Chapter 2 #4
Una mujer delgada, con un traje sastre color crema, que tarareaba algo.
Una melodía que Ana no reconoció de inmediato pero que le produjo una sensación de familiaridad, como ocurre con las canciones que se aprenden en la infancia sin saber de dónde vienen.
La canción parecía flotar en el aire, arrastrando notas largas y quebradas con un tono melancólico que erizaba la piel.
Después, cambió el registro y entonó una segunda canción:
— Duérmete ya, que viene el lobo,
cruza la puerta, camina solo.
no digas nada, no mires más,
el que al final te ve, no se va jamás.
Cierra los ojos, no hagas ruido,
si te despiertas, ya te ha oído.
debajo de la cama, detrás del almohadón,
algo respira… sin corazón —canturreaba con ternura.
Cortaba sobre la tabla con movimientos rápidos y precisos. Con una concentración tan absoluta que parecía ajena a todo lo que no fuera esa tarea.
Ana tardó tres segundos en entender que lo que había sobre la tabla no era ningún alimento.
Era su propia mano.
La señora Meryl estaba cortando su propia mano izquierda con la misma parsimonia con que alguien pica cebolla para una ensalada.
Ana pisó la tarima en falso.
El crujido fue pequeño. Suficiente.
El cuchillo se detuvo a medio camino en el aire. La melodía se paró. Meryl giró la cabeza con la lentitud de alguien que emerge de un trance profundo, o de alguien que sabía desde el principio que había otra persona en la cocina y solo estaba esperando el momento adecuado para darse la vuelta.
Sus ojos encontraron los de Ana.
Y con una voz que no tenía nada de la amabilidad empalagosa del portón —aguda, rota—, Meryl gritó:
—¿QUÉ HACES EN MI CASA, PUTA?
Ana retrocedió. Tropezó con una silla. Se sujetó al marco de la puerta.
Los ojos de Meryl estaban desorbitados, el iris contraído hasta el tamaño de un alfiler.
Tenía la mano derecha —la que sostenía el cuchillo— extendida hacia Ana.
Y la mano izquierda, la que había estado sobre la tabla, goteaba sobre el suelo de cerámica con una regularidad que Ana registró de manera disociada: una mitad de su mente evaluando la amenaza, la otra incapaz de dejar de contar las gotas.
—¡TODO ESTO ES MÍO! ¡LARGÁOS DE MI CASA!
Levantó el cuchillo.
El jarrón de cerámica cayó de las manos de Ana y se rompió en el suelo con un estallido que resonó por toda la casa.
Y entonces Meryl se detuvo.
No fue una pausa. Fue un apagón total. Sus ojos perdieron el brillo, su expresión se borró por completo, y su cuerpo cayó al suelo sin que ningún músculo intentara amortiguar el impacto. Como un árbol. Como algo que ya no tiene voluntad propia.
El cuchillo tintineó sobre el suelo de cerámica.
Ana se quedó en el umbral. No sabía cuántos segundos pasaron. Luego la casa se llenó de ruido: pasos en la escalera, voces, Jorge tropezando con algo en el pasillo, los tres niños llegando en pijama con los ojos muy abiertos.
—¡Mamá! —gritó Claudia—. ¿Qué está pasando?
Jorge miró al interior de la cocina, tardó menos de un segundo en evaluar la situación y empujó el mueble más pesado del pasillo contra la puerta.
—Llamad a la policía —ordenó—. Ahora.
Claudia buscó el teléfono. Marcó el número de emergencias.
Esperó.
La llamada no conectó con ninguna central de emergencias.
Conectó directamente con la garita de entrada del residencial.
—Buenas noches. Al habla Anselmo —dijo la voz grave y pausada del conserje—. ¿En qué puedo ayudarles?
Claudia miró a su madre con el teléfono en la mano y el color completamente ido del rostro. Ana le hizo un gesto para que hablara.
Mientras su hija explicaba lo ocurrido con la voz temblorosa de quien todavía no sabe si lo que ha visto era real, Ana se agachó en el suelo del pasillo. Entre los fragmentos del jarrón roto había algo que brillaba con una luz que no correspondía a lo que la debería producir.
Una llave pequeña. De latón oscurecido. Con una letra N grabada.
La misma letra que en las botellas de vino.
La misma tipografía que en la tarjeta de bienvenida.
Ana la sostuvo en la palma de la mano. No recordaba haberla visto antes de la llegada de Meryl. La trajo ella. La trajo deliberadamente y la dejó aquí, en medio de todo el caos, sabiendo que alguien la encontraría.
Cerró el puño.
Guardó la llave.
El conserje llegó al poco tiempo.
Lo acompañaba un hombre mayor que se presentó como médico residente en el complejo.
Entraron con la calma de quien acude a atender una incidencia conocida, no una emergencia.
El médico se arrodilló junto a Meryl sin hacer preguntas.
Le tomó el pulso. Le examinó los párpados.
Le revisó la mano con una eficiencia que no era la de alguien que evalúa una herida sino la de alguien que verifica un estado ya esperado.
El conserje se dirigió a Jorge y Ana con la expresión de quien ha dado esa misma explicación muchas veces y ha aprendido exactamente el tono que hay que usar para que la gente deje de hacer preguntas.
—Lamento profundamente el incidente —dijo el médico, sin que su tono indicara que lo lamentara realmente—. Meryl tiene un historial psiquiátrico complejo. Cuando abandona la medicación puede experimentar episodios de desorientación grave. En esos estados no sabe dónde está.
Hizo una pausa y le tomó el pulso.
—Conoce este residencial mejor que cualquiera de nosotros —continuó—.
Eso, en circunstancias normales, sería útil.
En las suyas, no lo es tanto. Le ruego que, si la encuentran de nuevo en su casa, no la confronten.
Cierren la puerta de su dormitorio, echen el pestillo y llamen a la garita. Nosotros vendremos enseguida.
—¿Y si esta noche no nos hubiéramos despertado? —preguntó Ana.
El médico la miró. Por primera vez desde que había llegado, la miró directamente a los ojos. Y Ana vio en aquellos ojos grises algo difícil de nombrar. No era miedo ni hostilidad.
Era evaluación.
La misma que ella llevaba haciendo desde que llegaron al residencial.
—Esa es exactamente la pregunta que conviene que se hagan —dijo el médico con una sonrisa fuera de lugar.
El médico y el conserje levantaron a Meryl entre los dos. En ese estado catatónico pesaba menos de lo que debería. Antes de salir, el médico se giró hacia Ana con una expresión que intentaba ser tranquilizadora.
—La mano no tiene daño estructural serio. Parece peor de lo que es.
—¿Sabe por qué se la estaba cortando? —preguntó Ana.
El médico se quedó pensativo.
—Algunas formas de psicosis implican una relación alterada con el propio cuerpo. Le quitará importancia cuando despierte. No recordará nada.
Se fue. La puerta se cerró. El silencio volvió a instalarse en la casa con una naturalidad que resultaba casi obscena dado todo lo que acababa de ocurrir.
Jorge empujó el mueble contra la puerta y se quedó apoyado en él con los ojos cerrados.
—Mañana llamamos a un cerrajero —dijo.
—Mañana encontramos la manera de salir de aquí —respondió Ana.
Silencio.
—No digas tonterías, Ana. Ha sido un accidente —dijo Jorge mientras le ofrecía un abrazo. Y en su voz había algo que a Ana no le gustó: resignación.
Ana abrió la mano. Miró la llave de latón un momento.
La cerró de nuevo.
Cuando los niños y Jorge se acostaron, Ana volvió a la cocina. Quería retirar el cuchillo del suelo antes de que los niños bajaran por la mañana y lo vieran. Encendió la luz. La sangre se había secado en una mancha irregular cerca del fregadero, pero no era eso lo que la detuvo.
Era la pared.
En la pared de la cocina, justo encima del cajón de los cubiertos, alguien había trazado con el dedo manchado de sangre tres líneas paralelas. Cortas. Muy juntas. Como un arañazo de animal.
Reconstruyó la secuencia: la mano cortada, el grito, el momento en que Meryl se había detenido y la había mirado, después la catatonia, los doce minutos hasta que llegó el conserje. Doce minutos en que Ana había estado vigilándola sin apartar los ojos.
No había habido tiempo para que Meryl pintara aquello.
A no ser que ya estuviera ahí cuando bajó Ana.
Ana cogió un trapo, lo mojó y se quedó mirando la pared sin decidirse a borrarla. Al final la borró.
La carta llegó por la mañana deslizándose por debajo de la puerta.
No llamaron al timbre. No golpearon. Cuando Jorge bajó a hacer café a las ocho y media, el sobre estaba ahí, esperando ser encontrado. Pergamino grueso color marfil. La misma caligrafía del contrato.
Los invitaba a reunirse esa misma mañana con los directores del Residencial en la Casa del Mirador, para una bienvenida oficial y para aclarar cualquier malentendido de la noche anterior.
—Quiero verles la cara cuando les pregunte cómo entró esa mujer en esta casa —dijo Ana cuando Jorge le mostró la carta.
—Ana... —empezó Jorge.
—Y por qué el número de emergencias desvía al conserje. Y por qué la calle por la que entramos ayer no tiene nombre en el GPS.
Jorge la miró e hizo una pausa. Después, se sirvió el café con tranquilidad.
—Vamos a la reunión —dijo finalmente—. Escuchamos lo que tienen que decir. Y luego decidimos.
—Ya he decidido —respondió Ana.
—Ana. —su voz era suave pero firme, la que usaba cuando quería que ella entendiera que también él tenía algo que decir—. Dame esta mañana. Solo esta mañana.
Ana lo miró durante un momento largo. Pensó en la negligencia. En el lorazepam. En cómo Jorge necesitaba creer que esto podía funcionar de una manera que ella ya no podía permitirse.
—Esta mañana —dijo.
Después de comprobar que todo estaba en orden, salieron de la casa a paso ligero, siguiendo las instrucciones escritas en el pergamino.
El camino que llevaba hasta la Casa del Mirador discurría entre setos cuidados y arbustos simétricos. El complejo, a esa hora, tenía algo especial. Solo se oían algunos pájaros y el leve crujido de la grava bajo sus pies.
—Igualito que Madrid —comentó Jorge con ironía, ajustándose la chaqueta—. Hasta el aire parece otro.
Ana asintió con una sonrisa pequeña, observando cómo el sol comenzaba a colarse entre los árboles.