CAPÍTULO 33 “Las deudas de los vivos”
El cuaderno de Francisco Galván permanecía abierto sobre la mesa.
Mateo había releído aquella última frase tantas veces que comenzaba a perder su forma.
"Nunca entendieron que el problema no era la tierra."
"Era el agua."
Las palabras parecían sencillas.
Sin embargo, encerraban una verdad enorme.
En la inmensidad del sur bonaerense, una escritura podía discutirse.
Un alambrado podía correrse.
Un juez podía firmar una sentencia.
Pero una aguada...
una aguada decidía qué estancia prosperaba y cuál desaparecía.
Julián apoyó los codos sobre la mesa.
—¿Usted cree que mataron por un arroyo?
Mateo negó despacio.
—No.
Por el derecho a controlarlo.
Hay una diferencia.
Tomó el mapa de Tomás Arce y lo extendió junto al viejo plano de mensura.
Durante varios minutos comparó ambos dibujos.
No buscaba coincidencias.
Buscaba ausencias.
Fue Clara quien advirtió la primera.
—Aquí falta una estancia.
Mateo levantó la vista.
Ella señaló el mapa antiguo.
Entre Santa Amalia y el viejo camino de las carretas aparecía dibujado un casco de estancia que no figuraba en ningún plano oficial posterior.
No tenía nombre.
Solo un pequeño rectángulo y un molino.
—¿Por qué desaparecería una estancia completa de los registros?
Mateo respondió casi para sí mismo.
—Porque alguien necesitó que nunca hubiera existido.
Aquella misma mañana, en Bahía Blanca, el doctor Esteban Luro descendía del tren.
No fue al hotel.
Ni al Ministerio.
Pidió un coche y ordenó al cochero:
—Al Club Argentino.
El edificio reunía a los principales hacendados de la región.
Era un lugar donde los negocios importantes rara vez dejaban constancia escrita.
En el salón principal lo esperaban cuatro hombres.
Ninguno vestía uniforme.
Todos llevaban trajes oscuros.
Uno de ellos era el escribano Basilio Cárdenas.
Otro, el senador provincial Octavio Beltrán.
Los otros dos eran propietarios de grandes extensiones de campo.
Sobre la mesa había café y coñac.
Nadie los había tocado.
Beltrán fue directo.
—¿Terminó el asunto?
Luro dejó los guantes sobre una silla.
—No.
Hubo un contratiempo.
—¿Ferreyra?
—Sigue investigando.
El senador sonrió con ironía.
—Sin cargo.
Sin sueldo.
Sin archivos.
¿Cuánto daño puede hacer un hombre así?
Luro sostuvo su mirada.
—Mucho.
Si encuentra a la persona indicada.
El escribano Cárdenas intervino.
—¿Ya saben quién es el sexto?
La pregunta quedó suspendida en el aire.
Luro respondió con calma.
—Todavía no.
Pero Ferreyra está acercándose.
Y eso nos obliga a movernos antes.
Uno de los estancieros golpeó suavemente la mesa con los nudillos.
—Hace veinte años resolvimos el problema.
No entiendo por qué vuelve a aparecer.
Luro lo miró fijamente.
—Porque hace veinte años ocultaron las consecuencias.
No la causa.
Y las causas siempre regresan.
Mientras tanto, en Médanos, Mateo decidió visitar un lugar que hasta entonces había pasado por alto.
La oficina del viejo agrimensor municipal.
El edificio llevaba años cerrado.
Las ventanas estaban cubiertas de polvo.
La cerradura cedió tras varios intentos.
Dentro encontraron estanterías repletas de tubos de planos.
Reglas de madera.
Cadenas de medición.
Niveles.
Instrumentos abandonados.
Todo permanecía exactamente como el último agrimensor lo había dejado.
Clara recorrió lentamente los estantes.
En una esquina encontró un cuaderno de tapas verdes.
No tenía fecha.
Solo iniciales.
L. V.
—Mateo...
El comisario se acercó.
Abrió el cuaderno.
Esperaba encontrar anotaciones técnicas.
En cambio descubrió observaciones personales.
No era un diario.
Era el cuaderno de trabajo de Lorenzo Varela.
La letra era firme.
Precisa.
En una de las primeras páginas escribió:
"Un agrimensor no mide solamente la tierra."
"Mide también la honestidad de quienes le piden que la mida."
Mateo sonrió sin darse cuenta.
Por primera vez sentía que conocía al hombre al que llevaba semanas persiguiendo entre documentos y recuerdos.
Pasó varias páginas.
Había cálculos.
Croquis.
Distancias.
Hasta que encontró una anotación distinta.
Subrayada dos veces.
"Jamás aceptar un plano dibujado desde un escritorio."
"Primero caminar el campo."
Más abajo, una lista de nombres.
No de propietarios.
De peones.
De puesteros.
De carreros.
Mateo comprendió.
Lorenzo desconfiaba de los poderosos.
Antes de medir una estancia hablaba con quienes la trabajaban.
Porque ellos conocían el terreno mucho mejor que sus dueños.
Julián, que revisaba un armario, lanzó un llamado.
—¡Comisario!
Detrás de varios tubos apareció un enorme plano enrollado.
El papel estaba quebradizo por los años.
Lo extendieron con extremo cuidado.
Era un plano general del partido de Villarino.
Mucho más antiguo que todos los anteriores.
Mateo comenzó a recorrerlo con la vista.
Los caminos coincidían.
Las aguadas también.
Pero hubo un detalle que lo dejó inmóvil.
En el centro del plano, escrito con tinta roja, aparecía un nombre que nunca habían visto.
"Canal del Rey."
Clara buscó rápidamente en el mapa de Tomás Arce.
No existía.
En los registros modernos tampoco.
—¿Qué era? —preguntó.
Mateo permaneció unos segundos en silencio.
Después respondió:
—No lo sé.
Pero si alguien hizo desaparecer un canal entero de todos los mapas...
es porque ese canal explicaba muchas más cosas que un simple curso de agua.
Mientras enrollaban nuevamente el plano, ninguno advirtió que la puerta del edificio había quedado apenas entreabierta.
En la calle, un muchacho de unos catorce años observaba por la rendija.
Era hijo del cartero.
Había recibido dos monedas para vigilar aquella oficina.
Corrió sin perder un segundo.
Atravesó la plaza.
Dobló por una calle de tierra.
Y entregó el mensaje a un hombre que esperaba bajo la sombra de un eucalipto.
—Entraron.
El desconocido preguntó:
—¿Qué encontraron?
El muchacho negó con la cabeza.
—No pude verlo.
El hombre le revolvió el cabello con una sonrisa.
—No importa.
Ya sabemos dónde estarán mañana.
Cuando el chico se alejó, la sonrisa desapareció de su rostro.
Miró hacia la inmensa llanura que comenzaba a dorarse bajo la luz de la tarde.
Por primera vez desde que Mateo Ferreyra había llegado a Villarino, el equilibrio empezaba a romperse.
Porque el comisario ya no seguía únicamente las huellas de los muertos.
Había empezado a caminar exactamente por los mismos lugares donde, años antes, los culpables habían cometido el error de creer que la tierra podía guardar un secreto para siempre.
CAPÍTULO 33: “Las deudas de los vivos”
La lluvia llegó durante la madrugada.
No fue una tormenta violenta.
Llovía con paciencia.
Como si el cielo quisiera empapar la tierra sin despertarla.
Desde la galería de la vieja casa, Mateo observaba el agua caer sobre los médanos.
El olor a tierra mojada le recordó su infancia.
Habían pasado muchos años.
Sin embargo, había aromas que el tiempo era incapaz de borrar.
Clara salió envuelta en un chal.
Encontró al comisario apoyado contra un poste de madera.
No habló enseguida.
Sabía que algunas personas necesitan terminar una conversación con sus recuerdos antes de empezar otra.
—No durmió.
Mateo sonrió apenas.
—Hace tiempo que no sé dormir cuando llueve.
Ella esperó.
Él continuó mirando el horizonte.
—Mi padre murió una noche como esta.
Clara no dijo nada.
Solo permaneció a su lado.
La lluvia seguía cayendo sobre los pastizales.
—Era sargento.
En un pueblo pequeño.
Una familia denunció la desaparición de una niña.
La buscaron durante tres días.
El cuarto...
todos dijeron que ya no tenía sentido seguir.
Mateo hizo una pausa.
—Mi padre salió solo.
La encontró.
Pero llegó demasiado tarde.
Nunca pudo perdonarse haber aceptado detener la búsqueda el día anterior.
Clara comprendió muchas cosas de golpe.
La obstinación.
Las noches sin dormir.
La necesidad casi enfermiza de revisar una vez más cada detalle.
No era una virtud.
Era una herida.
—Antes de morir me dijo una sola cosa.
Mateo bajó la cabeza.
—"El problema nunca es equivocarse. El problema es dejar de buscar."
La frase quedó suspendida entre ambos.
No era una enseñanza de policía.
Era una forma de vivir.
Clara apoyó una mano sobre la baranda de la galería.
—Ahora entiendo por qué no renunció cuando lo apartaron.
Mateo sonrió con tristeza.
—No lo hice por valentía.
Lo hice porque no sé hacer otra cosa.
En el interior de la casa, Julián terminaba de ordenar los papeles que habían logrado conservar.
Había separado las notas por temas.
Mensuras.
Testimonios.
Mapas.
Cuando abrió el cuaderno de Lorenzo Varela para continuar leyéndolo, una hoja doblada cayó al piso.
No la habían visto antes.
Era tan fina que había quedado adherida entre dos páginas.
—¡Mateo!
Los otros dos entraron de inmediato.
La hoja no era una carta.
Era una lista de nombres escrita con lápiz.
A diferencia de las anteriores, aquellos nombres no correspondían a personas poderosas.
Eran trabajadores.
Carreros.
Puesteros.
Peones.
Junto a cada uno aparecía una palabra.
"Confiable."
"Duda."
"No hablar."
"Honesto."
Mateo recorrió lentamente la lista.
No estaba clasificando empleados.
Estaba evaluando personas.
Como quien intenta descubrir en quién puede confiar.
Al final de la página aparecía un último nombre.
Sin ninguna anotación.
Solo un signo de interrogación.
Ricardo Albornoz.
El juez.
Los tres permanecieron inmóviles.
Julián fue el primero en reaccionar.
—¿Lorenzo desconfiaba del juez?
Mateo negó lentamente.
—No.
Eso no dice el papel.
Dice que todavía no sabía de qué lado estaba.
Clara recordó la actitud de Albornoz durante las últimas semanas.
Siempre prudente.
Siempre ambiguo.
Jamás había obstaculizado la investigación.
Pero tampoco la había ayudado.
Como si llevara años viviendo exactamente en el medio.
Mateo cerró el cuaderno.
—Necesitamos hablar con él.
—¿Y si avisa a Luro?
—También lo hará si no hablamos.
La diferencia es que quiero verlo a los ojos antes de decidir.
Aquella tarde, el juez Albornoz recibió una visita inesperada.
No era Mateo.
Era Esteban Luro.
El funcionario llegó sin anunciarse.
Entró directamente al despacho.
No aceptó asiento.
Ni café.
Miró alrededor.
Después habló con absoluta tranquilidad.