Los ojos del tuareg (Tuareg 2) 18
79%

18

El sudafricano meditó unos instantes para acabar señalando el cielo y negar con un gesto de la mano:

—A mí no me cabe en la cabeza que nadie se dedique a ejecutar a cuatro personas en cuatro puntos diferentes y muy separados entre sí. ¡Eso sí que no me lo trago!

—¡Tampoco yo…! —admitió el armenio—. Pero no encuentro ninguna otra explicación… ¿Y en realidad qué importa ahora sobre quién vuelan los buitres? Como no reaccionemos, muy pronto estarán volando sobre nuestras cabezas.

—¿Cuándo está previsto que regrese el avión?

—Dentro de tres días.

—¡Tres días! —se horrorizó otro de los presentes que se había limitado a escuchar en silencio sentado sobre una roca—. ¿Y no hay forma de comunicarse con los pilotos para que vuelvan?

—Su base está en Angola y tienen que volar siempre de noche y dando grandes rodeos. No vale la pena intentar ponernos en contacto con ellos, porque no creo que pudieran ganar ni siquiera una hora ya que tenían previsto aterrizar al amanecer, y a oscuras no pueden hacerlo.

—¿Y cómo se supone que vamos a sobrevivir durante tres días si andamos escasos de agua?

—Tenemos dos opciones.

—¿La primera?

—Improvisar tiendas de campaña con los paracaídas, meternos dentro y resistir consumiendo lo menos posible.

—¿Y la segunda?

—Avanzar todo lo aprisa que podamos, encontrar la cueva, y apoderarnos del agua que trajo el helicóptero. Si han matado a los rehenes a esos hijos de puta debe quedarles más que suficiente.

—Nos estarán esperando en cada recodo del camino.

—Es de suponer.

—Y han demostrado ser unos magníficos tiradores que según Mendoza cuentan con rifles de mira telescópica.

—Eso parece.

—¿Cuántas cuevas puede haber ahí dentro?

—Eso nadie lo sabe, pero si las montañas se levantaron a causa de una antiquísima erupción volcánica, pueden ser muchas. Cuando se enfría la lava tiende a dejar grandes cavidades de difícil acceso.

—¿Y aun así crees que sería una buena idea atacar a pecho descubierto sabiendo que en cada una de esas cuevas nos puede estar acechando un tipo armado hasta los dientes?

—Yo no he dicho que sea una buena idea… —puntualizó quisquilloso el Mecánico—. He dicho que es una de las dos que se me ocurren.

—Un par de cagadas.

—Admito que son malas, pero la cuestión es decidir cuál de las dos sería la menos mala.

—¿Tú por cuál te inclinas?

La sorprendente respuesta de Bruno Serafian evidenció sin ningún género de dudas hasta qué punto se sentía desmoralizado.

—Creo que dadas las circunstancias no tengo derecho a opinar —dijo—. Aceptaré lo que decida la mayoría.

—Puede que exista una tercera… —intervino el número «Tres», un norteamericano alto y flaco, veterano de la guerra del Golfo.

—¿Y es?

—Caminar toda la noche hasta el pozo, sacar el agua y dejarla que repose para que el aceite se quede arriba. Tal vez podamos utilizar la que quede debajo.

—El problema no es el aceite… —le hizo notar Sam Muller—.

El problema está en que no sabemos de qué clase de aceite se trata, ni qué tipo de productos químicos utiliza.

Son esos productos los que se disuelven en el agua y nos pueden matar, dejarnos ciegos o paralíticos.

Por lo que a mí respecta no estoy dispuesto a correr ese riesgo.

La mayor parte de sus compañeros expresaron de una u otra forma que compartían su opinión, por lo que llegó un momento en que el Mecánico se vio obligado a alzar los brazos pidiendo calma.

—¡Está bien! —exclamó—. Sometámoslo a votación. ¿Atacamos o esperamos?

—Yo atacaría ahora.

Gacel Sayah apartó la vista del compacto grupo que formaba una especie de conciliábulo en la distancia para volverse a su hermano que permanecía acuclillado con la espalda apoyada en el farallón de negra piedra.

—Yo también… —admitió—. Cuanto más tiempo pase, más difícil lo tienen. Pero son «franceses» y nunca se sabe cómo van a reaccionar.

—Nunca he conocido ninguno que no pierda los nervios cuando se enfrenta a la sed y el calor.

—Ese tipo de gente está acostumbrada a las situaciones más peligrosas y, a no ser que esperen ayuda, imagino que optarán por jugarse el todo por el todo.

—¿Sinceramente crees que tenemos alguna posibilidad de éxito si les plantamos cara?

—Sinceramente, no. Pero ¿qué otra cosa podemos hacer?

Suleiman se encogió de hombros como si ni siquiera él mismo estuviera convencido de lo que iba a decir.

—Ocultarnos y esperar. Les llevaría semanas registrar una por una todas las cuevas de la zona y no creo que encontraran nunca la entrada de la nuestra.

—En ese caso seríamos nosotros los que acabaríamos muriendo de sed.

Pronto o tarde alguien acudirá a buscarlos y si trae agua se pueden sentar a esperar pacientemente a que salgamos de nuestra madriguera…

—El imohag negó con un leve ademán de cabeza—.

Nuestra única posibilidad de salvación estriba en convencerles de que éste es un reducto inexpugnable; un laberinto en el que pueden acabar por volverse locos.

¿Cuánto hace que venimos a cazar aquí, y cuánto tiempo hemos necesitado para llegar a conocerlo tal como ahora lo conocemos?

—Seis o siete años.

—Ésa es nuestra mejor arma —sentenció Gacel—. La necesidad nos obligaba a perseguir a las piezas hasta el último rincón de la última caverna, y recuerdo que incluso nos perdimos en más de una ocasión. Conocemos el terreno hasta en sus más mínimos detalles y tenemos que aprovecharlo.

—Pero es que son muchos, y cuantos más matemos, más tiempo y más oportunidades les damos a los demás, puesto que serán menos a repartirse el agua —le hizo notar su hermano.

—En eso tienes razón…

—¿Y…?

—Se me ocurre una idea… —El targui sonrió apenas al tiempo que guiñaba picarescamente un ojo—. No mataremos a nadie.

—Entonces ¿cómo vamos a acabar con ellos?

—Hiriéndoles. Un muerto no necesita agua, pero un herido sí. Y a veces más que un hombre sano.

—Eso es muy cierto… —admitió Suleiman admirado por la muestra de malvada astucia que acababa de dar su hermano—. Pero ¿y si ellos mismos se dedican a rematarles como hicieron con ese muchacho?

—Dudo que se atrevan. El muchacho no era uno de ellos, y me juego la cabeza a que en cuanto un mercenario vea que rematan a un compañero y que él puede ser el siguiente en caer, preferirá deponer las armas. Una cosa es que te maten en plena lucha, y otra que te peguen un tiro cuando estás indefenso.

—No cabe duda de que eres digno del nombre que llevas. Ésa era la forma de actuar que convertía en invencible a nuestro padre.

—Me enseñó muchas cosas. Tú aún eras muy pequeño y no puedes acordarte, pero cada vez que hablaba era para decir algo que habría de servirte en un futuro.

El menor de los Sayah hizo un leve gesto con la cabeza hacia la llanura.

—Se mueven —dijo.

—Era de esperar.

—Alcanzarán aquellas rocas al oscurecer.

—«La noche es buena amiga de los tuaregs, que clavan las estrellas en la punta de sus lanzas con el fin de que les iluminen el camino» —sentenció Gacel evocando un viejo dicho del desierto.

—Pero ellos pueden ver de noche mejor que yo.

—Ya te he enseñado cómo funcionan esos aparatos… —fue la respuesta—. Lo primero que tenemos que hacer es conseguirte uno.

—¿Cómo?

—Quitándoselo a quien lo tenga.

—A veces dices las cosas de una manera que parece que todo resulta muy fácil.

—Nada en nuestra vida resulta fácil, hermano.

Nos arrebataron a nuestro padre cuando éramos niños, pasamos infinidad de calamidades cuando todavía no éramos hombres, y ahora, ya de adultos, nos persiguen como si nos hubiéramos convertido en el último antílope de la llanura.

Si hemos sido capaces de sobrevivir al acoso de un ejército y a la desolación del Teneré, ¿qué problema puede significar tender una emboscada a una triste pandilla de atemorizados extranjeros?

—¿Cuándo quieres que lo hagamos?

—En la hora gris. Recuerda el refrán: «Quien se enfrenta por la mañana a un “francés”, tiene todas las de perder. Quien se enfrenta al oscurecer, tiene muchas posibilidades de vencer.»

—¿Y eso por qué?

—Porque en el desierto la mayoría de los europeos usan gafas de sol, pero aun así su luz les deslumbra y les molesta durante el día. Luego, al oscurecer se las quitan, pero tardan en acostumbrarse a la penumbra debido a que tienen los ojos enrojecidos e irritados.

—¿Y eso los vuelve vulnerables?

—Mucho, porque es el momento en que suele soplar con más fuerza un viento que hace volar la arena, lo que contribuye a cegarlos, y la hora en la que se encuentran sudorosos, cansados, nerviosos y asaltados por nubes de mosquitos,

hasta el punto de que ni el mejor tirador sería capaz de acertarle a un elefante a diez metros.

—Nunca me había fijado en esos detalles.

—Pues ya es hora de que empieces porque la primera obligación de un imohag es estudiar cada movimiento del cielo, la tierra, los hombres, las plantas o las bestias, porque de la profundidad de sus conocimientos dependerá la longitud de su vida.

—¿Todos esos refranes los aprendes en los libros? —quiso saber Suleiman al que se le advertía en cierto modo avergonzado por la magnitud de su ignorancia.

—Algunos, aunque la mayoría se han ido transmitiendo de boca en boca.

Nuestra madre sabe muchos, pero tú raramente le prestas atención.

Conviene escucharlos e intentar desentrañar la enseñanza que ocultan, porque si generaciones de nuestros antepasados se esforzaron para que llegaran hasta nosotros, es porque de ese modo nos dejaron en herencia lo único que en verdad importa cuando nos vemos obligados a vivir en el desierto:

la experiencia que impide que el sol nos derrita, la sed nos vuelva locos o la arena nos entierre antes de tiempo.

—Te prometo que si salimos de ésta prestaré más atención a los refranes.

—Pues recuerda éste en primer lugar…: «Culo en la arena no quita las penas», así que ponte en marcha…

Empezaba la caza.

El sol permitió que el último de sus rayos se deslizara sobre la llanura para ir a despedirse de los picachos de piedra negra, y casi de inmediato se hundió tras una pequeña duna con la flácida dejadez de quien ha cumplido una larga jornada de trabajo en la que durante doce horas ha estado

golpeando un duro yunque con un martillo de hierro incandescente.

Por unos instantes el paisaje se tiñó de un rojo pálido, como de sangre aguada, y podría creerse que ese rojo difuminaba sin estridencias al resto de los colores, ya que pasaban a convertirse uno tras otro en una infinita gama de matices de grises,

que se apoderaban del mundo como paladines y adelantados de su verdadero amo y señor, el negro, cuyas huestes ondeaban ya sus estandartes allá en el horizonte.

Miríadas de mosquitos surgieron de una antiquísima salina que se vislumbraba hacia el noroeste, y llegaron atraídos por el olor a sangre que desde hacía tres días flotaba como un manto invisible sobre las viejas montañas.

Nunca, en milenios, se había producido un fenómeno semejante en aquellos perdidos confines del desierto.

Jamás se había dado el caso de que coincidieran tantas vidas…

Y tantas muertes.

Centenares de buitres, docenas de hienas y chacales, y casi una veintena de seres humanos, compartían un espacio reservado desde siempre a un puñado de famélicos antílopes y cabras salvajes.

Y hedían los cadáveres. ¡Un montón de cadáveres!

Para los mosquitos de la olvidada salina aquél constituía sin duda el prodigioso festín que llevaban siglos esperando.

Para las eternas moscas una orgía inimaginable.

Bruno Serafian se despojó de unas gafas ya inútiles para frotarse una y otra vez los ojos con los dedos y acabar por pinzarse con fuerza el entrecejo.

Lanzó un corto reniego.

Aborrecía el desierto.

A cualquier hora y en cualquier época del año.

Una vez más se preguntó la razón por la que había elegido aquella absurda forma de ganarse la vida, y por qué llevaba tanto tiempo en un gigantesco continente que había acabado odiando.

Echaba de menos el humo y el asfalto.

Echaba de menos la nieve y el frío.

Echaba de menos el ruido del tráfico.

En aquellos momentos hubiera dado cualquier cosa por alzar la cabeza y poder contemplar el vuelo de cientos de golondrinas.

Pero lo que volaban eran buitres.

Docenas de buitres que descendían trazando círculos cada vez más estrechos, puesto que pronto la tierra comenzaría a enfriarse y había llegado para ellos la hora del banquete.

Pese a que la arena se le había introducido en las fosas nasales, pudo advertir que un fétido hedor se había apoderado del ambiente.

Olor a muerte.

¡Mierda! ¿Dónde estarían los vivos y dónde los muertos?