Los pecados de Leo (El decimotercer zodiaco nº 2) PRÓLOGO
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Los pecados de Leo (El decimotercer zodiaco nº 2)

Los pecados de Leo (El decimotercer zodiaco nº 2)

Por Eve Langlais

© inepub.com

PRÓLOGO

—Odio las alcantarillas —gruñó Leo, y tenía buenas razones para ello. Al fin y al cabo, había recorrido unas cuantas.

Según su experiencia, las alcantarillas solían ser pozos negros malolientes, húmedos y oscuros, pero, por supuesto, a los monstruos les encantaban.

Por eso avanzaba chapoteando entre casi medio metro de inmundicia, siguiendo un túnel que supuestamente lo conduciría hasta la criatura que secuestraba a la gente y, muy probablemente, la mataba.

El hedor a carne podrida que impregnaba el aire sin duda indicaba muerte.

En este caso particular, lo que cazaban parecía tener predilección por los niños pequeños y, dado que estos solían estar al cuidado de sus madres, ellas también desaparecían.

Atroz e inaceptable, razón por la cual los Guerreros del Zodíaco convergían en ese momento en la guarida de la criatura.

Les había llevado tiempo rastrearla: el sistema de alcantarillado bajo la ciudad de Nueva York era extenso y el monstruo, lo bastante astuto como para cubrir sus huellas.

Sin embargo, Aquarius, que destacaba en el campo tecnológico, llevaba tiempo trabajando para triangular sus zonas de caza.

El mayor avance les llegó gracias a la gente topo: personas que habían elegido vivir bajo tierra por diversas razones, la mayoría económicas.

Algunos de los habitantes subterráneos que huían habían salido de sus hogares en las alcantarillas para denunciar la muerte de amigos y familiares.

Por desgracia, nadie los había tomado en serio, a pesar de haber acudido a la policía.

Al menos el agente que habló con ellos presentó un informe, que acabó en el sistema de rastreo de información de Aquarius.

Resultó que decían la verdad. Una comunidad entera de habitantes de los túneles había desaparecido, pero nadie lo notó —ni le importó— hasta que la criatura amplió su territorio de caza y empezó a llevarse a gente de la superficie.

Ante el clamor público, las fuerzas del orden buscaron al culpable, pero no estaban preparadas para enfrentarse a un monstruo de verdad.

—Estoy a unos diez segundos de la caverna principal —oyó Leo a Capricornio decir por el auricular.

—Hora de apagar las gafas, chicos —añadió Escorpio—. Lanzo la granada aturdidora y las barras luminosas en cinco segundos, ya.

Habían usado gafas de visión nocturna durante la aproximación. Sin embargo, el plan siempre había sido quitárselas antes del combate para no quedar cegados al iluminar el lugar. Al fin y al cabo, un monstruo que había elegido vivir en la oscuridad estaría en desventaja si lo exponían a la luz.

De un empujón, se subió las gafas a la frente.

Luego agarró un revólver con la mano izquierda y una espada con la derecha.

Dependiendo de a qué se enfrentaran, una u otra podría resultar inútil.

Aún recordaba la criatura quitinosa que habían eliminado hacía unos años, con un caparazón que hacía rebotar las balas.

Al ver el destello brillante que estalló más adelante, emitiendo un sonido estridente, cargó, corriendo como pudo entre la inmundicia que le succionaba las botas, salpicando mierda —mierda literal— por todas partes mientras avanzaba hacia la cámara donde estaba el objetivo.

Una cámara de pesadilla.

Bajo el resplandor verdoso que habían creado, podía ver claramente los restos y la ropa de las víctimas del monstruo esparcidos por todas partes.

Cada paso que daba producía un crujido: huesos frágiles, succionados hasta la médula, entre los que se contaban los diminutos esqueletos de niños y bebés.

A Leo se le revolvió el estómago al pensar en su hija recién nacida, a salvo en casa.

O eso esperaba.

Le había pedido —suplicado— a su esposa, Kylie, que fuera a algún lugar más seguro dada la amenaza que se cernía sobre la ciudad, pero ella se había negado.

—¿No va a protegerme mi gran guerrero, mi temible esposo?

Lo había dicho con desdén. Las cosas llevaban un tiempo mal entre ellos, y el nacimiento de su hija no había ayudado.

Después de esta misión, se aseguraría de pasar más tiempo en casa para ver si podían reconectar, aunque temía que el matrimonio ya estuviera acabado.

—¿Dónde está?

Leo no necesitó el auricular para oír la pregunta de Escorpio. Habían entrado por tres puntos diferentes y barrían el espacio con las armas en busca del objetivo.

—No me digas que ha salido a cazar —se quejó Capricornio.

Sería la peor suerte posible porque, con toda probabilidad, si el monstruo descubría que se habían infiltrado en su guarida, cambiaría de ubicación, lo que significaba que tendrían que empezar la caza desde cero.

El hedor del lugar —alcantarillado podrido y carne rancia— le impedía pensar; lo único que quería Leo era vomitar. Sí, hasta los guerreros más duros vomitaban a veces.

Una gota de líquido le cayó de repente desde arriba y Leo alzó la vista. Vislumbró una cosa de extremidades larguiruchas, con cuernos y un rostro que ni una madre podría amar, colgando boca abajo como una araña, con la mirada malévola clavada en él. Gritó:

—¡El cabrón está en el techo!

Sin dejar de gritar, apuntó y disparó; los silenciadores del arma apenas amortiguaban los estallidos atronadores en aquel espacio cerrado.

Falló. El monstruo se movió con rapidez y se dejó caer de su percha mientras las balas acribillaban el lugar donde había estado al acecho.

Se lanzó contra Leo, quien soltó el arma y agarró la espada con ambas manos para asestar un golpe.

Mientras la hoja trazaba un arco, tuvo tiempo de ver las fauces abiertas, con sus dientes irregulares y afilados, y el punto rojo en lo profundo de las pupilas del monstruo.

Cuando la espada le alcanzó el cuello, la criatura exhaló y su aliento fétido bañó el rostro de Leo.

Lo último que hizo el monstruo.

Plop. La cabeza cercenada cayó en la inmundicia y el cuerpo se desplomó.

—¿Qué demonios hace un wendigo en Nueva York? —refunfuñó Escorpio mientras chapoteaba hacia Leo.

—Comida fácil, supongo —comentó Capricornio.

—¿Quién se lo lleva para deshacerse de él? —preguntó Leo, porque nunca dejaban monstruos atrás para que los encontraran los civiles.

—Yo me llevo la cabeza —murmuró Escorpio con una mueca, agarrándola por un cuerno viscoso.

—Cada vez pienso más que deberíamos replantearnos eso de que el guerrero que mata no tiene que encargarse de la limpieza —refunfuñó Capricornio mientras se agachaba para sacar el cuerpo del cieno.

—No es culpa mía ser el mejor en lo mío —se jactó Leo.

—¿Vamos directos a la Torre? —preguntó Escorpio.

—Los informes parecían indicar que solo había una criatura —dijo Capricornio mientras se incorporaba con el cuerpo del wendigo al hombro.

—Y no se sabe que los wendigos cacen en grupo —añadió Leo, recordando parte del saber que había aprendido hacía mucho. Al ascender a Guerreros del Zodíaco, les habían entregado un libro sobre las diversas amenazas a las que podrían tener que enfrentarse.

—¿Quién va a revisar ese montón del centro para asegurarse de que no haya nada más escondido? —preguntó Escorpio, mientras empezaba a hurgarlo con una mano, usando la punta de su espada.

—Vosotros adelantaos. Yo me aseguraré de que no haya nada más —se ofreció Leo.

—Perfecto. Le daremos el visto bueno a Aquarius —afirmó Capricornio.

El siguiente paso sería notificar a las autoridades, de forma anónima, por supuesto.

El mundo no sabía de la existencia de monstruos ni de los Guerreros del Zodíaco, y ellos preferían mantenerlo así.

Su trabajo terminaba una vez eliminada la amenaza.

La policía podría encargarse de los cuerpos y notificar a las familias. Al menos no habría más víctimas.

Mientras Leo avanzaba con dificultad hacia el montículo del centro, su mirada se detuvo en algo de color rosa brillante que colgaba en lo alto. Un pelele de bebé con un unicornio estampado.

Se le secó la boca y se tambaleó sobre los talones.

Capricornio se dio cuenta.

—¿Qué pasa, hermano?

—No.

No podía ser. Había dejado a su esposa y a su hija hacía solo unas horas para prepararse para esta misión. Ambas estaban en el apartamento. A salvo. Se estaba alarmando sin motivo.

Entonces reparó en una chaqueta beige de borreguito, idéntica a la que Kylie llevaba últimamente. Las manchas de sangre habían teñido de rojo parte de la tela.

Podía ser de cualquiera. Al fin y al cabo, Kylie la había comprado hacía poco en una cadena de ropa.

Escorpio murmuró:

—Joder.

Extrajo una cadena, apenas visible contra la tela, y la dejó colgando.

La aflicción invadió cada centímetro del cuerpo de Leo, porque era imposible confundir aquel colgante de diamantes con la forma de su constelación. Se lo había regalado a su esposa el día de la boda.

Leo se desplomó de rodillas, sin importarle la inmundicia, insensible al hedor y a que estaba arrodillado sobre huesos.

Nada importaba.

Kylie y su pequeña estaban muertas, y todo era culpa suya.

Debería haber encontrado al monstruo antes.

Debería haber obligado a Kylie a ir a la Torre, donde habría estado a salvo.

Nunca debería haberlas dejado solas.

Y nada de lo que nadie dijera, ni todo el alcohol que bebiera, podría hacerle olvidar jamás su mayor pecado.

No proteger a su familia.