17
Dos horas más tarde, cuando ya el sol comenzaba a declinar y las primeras sombras se alargaban por la llanura preludiando el fin del insoportable bochorno, un veloz dromedario montado por un hábil jinete hizo de improviso su aparición surgiendo de entre las rocas,
para echar a correr directamente hacia el este.
Los siete hombres que habían reiniciado tiempo atrás su lento avance desde el sur tardaron un par de minutos en advertir su presencia, y quizá otro tanto en discutir sobre si se trataba o no de un acobardado fugitivo que intentaba escapar del asedio.
Tan sólo cuando advirtieron que el jinete variaba bruscamente su rumbo enfilando hacia las dunas del sudeste, parecieron comprender cuáles eran sus auténticas intenciones.
—¡El agua! —aulló fuera de sí Julio Mendoza—. ¡Ese hijo de puta va a por el agua!
De inmediato iniciaron una loca estampida tratando de cortarle el paso, pero Gacel Sayah se había desviado lo suficiente como para estar en condiciones de dar un gran rodeo buscando aproximarse a su objetivo llegando desde el nordeste.
Unos hombres corrían y otros disparaban alocadamente, pero muy pronto la mayoría llegó a la conclusión de que se encontraban demasiado lejos como para tener la más mínima posibilidad de abatir a un brioso animal que daba la impresión de volar sobre la arena.
El tuareg parecía haber calculado al detalle la velocidad y resistencia de su montura, exigiéndole el máximo a base de golpearla en el cuello y los lomos con una larga fusta, hasta el punto de que cabría asegurar que era aquélla una carrera en la que el animal estaba condenado a morir reventado.
Metro a metro, zancada a zancada, el bravo «mehari» continuó su marcha ante la desesperación de quienes comprobaban, horrorizados, que no existía forma humana de detenerlo, y cuando al fin la noble bestia dio el primer traspié y resultó evidente que había llegado al límite de sus fuerzas,
menos de setecientos metros le separaban del nacimiento de las dunas.
En esos momentos Gacel Sayah saltó de la montura, rodó sobre la arena, giró sobre sí mismo como un gato, e inició a su vez una veloz carrera de poco más de doscientos metros con el arma en la mano para tumbarse cuan largo era sobre un montículo de arena.
Aguardó unos instantes con el fin de tomar aire y serenar el pulso, se encaró el rifle, ajustó la mira telescópica y rápidamente efectuó una docena de disparos.
Al menos cinco balas impactaron en el blanco perforando la dura chapa de acero y permitiendo que de inmediato gruesos chorros de agua escaparan en todas direcciones.
Los siete hombres gritaban, maldecían, corrían y disparaban.
Dudaban entre intentar acabar con su atacante o procurar llegar al barril con intención de contener la sangría del precioso líquido, pero Gacel Sayah ni siquiera reparaba en su presencia, atento únicamente a continuar con su destructiva labor,
hasta que al fin pareció darse por satisfecho convencido de que había causado un daño irreparable.
Tan sólo entonces se puso en pie para iniciar una rítmica carrera en dirección opuesta a la que había traído.
Cuatro de los mercenarios se lanzaron tras él.
Eran hombres recios y bien entrenados a los que la ira y la frustración parecían haber dado alas, ya que sacando fuerzas de flaqueza consiguieron cortarle el paso al fugitivo,
obligándole a desviarse de su natural ruta de escape y empujándole cada vez más hacia el interior de una llanura en la que confiaban en poder abatirle fácilmente.
Fueron unos largos y casi angustiosos, momentos de tensión, en los que un espectador neutral no hubiera sabido decidir sobre quién tenía que apostar.
Al beduino se le advertía más ágil y menos cansado, acostumbrado desde que nació a correr sobre la arena, pero sus perseguidores se encontraban muy bien situados y mejor armados, por lo que resultaba evidente que nunca le permitirían regresar a la protección de las rocas.
No obstante, a los pocos minutos, de entre esas misma rocas surgió un nuevo dromedario montado en esta ocasión por Suleiman Sayah, que se dirigió hacia el este buscando reunirse con su hermano en un lejano punto de la llanura previamente determinado.
Al descubrirlo los cuatro hombres parecieron llegar a la conclusión de que todos sus esfuerzos estaban condenados al fracaso, por lo que se dejaron caer sudorosos, frustrados, sedientos y agotados, para observar cómo el fornido jinete llegaba a la altura del hombre que corría,
le aferraba del brazo y lo alzaba como una pluma para permitir que cabalgara a sus espaldas regresando, sin prisas, al seguro refugio del macizo montañoso.
Cuando Julio Mendoza transmitió a Bruno Serafian la mala nueva de que en el fondo del barril tan sólo habían quedado unos cuantos litros de agua y cinco balas,
el armenio se vio obligado a echar mano de toda su reconocida capacidad de autocontrol con el fin de evitar que sus hombres se contagiaran del terror que súbitamente se había apoderado de su ánimo.
En cuestión de minutos, y por culpa de un audaz golpe de mano en verdad imprevisible, había pasado de una posición dominante, a una situación verdaderamente angustiosa.
Confiaba en sus hombres, convencido como estaba de que eran sin duda los mejores profesionales con los que se podía contar en aquellos momentos, pero también tenía plena conciencia de que si bien estaban acostumbrados a soportar todo tipo de penalidades,
la sed constituía un implacable enemigo contra el que ni el más avezado de los mercenarios había aprendido a enfrentarse.
En semejante lugar y con los escasos recursos de agua que los tuaregs les habían dejado, perdían toda posibilidad, no ya de salir triunfantes, sino incluso de sobrevivir.
A más de cincuenta grados de temperatura ese agua se convertía en un elemento absolutamente imprescindible y tomó plena conciencia de que a partir de aquel momento nadie pensaría ya en la misión que les había llevado hasta allí, sino en la forma de conseguir continuar respirando.
—¿Qué vamos a hacer ahora?
Se volvió al número «Once» que era el primero que se había atrevido a musitar apenas la escabrosa pregunta que se había adueñado del ánimo de la mayoría de sus hombres.
—¿Tú qué crees? —replicó con evidente acritud.
—Prefiero no creer nada, pero cuando acepté este trabajo lo último que pude imaginar era que fallara la logística.
—Lo que ha fallado no es la logística, sino la lógica…
—fue la áspera respuesta—. Que siete profesionales no sean capaces de defender sus reservas de agua frente a un piojoso beduino carece de toda lógica.
—El Mecánico hubiera deseado lanzar un escupitajo, pero no disponía de suficiente saliva—.
Por fortuna aún nos queda otro barril, pero me temo que con eso no basta para todos.
—¡Resulta increíble! —protestó alguien—. Un solo tipo ha sido capaz de darnos por el culo. ¡Sencillamente increíble!
—Admito que en parte la culpa es mía… —reconoció honradamente el armenio—. Había previsto cualquier tipo de estratagema, menos el hecho de que se decidieran a luchar a campo abierto.
—Los tuaregs tienen fama de ser magníficos guerreros en campo abierto —le hizo notar otro de los presentes—. Tenías que haberlo previsto.
—Pues lo cierto es que no lo había previsto y lo siento. ¿Qué más puedo decir?
—Nada, porque de nada sirven ahora las palabras ni las lamentaciones.
—Hay algo que tampoco entiendo… —se decidió a intervenir el sudafricano Sam Muller, que seguía evidenciando ser un hombre incapaz de perder los nervios bajo ninguna circunstancia—.
O yo he entendido mal, o nos habías asegurado que éste era un lugar desolado en el que cualquier cosa que se moviera no podía ser más que un enemigo.
—Eso dije.
—Pues lo cierto es que me he pasado el día viendo buitres, hienas y chacales. Más que el último rincón del Teneré, esto parece un zoológico.
—Ya me había dado cuenta, y está claro que acuden al olor de la carroña.
—¿Qué clase de carroña?
—Supongo que la de los cadáveres de los rehenes.
—Pues si los rehenes se han convertido en carroña… ¿qué coño pintamos aquí?
—Intentamos liberar a los que continúan con vida. Si es que queda alguno.
—A mi modo de ver no debe quedar ninguno puesto que esos buitres vuelan sobre cuatro puntos diferentes.
—Sam Muller chasqueó la lengua en un claro ademán de fastidio al añadir—: Ahora, cinco, ya se están dando un auténtico banquete con los cuerpos del muchacho y del número «Dos».
—Observó de medio lado a su jefe al inquirir—: ¿De verdad crees que eso significa que ya han matado a los rehenes que quedaban?
—No sabría qué decirte.