Chapter 2 #3
Ana se quedó mirando la tarjeta un momento.
La dobló. La guardó en el bolsillo de su chaqueta.
No le dijo nada a Jorge.
Fue Marina quien encontró el sótano.
O más exactamente: fue el olor quien encontró a Marina.
Un aroma extraño que se filtraba por debajo de una puerta disimulada bajo la escalera principal, una puerta que no aparecía en los planos que les habían enviado con el contrato.
Tierra húmeda mezclada con algo que tardó unos segundos en identificar.
Madera quemada. O algo muy parecido a la madera quemada.
Marina la abrió. Bajó tres escalones. Se detuvo.
El sótano era grande, de paredes de piedra desnuda y suelo de cemento.
Una bombilla solitaria colgaba del techo y oscilaba levemente, sin que hubiera corriente de aire que lo explicara.
En un rincón, cajas de cartón apiladas y selladas con cinta adhesiva marrón.
Al fondo, lo que parecía un taller: mesas de trabajo, y herramientas colgadas en la pared con una precisión casi geométrica.
Las mesas estaban cubiertas de polvo.
Las herramientas no.
Las herramientas estaban limpias. El polvo de las mesas tenía meses, quizás más. Alguien había colgado esas herramientas en esa pared muy recientemente. Días, como mucho.
Marina subió sin tocar nada.
Cerró la puerta con cuidado.
No le dijo nada a sus padres.
No habría sabido explicar por qué, pero algo en su interior le dijo que era mejor así.
—Podríamos pedir pizzas —propuso Jorge desde la escalera, con ese tono de entusiasmo forzado que Ana conocía de memoria—. Para celebrar la primera noche.
—No tengo hambre —dijo Claudia, sin asomarse al pasillo.
—Yo tampoco —añadió Marina.
Jorge bajó la escalera despacio mientras guardaba el teléfono y se fue a la cocina.
Ana lo observó desde la puerta del salón y volvió a sentirlo: esa mezcla de compasión y rabia. Él se esforzaba. Se esforzaba de manera visible y constante, y eso era parte del problema, porque lo convertía en alguien a quien había que proteger. Y Ana ya tenía demasiadas personas que proteger.
—Ve a descansar —le dijo—. Yo me encargo.
Jorge asintió con la gratitud silenciosa de quien lleva meses recibiendo más de lo que puede devolver. Subió. Ana escuchó el clic del frasco de lorazepam en la mesita de noche.
Siempre ese clic.
Todas las noches, ese clic.
Eran las veintidós horas con cuarenta y dos minutos cuando sonó el timbre. Ana lo supo porque miró el reloj de la cocina en ese momento casi por instinto.
Llevaba media hora sola, colocando sin prisa los utensilios que habían traído.
¿Quién llama a la puerta a las once de la noche el primer día de una mudanza?, pensó.
Abrió.
La mujer del otro lado era mayor —setenta años, quizás más— y tenía esa clase de belleza que construye el tiempo en ciertas personas cuando han sabido cuidarse: piel pálida y bien conservada, pómulos altos, ojos de un gris casi plateado que captaban la luz del vestíbulo con intensidad.
Llevaba un traje sastre color crema de otra época: no por viejo, sino por una elegancia formal que ya casi nadie conserva.
El cabello rubio ceniza, recogido en un moño sin un solo pelo fuera de lugar.
Sonreía.
—¡Querida! —La voz era cálida, musical—. Soy Meryl. Villa número cinco, justo al lado. Sé que es tardísimo, lo sé, pero es que no podía esperar hasta mañana. Tenía que venir a daros la bienvenida.
Ana sostuvo la puerta con una mano. Evaluó a la mujer con los doce años de instinto afinado de una subinspectora: el traje elegante, las manos enguantadas a pesar del calor de agosto, los ojos que no miraban a Ana a la cara, sino que recorrían el interior visible de la casa con una avidez que intentaba disimular.
—Gracias —dijo Ana, con la calidez justa—. Es muy amable. Ha sido un día muy largo, así que...
—¡Por supuesto, por supuesto! —Meryl no se movió—. Solo quería que supierais que podéis contar conmigo. Aquí somos una gran familia, ya lo iréis viendo.
Pausa.
—¿Han cenado ya? Podría traerles algo. Tengo guiso de lentejas, lo hago muy bien, me lo dicen todos.
—Muy amable, pero estamos bien —dijo Ana, y empezó a cerrar la puerta con firmeza.
—Claro, claro —dijo Meryl.
Y siguió sonriendo.
Y no se movió.
Ana contó cuatro segundos exactos antes de que la mujer diera un pequeño paso atrás.
—Buenas noches, querida. Ya nos veremos.
Ana cerró la puerta. Se quedó inmóvil con la mano en el picaporte, escuchando. Al otro lado, durante varios segundos que se prolongaron más de lo normal, no escuchó pasos alejándose.
Silencio.
Luego sí.
Pasos lentos, regulares, alejándose por el camino de piedra.
Ana soltó el picaporte.
Caminó hacia la cocina y echó mano a una de las botellas de vino tinto que les habían regalado, lejos de la mirada inquisitiva de su marido.
Desde hacía meses, el alcohol se había convertido en su válvula de escape en los momentos de estrés, algo a lo que recurría para callar el ruido interior cada vez que las emociones la desbordaban.
El simple acto de descorchar la botella le producía un extraño placer.
Se sirvió una cantidad generosa, observando cómo el líquido llenaba el cristal con delicadeza.
Acercó la copa a su nariz y aspiró profundamente, dejándose embriagar por el aroma a frutas maduras.
Con un gesto decidido, se la llevó a los labios y se lo bebió de un solo trago.
El calor la invadió de inmediato, llenándola de una sensación reconfortante que se expandió desde su pecho hasta el estómago.
Apoyó la copa sobre la mesa y observó cómo una mosca se posaba en el borde del cristal.
Ana no la espantó. Hacía rato que había aprendido que en Los Olivos las moscas no se iban: si las espantabas volvían en cuatro segundos al mismo punto, como si supieran que tarde o temprano la mano iba a claudicar.
Se fue al salón y se dejó caer en el sofá. Cerró los ojos tratando de relajarse, pero no podía. La casa estaba en silencio total.
No el silencio de los lugares tranquilos, sino el de los que contienen el sonido de manera activa.
No se oía a los niños, dormidos los tres antes de las diez, agotados por el viaje y por todo lo que el viaje significaba.
No se oía a Jorge. No se oía el viento. Solo el agua de la fuente del jardín, que llegaba amortiguada por el cristal.
Ana se acercó al ventanal.
El jardín estaba iluminado por focos bajos instalados entre los arbustos, que proyectaban una luz verdosa sobre el césped.
La piscina brillaba como un ojo abierto en la oscuridad.
Más allá del muro del jardín, el residencial se perdía en las sombras, y solo se distinguían las siluetas de los cipreses recortadas contra el cielo sin luna.
Fue entonces cuando lo vio.
O creyó verlo.
Entre dos cipreses, exactamente en el límite donde la luz de los focos cedía paso a la oscuridad, había una figura.
Oscura, quieta, del tamaño de una persona adulta de pie.
No se movía. Podría haber sido una sombra proyectada en ángulo equivocado por los focos.
Podría haber sido un seto con una forma que el cansancio y la oscuridad distorsionaban.
Podría haber sido el vino de una bodega sin nombre.
Ana se quedó inmóvil, con los ojos fijos en esa forma.
La forma no se movió.
Pero tampoco desapareció.
Duró quizás diez segundos. Quizás menos. Luego —sin ninguna explicación aparente— la figura dejó de estar ahí.
No se fue. Simplemente dejó de estar.
Ana apoyó la frente en el cristal frío. Respiró. Pensó en la copa de vino, en las siete horas de carretera, en los ocho meses que llevaba durmiendo mal. Pensó en la señora Meryl, en su sonrisa enorme y en los cuatro segundos que había tardado en moverse.
Apagó las luces.
Subió las escaleras.
Se acostó al lado de Jorge con la ropa puesta.
Encendió el walkie-talkie. Lo dejó sobre la mesita con el volumen bajo, orientado hacia la puerta, y escuchó ese pequeño rumor electrónico que era lo más parecido a la voz de Gonzalo que le quedaba.
No volvió a mirar por la ventana.
Pero tuvo la certeza, mientras se dormía, de que algo fuera la estaba observando.
Las tres de la mañana.
Ana abrió los ojos sin saber por qué. La habitación estaba completamente oscura. Jorge respiraba a su lado con esa profundidad típica del Lorazepam. Un sueño que no era exactamente descanso sino ausencia. Un cuerpo que se había rendido por completo a la química.
El walkie-talkie seguía encendido sobre la mesita.
Y desde la planta baja llegaba un sonido.
Rítmico.
Metálico.
Deliberado.
El sonido inconfundible de un cuchillo sobre una tabla. Alguien cortaba algo en su cocina a las tres de la madrugada del primer día en su nueva casa.
Ana no se movió durante treinta segundos.
Los contó. Era un hábito de doce años: cuando el miedo amenaza con tomar el control, contar, respirar y evaluar antes de actuar.
Sus instintos le decían que bajara. Su formación le decía que no bajara nunca sola a una habitación donde había un intruso con un arma cortante.
Sus hijos estaban en esa casa.
Sacudió el brazo de Jorge.
—Jorge. Despierta.
Nada.
—Jorge.
Su marido emitió un sonido sordo y se hundió más en la almohada.
El lorazepam hacía exactamente lo que se suponía que debía hacer.
Ana apretó los dientes. Cogió el jarrón de cerámica de la repisa —un regalo de su madre, pesado, de bordes que podían hacer daño— y salió al pasillo con los pies descalzos.
Bajó las escaleras apoyando cada pie en el extremo del peldaño, donde la madera crujía menos.
El olor llegó antes que cualquier imagen.
Algo rancio y metálico.
La puerta de la cocina estaba entreabierta. La luz fluorescente del interior proyectaba una franja amarillenta sobre el suelo del pasillo. Ana se pegó a la pared, avanzó hasta el umbral y asomó la cabeza muy despacio.
Había una mujer de espaldas.