Los relatos de David Lovia. 1
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Salimos del cine con las niñas, no era muy tarde, sobre las ocho y media, acabábamos de ver la última peli de los Minions y en lo que íbamos debatiendo sobre dónde cenar nos topamos de frente con aquel tipo.

Había pasado casi un año y aunque yo le había visto en otras ocasiones, casi siempre merodeando por la zona de la entrada de los cines, esta vez Silvia se fijó en él, notando el repaso visual que le pegaba y cómo la traspasaba con la mirada.

Mi mujer se puso más tensa de lo normal, cogió a las niñas de la mano y salió de allí como alma que lleva el diablo.

Fue la primera vez que ella vio al mirón que se la había follado delante de mí.

Como decía, había pasado mucho tiempo, aquello fue un incidente que nos dejó muy marcados interiormente, aunque preferimos pasar página como si no hubiera sucedido nada y jamás habíamos hablado de ello.

Pero yo no había día en que no me acordara de la polla de aquel señor en la boca de mi mujer, ¡menuda mamada le había hecho Silvia!

Y lo que era peor, terminó metiéndosela delante de mis narices y yo no es que no protestara, es que además, me hice una paja.

También es verdad que en las siguientes semanas en casa, follamos casi a diario, llevando un ritmo que ni en nuestros mejores años de universidad, y es que Silvia parecía estar excitada continuamente, aunque no me dijera nada.

Ese sábado, en cuanto acostamos a las niñas le pedí a Silvia que se pusiera guapa, me apetecía acostarme con ella y unos minutos más tarde apareció en el salón con un conjuntito negro, tipo corsé, con unas medias hasta medio muslo y un liguero que se enganchaba con unas tiras finas con las medias.

El body negro parecía a punto de reventar en el cuerpo de Silvia, que había vuelto a coger los siete kilos que perdió, pues primero una lesión en la espalda y luego la carga de trabajo en el bufete de abogados, habían hecho que mi mujer dejara de ir al gimnasio.

Pero a mí me daba igual, es más, casi lo prefería, me encantaba ver sus curvas y cuando se ponía así lo primero que le crecía eran las tetas.

Ahora sus tetazas eran todavía más grandes y pesadas y se le salían una parte por los laterales del body.

―Joder, casi no me vale ya esto... ―protestó Silvia tumbándose a mi lado.

―Anda, no digas tonterías, te vale perfectamente, ¡estás imponente!

―¿En serio que me sienta bien?

―Joder, te queda impresionante...

―Mmmm, sí, ya veo que dices la verdad, esta nunca miente ―susurró Silvia sacándome la polla del pantalón y pegándome un par de sacudidas.

Entonces se me ocurrió tocar el tema prohibido. Quizás no debería haberlo hecho, pues fue como abrir la caja de Pandora.

―¿Esta tarde lo has visto, verdad? ―pregunté a Silvia.

―¿A quién? ―contestó haciéndose la tonta, pero sabiendo de sobra a lo que me refería.

―En el cine, al tío ese..., se te ha quedado mirando...

―No me he dado cuenta...

―Sí que te has dado cuenta, Silvia, se te ha cambiado la cara y has salido a toda leche de allí...

―No sé a quién...

―Has visto al viejo en el cine, ya sabes... el que te...

―Está bien, Santi, vale, sí, lo he visto..., y me he puesto un poco nerviosa, no me ha hecho mucha gracia encontrarme con ese cerdo delante de las niñas..., además, creo que nos ha reconocido.

―Yo creo que también, por cierto, después de casi un año..., nunca hemos hablado de lo que sucedió...

―Mejor, ya ha pasado mucho tiempo, no quiero remover ese tema...

―Quería disculparme por lo que hice, me comporté como un cretino dejándote en manos de ese cabrón...

―Pues sí, pero ahora ya es tarde...

Silvia me soltó la polla y se quedó parada, quizás lo último que se esperara es que termináramos hablando de la noche en la que el viejo se la folló en medio del cine. Sin embargo, yo la seguía teniendo muy dura.

Hacía mucho que no estaba tan empalmado.

―¿Qué te pasa? ―pregunté yo.

―Nada, es que no me apetece recordar aquello..., aunque a ti ya veo que sí...

―Lo siento, no estoy así por eso... bueno, puede que un poco sí, pero estoy excitado porque estás increíble con ese conjuntito..., ¡ni te imaginas el morbo que me das!

―¿Qué pasa? ¿Te pone recordar que ese viejo casi me obligó a la fuerza mientras tú te hacías una paja como un salido?

―Bueno... ehhh... tanto como a la fuerza, yo creo que lo disfrutaste, los dos..., yo también, eh...

―No sabía que te gustaran esas cosas...

―¿Qué cosas?

―Pues eso, ya sabes, verme con otro... eso solo lo hacen los degenerados...

―¿Los degenerados?, lo siento de verdad, yo tampoco sabía que me gustara..., no sé si fue por el momento, te recuerdo que estábamos muy cachondos cuando apareció, quizá fue eso..., ¡tuvo que ser eso!

―O quizás es que te gusta mirar cómo otros me follan...

―¡Joder, Silvia!, no digas eso...

―¿Por qué? ¿Se te pone más dura? ―dijo agarrándome la polla otra vez y pegándole cinco o seis sacudidas para volverla a soltar.

―Mmmmmm, uf, cómo me estás poniendo...

―¿Ves cómo te gusta?

―¿Y a ti, qué? ¿Te excita que te vea con otros?

―A mí, no. Eso no me va nada..., yo quiero que mi marido sea un tío de verdad, un hombre que me proteja, y no que cuando otro me mete mano en sus narices se saque la polla y se haga una paja..., fue patético...

―Lo siento, Silvia, me he disculpado muchas veces, y ya no puedo arreglarlo... bueno, quizás, podría haber una manera...

―¿Una manera de qué...?

―Pues de ser todas esas cosas que me acabas de decir, de protegerte, de ser un hombre de verdad... había pensado que podíamos volver y..., darle un escarmiento a ese tío..., me da asco cómo te mira, cómo le mira a todas las mujeres cuando pasan a su lado, ¡es un cerdo!

―¿Darle un escarmiento?, ¿tú te estás escuchando?, quedaste como un panoli, como un cornudo, ¿qué puedes hacer ahora?

―Volver al cine y demostrarle que eres mía, que vea quién te folla, y si quiere que se haga una paja mirándonos...

―Anda, deja de decir tonterías... no vamos a volver al cine a follar delante de ese..., y que encima se haga una paja para darle el gusto... mira cómo terminamos la otra vez...

―Pero ahora sería distinto... ya estaríamos preparados... sabríamos que está ahí esperando a que bajemos la guardia...

―¿Y sí se acerca y me vuelve a tocar? ¿Se lo vas a impedir? ―me preguntó Silvia muy seria volviéndome a agarrar la polla.

―Sí, desde luego que si te tocara sin tu permiso no se lo iba a decir por las buenas, quizás tendría que echarle la mano al pescuezo.

―Mmmm, ¡qué maridito más duro tengo!

Bajé los dos tirantes de su body, deslizándolos por un costado y de un tirón aparecieron sus inmensas tetas que acaricié con devoción. Era increíble, pero Silvia se había puesto cachonda fantaseando con el viejo mirón.

―Entonces, ¿te gustaría volver al cine? ―insistí de nuevo.

―Nooo..., no te preocupes por lo que pasó, a ver si ahora por querer arreglarlo vas a terminar peleándote en medio del cine, además, te recuerdo que el viejo estaba bastante fuerte...

―¿Y crees que no podría con ese anciano?, ja, ja, ja, por favor, Silvia...

―Tenías las manos grandes, ásperas, y... mmmm, prefiero no hablar de él...

―¿Por qué? ¿Te pone cachonda?

―No, el único que se pone cachondo eres tú, pero si quieres que me folle a otros tíos dímelo, cuando vuelva al gimnasio seguro que hay unos cuantos jovencitos a los que no les importaría...

―Joder, Silvia...

―¿Ves cómo te excitas? ―dijo acelerando el ritmo de su paja―. Lo mismo te gustaría saber que llevo unos meses follando con mi jefe...

―Mmmmm, ¿ah, sí?, no me lo creo, pero seguro que el muy cabrón te mira esas tetas que tienes...

―Pues claro que me las mira, cornudo cabrón... entonces, ¿quieres que me tire a algún jovencito del gym?

―Noooo, solo te voy a follar yo ―aseguré poniéndome encima de ella y restregándome contra su coño.

―¿Me la vas a meter?

―Por supuesto ―dije apartando la tela de su body y clavándosela de un solo empujón.

―Ahhhggg, ¡qué bueno!, venga, fóllame...

―¿Te gusta mi polla, eh?

―Me encanta...

―Nunca te ha follado una polla así, dímelo...

―Nunca me ha follado una polla como la tuya, nunca me ha follado un hombre como tú...

―Te vas a enterar, zorra...

La embestí con golpes secos, haciendo bambolear sus pechos a cada acometida. Silvia se reprimía los gemidos todo lo que podía, para no despertar a las niñas y me puso las dos manos en el culo guiando el ritmo que a ella le gustaba.

―Vamos, sigueee, sigueeee...

―Quiero enseñarle a ese cerdo cómo hay que follarte para hacer que te corras...

―Cállate ya y sigueeee, vamosssss...

―¿Así te gusta?

―Sí, síííí, sigueeee... ―me pidió agarrando con fuerza mis glúteos para empujarlos contra su cuerpo.

―Lo tengo a punto, aaaah...

―No te pares, sigueeee, aaaah, sigueeeee...

―Diossss, Silvia, me corro, aaaah, aaaaah, aaaah, me corrooooo, ¡¡¡aaaah!!!

―¡¡Ay qué rico!!, muy biennn, mmmmmm, un poco mááááás, échamelo todo dentro..., muy bien, cariño...

Me quedé varios segundos más moviéndome lentamente sobre mi mujer, que acababa de gozar como una loca del polvazo que le había echado. Con la respiración agitada me pidió que me quitara de encima y se volvió a meter las tetas dentro del body.

―Venga, anda, vamos a la cama ―dijo Silvia.

Yo me levanté del sofá completamente desnudo y me pegué a su espalda, abrazándola satisfecho.

―Ha estado bien, ¿eh?, ufff, ¡vaya polvazo! ―afirmé orgulloso.

―Sí, sí, ha sido una pasada...