Los que volvieron el domingo CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

El entierro

Elena había dicho que le parecía una vulgaridad que después de veintiocho años el cielo se sintiera obligado a colaborar con el tono de la ceremonia. El día amaneció frío y limpio. Desde el cementerio se veía la sierra con las primeras hojas amarillas.

No hubo autoridades en primera fila. Elena las había enviado atrás.

Tampoco permitió discursos políticos. El alcalde actual aceptó. Los abogados aconsejaron a algunas personas no acudir. Tomás no podía desplazarse por salud. Fernando Requena no apareció. Bruno llegó solo y se quedó al final. Daniel estaba con Clara.

A su lado se encontraban Irene, Teresa, Julián y Álex. Raquel ocupaba el lugar que habría correspondido a Marcos.

Seis de los siete que volvieron. Y la hermana del séptimo.

Durante unos segundos Daniel pensó en contar. No lo hizo.

El féretro era pequeño de una manera que parecía incorrecta. No porque los restos necesitaran más espacio, sino porque todos los años que Samuel no había vivido pesaban demasiado para caber allí. Elena eligió una ceremonia sencilla.

Una mujer leyó el nombre completo, las fechas y unas palabras sobre su vida. No mencionó heroísmo. Dijo que Samuel era hijo de Elena, amigo de otros niños, alumno, curioso, impaciente y que quería viajar. Después Elena se acercó.

Llevaba en la mano una copia restaurada de la redacción CUANDO SEA MAYOR . No la leyó entera.

—Samuel escribió esto unas semanas antes de desaparecer —dijo—. Durante años pensé que conservarlo era una forma de conservarlo a él. No lo era. El papel es papel. Mi hijo era una persona.

Miró a los asistentes.

—He oído muchas veces estos meses que dio su vida para salvar a siete amigos.

No quiero que esa frase sea lo único que quede.

Samuel no dio su vida como quien entrega una cosa.

Intentó salir. Quería volver. Tenía miedo.

Quería a su madre. Y en un momento en el que nadie debería pedirle nada a un niño, hizo algo que permitió que otros salieran.

Daniel bajó la cabeza.

—Eso fue valiente. Pero antes que valiente fue un niño. Y no quiero que la forma en que murió borre también la forma en que vivió.

Elena dobló la hoja.

—Gracias por haber venido a decir su nombre.

Nada más.

El féretro descendió.

La mano de Clara buscó la suya. Daniel la agarró.

Cuando la gente empezó a dispersarse, Elena pidió a los seis supervivientes y a Raquel que se quedaran.

Bruno permaneció lejos. Elena lo miró y le hizo un gesto.

—Tú también.

Bruno tardó unos segundos en acercarse.

Formaron un grupo incómodo junto a la tumba abierta.

Elena los observó uno por uno.

—No voy a perdonaros algo que hicisteis con once años porque no creo que me corresponda perdonaros por sobrevivir.

Teresa empezó a llorar. Elena levantó una mano.

—Y tampoco voy a decir que todo lo que ocurrió después no importa. Algunos recordasteis cosas y las apartasteis. Algunos adultos de vuestras familias eligieron el silencio. Bruno tomó decisiones siendo ya mayor. Marcos se hizo daño intentando regresar aquí. Todo eso existe.

Bruno bajó la mirada.

—Pero si convertís el resto de vuestra vida en pagar una deuda a Samuel, volveréis a usarlo para hablar de vosotros.

La frase entró despacio.

—Él tuvo once años —continuó Elena—. Ustedes han tenido casi cuarenta. Hagan algo decente con los que les queden. No por él. Porque están vivos.

Nadie respondió. No había respuesta adecuada. Elena miró a Daniel.

—Y usted.

—Sí.

—Deje de venir a verme con cara de estar esperando una sentencia.

Clara soltó una risa que intentó convertir en tos. Daniel la miró.

—Lo intento.

—Intente mejor.

Elena casi sonrió. Fue suficiente.

Bruno esperó a que los demás se alejaran para acercarse a ella.

Daniel no oyó todo. Solo vio que Bruno habló durante varios minutos y que Elena no lo abrazó. Al final le dio la mano. Eso también fue suficiente.

Raquel dejó junto a la tumba una pequeña hoja doblada.

—¿Qué es? —preguntó Daniel.

—La última columna que Marcos publicó antes de empezar a investigar todo esto. Hablaba de un puente que iban a derribar. Terminaba diciendo que conservar no significa dejar las cosas como estaban, sino decidir qué merece pasar al futuro.

—Muy Marcos.

—Pedante.

—Mucho.

Ambos sonrieron.

Teresa y Julián se marcharon juntos hacia la salida. Irene se quedó hablando con Álex. Clara se había adelantado para responder una llamada de su madre.

Antes de la ceremonia, Elena había pedido que colocaran junto a la entrada una mesa pequeña con fotografías.

La mesa no pretendía exponer el caso: prescindía de mapas de Valnera, recortes de prensa e imágenes del rescate.

Solo mostraba a Samuel en situaciones que no explicaban nada: dormido en un sofá con la boca abierta, sosteniendo un pez minúsculo, disfrazado con una capa, enfadado frente a una tarta, cubierto de grasa junto a una bicicleta.

Daniel se detuvo ante esa última fotografía. Ya la conocía. En la ampliación se veía algo que había pasado por alto: Samuel había escrito con rotulador sobre su propia mano izquierda una lista de piezas para no olvidar el orden al montar la rueda.

—Eso era muy de él —dijo Elena a su espalda.

—Yo no lo recordaba.

—No tiene por qué recordarlo todo.

Daniel se volvió. Elena llevaba un abrigo oscuro y el pelo movido por el viento. Parecía cansada, pero no frágil.

—Hoy va a venir mucha gente a decirle cosas —dijo Daniel.

—Ya han empezado.

—Si necesita que eche a alguien...

Elena levantó una ceja.

—¿Usted?

—Soy bastante desagradable cuando me esfuerzo.

—Lo he visto sin esfuerzo.

Clara apareció con tres vasos de agua y oyó la última frase.

—Por fin alguien me comprende.

Elena aceptó el vaso.

—Su padre tiene tendencia a pensar que ayudar significa ponerse delante.

—Estamos trabajando en ello.

—Me alegra que mi evaluación de desempeño sea pública —dijo Daniel.

Durante unos segundos, antes de que llegaran más personas, hablaron de una cosa completamente distinta: Clara estaba decidiendo qué carrera estudiar. Medicina había aparecido y desaparecido de la lista varias veces. Daniel se había prohibido opinar demasiado.

—No estudies algo por demostrarle nada a tu padre —dijo Elena.

—Tranquila. Mi principal proyecto vital es demostrarle cosas en contra.

—Excelente criterio.

Daniel negó con la cabeza. La conversación, allí, junto al féretro todavía fuera de la vista, no resultó irrespetuosa.

Al contrario. Le recordó que un funeral reunía a personas vivas, y que Samuel habría sido exactamente eso si hubiera podido: alguien metiéndose en conversaciones, opinando de decisiones ajenas y probablemente desmontando el mecanismo de la mesa porque cojeaba.

Raquel llegó poco después con una caja pequeña.

Dentro había una cinta de casete restaurada.

Habían encontrado una grabación de marzo de 1998 en la que Marcos, Daniel y Samuel intentaban hacer un programa de radio casero.

No pensaban reproducirla durante la ceremonia.

Elena solo quería escucharla una vez antes.

Se apartaron a una sala del cementerio. Raquel conectó un reproductor digital.

Primero hubo ruido y la voz de Marcos anunciando con solemnidad ridícula:

—Bienvenidos a Radio San Román, la única emisora que nadie nos ha pedido.

Después Daniel niño decía que ese eslogan era malísimo.

Una tercera voz apareció al fondo.

—Pues es verdad.

Daniel reconoció a Samuel sin necesitar que nadie se lo dijera.

El audio duraba cuarenta y tres segundos. Discutían sobre quién iba a entrevistar a quién. Samuel proponía entrevistar a la tostadora porque era el único aparato de la casa que «trabajaba más que los adultos». Marcos se reía. Daniel le decía que las tostadoras no hablaban.

—Todavía —contestaba Samuel.

Elena detuvo la grabación. No lloró inmediatamente. Sonrió primero.

—Era idiota —dijo.

Raquel se rio con la mano en la boca.

—Bastante.

Los ojos se le llenaron.

—Yo había olvidado su voz.

Elena guardó el reproductor en la caja.

—Ahora tiene cuarenta y tres segundos.

Elena no guardó la cinta de inmediato. Volvió a reproducir los cuarenta y tres segundos una segunda vez.

Esta vez ninguno habló encima. Marcos anunció su emisora inexistente, Daniel niño protestó y Samuel hizo la broma de la tostadora.

Cuando terminó, Elena dejó el reproductor sobre la mesa y apoyó los dedos en la tapa como si comprobara que seguía allí.

—Durante años tuve miedo de olvidar su voz —dijo—. Luego un día me di cuenta de que ya no sabía si la voz que recordaba era suya o la que yo le había puesto al leer sus frases.

Daniel entendió demasiado bien la diferencia.

—Yo pensaba que recordar era conservar una grabación intacta —dijo.

—No. Si fuera eso, estaríamos todos estropeados.

—¿Puedes hacerme una copia que no dependa de este aparato? —preguntó Elena.

—Diez. Y en varios formatos.

—Una basta. No necesito fundar la Filmoteca Samuel Arce.

Raquel sonrió.

—Marcos habría hecho tres copias y una tabla con ubicaciones.

—Entonces haga dos y no se lo diga.

La conversación se desplazó, por primera vez desde que entraron en aquella sala, hacia problemas pequeños.

Qué hacer con las fotografías recuperadas.

Qué objetos devolvería el juzgado. Cuáles quería Elena y cuáles prefería no tener en casa.

Daniel había supuesto que desearía conservarlo todo. Ella lo corrigió.

—La mochila sí. La redacción también. La linterna no sé.

—¿Por qué no?

—Porque no todo objeto que tocó mi hijo necesita vivir conmigo. Tengo una casa, no un museo.

Se levantó y abrió el bolso. Sacó una libreta nueva de tapas azules.

—Clara me ha convencido para escribir cosas que recuerdo antes de que todo el mundo empiece a contarme las suyas.

Daniel reconoció el método de Marcos y sonrió.

—Buena idea.

—No se entusiasme. No voy a escribir un libro.

—No iba a sugerirlo.

—Lo estaba pensando.

Daniel levantó las manos. Elena pasó algunas páginas.

No había una cronología del caso, sino frases sueltas: Samuel fingía que le gustaban las lentejas para repetir pan.

Una vez durmió con un destornillador debajo de la almohada.

Tenía miedo de los perros grandes y decía que era «prudencia zoológica».

A los nueve años quiso aprender francés porque había decidido que todos los inventores importantes hablaban francés, dato que se había inventado.

—Eso último no lo sabíamos —dijo Daniel.

—Porque no todo lo que sepan de él tiene que venir de ustedes.

Daniel podía devolver recuerdos, pero Samuel había tenido una vida anterior a Valnera que ellos solo conocían a fragmentos.

Elena arrancó una hoja de la parte posterior y se la tendió.

—Escriba cinco cosas que recuerde y de las que esté razonablemente seguro. Nada de la central. Nada de cómo murió.

Daniel tomó el bolígrafo. La tarea le recordó el café con Teresa.

Escribió despacio: odiaba la leche caliente.

Intentó arreglar la bicicleta de Marcos y dejó una arandela fuera.

Llamaba Doctor a Daniel antes de que supiera si quería estudiar Medicina.

Se sentó con Bruno junto al trampolín. Creía que podía arreglar casi cualquier cosa si le dejaban desmontarla primero.

Elena leyó la hoja.

—La arandela —dijo.

—¿Qué?

—Esa me gusta.

—¿Por qué?

—Porque probablemente demuestra que no arregló bien la bicicleta.

Daniel rio.

—No la arregló bien.

—Perfecto.

Elena dobló la hoja y la guardó en la libreta.

—Esto sí me lo quedo.

Al salir de la sala, Daniel pensó en lo poco que Elena había pedido: cinco recuerdos ordinarios y una arandela olvidada. Nada que pudiera confundirse con una absolución.

Más tarde, cuando la ceremonia terminó y los demás empezaron a alejarse, Clara se quedó un momento junto a Elena. Daniel no escuchó la conversación completa. Solo vio a Elena sacar de su bolso una copia de la redacción y señalar la última frase sobre el mar desde otro país.

Clara dijo algo. Elena negó. Después ambas miraron a Daniel y sonrieron de una manera que le hizo sospechar.

—¿Qué estáis planeando?

—Nada —dijo Clara.

—Eso, en tu voz, significa delito.

Elena guardó el papel.

—Un viaje.

—¿Adónde?

—Cuando lo haga, se enterará.

Daniel no insistió. Había empezado a aprender que no todo lo que no sabía era un vacío que necesitara llenar.

Daniel permaneció frente a la tumba.

La lápida provisional tenía solo nombre y fechas.

SAMUEL ARCE GONZÁLEZ

1987 - 1998

Veintiocho años antes debería haber llamado a Elena y decirle que Samuel no la había dejado: estaba bajo la montaña, había abierto una compuerta y ellos volverían por él. No lo hizo. Ya no podía cambiarlo.

Durante semanas había intentado convertir lo irreversible en castigo. Elena tenía razón: era otra forma de colocar a Samuel en el centro de su propia historia.

Daniel apoyó dos dedos sobre la piedra.

—Te lo dije —murmuró.

No esperaba respuesta. Después añadió:

—Tarde.

El viento movió las hojas secas junto al camino.

—Pero te lo dije.

Se volvió. Clara lo esperaba en la puerta del cementerio, recortada por el sol de octubre. Daniel caminó hacia su hija.