Los ojos del tuareg (Tuareg 2) 12 #3
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—Si te quedas morirás y todos habremos salido perdiendo.

—¡No estoy de acuerdo! Yo creo que…

El beduino le interrumpió con un gesto impaciente.

—No importa lo que tú creas —dijo—. Importa lo que yo crea. Haz lo que te he dicho y confía en Dupré que ha demostrado ser un hombre honrado, y me ha hecho ver la conveniencia de permitir que te marches. ¿Tienes dinero?

—En el coche.

—Empléalo para intentar regresar a casa cuanto antes… —Le apretó con fuerza la mano en un ademán afectuoso y raro en él—. Eres un buen muchacho —musitó—. Y estoy seguro de que cumplirás tu palabra.

—Puedes jurarlo… ¿Piensas matar a ese cerdo?

—¿Matarle? —se sorprendió su interlocutor—. ¡En absoluto! Si le matara no estaría cumpliendo con lo que marca la ley, y en ese caso sería tan culpable como él, por lo que todo esto carecería de sentido… ¡Suerte!

—Suerte.

En el exterior le aguardaba Nené Dupré que le entregó el rifle, las municiones y los prismáticos nocturnos explicándole detalladamente cómo se utilizaban.

—Sobre todo no los dirijas hacia una fuente de luz intensa —le advirtió—. Son tanto más prácticos cuanto más oscura es la noche.

—Los franceses nunca dejaréis de asombrarme —admitió el imohag agitando la cabeza con gesto de asombro—. ¡Nunca! ¿Estás seguro de que esos mercenarios también los usan?

—Para un profesional estos prismáticos son hoy en día casi tan necesarios como un arma.

—Me alegra saberlo… —Le estrechó la mano con fuerza—. Ahora es mejor que os marchéis —dijo—. ¡Gracias por todo!

A los pocos minutos el helicóptero se había perdido de vista, momento en el que Gacel cargó sobre los tres únicos dromedarios que aún continuaban sanos cuatro de las moribundas cabras, para emprender, con paso vivo, el camino hacia las lejanas montañas.

Sabía que allí tendría que librar una difícil batalla, pero empezaba a tener una clara idea de cómo plantearla.

—No puede habérselo tragado la tierra.

—Pues lo parece. La última vez que le vieron rondaba cerca del Antonov que despegó hace una hora, por lo que imagino que debe de estar volando rumbo a Libia.

—¿Y nadie le vio subir?

Bruno Serafian se encogió de hombros dando a entender que no tenía la más mínima idea.

—Tanto los coches como los camiones estaban abiertos y con las llaves puestas con el fin de embarcarlos. Probablemente se escondió en cualquiera de ellos.

Alex Fawcett hizo un leve gesto de contrariedad, pero pareció comprender que de momento no había mucho que hacer al respecto.

—¿A cuántos hombres has enviado a Libia? —quiso saber.

—A tres.

—Avísales para que comprueben si ese cretino aparece por allí. ¿Cuándo te marchas?

—Mañana por la tarde. En cuanto se haya ido el último de tus aviones aterrizará un Hércules que habrá salido muy temprano de Angola.

En él viajan los refuerzos que necesito.

—El siempre mugriento Mecánico se aproximó al mapa y señaló con el índice un punto muy concreto—.

Esa noche nos dejará caer sobre las montañas para volver a recogernos dentro de cuatro días.

Si hemos conseguido rescatar a los rehenes, los llevaremos de vuelta a Europa.

En caso contrario regresaremos a Angola.

—¿Por qué Angola?

—Allí nadie hace preguntas. Hay una guerra civil, y están demasiado ocupados matándose los unos a los otros… Luego, dentro de tres o cuatro meses, me ocuparé del «Consejo de Ancianos».

—Espero que no haya más problemas, pero en todo caso ya conoces mi modo de pensar con respecto a los rehenes: o todos libres, o todos muertos.

—No tienes por qué preocuparte.

—Tengo mucho por que preocuparme y lo sabes mejor que nadie —le contradijo el inglés—. Siempre he confiado en ti, pero siempre he desconfiado de esos malditos tuaregs. En el desierto se mueven como pez en el agua.

—Cuento con los mejores «pescadores».

—No sé si serán los mejores, pero sí está claro que son los más caros.

—Son tan caros porque no hay mucho loco dispuesto a lanzarse en plena noche sobre unas lejanas montañas del Sahara. Vete tranquilo; en tres días se habrán acabado todos tus problemas.

—Así lo espero… Y de ahora en adelante no quiero que tengamos el más mínimo contacto.

—¿Qué tiene que hacer mi gente de Libia con ese periodista?

—Lo primero encontrarlo. Luego, ya veremos…

—¿Y con Milosevic?

—De momento ni tocarlo. Aunque me encantaría que algún día, cuando menos se lo espere y en el lugar más insospechado, alguien le ajuste las cuentas aunque tan sólo sea por los quebraderos de cabeza que me está proporcionando.

—Si, como dicen, era amigo de Arkan, a nadie le sorprenderá que también tenga un final violento… ¿Quieres que me ocupe de él?

—A su debido tiempo… Y ahora es mejor que me dejes solo. Tengo que hacer unas llamadas y recoger todo esto porque dentro de una hora levantamos el campamento.

—¿Esperas llegar a tiempo a El Cairo?

—¿Acaso lo dudas?

—Conociéndote como te conozco, no.

Diez minutos más tarde, el Mecánico hacía su entrada en el camión-remolque que le servía de cuartel general, y en el que los hermanos Mendoza —Julio y César—, desertores del ejército argentino y fugitivos de una justicia que los buscaba por tortura, secuestro y asesinato, dormían a pierna suelta.

—¡Basta de hacer el vago! —fue lo primero que dijo—. Empieza el baile.

—¡Pero si todo está listo desde hace dos días…! —protestó el mayor de los hermanos.

—Para mí no —gruñó el armenio—. Para mí, «nunca está todo listo» porque la experiencia me ha enseñado que siempre te pueden reservar una sorpresa…

—¿Y qué sorpresa esperas de unos mugrientos beduinos que no cuentan más que con un par de viejos fusiles?

—Si lo supiera no tendría por qué inquietarme —le hizo notar su jefe—.

Pero durante los años que combatí en el Chad aprendí que en el desierto un par de «mugrientos beduinos» que no cuentan más que con viejos fusiles te pueden dar más disgustos que media docena de carros de combate a los que ves llegar y sabes cómo combatir.

Esos «mugrientos» surgen de donde menos te lo esperas y te degüellan como a un chivo para desaparecer tal como aparecieron.

Mi consejo es que mantengáis los ojos muy abiertos, pero que aun así nunca os fiéis ni de lo que estáis viendo porque raramente será lo que parece.

Y ahora, vamos a repasar esas fotografías.

—¿Otra vez…?

—Y mil veces si fuera necesario…

Extrajo de una resobada cartera una docena de enormes fotografías aéreas, las extendió sobre la pequeña mesa central y aguardó a que sus acompañantes se aproximaran.

—En ésta se distinguen perfectamente el pozo, las palmeras, las jaimas y los coches —señaló—. Pero resulta evidente que no hay sitio en el que ocultar a los rehenes, por lo que lo más probable es que los hayan trasladado a alguna cueva de estas montañas.

—No creo que necesitemos más de un día para «peinar» toda esa zona metro a metro… —le hizo notar Julio, el mayor de los Mendoza—. Parece más pelada que el culo de una mona.

—Ya veo que está pelada, pero ten en cuenta que incluso desde esta altura se distinguen gargantas estrechas y profundas porque probablemente por aquí debió circular un río bastante caudaloso que erosionó la roca…

Y cada vez que tengamos que subir o bajar al fondo de una de esas quebradas nos estaremos exponiendo a que nos peguen un tiro porque esos hijos de puta nunca fallan y suelen esconderse en los lugares más insospechados.

—Si no te conociera diría que estás acojonado.

—Quien tenga que enfrentarse a un tuareg en su terreno y no esté en cierto modo «acojonado» es un cretino que merece que le degüellen a las primeras de cambio…

—Bruno Serafian alzó la cabeza para sonreír apenas, al tiempo que guiñaba un ojo—.

Sin embargo… —añadió—, contamos con algo importante a nuestro favor.

—¿Y es…?

—Que como se trata de una de las regiones más desoladas del planeta no existe casi ningún tipo de vida animal, y eso significa que todo lo que se mueva tiene que ser necesariamente un enemigo.

—¡Y plomo con él…! —comentó Julio Mendoza en tono levemente irónico—. Tranquiliza saber que algo está a nuestro favor.

Su jefe le dirigió una dura mirada de reconvención.

—Guarda esa ironía para cuando todo acabe si es que aún conservas el pellejo… —masculló—. Y reza para que esos cabrones no nos estén reservando alguna de sus famosas sorpresas.

—¿Sorpresas…?

—Eso he dicho.

—¿Y a qué clase de «sorpresas» te refieres?

—¡Si lo supiera ya no sería ninguna sorpresa, pedazo de imbécil…! Pero de lo que puedes estar seguro es de que los tuaregs siempre se las ingenian para darte por el culo cuando menos te lo esperas.

Resultaba evidente que Bruno Serafian no se fiaba en absoluto de los tuaregs y de su muy especial forma de entender la lucha armada, y de igual modo resultaba evidente que razones le sobraban puesto que casi a la misma hora en que insistía en hacer tan severas advertencias a sus lugartenientes,

«su mugriento enemigo», Gacel Sayah, acababa de introducir la punta de su cuchillo en la yugular de la más debilitada de las cabras que colgaban del arzón de los camellos, con el fin de conseguir que su sangre gotease hasta el punto de ir dejando a su paso un rastro inconfundible.

Empezaba a poner de ese modo en práctica las enseñanzas de aquel gran guerrero que fuera su padre, así como de generaciones de combativos imohag que a lo largo de siglos habían aprendido a convertir el árido paisaje que les rodeaba y sus escasas criaturas en sus mejores aliados.

Cuando la primera claridad del alba hizo su aparición en el horizonte dos de las cabras habían sido sacrificadas ya, por lo que su sangre regaba la arena de la llanura y las rocas de la falda de las montañas, provocando que muy pronto los primeros buitres hicieran su aparición volando muy alto.

Poco después Gacel hacía su entrada en «La Cueva de las Gacelas», abrazaba a su madre y sus hermanos, y tras aceptar de buena gana un reconfortante vaso de té muy caliente les ponía al corriente de los últimos acontecimientos, así como del plan de acción que había venido madurando.

—¿Crees que dará resultado? —quiso saber Suleiman.