Los pecados que confesó (Santos de Viena nº 2) CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

—El sábado, hacia el mediodía, tenía las maletas hechas. Tres trajes, los oscuros. Sus medicinas. No quiso las fotos de la caja fuerte. Dijo que se iba unos días al campo.

El sábado a mediodía. Diez horas antes de que alguien, dentro del Palais, apagara las cámaras.

—¿Dijo algo de ella?

Hermine aprieta los labios.

—Hermine.

—Dijo… —Baja la vista hacia sus zapatos—. Dijo que vaciara la habitación de la señora la semana que viene. Para los invitados.

Las cuentas chasquean en mi puño. Una, dos.

—Nadie vacía esa habitación.

—No, señor Graf.

—Nadie entra ahí salvo yo.

—No, señor Graf. —Titubea—. Los albaricoques. Se están echando a perder. ¿Puedo al menos…?

—No.

Paso por delante de ella sin detenerme. A mi espalda la oigo santiguarse.

***

Su habitación. He estado aquí cada noche desde el sábado. Es lo único que hago que no conduce a ninguna parte.

La cama está deshecha. Por mí, no por ella. Sus zapatillas: una debajo de la cama, la otra junto a la puerta. Sobre el escritorio, un bloc de dibujo con un boceto inacabado de mi mano. Mi mano con el rosario. Me dibujó mientras yo seguía sentado en aquel barco, mirando sonreír a mi padre.

En la mesa junto a la ventana, el cuenco de albaricoques.

Están blandos, pardos en los bordes. Uno se ha abierto. Lo cojo. Su primera noche aquí se comió uno delante de mí y dijo que sabía a rendición. Levantó la barbilla al decirlo, como si la rendición hubiera sido idea suya.

Vuelvo a dejar el albaricoque.

Luego me tumbo en su cama. En su lado. Con el abrigo puesto, que ahora huele a fuego y no a incienso. Su almohada sigue oliendo a ella, a aceite de linaza y aguarrás y a ese champú barato de almendras al que se niega a renunciar, aunque en el baño hay un frasco de trescientos euros.

El sueño no llega. Solo llegan las cosas que sé de ella.

Que se duerme sobre el costado izquierdo y despierta sobre el derecho.

Que, cuando tiene frío, se frota los pies uno contra otro mientras duerme.

Que toma el café solo porque en Ottakring la leche costaba dinero, y aún no ha cambiado la costumbre, aunque cada mañana hay una jarrita de nata en su bandeja.

Que suelta tacos cuando se rompe una hoja de pan de oro y reza cuando alguna aguanta.

Que dice mi nombre cuando se corre y después esconde la cara en mi cuello, como si hubiera revelado algo prohibido.

Conozco el punto bajo su oreja que la hace estremecerse.

Sé a qué huele cuando tiene miedo. Pocas veces lo he olido.

Durante tres años, antes de que ella estuviera en mi cama, apenas dormí, y no lo echaba de menos, porque no sabía que hubiera nada que echar de menos.

Miro el techo. El detector de humos con una cámara dentro, apuntando a una cama donde solo estoy yo. Y por primera vez en mi vida sé lo que es estar tumbado bajo una lente y saber que no hay nadie al otro lado.

Es lo más frío que conozco.

***

Catorce pantallas en la torre. No está en ninguna.

Uno: mi habitación, la colcha donde estaba la cadena. Cuatro y cinco: St. Hedwig, el andamio frente a santa Agnes, cuyo rostro ella casi ha terminado. Seis: su teléfono. Desde el sábado, 22:14, las mismas dos palabras.

Sin señal.

Trece: una línea verde plana.

Me siento en la silla en la que me he sentado durante tres años y abro la carpeta de grabaciones de audio. Elijo una sin mirar. Las conozco todas.

Su respiración sale de los altavoces. El chirrido de los viejos muelles en Ottakring. Un camión abajo, en el Gürtel, un martes de diciembre.

—Quédate —murmura.

Rebobino.

—Quédate.

Rebobino.

—Estoy aquí, Santa —le digo a los altavoces—. He estado aquí todo el tiempo. ¿Dónde estás?

Mi mano descansa sobre el escritorio, la cadena debajo, el rosario enrollado alrededor. Los dedos tiemblan. La miro como si la mano fuera de otro.

Mato con el pulso firme. Con el pulso firme estrangulé a un sacerdote a través de la rejilla de un confesionario. La noche del sábado al domingo, con el pulso firme, vi cómo Tobias dejaba de pedir clemencia. Mi corazón solo late más rápido cuando ella se mueve.

Ella no se mueve. No está en ninguna parte.

Y late de todos modos.

***

En algún momento la ventana se vuelve gris. Abajo, en el Burggarten, graznan los cuervos, y en el Ring los primeros tranvías chirrían al tomar la curva junto a la Ópera.

Cojo la cadena y me la enrollo en la muñeca izquierda. Dos vueltas, luego un nudo. La jaulita queda sobre la vena. Los sensores estaban pensados para el hueco entre dos clavículas, no para la muñeca de un hombre, pero el orfebre de la Wollzeile era bueno.

En la pantalla trece, la línea da un tirón. Después se convierte en ondas. Verdes. Rápidas.

Ciento doce.

Mi propio pulso, en su pantalla.

Me vibra el teléfono.

Un número que no conozco. Un prepago que rebota en una antena de algún punto del norte. Ningún mensaje. Solo una foto.

Una bóveda. Ladrillo, antiguo, con restos de algo pintado encima, rojo, ocre y azul, que se descascarilla de la pared como la piel tras una quemadura de sol. Una argolla de hierro empotrada en el suelo. Una cadena sujeta a ella, acero basto, del tipo que se usa para perros.

La cadena termina en un tobillo.

Conozco ese tobillo. Conozco la cicatriz pequeña que tiene justo encima, de cuando se lo machacó con el pedal de la bici de pequeña. Está descalza. La piel alrededor del grillete de acero está roja, en carne viva por el roce.

Está sentada en un colchón en el suelo, con un vestido negro que no es suyo, demasiado largo, el bajo desparramado sobre los ladrillos. Lleva el pelo suelto. Ningún pincel clavado en él. En la garganta, donde antes estaba mi cadena, no hay nada.

No está llorando.

Tiene las rodillas recogidas, los brazos alrededor de ellas, y mira directamente a la cámara. Igual que miró durante meses a mi detector de humos. Primero sin saberlo. Después sabiéndolo.

Como si estuviera segura de quién está sentado al otro lado.

Debajo de la imagen aparece un texto.

Esta noche fijamos el precio.

Hago zoom en su cara con dos dedos. Veintitrés pecas a la izquierda, diecinueve a la derecha. Y bajo el ojo derecho, una sombra que no es una sombra. Un moratón del tamaño de la yema de un pulgar.

Alguien le ha puesto la mano en la cara.

Miro ese moratón durante mucho, mucho tiempo.

Luego le miro la boca. Una comisura le queda apenas un poco más alta que la otra. Vi esta cara por primera vez hace tres años, a la luz de una sola vela en St. Hedwig, el día en que enterraron a un hombre llamado Rudi Brandl.

Está sonriendo.

Atada a una cadena de perro, con el vestido de una desconocida, con un moratón en la cara, mi mujer sonríe a la cámara de sus secuestradores.

Porque sabe que estoy mirando. Sonríe para el monstruo que vivió meses dentro de su detector de humos. Para nadie más.

En la pantalla trece, la línea se dispara. Ciento cuarenta.

—Bien —le digo a su cara—. Buena chica. Quieta. Quédate quieta un poco más, Santa.

Me levanto. La silla rueda hacia atrás y choca contra la pared. Abajo, en la capilla, sus pinceles siguen en el tarro. Abajo, en la cama, Andrej cierra el dedo en torno a un gatillo que no existe. En algún lugar del norte, bajo cepas que todavía duermen, ella está sentada en un colchón y espera.

No un rescate.

A mí.

He dejado de contar horas. De ahora en adelante, cuento hombres.

Apoyo el pulgar en el moratón bajo su ojo, sobre el cristal, como si pudiera borrarlo. Después le contesto al número que no conozco, al hombre que le puso las manos encima allí.

Una palabra. La misma palabra que una vez le dije a través de una pantalla, cuando ella todavía no sabía quién era yo.

Pronto.

***

Sigue leyendo en La corona que tomó — Santos de Viena, Libro 3.