Los ojos del tuareg (Tuareg 2) 12 #4
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—Tiene que darlo —fue la sencilla respuesta—. Saben que estamos aquí y por lo que me han contado son auténticos profesionales dispuestos a todo. O los vencemos, o podemos considerarnos muertos.

—Nos queda un tercer camino… —le hizo notar Aisha—. Dejar en libertad a los rehenes.

—Demasiado tarde, ¿no crees? Ya no tenemos pozo ni lugar adonde ir. Ya no tenemos ni huerto ni animales. Y lo único que nos queda, el orgullo de ser tuareg, también se habrá perdido para siempre. Si ahora nos damos por vencidos estaremos ensuciando la memoria de nuestro padre.

—En estas circunstancias él lo entendería… —susurró quedamente Laila—. Hay ocasiones en que la victoria resulta de todo punto imposible.

—Recuerda que él nunca luchaba pensando en una improbable victoria… —puntualizó su hijo mayor—. Luchaba porque su obligación era luchar aun a sabiendas de que no tenía la más mínima esperanza de vencer.

—Y acabaron matándole. ¿Qué hemos ganado con ello los que le amábamos?

¿Qué ganó él mismo, más que el odio de muchos, la admiración de unos pocos y la compasión de la inmensa mayoría?

—La buena mujer tomó asiento sobre una roca y se llevó las manos a la cabeza con gesto de profundo cansancio al añadir—: Desde el día en que tu padre salió en busca de Abdul-el-Kebir mi vida ha sido el peor de los infiernos,

pero ahora resulta que el destino se ha empeñado en repetir tan triste hazaña.

No le parece suficiente que perdiera a un marido al que adoraba; ahora pretende que pierda de igual modo a mis hijos…

¿Por qué? —quiso saber—. ¿Qué delito he cometido para que se me castigue de este modo?

—Tú no has cometido ningún delito… —se apresuró a consolarla Aisha—.

Son otros los que lo cometieron, pero tal vez en esta ocasión no tengamos que pagar por ello.

Nuestro padre tuvo que enfrentarse a todo un ejército y tan sólo le vencieron cuando se vio obligado a abandonar el desierto.

Nosotros únicamente nos enfrentaremos a un puñado de mercenarios que ni siquiera conocen estas montañas.

El plan de Gacel parece bueno y lo que tenemos que hacer es seguirlo al pie de la letra.

—¡Pero ni siquiera sabemos a cuántos de esos mercenarios tenemos que enfrentarnos! —se lamentó Laila.

—El piloto me ha asegurado que no llegarán a veinte… —puntualizó Gacel—. Y parecía bastante seguro.

—¿Confías en él?

—Absolutamente. De otro modo no estaría aquí.

—Mostró con orgullo el arma que portaba—.

La he probado por el camino y le acierto a un pedrusco a trescientos pasos.

—Sonrió feliz al añadir—: Por si fuera poco tenemos unos prismáticos nocturnos…

—Se inclinó a rozar apenas con los labios la mejilla de su madre—.

No te aflijas —rogó—. Saldremos de ésta, pero para conseguirlo es preciso que nos pongamos a trabajar desde ahora.

Casi de inmediato se dirigió al extremo de la caverna en que se encontraban los cautivos para inquirir en tono apremiante:

—¿Quién es Mauricio Belli?

El más joven musitó apenas:

—¡Yo!

—¡Ven conmigo!

—¿Adónde?

—¡No hagas preguntas!

Su tono era tan seco y cortante, que el pobre muchacho no pudo por menos que dirigir una angustiada mirada a sus compañeros, para acabar por ponerse trabajosamente en pie.

Gacel le empujó con suavidad hasta muy cerca de la salida donde le colocó una venda en los ojos y le obligó a inclinarse con el fin de permitirle llegar al exterior sin golpearse con las rocas.

—¿Qué me vas a hacer? —casi sollozó el italiano cuando comprendió que se encontraba al aire libre.

—¡Ya lo verás!

Le ayudó a subir a tientas a un camello a cuya silla le ató con firmeza, y obligando al animal a ponerse en pie se alejó tirando del ronzal a través de los intrincados vericuetos del oscuro macizo rocoso.

Aproximadamente una hora más tarde se detuvo, chistó a la bestia para que se arrodillara, y con ayuda de una afilada gumía cortó las correas de su prisionero para acabar por despojarle de la venda.

—¡Puedes irte! —dijo.

El otro guiñó repetidamente los ojos hasta lograr que se acostumbraran a la violenta luz del mediodía, pero cuando se percató que se encontraban en mitad de una región rocosa, desolada y calcinada por un sol que caía a plomo, no pudo evitar que se le escapara un leve gemido de terror.

—¿Irme? —Se horrorizó—. ¿Adónde?

—Si sigues hacia el nordeste, en tres días llegarás a un pozo frecuentado por las caravanas de sal. Tienes agua suficiente para el camino, y te he traído esta brújula que arranqué de uno de los coches.

—Pero ¿por qué yo?

—Pino Ferrara pagó por tu libertad. A él tienes que agradecérselo. Por lo visto es muy buen amigo de sus amigos.

—Pero hubo otros que también te ofrecieron dinero… —le hizo notar el italiano—. ¿Por qué no lo aceptaste?

—Porque prometí que mataría a cuatro, y son esos cuatro los que van a morir —replicó el tuareg con absoluta calma—. Tú has tenido más suerte.

—No es justo.

—Si no te parece justo volveremos atrás y te cambiaré por otro… —Gacel Sayah abrió las manos con las palmas hacia arriba al puntualizar con marcada intención—. Estoy seguro de que alguno aceptará. ¡Piénsalo, pero decídete rápido porque no tengo tiempo que perder!

—¡Dios Bendito! ¿Dónde está Pino?

—A salvo, y supongo que a estas horas volando hacia Italia.

—¿Cuánto pagó por mí?

—Probablemente más de lo que vales.

Mauricio Belli fue a decir algo, pero el sonido de una lejana detonación que se extendía de una parte a otra de las montañas repitiéndose en mil ecos le obligó a prestar atención.

—¿Qué ha sido eso? —inquirió al fin.

—Un disparo. Ya se ha cumplido el plazo y mi hermano ha ejecutado al primero de los rehenes. Cada día mataremos a uno.

—¡Salvajes!

—Hasta que llegasteis vosotros jamás le habíamos hecho daño a nadie —fue la respuesta—. ¿Realmente quieres volver a la cueva?

El aterrorizado muchacho negó con un decidido ademán de la cabeza.

—¡Bien…! —insistió el tuareg—. En ese caso, quédate aquí hasta que empiece a caer el sol y luego sigue en aquella dirección.

Mi consejo es que camines a primera hora del día y a última de la tarde.

De lo contrario te deshidratarás o te perderás en la oscuridad.

—Hizo un leve gesto alzando la mano—. ¡Que Alá te acompañe y no vuelvas nunca por aquí!

Dio media vuelta y apenas cinco minutos después se había perdido de vista tras un grupo de rocas, dejando al infeliz Mauricio Belli aterrorizado y tan desmoralizado como no lo había estado ni en sus peores pesadillas.

Rompió a llorar.

Hacía días que necesitaba hacerlo abiertamente, pero tan sólo se lo había permitido de forma furtiva y silenciosa en mitad de la noche.

Ahora, consciente de que nadie podía verle, lloró e hipó desconsoladamente vencido por el miedo y por la compasión que sentía por sí mismo y por quienes había dejado atrás y que sabía que estaban condenados a morir.

Uno ya había caído, pero ¿cuál?

¿Cuál de ellos, Dios Santo?