CAPÍTULO 7 “El juez que nunca firmaba”
A la mañana siguiente, el edificio del Juzgado de Paz parecía más pequeño de lo que Mateo había imaginado.
No tenía la solemnidad de los tribunales de Bahía Blanca.
Era una construcción baja, de paredes encaladas, con un corredor angosto y una galería sostenida por columnas de hierro fundido. En la puerta, una placa de bronce anunciaba simplemente:
JUZGADO DE PAZ DE MÉDANOS
La pintura comenzaba a descascararse alrededor del marco.
Alguien barría el patio.
Nadie parecía tener prisa.
Mateo desmontó.
—¿El juez está?
La mujer que barría dejó la escoba apoyada contra la pared.
—Si habla de don Ricardo...
sí.
Pero hoy no recibe.
—¿Por qué?
La mujer se encogió de hombros.
—Nunca recibe cuando está ocupado.
—¿Y cuándo no está ocupado?
Ella sonrió con una ironía resignada.
—Hace años que no lo veo desocupado.
Julián ocultó una sonrisa.
Mateo golpeó la puerta.
Nadie respondió.
Volvió a golpear.
Esta vez una voz grave llegó desde el interior.
—Adelante.
El despacho era sobrio.
Un escritorio de roble.
Dos bibliotecas.
Un retrato del presidente de la Nación.
Un crucifijo.
Y una ventana desde la que se veía la plaza principal.
El juez Ricardo Albornoz permanecía de pie, revisando un expediente.
Era un hombre cercano a los sesenta años.
Cabello cuidadosamente peinado hacia atrás.
Bigote fino.
Traje oscuro impecable.
Le llamó la atención un detalle.
No llevaba toga.
Ni siquiera saco.
Solo un chaleco gris perfectamente abotonado.
Cuando terminó de leer la última hoja, levantó la vista.
—Comisario Ferreyra.
Finalmente nos conocemos.
Mateo estrechó su mano.
Era fría.
No débil.
Simplemente fría.
—Gracias por recibirme.
—Era inevitable.
Tome asiento.
Durante unos minutos hablaron de cuestiones formales.
La jurisdicción.
Los procedimientos.
La necesidad de coordinar el trabajo entre la policía y el juzgado.
Albornoz se expresaba con precisión.
Elegía cuidadosamente cada palabra.
No improvisaba.
Mateo percibió enseguida que estaba frente a un hombre acostumbrado a no decir más de lo necesario.
Cuando el café llegó a la mesa, decidió cambiar el rumbo de la conversación.
—Necesito consultar algunos expedientes antiguos.
El juez no mostró sorpresa.
—¿De qué período?
—Entre mil novecientos dieciocho y mil novecientos veinte.
El silencio fue casi imperceptible.
Pero existió.
Albornoz dejó la taza sobre el platillo.
—¿Tan atrás?
—Sí.
—¿Puedo saber el motivo?
—Estoy siguiendo una línea de investigación.
El juez apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—Comisario...
los expedientes judiciales no se consultan por intuiciones.
Mateo sostuvo su mirada.
—Tampoco se resuelven crímenes ignorando el pasado.
Los dos hombres permanecieron inmóviles.
No era una discusión.
Era una medición.
Cada uno intentaba descubrir hasta dónde llegaba el otro
Finalmente, Albornoz abrió un cajón.
Extrajo un llavero.
Escogió una llave pequeña de hierro.
—Sígame.
Atravesaron un pasillo estrecho que desembocaba en una habitación sin ventanas.
Las estanterías llegaban hasta el techo.
Cientos de legajos descansaban ordenados por año.
El olor a papel viejo, humedad y tinta llenaba el ambiente.
—Aquí está la memoria del juzgado.
Mateo recorrió los estantes con la mirada.
Miles de historias.
Pleitos por alambrados.
Sucesiones.
Contratos.
Denuncias.
Separaciones.
Cada carpeta representaba un conflicto que alguien había decidido llevar ante la ley.
—¿Conservan todo?
Albornoz respondió con orgullo.
—Desde la creación del partido.
Mateo comenzó a caminar lentamente.
Sus dedos rozaban apenas los lomos de los expedientes.
De pronto se detuvo.
Había un espacio vacío.
No grande.
El equivalente a unas quince carpetas.
—¿Qué ocurrió aquí?
El juez respondió sin mirar.
—Un traslado.
—¿A dónde?
—Bahía Blanca.
—¿Cuándo?
—No lo recuerdo.
Mateo observó el hueco.
No había polvo.
Era reciente.
Demasiado reciente.
—¿Tiene constancia del traslado?
Por primera vez, Albornoz dudó.
Fue apenas un instante.
—Debería haberla.
—¿Podemos verla?
El juez respiró hondo.
—La buscaré.
No ahora.
Mateo no insistió.
Pero registró cada detalle.
El hueco.
La vacilación.
La ausencia de polvo.
Otra vez aparecía el mismo fenómeno.
Documentos que desaparecían.
Mientras recorrían la sala, algo llamó la atención del comisario.
En un rincón, separado del resto, había un armario metálico mucho más moderno que los demás muebles.
Tenía un candado nuevo.
—¿Qué guardan allí?
Albornoz respondió con naturalidad.
—Protocolos notariales.
—¿También son del juzgado?
—No.
Están en depósito.
Mateo asintió.
No preguntó más.
Sin embargo, algo no terminaba de convencerlo.
Los protocolos notariales solían permanecer en las escribanías.
No en un archivo judicial.
Aquel armario parecía fuera de lugar.
Y, en una investigación, las cosas fuera de lugar solían ser las más importantes.
Cuando regresaban al despacho, una joven apareció en el pasillo cargando varios expedientes.
Debía tener poco más de veinticinco años.
Cabello oscuro recogido en un rodete.
Vestido azul marino.
Al ver al comisario, hizo un leve gesto de saludo.
—Buenos días.
—Buenos días.
El juez habló antes de que Mateo pudiera preguntar.
—Mi secretaria.
Clara Ibáñez.
La joven dejó los expedientes sobre una mesa.
Sus movimientos eran precisos.
Ordenados.
Pero había algo más.
Mientras acomodaba las carpetas, levantó apenas la vista hacia Mateo.
Solo un segundo.
Lo suficiente para que él advirtiera una expresión difícil de definir.
No era miedo.
No era curiosidad.
Era una mezcla de ambas.
Antes de retirarse, Clara dijo algo que, para cualquiera, habría pasado inadvertido.
—Señor juez...
el expediente de Santa Amalia sigue sin aparecer.
El silencio fue inmediato.
Albornoz giró lentamente la cabeza.
—Después hablaremos de eso.
La joven comprendió su error.
Bajó la vista.
Pidió disculpas y salió del despacho.
Mateo permaneció inmóvil.
No dijo una palabra.
Pero el nombre había vuelto a surgir.
Santa Amalia.
Ya no era solo una anotación en el mapa de Pedro Mansilla.
También existía un expediente judicial.
Y, aparentemente...
acababa de desaparecer.
El juez cerró despacio la puerta.
Luego miró al comisario con una serenidad cuidadosamente construida.
—La memoria, comisario, tiene una mala costumbre.
Mateo esperó.
—Siempre conserva aquello que uno preferiría olvidar.
Ferreyra sostuvo su mirada sin responder.
Porque, por primera vez desde que había llegado a Médanos, tuvo la certeza de que el verdadero combate ya no era contra un asesino.
Era contra alguien que llevaba años administrando la memoria del pueblo.
Y entendía que borrar un documento podía ser tan eficaz como enterrar un cuerpo.
Cuando Mateo y Julián abandonaron el despacho, el pasillo del juzgado estaba desierto.
Solo se oía el rasgueo de una pluma sobre el papel.
El sonido provenía de una pequeña oficina ubicada junto a la entrada.
La puerta permanecía entreabierta.
Clara Ibáñez escribía con la cabeza inclinada sobre un libro copiador.
La luz que entraba por la ventana iluminaba apenas una parte de su rostro.
No levantó la vista al escuchar los pasos.
Continuó escribiendo hasta completar la línea.
Recién entonces dejó la pluma en el tintero.
—¿Necesita algo, comisario?
La voz era serena.
Mucho más segura de lo que Mateo esperaba.
—Tal vez.
Ella esperó.
—Quisiera pedirle disculpas.
La joven frunció ligeramente el ceño.
—¿Disculpas?
—Creo que mi presencia la puso en una situación incómoda.
Clara bajó la vista un instante.
Después sonrió con una discreción casi imperceptible.
—No fue su culpa.
Fue mía.
Debí cuidar mejor mis palabras.
Mateo apoyó el sombrero sobre una silla.
—¿Hace mucho que trabaja aquí?
—Nueve años.
Entré cuando murió mi padre.
Necesitaba el empleo.
La respuesta fue sencilla.
Sin dramatismo.
Como quien habla de un hecho ya aceptado.
—¿Le gusta?
Clara miró los estantes repletos de carpetas.
—Me gustan los papeles.
No suelen gritar.
No interrumpen.
Y, cuando están completos...
dicen la verdad.
Mateo sintió que aquella frase merecía ser recordada.
—¿Y cuando no están completos?
Ella tardó unos segundos en responder.
—Entonces alguien decidió que la verdad era peligrosa.
Julián observaba la conversación sin intervenir.
Le llamaba la atención el modo en que el comisario preguntaba.
Nunca parecía interrogar.
Parecía conversar.
Y, sin darse cuenta, las personas terminaban diciendo mucho más de lo que habían pensado revelar.
Mateo señaló una de las estanterías.
—¿Conoce todos esos expedientes?
—Prácticamente de memoria.
—Debe de ser un trabajo enorme.
—Lo es.
Pero uno termina recordando las historias.
No los números.
Aquella respuesta confirmó una intuición.
Clara no era una simple empleada administrativa.
Era una mujer que llevaba años ordenando la memoria escrita del partido.
Y quien ordena la memoria también descubre sus vacíos.
—Hace un momento mencionó el expediente de Santa Amalia.
El rostro de Clara perdió parte de su serenidad.
No respondió enseguida.
Miró hacia la puerta del despacho del juez.
Luego volvió a fijar la vista en Mateo.
—No debí haber dicho ese nombre.
—¿Por qué?
—Porque aquí hay palabras que incomodan.
—¿Santa Amalia es una de ellas?
La joven respiró hondo.
—No el nombre.
Lo que representa.
Desde la plaza llegó el sonido de un carro pasando sobre el empedrado.
Clara esperó a que el ruido se alejara.
Después habló casi en un susurro.
—Cuando entré a trabajar, ese expediente ya era antiguo.
Estaba muy deteriorado.
Venían investigadores de Bahía Blanca de vez en cuando a consultarlo.
Agrimensores.
Escribanos.
Abogados.
Todos hacían las mismas preguntas.
—¿Y cuáles eran?
—Quién había sido el propietario original.
Quiénes heredaron esas tierras.
Y por qué la estancia dejó de existir.
Mateo sintió que el pulso se le aceleraba.
—¿Encontraban respuestas?
Ella negó lentamente.
—Cada vez menos.
Con los años...
el expediente empezó a adelgazar.
Una hoja desaparecía.
Después otra.
Más tarde faltaban anexos completos.
Hasta que un día...
ya no quedó nada.
El comisario permaneció inmóvil.
Aquello no era un robo impulsivo.
Era una tarea paciente.
Metódica.