones a mil y Silvia se dio cuenta de que algo sucedía.

―¿Qué pasa? ―me preguntó asustada por la cara que había puesto.

Yo sujeté sus mejillas con las dos manos y le di un beso en la boca. Ella me seguía pajeando, sin prisa, pero sin pausa.

―¡Uf, se la ha sacado! ¡Se está haciendo una paja mientras nos mira! ―expliqué a mi mujer.

―Bueno, con eso ya contábamos, ¿no?

―Ehh, sí, sí, claro...

―¿Tú crees que bajará o solo se va a tocar?

―No lo sé... aunque sinceramente me apetece mucho follarte delante de él...

―¿Follarme? ¿Dónde?... ¿aquí¿, ¡¿en medio del cine?!

―Claro, ¿a eso hemos venido, no?, quiero ponerle los dientes largos, que se muera de envidia viendo cómo te mueves encima de mí, cómo te manoseo esas tetas, ¡que se entere bien que eres mi mujer! ―dije metiendo la cabeza entre sus calientes pechos sin dejar de besárselos―. ¿Estás de acuerdo?

―A mí todo esto me parece absurdo, Santí..., ya te lo he dicho, no sé cómo permitimos que pasara lo de la otra vez... nos dejamos llevar y no tienes nada que demostrarme...

―¡Quítate el sujetador!, ¡quiero que me enseñes las tetas! ―la ordené tirando de su pelo para comerme su cuello, y haciéndola gemir.

Fue la primera vez que se giró la pareja que teníamos delante, pero sinceramente, esos dos nos daban igual. Nosotros solo estábamos pendientes del mirón y de que no se moviera. Entonces Silvia me soltó la polla y pude ver su cara de morbo.

Iba a hacerlo.

Se inclinó hacia delante y pasó las dos manos por su espalda, soltándose el sostén y con mucha habilidad se lo sacó por los brazos y lo metió en el bolso que estaba en el suelo. Luego se subió los tirantes del vestido para cubrirse los pechos que ahora se movían libres bajo la tela.

―Uf, ¿por qué te tapas? ―le pregunté.

―¿Qué quieres, que me quede aquí medio desnuda?

―Por supuesto...

Nos fundimos en un beso húmedo y Silvia reanudó su tarea masturbatoria volviéndome a agarrar la polla.

Yo le sobé las tetas por encima del vestido, haciendo que bailaran arriba y abajo, el movimiento de sus tetas bajo la tela era bestial y entonces me di cuenta de que si Silvia seguía pajeándome a ese ritmo no iba a tardar mucho en correrme.

Ahora era mi turno.

―Espera, para..., déjame a mí... ―y detuve su brazo hasta que Silvia me soltó la polla.

Bajé la mano y rocé su tobillo y despacio fui subiendo los dedos sin dejar de tocar su piel por debajo de la falda. Noté cómo se le erizaba el vello al paso de la yema por sus gemelos, por las rodillas, por los muslos... hasta que me topé con sus finas braguitas negras.

Me encantaba acariciarla por debajo de la falda, me daba mucho morbo, y aparté sus braguitas, colando uno de mis dedos entre sus labios vaginales.

―¡Santi... mmmmmm!

―Te gusta esto, ¿eh?, te conozco bien... ―dije introduciéndole un dedo en el coño.

Miré hacia atrás y el mirón seguía en su sitio.

Moviendo la mano sobre su rabo sin dejar de observarnos.

No era más que un pervertido. Un voyeur que disfrutaba de las maravillosas vistas que le ofrecíamos, mientras Silvia se empezaba a retorcer en el asiento al sentir mi dedo entrando y saliendo de su interior.

Echó la cabeza hacia atrás restregando el culo en su butaca y se le escapó otro gemido.

Cuando cerró los ojos y se abandonó al placer que sentía, el viejo me hizo un gesto con el pulgar, como diciéndome que se lo estaba pasando muy bien y yo seguí masturbando a Silvia, mientras retaba a aquel pervertido con la mirada.

No iba a dejarme intimidar como la otra vez.

Me ponía a mil hacerle un dedo a Silvia sin apartar la vista de ese tío, que sonreía socarronamente tocándose la verga.

El muy cabrón parecía muy seguro de sí mismo, igual que yo, pero estaba convencido de que desde el incidente en la tienda de animales me había ganado su respeto y ahora ni tan siquiera se atrevería a acercarse a nosotros.

Se iba a tener que conformar con hacerse una paja viendo cómo hacía disfrutar a mi mujer.

Silvia subió un pie en el asiento y tiró de la rodilla hacia fuera, abriéndose de piernas, ahora sí, mi dedo entraba con demasiada facilidad en ella y hasta me pareció poco para ese coño, que me pedía más, hablándome con el lenguaje especial de sus fluidos.

Y no me conformé con otro, le metí dos de golpe, para empezar a follármela rápido con tres dedos.

Estaba demasiado excitada, pero no se acababa de soltar del todo, incluso se giró para comprobar que el viejo seguía en su sitio y se quedó unos segundos mirándole.

Y cuando lo hizo se encontró al mirón con su pollón en la mano, sacudiéndosela a buen ritmo.

De repente, otro gemido salió de su boca y se volvió hacia mí.

―¡No puedo más... estoy a punto! ―susurró en mi oído.

―¿Ya vas a correrte?... mmmmm, espera, todavía no, joder... es muy pronto...

Y yo pensando que debido a la presencia de ese tío Silvia no estaba a gusto, y resultaba que no le faltaba mucho para llegar al orgasmo. Al subir el pie en el asiento su pierna quedó libre por la abertura lateral del vestido, enseñando todo el muslo al mirón mientras se retorcía en la butaca.

―Aaaaah... ¡qué bueno!, sigueee un poco más... ―jadeó Silvia.

―¡Espera, no termines así!, ¡quiero follarte! ―exclamé yo interrumpiendo el movimiento de mi brazo.

―Nooooo, no te pares, ufff... ¡me has dejado a puntito! ―dijo meneando las caderas ella misma para que mis dedos siguieran entrando y saliendo.

Pero yo retiré la mano, dejando su coño abierto, húmedo y palpitando. En cuanto lo hice, sus braguitas volvieron a la posición original y pude ver la cara de decepción de mi mujer.

Tiré de mis pantalones hacia abajo descubriendo mi polla y me la agarré con la mano ofreciéndosela a Silvia, que no lo dudó dos veces cuando vio mi erecto miembro a su lado.

―¿Quieres chupármela?

―Uf, ahora no, ya estoy a punto, Santi...

―Vale, hemos venido aquí a follar, vamos, ven aquí, siéntate encima de mí...

Silvia echó otra ojeada hacia atrás, lo mismo que yo, el mirón seguía en su sitio, y decidida se subió la falda, sentándose en mi regazo, pero de espaldas a mí, y la sujeté por las caderas mientras posaba su imponente trasero sobre mi polla.

Es verdad que mi mujer había ganado unos kilos, pero en ese momento su culazo me pareció sublime cuando apareció ante mis ojos, tan solo cubierto por sus finas braguitas.

Se echó hacia atrás y se acomodó mi polla entre sus piernas y cuando ya estábamos listos me la agarré mientras ella se apartaba las braguitas para ponerla a la entrada de su coño.

No es que fuera la postura más cómoda del mundo y al primer intento no pude clavársela, haciendo que Silvia se pusiera más nerviosa.

―Vamos, no puedo más... ¡métemela!

Yo me la sujetaba firme, pero desde atrás me costaba hacerlo, ya que mi polla no es que fuera excesivamente grande y además, las braguitas entorpecían mi cometido.

Silvia levantó las caderas y descendió suave, soltando un gemido al pensar que ahora sí, se había sentado sobre mi polla, sin embargo, volvió a protestar al darse cuenta de que su coño seguía vacío.

―¿Pero qué haces?, métemela, vamos, quiero que me folles... aaaah...

―Ya voy, pero estate quieta, deja de moverte, que así no puedo..., ¡me estás poniendo nervioso!

―¡Quita, déjame a mí! ―me pidió Silvia agarrándomela con dos dedos a la vez que con la otra mano se apartaba las braguitas.

Y de repente acomodó mi polla a la entrada de su coño y se dejó caer hasta apoyar sus glúteos en mis muslos. Se levantó un poco y repitió la misma operación dos veces más, sintiendo mi caliente verga deslizándose en su interior. Esta vez sí.

Me estaba follando a mi mujer en el cine.

Pasé las manos hacia delante sobando sus tetas y tiré de los dos tirantes para desnudar sus pechos, que comenzaron a botar libres, al ritmo al que Silvia me cabalgaba.

Ya me daba igual si el viejo veía desnuda a mi mujer, pues todo mi afán era echarle un polvazo en aquella sala y salir de allí como un puto triunfador.

―¿Te gusta, eh? ―suspiré en su oído mientras Silvia seguía montándome a la vez que ahogaba sus gemidos.

Giró la cabeza y nos fundimos en un morreo húmedo y guarro entremezclando nuestras lenguas.

Dejé sus tetas huérfanas de caricias cuando bajé las manos para ponerlas en su cintura y acompañar los movimientos de Silvia sobre mí.

Me follaba despacio, disfrutando de ese polvo prohibido delante del mirón.

Parecía que no quería que se terminara y así me lo hizo saber.

―¡No te corras todavía, nene!, aguanta un poco más..., aaaah, ¡qué bueno!

―Uf, lo intento, pero me lo estás poniendo difícil... ¡me estás volviendo loco moviendo el culo así!

Y cuando nos quisimos dar cuenta, ¡el viejo mirón había dejado su asiento!, y descendía sin tan siquiera guardarse la polla. Avanzó unos metros y sin preguntar se sentó justo a nuestro lado. Silvia notó que rozaba con la pierna a alguien y al abrir los ojos se encontró con ese tío allí.

Haciéndose una paja como si fuera lo más normal del mundo.

El viejo se inclinó hacia delante, por la abertura de la falda se le veía todo el muslo a mi mujer, pero no se conformó solo con eso, y encendió un par de segundos la luz del móvil, alumbrando directamente a su coño.

―Vaya, vaya, pero, ¿qué es lo que tenemos aquí? ¿En serio estáis follando?