CAPÍTULO 20 “La trampa”
La lluvia comenzó antes del amanecer.
No era un aguacero.
Era esa llovizna persistente del sur que parecía mezclarse con el viento y quedarse suspendida en el aire.
Desde la ventana de la fonda, Mateo observaba cómo la plaza desaparecía detrás de una cortina gris.
No miraba la lluvia.
Pensaba.
Durante días había seguido caminos trazados por otros.
Cartas anónimas.
Mensajes.
Pistas cuidadosamente colocadas.
Por primera vez decidió invertir el juego.
Si alguien vigilaba cada uno de sus movimientos...
también vigilaría el siguiente.
Y esa era una ventaja.
—Necesito que hoy todo el pueblo crea una mentira.
Julián levantó la cabeza.
Clara dejó de escribir.
—¿Qué clase de mentira? —preguntó ella.
Mateo extendió un viejo plano sobre la mesa.
Marcó con el dedo el Bajo de las Garzas.
—Vamos a hacer correr el rumor de que mañana al amanecer excavaremos aquí.
Julián sonrió.
—Pero nosotros no iremos.
—Exactamente.
Mateo levantó la vista.
—Si el enemigo cree que estamos cerca del escondite verdadero, intentará adelantarse.
Y cuando lo haga...
dejaremos de perseguirlo.
Será él quien venga hacia nosotros.
El plan era sencillo.
Y, precisamente por eso, creíble.
Julián debía comentar la supuesta excavación delante del almacenero.
El almacenero se lo contaría al carnicero.
El carnicero al cochero del correo.
Y antes del anochecer...
todo Médanos hablaría del asunto.
No hacía falta mentir muchas veces.
Solo en el lugar adecuado.
Aquella misma tarde Mateo fue a visitar al juez Ricardo Albornoz.
No por necesidad.
Sino para que también él oyera el rumor.
Conversaron sobre asuntos menores.
El clima.
La cosecha.
Los daños del incendio.
Cuando ya se despedía, Mateo comentó con aparente descuido:
—Mañana iremos al Bajo de las Garzas.
Creo que, por fin, encontraremos lo que buscamos.
El juez permaneció inmóvil apenas un segundo.
Fue un gesto casi imperceptible.
Pero Mateo lo vio.
Una leve tensión en la mandíbula.
Nada más.
Después sonrió con absoluta naturalidad.
—Le deseo suerte, comisario.
Al salir del juzgado, Mateo ya estaba seguro de una cosa.
El comentario no había pasado inadvertido.
La noche cayó envuelta en lluvia.
A las diez, la plaza estaba completamente vacía.
A las once...
también.
A medianoche, Julián comenzaba a pensar que el plan había fracasado.
Los tres permanecían ocultos dentro del antiguo galpón ferroviario, desde donde podían observar el camino que conducía al Bajo de las Garzas.
Solo se oía el agua golpeando el techo de chapa.
Y el silbido del viento.
—Tal vez nadie cayó.
Mateo negó lentamente.
—Esperemos.
A la una y diecisiete de la madrugada apareció la primera luz.
No era un farol.
Era un fanal cubierto con una manta.
Se movía lentamente entre la lluvia.
Después surgió una segunda.
Y una tercera.
No venía una persona.
Venían tres.
Los caballos avanzaban sin hacer ruido.
Como si conocieran perfectamente el terreno.
Mateo sintió cómo el pulso se aceleraba.
Los hombres no iban hacia el pueblo.
Tomaban exactamente el camino del Bajo de las Garzas.
Esperaron cinco minutos más.
Luego otros cinco.
Cuando estuvieron lo bastante lejos, Mateo se puso de pie.
—Ahora.
Los tres montaron.
No siguieron el mismo sendero.
Tomaron un atajo que Anselmo Aguirre había marcado en el viejo mapa.
El terreno estaba pesado por la lluvia.
Los caballos resbalaban.
Pero ganaban distancia.
Cuando alcanzaron la loma desde la que podía verse el bajo...
Mateo levantó los prismáticos.
Los tres jinetes habían desmontado.
Uno llevaba una pala.
Otro una barreta.
El tercero permanecía vigilando.
No buscaban.
Sabían exactamente dónde cavar.
Durante casi veinte minutos trabajaron bajo la lluvia.
Después ocurrió algo inesperado.
Uno de ellos extrajo de la tierra un objeto largo.
Envuelto en una lona ennegrecida por el barro.
Mateo sintió un vuelco en el estómago.
No podía distinguir qué era.
Pero estaba claro que habían encontrado algo.
Los hombres no parecían sorprendidos.
Actuaban con la precisión de quien ya conocía el lugar.
Entonces uno de ellos hizo un movimiento brusco.
No para guardar el paquete.
Para abrirlo.
La lona cayó parcialmente.
Durante apenas un segundo, iluminado por un relámpago, Mateo alcanzó a ver el contenido.
No era un plano.
No era un cofre.
Era una caja de madera.
Muy antigua.
Reforzada con flejes de hierro.
Y sobre la tapa aparecía grabado el mismo símbolo que habían encontrado en el poste de quebracho.
Tres líneas.
Una cruz.
El corazón de Mateo comenzó a latir con fuerza.
Habían llegado.
Por fin habían llegado.
Pero, antes de que pudiera ordenar avanzar, uno de los hombres levantó la cabeza.
Miró directamente hacia la loma.
Hacia el lugar exacto donde ellos estaban escondidos.
La distancia era grande.
La lluvia intensa.
Era imposible que pudiera distinguirlos.
Y, sin embargo...
el desconocido se quitó lentamente el sombrero.
Como si saludara a alguien.
Después sonrió.
No una sonrisa de triunfo.
Una sonrisa de reconocimiento.
Y, con absoluta calma, volvió a cubrir la caja, montó a caballo y se alejó con sus compañeros, sin la menor prisa.
Mateo permaneció inmóvil.
No había visto aquel rostro con claridad.
Pero comprendió algo inquietante.
Ellos no habían tendido una trampa.
Habían caído en una.
Porque quienes cavaban en el Bajo de las Garzas no solo conocían el escondite.
También sabían, desde el principio, que alguien los estaba observando.
Y eso significaba que, en algún lugar muy cercano, seguía habiendo un informante. Uno que conocía cada paso de la investigación antes incluso de que ellos lo dieran.