Los relatos de David Lovia. 3
14%

3

Todavía me costó tres meses más para que Silvia aceptara pasar una caliente noche en el cine y darle el escarmiento que se merecía el viejo mirón.

Tres meses a pico y pala, erre que erre, sacando el tema cada vez que follábamos, cuando lo veíamos por el centro comercial, insistiendo, poniéndome muy, pero que muy pesado.

Y al final Silvia, solo por no aguantarme más, aceptó.

“Una vez y ni se te ocurra volver a sacar el tema, ¿entendido?, te lo digo muy en serio”, me advirtió mi mujer para que dejara ya de atosigarla.

Enseguida nos pusimos manos a la obra, no queríamos fallos y tenía que salir bien todo lo que habíamos ideado. A mediados de septiembre, un sábado por la tarde dejamos a las niñas con la hermana de Silvia y fuimos al centro comercial.

No elegimos película, ni sabíamos los horarios. Nada. Eso lo decidiríamos sobre la marcha cuando llegáramos al cine. En la misma entrada nos quedamos mirando la cartelera, y el viejo, de momento no estaba por allí.

―No está... ―dije yo buscándole en todas las direcciones.

―Bueno, pues mejor, elegimos una peli y la vemos tú y yo, tranquilitos...

―Nooooo, Silvia, ese no era el trato, vamos a esperar un poco...

Hicimos tiempo viendo las películas de la cartelera y leyendo las críticas que había sobre ellas.

La situación era absurda, estuvimos casi una hora los dos, esperando que apareciera el viejo para que nos viera.

Como no venía fuimos a dar una vuelta por el centro comercial y subimos a la planta alta a picotear algo.

Sobre las nueve y media regresamos al cine, y ¡bingo!, allí se encontraba el mirón, por la zona de las taquillas.

―Ahí está ―afirmó Silvia agarrándose a mi brazo con fuerza.

Nos reconoció en cuanto nos vio y se puso a la cola de la taquilla detrás de nosotros.

Escuchó perfectamente a qué sala íbamos a entrar, de todas formas, yo lo dije bien alto cuando hablé con la taquillera, para que él no tuviera dudas y en cuanto compramos las entradas pasamos a las salas para aprovisionarnos con un buen cargamento de palomitas y dos coca colas.

Sentí la sucia mirada del viejo en el trasero de Silvia.

Me giré mientras pagaba los refrescos y no nos perdía de vista, como si fuera un colega que va a entrar con nosotros.

Se quedó esperando con tranquilidad a que termináramos y en cuanto echamos a andar por el pasillo nos siguió a una distancia prudencial.

Iba vestido de una manera muy parecida a la otra vez, con unos pantalones vaqueros desgastados y una camisa de franela a cuadros de manga larga, a pesar del calor que hacía.

La que iba más fresca era Silvia, que esta vez había elegido un vestido veraniego de tirantes finos de color blanco y azul, con una falda amplia que casi rozaba el suelo.

Lo más llamativo de su vestido era el escotazo que le hacía, y ya más de uno se había girado en el centro comercial para ver qué tal trasero tenía la rubia de las tetas gigantes.

A mí me encantaba que fuera así vestida, y me gustó que Silvia quisiera lucirse, sabiendo que era más que probable que nos encontráramos con el mirón.

Antes de entrar en la sala, nos cruzamos con un chico de seguridad, tendría sobre 30 años y eso parece que le dio algo de tranquilidad a mi mujer. Eso sí, el segurata también le pegó un buen repaso visual a Silvia, era un tipo extraño, y ¡menudas pintas tenía con esas gafas de culo de vaso!

Mi mujer se giró para comprobar que el viejo estaba detrás de nosotros y rápidamente volvió la cabeza al verse sorprendida por él.

―Nos está siguiendo ―me informó Silvia con voz nerviosa.

―Lo sé, lo he visto antes donde las palomitas, no te preocupes por él, el plan va según lo previsto...

―Esto no lo veo nada claro, Santi, todavía estamos a tiempo de echarnos para atrás...

―No te preocupes..., yo creo que lo vamos a pasar muy bien..., ¡uf, me estás poniendo mucho con ese vestidito que te has puesto hoy!

―Venga, anda, vamos a entrar...