Los que volvieron el domingo EPÍLOGO
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EPÍLOGO

La carretera

No había ninguna ceremonia. Ningún periodista. Ningún aniversario.

Clara conducía. Había cumplido dieciocho años unas semanas antes, acababa de aprobar el examen práctico y llevaba dos semanas encontrando excusas para ponerse al volante de cualquier coche disponible. Daniel ocupaba el asiento del copiloto con una mezcla de orgullo y terror que intentaba disimular.

—Vas demasiado cerca del arcén.

—Voy perfectamente.

—Has pisado la línea.

—La línea está dentro de la carretera. Si no quisieran que la pisáramos la pondrían fuera.

—Esa lógica me preocupa desde que tenías cinco años.

Clara sonrió.

Habían ido a San Román para la presentación de la nueva placa junto al polideportivo. Elena había conseguido que el texto fuera breve.

EN MEMORIA DE LOS OCHO NIÑOS DE AGOSTO DE 1998.

Debajo aparecían los ocho nombres, por orden alfabético. Nada sobre milagros. Nada sobre héroes. Nada sobre quién merecía protagonismo.

Ocho nombres.

Después de la ceremonia, Daniel había pedido a Clara que tomara la carretera vieja.

—Para aquí.

Ella frenó en un ensanchamiento.

—¿Es este sitio?

Daniel miró alrededor. No exactamente. O quizá sí.

La cuneta había cambiado. Los árboles eran más altos. Había una señal nueva y un quitamiedos donde antes solo existía hierba. La memoria le ofrecía una curva, unas zapatillas limpias y el ruido de motores al fondo.

—Por aquí —dijo.

Bajaron.

El aire olía a tierra mojada. Había llovido durante la noche y el cielo empezaba a abrirse sobre la sierra.

Clara se apoyó en el coche.

—¿Te acuerdas ya de todo?

Daniel miró la carretera.

Podía haber respondido sí. Habría sido una buena forma de cerrar una historia. Pero no era verdad.

—No.

—¿Te preocupa?

Daniel pensó.

—A veces.

—¿Qué falta?

—Cosas pequeñas. No sé quién tuvo la idea de entrar. No recuerdo algunos momentos de la segunda noche. No sé si Samuel me dijo algo más antes de cerrar. Hay días que su cara me viene perfecta y otros que se parece más a las fotografías que a mi recuerdo.

Clara asintió.

—¿Y eso está bien?

—Tiene que estarlo —dijo Daniel.

Permanecieron un rato en silencio.

—Elena te manda una foto —dijo Clara.

Sacó el móvil.

Era una imagen del mar tomada desde una terraza. Al fondo se veía una ciudad blanca y, en una esquina, un cartel: Tánger . Debajo, un mensaje. Parece el mismo. Daniel sonrió.

Samuel había querido saber si el mar parecía igual desde otro país.

Elena había tardado casi treinta años en contestar una pregunta que su hijo nunca llegó a hacerle en voz alta.

—¿Qué pone? —preguntó Clara.

Daniel le enseñó la pantalla. Ella sonrió también.

—Pues ya tenemos otra respuesta.

Volvieron al coche.

Clara arrancó y esperó a que Daniel se pusiera el cinturón.

—¿Preparado?

Daniel miró por última vez la carretera.

Clara metió primera.

—Papá.

—Ya.

El coche empezó a moverse.

Daniel giró la cabeza hacia atrás.

Esta vez no había nadie diciéndole que no mirara.