CAPÍTULO 10 “Fuego en los archivos”
Aquella noche el cielo estaba completamente despejado.
Las estrellas parecían más próximas que de costumbre, como si la inmensidad de la pampa hubiera decidido inclinarse sobre Médanos.
Mateo no podía dormir.
La conversación con Evaristo Molina seguía dando vueltas en su cabeza.
No era la marca de Santa Amalia lo que lo inquietaba.
Era la pregunta.
"¿De qué tenía tanto miedo?"
Un hombre poderoso podía ocultar un crimen.
Podía comprar voluntades.
Podía alterar documentos.
Pero borrar durante tantos años el nombre de una estancia exigía otra clase de temor.
El temor a que el pasado siguiera vivo.
Poco después de la medianoche, alguien golpeó con violencia la puerta de la fonda.
No fueron los tres golpes pausados de un visitante.
Fueron golpes desesperados.
Nicolás Bianchi abrió sobresaltado.
Del otro lado apareció un muchacho jadeando.
—¡Don Nicolás!
¡Se quema!
—¿Qué se quema?
—¡El archivo del juzgado!
Mateo ya estaba bajando la escalera.
No esperó explicaciones.
Tomó el saco y salió corriendo.
Julián apareció apenas unos segundos después.
Cuando doblaron la esquina de la plaza, vieron el resplandor.
Una columna de humo ascendía hacia el cielo.
Las llamas iluminaban las paredes del edificio judicial.
Las campanas de la iglesia comenzaron a sonar.
No para llamar a misa.
Para despertar al pueblo.
Los vecinos llegaban con baldes.
Otros organizaban una cadena desde el aljibe.
No existía cuerpo de bomberos.
En los pueblos pequeños, cuando el fuego aparecía, todos combatían.
Mateo atravesó la multitud.
El juez Ricardo Albornoz gritaba órdenes.
Su ropa estaba cubierta de hollín.
Clara Ibáñez ayudaba a sacar expedientes del despacho principal.
Tenía las manos ennegrecidas.
El cabello parcialmente suelto.
Pero seguía trabajando sin detenerse.
—¡El archivo! —gritó alguien.
—¡No entren!
¡El techo puede venirse abajo!
Mateo miró hacia la parte trasera del edificio.
El incendio parecía concentrado exactamente donde se encontraba la sala de archivos.
No en el despacho.
No en la secretaría.
No en la entrada.
Solo allí.
Demasiada precisión para ser un accidente.
Sin pedir permiso, cruzó la puerta envuelta en humo.
Julián quiso seguirlo.
Una viga cayó delante de ellos.
—¡Comisario!
Mateo tosió.
El aire quemaba los pulmones.
Apenas podía ver.
Recordaba perfectamente la distribución del edificio.
Avanzó agachado.
Contó los pasos.
Uno.
Dos.
Tres.
Dobló a la izquierda.
Allí debía estar la sala.
La encontró.
El fuego trepaba por las estanterías.
Las carpetas ardían como hojas secas.
Miles de páginas convertidas en brasas.
Décadas de historia desapareciendo en cuestión de minutos.
Entonces vio algo.
El armario metálico.
El mismo que había llamado su atención durante la visita.
Seguía cerrado.
Las llamas lo rodeaban.
Pero el acero resistía.
Mateo se lanzó hacia él.
El candado estaba al rojo vivo.
Se envolvió la mano con el saco.
Intentó abrirlo.
Imposible.
Necesitaba una herramienta.
Buscó alrededor.
Entre los escombros encontró una barra de hierro.
Golpeó una vez.
Dos.
Tres.
El candado cedió.
Abrió la puerta.
Dentro no había protocolos notariales.
Había apenas cuatro carpetas.
Solo cuatro.
Todas perfectamente ordenadas.
Tomó la primera.
En la tapa podía leerse:
Santa Amalia
El corazón le golpeó con fuerza.
No tuvo tiempo de abrirla.
Un estruendo sacudió el edificio.
Parte del techo comenzó a desplomarse.
Tomó las cuatro carpetas bajo el brazo.
Corrió hacia la salida.
Una viga ardiente cayó detrás de él.
Otra delante.
El humo le nubló completamente la vista.
Por un instante creyó que no encontraría la puerta.
Entonces una mano apareció entre la humareda.
Era Julián.
—¡Por aquí!
Los dos salieron apenas unos segundos antes de que la techumbre terminara de derrumbarse.
El silencio que siguió fue casi irreal.
Solo se oía el crepitar de las brasas.
Los vecinos observaban impotentes.
El archivo entero había desaparecido.
Ricardo Albornoz permanecía inmóvil frente al edificio.
Tenía el rostro gris.
No lloraba.
Pero parecía haber envejecido diez años en una sola noche.
Clara se acercó a Mateo.
Respiraba con dificultad.
Vio las carpetas ennegrecidas que sostenía contra el pecho.
Su expresión cambió por completo.
—¿Dónde las encontró?
—En el armario metálico.
La joven cerró los ojos un instante.
Como si acabara de confirmar una sospecha largamente temida.
—Entonces...
sí existían.
Mateo la miró fijamente.
—¿Quién dijo que no existían?
Clara abrió la boca.
Pero no respondió.
Porque en ese mismo instante ambos comprendieron algo aterrador.
El incendio no había sido para destruir todo el archivo.
Había sido para destruir esas cuatro carpetas .
Y si alguien había decidido incendiar un edificio entero para hacerlas desaparecer...
era porque contenían una verdad capaz de cambiar el destino de muchas personas.
Mateo apretó con fuerza los legajos contra su pecho.
Las tapas estaban chamuscadas.
Algunas hojas se habían ennegrecido en los bordes.
Pero seguían intactas.
Por primera vez desde su llegada a Médanos, la verdad ya no era una idea.
Cabía entre sus manos.
Y alguien acababa de demostrar que estaba dispuesto a quemar un pueblo antes que permitir que fuera leída.
La fonda de Nicolás Bianchi permaneció iluminada hasta bien entrada la madrugada.
Mientras el resto del pueblo comentaba el incendio en voz baja, Mateo había convertido el comedor en una improvisada sala de trabajo.
Nicolás cerró las cortinas.
No quería curiosos.
Ni preguntas.
Clara Ibáñez llegó poco después, todavía con las manos ennegrecidas por el hollín. Traía el cabello recogido apresuradamente y un pequeño maletín de cuero.
—Traje guantes de algodón —dijo apenas entró—. Si los bordes de las hojas están carbonizados, cualquier descuido puede destruirlas.
Mateo la miró con un respeto renovado.
No era solo una secretaria.
Sabía cómo tratar documentos antiguos.
—Gracias.
Ella respondió con una inclinación de cabeza.
—Es mi trabajo.
Y también...
es mi obligación.
Las cuatro carpetas fueron colocadas sobre la mesa.
El silencio era absoluto.
Solo se oía el tictac del reloj del comedor.
Julián permanecía de pie, junto a la ventana.
Vigilaba la calle.
Desde el incendio, ninguno de ellos daba por sentado que estuvieran solos.
Mateo tomó la primera carpeta.
La tapa, chamuscada en los bordes, conservaba una inscripción escrita con tinta azul ya desvaída:
Expediente 214
No decía Santa Amalia.
Decía solamente:
214
Mateo levantó la vista hacia Clara.
—¿Está segura de que este era el legajo que faltaba?
La joven asintió.
—Reconocería esa numeración aunque estuviera escrita en un trozo de carbón.
Durante nueve años la vi entrar y salir del archivo.
Nunca pude abrirla.
El juez siempre decía que era documentación reservada.
Con extrema delicadeza, Mateo levantó la tapa.
La primera hoja apareció amarillenta por el tiempo.
No era una denuncia.
No era una escritura.
Era una carta.
Escrita a máquina.
Dirigida al Juzgado de Paz de Médanos.
Sin embargo, el remitente estaba arrancado.
No cortado con tijera.
Arrancado con la mano.
Como si alguien hubiera querido borrar únicamente el nombre de quien la había enviado.
Mateo comenzó a leer en voz alta.
"Pongo en conocimiento de esa autoridad que existen discrepancias insalvables entre los planos recientemente presentados y los límites históricamente reconocidos por los vecinos del paraje..."
Se interrumpió.
Volvió a leer la frase.
Despacio.
—No habla de un crimen.
Clara negó.
—Habla de tierras.
Julián apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Entonces Benigno tenía razón.
Todo empezó con las mensuras.
Las hojas siguientes estaban incompletas.
Faltaban páginas enteras.
En algunos lugares solo quedaban pequeños fragmentos sujetos por el hilo del encuadernado.
Alguien no había querido destruir el expediente completo.
Había elegido qué partes eliminar.
Y cuáles dejar.
Aquello era aún más inquietante.
Porque significaba que el responsable conocía perfectamente el contenido.
Mateo pasó a la siguiente hoja utilizable.
Era un plano.
O lo que quedaba de él.
La mitad inferior había desaparecido.
Solo se conservaba la parte superior, donde podían verse algunos accidentes del terreno.
Una cañada.
Un monte de caldenes.
Y una inscripción manuscrita:
Camino Real Viejo
Mateo sintió un escalofrío.
No era un simple sendero rural.
Aquel viejo camino tenía nombre oficial.
Había existido legalmente.
Y si aparecía en un plano judicial, su desaparición no podía haber sido casual.
—Espere...
—dijo Clara de pronto.
Tomó una lupa del maletín.
Acercó el cristal a uno de los márgenes.
—Aquí hay algo.
Todos inclinaron la cabeza.
Apenas visible, escrito con lápiz y casi borrado por el tiempo, aparecía un número.
Plano 38-B
Nada más.
Ni firma.
Ni fecha.
Solo esa referencia.
Mateo tomó nota inmediatamente.
Los planos importantes rara vez viajaban solos.
Siempre pertenecían a un archivo mayor.
Si encontraban el Plano 38-B, quizá podrían reconstruir lo que faltaba.
Abrieron la segunda carpeta.
Dentro había correspondencia entre el juzgado y la Dirección de Tierras de la provincia.
Pero había algo extraño.
Las cartas llegaban.
Las respuestas no estaban.
Era como leer solo la mitad de una conversación.
Julián dejó escapar un suspiro.
—Otra vez.
Mateo comprendió la frustración.
Durante días habían encontrado documentos incompletos.
Expedientes mutilados.
Mapas recortados.
Ahora incluso las cartas estaban partidas por la mitad.
No era desorden.
Era un método.
Alguien había aprendido que destruirlo todo llamaba la atención.
Era mucho más eficaz dejar suficientes papeles para que pareciera que nada faltaba.
Cuando llegaron a la tercera carpeta, Clara quedó inmóvil.
Su respiración cambió.
Mateo la observó.
—¿Qué sucede?
La joven señaló una firma.
—Ese nombre...
Mateo miró el documento.
Al pie de un acta figuraba la rúbrica de un hombre.
La tinta estaba corrida.
Solo podían leerse con claridad dos palabras.
Emilio Ibáñez
Clara dio un paso hacia atrás.
Su voz salió apenas como un susurro.
—Era mi padre.
El comedor quedó en silencio.
Julián levantó lentamente la vista.
Mateo volvió a mirar la firma.
—¿Su padre trabajó para el juzgado?
Clara tardó varios segundos en responder.
Tenía los ojos fijos en el papel, como si acabara de encontrar un fantasma.
—No...
Mi padre...
era agrimensor.
Nadie dijo una palabra.
De pronto, muchas piezas comenzaron a adquirir un significado diferente.
Clara no había llegado por casualidad al juzgado.
Su padre había estado vinculado, de una forma u otra, con las tierras cuya historia alguien llevaba décadas intentando borrar.
Y si su nombre aparecía en el expediente 214...
era muy probable que hubiera sabido algo.
Algo tan importante que nunca llegó a contarle a su propia hija.
Mateo cerró lentamente la carpeta.
No quería seguir leyendo esa noche.
No por cansancio.
Sino porque comprendía que la investigación acababa de cruzar un umbral del que ya no habría regreso.
Hasta ese momento Clara había sido una colaboradora.
Desde ese instante...
también podía convertirse en una de las víctimas ocultas de aquella historia.