CAPÍTULO 33 “Las deudas de los vivos” #2
—Usted conserva algo que debería haber desaparecido hace muchos años.
Albornoz permaneció inmóvil.
—No sé de qué habla.
Luro dejó un sobre sobre el escritorio.
—Claro que lo sabe.
Dentro encontrará una autorización para trasladarse a La Plata.
Un ascenso.
Una mejor remuneración.
Y una jubilación asegurada.
El juez no abrió el sobre.
—¿Y si no acepto?
Luro sostuvo su mirada.
—Entonces tendrá que responder algunas preguntas muy incómodas sobre decisiones que tomó hace casi veinte años.
El silencio se volvió insoportable.
No era una amenaza explícita.
Era algo peor.
Era el recuerdo de una culpa real.
Cuando Luro se retiró, Albornoz permaneció largo rato sin moverse.
Finalmente abrió el cajón inferior del escritorio.
Sacó la carpeta "Sucesión Galván" .
La apoyó sobre la mesa.
Después abrió el sobre dejado por Luro.
No contenía únicamente la propuesta de ascenso.
Había una segunda hoja.
Muy breve.
Escrita a máquina.
Solo una línea.
"Todos tenemos un precio. Descubra el suyo antes que Ferreyra."
El juez volvió a doblar el papel.
Se levantó.
Caminó hasta la ventana.
Observó la lluvia cayendo sobre la plaza vacía.
Pensó en Lorenzo Varela.
Pensó en la carta que nunca respondió.
Pensó en la familia desaparecida.
Y comprendió que, durante casi veinte años, había confundido prudencia con cobardía.
Aquella noche tomó una decisión.
No sabía si llegaba demasiado tarde.
Pero era la primera decisión verdaderamente libre que tomaba desde que ocupaba aquel despacho.
Sin llamar a nadie, sin escribir una nota y sin avisar a su secretario, envolvió la carpeta en un trozo de tela impermeable.
Apagó las luces del juzgado.
Esperó a que oscureciera por completo.
Y salió por la puerta trasera.
En la penumbra de la calle desierta, llevaba bajo el brazo el único expediente capaz de cambiar el destino de todos.
Sin saberlo, alguien lo observaba desde el otro lado de la plaza.
Y comenzó a seguirlo.
CAPÍTULO 34: “El hombre que llegó tarde”
La lluvia había cesado.
Solo quedaban pequeñas gotas resbalando por los plátanos de la plaza.
El juez Ricardo Albornoz avanzaba despacio.
No llevaba paraguas.
La carpeta envuelta en tela permanecía apretada contra su pecho.
Cada tanto volvía la cabeza.
No distinguía a nadie.
Pero la sensación de no estar solo no desaparecía.
Después de tantos años entre expedientes y declaraciones, había aprendido que el miedo rara vez necesitaba un rostro.
Bastaba una certeza.
Y esa noche estaba seguro de que alguien lo seguía.
No tomó el camino principal.
Atravesó un callejón de tierra detrás de la iglesia.
Luego pasó junto al viejo molino harinero, abandonado desde hacía casi una década.
Las aspas inmóviles parecían un enorme esqueleto recortado contra el cielo.
Allí se detuvo.
Escuchó.
Nada.
Solo el viento.
Continuó.
En la vieja casa del capataz, Mateo revisaba nuevamente el cuaderno de Lorenzo.
No buscaba nombres.
Buscaba contradicciones.
Siempre había pensado que las mentiras perfectas no existían.
Toda falsedad terminaba dejando un pequeño desajuste.
Una fecha.
Un olvido.
Un exceso de precisión.
Algo.
Clara apareció con una lámpara encendida.
—No va a encontrar más respuestas esta noche.
Mateo cerró el cuaderno.
—Tal vez no.
Pero si dejo de pensar, otros seguirán haciéndolo por mí.
Ella sonrió con una mezcla de ternura y preocupación.
—Eso decía mi padre cuando no quería admitir que estaba cansado.
El comentario hizo que ambos guardaran silencio.
Desde la confesión de Clara, el recuerdo de su padre había dejado de ser un tabú.
Ahora formaba parte de la investigación.
Y también de su duelo.
Julián irrumpió sin golpear.
Venía agitado.
—Hay alguien afuera.
Los tres salieron.
Un caballo oscuro esperaba junto al alambrado.
El jinete permanecía inmóvil.
No levantó las manos.
No hizo movimientos bruscos.
Solo dijo:
—Busco al señor Mateo Ferreyra.
La voz era la de un hombre mayor.
Mateo dio un paso al frente.
—Soy yo.
El desconocido desmontó lentamente.
Era un peón de unos sesenta años.
La barba gris le cubría medio rostro.
Llevaba las botas embarradas y el poncho empapado.
Extendió una pequeña medalla de plata.
—El juez Albornoz me pidió que se la entregara.
Mateo tomó el objeto.
Era una medalla de San Miguel Arcángel.
En el reverso había una inscripción apenas visible.
"Archivo. Medianoche."
El peón levantó nuevamente la vista.
—Dijo que fuera solo.
Y que, si llegaba un minuto tarde...
no fuera.
Mateo no dudó.
Se colocó el saco.
Revisó el revólver.
Clara se interpuso.
—No va a ir solo.
—Sí.
—Ya no es comisario.
Nadie lo obliga a cumplir órdenes absurdas.
Mateo sonrió.
—Precisamente por eso debo ir.
Si el juez decidió romper veinte años de silencio, significa que ya no confía en nadie.
Y quizá tampoco llegue vivo al amanecer.
El caballo avanzó por calles completamente desiertas.
Las campanas de la iglesia marcaron las once y media.
El pueblo parecía contener la respiración.
Al llegar al edificio del archivo judicial encontró la puerta entreabierta.
No había luz.
Entró con cautela.
El olor a humedad y papel viejo lo envolvió de inmediato.
Las estanterías proyectaban sombras largas.
—¿Doctor Albornoz?
Nadie respondió.
Solo el eco.
Avanzó unos pasos más.
Entonces escuchó un golpe.
Seco.
Como si algo hubiera caído al piso.
Levantó el farol.
El juez estaba allí.
Apoyado contra una estantería.
Respiraba con dificultad.
Tenía la camisa empapada de sangre.
Mateo corrió hacia él.
—¡Doctor!
Albornoz intentó incorporarse.
No pudo.
Una puñalada le había atravesado el costado.
La herida seguía sangrando.
No parecía mortal de inmediato.
Pero el juez estaba perdiendo fuerzas con rapidez.
—Llegó...
tarde...
Mateo apoyó un pañuelo sobre la herida.
—No hable.
Voy a buscar ayuda.
El juez lo sujetó con una fuerza inesperada.
—No...
Escúcheme.
No queda...
tiempo.
Con enorme esfuerzo señaló una estantería.
La tercera.
Desde el fondo.
—Detrás...
Mateo corrió.
Apartó varios legajos.
La madera cedió.
Había un pequeño compartimiento oculto.
Dentro encontró la carpeta envuelta en tela.
La misma que el juez había sacado de su despacho.
La sostuvo entre las manos.
Al volver junto a Albornoz comprendió que el anciano apenas podía mantenerse consciente.
—Perdón...
susurró el juez.
Mateo se inclinó para escuchar.
—Lorenzo...
tenía razón...
Yo...
fui...
un cobarde.
Mateo no respondió.
No era momento para absoluciones.
Ni condenas.
Solo para la verdad.
—¿Quién dio la orden?
Los labios del juez temblaron.
Pronunció un apellido.
Muy bajo.
Tan bajo que el viento que entraba por una ventana rota casi se llevó el sonido.
Mateo tuvo que acercar el oído.
Escuchó.
Y quedó inmóvil.
No era el nombre de un estanciero.
Ni de Luro.
Ni de ningún hombre que hubiera sospechado.
Era alguien cuya presencia había atravesado la novela desde el comienzo sin despertar sospechas.
El juez sonrió apenas.
Como si comprendiera el impacto de aquella revelación.
—Nunca...
busque...
al hombre...
Busque...
la...
familia...
Fueron sus últimas palabras.
Su mano cayó lentamente.
El silencio volvió a llenar el archivo.
Mateo permaneció varios minutos arrodillado junto al cuerpo.
No lloró.
No habló.
Solo sostuvo la carpeta entre las manos.
Cuando finalmente se puso de pie, escuchó pasos en el exterior.
No eran uno.
Ni dos.
Eran varios.
Alguien había esperado exactamente ese momento.
Apagó el farol de un soplido.
El archivo quedó completamente a oscuras.
Aferró la carpeta contra el pecho y se deslizó entre las estanterías.
La puerta principal se abrió de golpe.
Varias linternas iluminaron el interior.
Una voz ordenó con firmeza:
—¡Registren todo!
Mateo contuvo la respiración.
Desde que comenzó la investigación, no solo buscaban impedir que descubriera la verdad, ahora también querían impedir que saliera con vida del edificio.