Los ojos del tuareg (Tuareg 2) 11
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Poco después emprendieron la marcha de regreso a la cueva, pero en esta ocasión se vieron obligados a dar un gran rodeo de forma que los camellos avanzaran siempre por terreno rocoso evitando las zonas de arena o tierra en las que pudieran quedar impresas sus huellas.

Los beduinos sabían por experiencia que una piedra volteada, una acacia tronchada, un matojo mordisqueado o la más pequeña muestra de excrementos bastaba a un buen rastreador para seguir una pista,

y en el fondo de su alma Gacel estaba convencido de que más pronto o más tarde alguien intentaría liberar a los rehenes por la fuerza.

Mantener perfectamente oculta «La Cueva de las Gacelas» era la única baza con que contaban a la hora de enfrentarse a muy poderosos enemigos, y fue por esa razón por la que aquel viaje se convirtió en uno de los más lentos, incómodos y farragosos de que ambos hermanos tuvieran memoria.

Y es que era cosa sabida que los cascos de un caballo solían levantar esquirlas en las rocas, lo que denunciaba para siempre su paso, pero las almohadilladas pezuñas de un dromedario podían remover una piedra que de inmediato era devuelta a su posición original,

pero en muy rara ocasión conseguían partirla.

No dejar rastro alguno requería poner mucha atención a cada metro, y pese a que cuando alcanzaron su objetivo se encontraban bastante satisfechos del trabajo realizado, Gacel durmió inquieto, consciente de que las bestias pastaban demasiado cerca de la entrada del refugio.

Faltaban dos horas para que la primera claridad hiciera su aparición en el horizonte cuando ya se encontraba de nuevo en pie dispuesto a iniciar el viaje de regreso, pero esta vez en compañía del joven italiano.

Tras despedirse de su madre y sus hermanos, imaginando que tal vez nunca volvería a verlos, reunió a los camellos y se puso en camino sin detenerse ni un instante hasta que un tímido rayo de sol hizo su aparición en el horizonte,

momento en que se volvió para cortar las correas que mantenían a Pino Ferrara atado a la cola del último de los animales.

—De ahora en adelante no pienso vigilarte…

—dijo al tiempo que señalaba con un amplio ademán de la mano la desolación del laberinto de negra roca que se extendía a su alrededor—.

Pero recuerda que en mi montura llevo toda el agua de que disponemos.

Si se te pasa por la cabeza la idea de escapar, te garantizo que te espera la más horrenda de las muertes.

—No soy estúpido… —fue la agria respuesta—. Conozco lo suficiente el desierto como para saber lo que me juego. Lo único que quiero es llegar cuanto antes al coche y hablar con mi padre.

—Pues confío en que te escuche porque de lo contrario te auguro un negro futuro…

Continuaron a buen ritmo hasta que el sol comenzó a caer a plomo, momento en que el tuareg buscó la sombra de un saliente de piedra bajo el que obligó a arrodillarse a las bestias, momento que aprovechó el italiano para dejarse caer en un rincón y quedarse traspuesto.

Sus costosos zapatos, pensados para conducir un vehículo y no para andar durante horas sobre afiladas rocas que cortaban como cuchillos, no eran ya más que tristes despojos,

y en las tres ocasiones en que había intentando continuar el viaje a lomo de uno de los malhumorados dromedarios a punto había estado de romperse la crisma.

Y es que no resultaba empresa fácil mantener el equilibrio sobre una frágil silla beduina cuando la resabiada bestia avanzaba por un terreno tan agreste y montañoso, puesto que se balanceaba como un barquichuelo en mitad de la tormenta,

y tan sólo quien hubiera pasado la mayor parte de su vida sentado en una joroba semejante sabía cómo acomodar su ritmo al de la incómoda montura.

El infeliz Pino Ferrara estaba viviendo aquellos últimos días como si se trataran de una insoportable pesadilla, hasta el punto de que a veces se negaba a aceptar que lo que estaba ocurriendo fuera algo más que un sueño.

Nunca se había considerado un cobarde, puesto que de haberlo sido ni siquiera se le hubiera pasado por la mente la idea de embarcarse en tan difícil aventura, pero el hecho de que le maniataran durante horas había significado un duro golpe del que no conseguía recuperarse.

La sensación de impotencia que se apoderó de su ánimo al descubrir de improviso que no era en absoluto dueño de sus actos, y que con las manos ligadas a la espalda no podía realizar un acto tan sencillo como el de desabrocharse la bragueta viéndose obligado a orinarse en los pantalones,

parecía haberle transportado de pronto a un mundo muy diferente y en que acababa de tomar plena conciencia de su inconcebible vulnerabilidad.

A ciertas personas la claustrofobia o el vértigo les afecta hasta extremos casi irracionales colocándoles al borde mismo de la histeria, y durante aquellos días Pino Ferrara había descubierto que sentirse atado le producía una sensación semejante a la de encontrarse al borde de un precipicio.

En los escasos momentos en que recuperaba la lucidez se repetía a sí mismo que se trataba sin duda de una obsesión injustificada, pero el simple hecho de pensar en que pudieran volver a maniatarle le producía escalofríos.

Por su parte, y recostado en la negra pared de roca, con el fusil amartillado y el oído atento a cuanto pudiera ocurrir a su alrededor, Gacel Sayah observaba meditabundo a aquel jovenzuelo de delicados rasgos y blanca piel, preguntándose por qué absurda razón se encontraba en tan remoto lugar,

y qué posibilidades de sobrevivir se le ofrecían si lo dejaba solo.

Pese a encontrarse dormitando a la sombra, gruesas gotas de sudor se deslizaban continuamente por todas las partes visibles de su cuerpo, lo cual denotaba que sin siquiera moverse estaba perdiendo más líquido del que perdería un beduino que marchara a buen paso y a pleno sol.

Eso venía a significar que en semejantes latitudes estuviera condenado a morir irremediablemente en muy poco tiempo.

Para conseguir avanzar a pleno día por los arenales o las montañas del Teneré, un hombre de la constitución física y los hábitos de vida del italiano se vería obligado a consumir en dos días casi tanta agua como la que podía transportar, por lo que,

visto que el pozo más cercano se encontraba a cuatro jornadas de distancia, ni aun en el caso de que se dirigiera directamente a él a marchas forzadas tendría la más remota posibilidad de alcanzarlo antes de haberse deshidratado.

Cuando poco más de una hora más tarde el tuareg advirtió que su acompañante comenzaba a boquear como un pez fuera del agua en un desesperado intento por conseguir que el aire le llegase a los pulmones, le despertó con un leve gesto al tiempo que le alargaba un pequeño cazo de agua.

—¡Cálmate y bebe despacio…! —le aconsejó—. Lo peor que puedes hacer es angustiarte.

El otro obedeció, y en el momento en que hubo concluido hasta la última gota, lanzó un hondo suspiro que obligaba a pensar que acababa de escapar de los mismísimos infiernos.

—Nunca lograré comprender cómo consigue nadie sobrevivir en un lugar como éste… —musitó—. ¡Nunca!

—«Nadie» consigue nunca sobrevivir en un lugar como éste…

—le hizo notar Gacel con una levísima sonrisa—.

Ni siquiera los tuaregs que se supone que estamos acostumbrados.

Por eso, cuando vuelvas a tu país, si es que vuelves, deberías aconsejar a tus paisanos que no continúen arriesgándose a sufrir la más terrible de las muertes por seguirles el juego a unos embaucadores que se están aprovechando de ellos, al igual que se están aprovechando de nosotros.

Sin tanto estúpido como acepta ese estúpido reto, no habría carreras.

—¿Me estás llamando estúpido?

—A las pruebas me remito. ¿Acaso no resulta estúpido que a tu edad, y cuando podrías estar disfrutando del yate de tu padre y la compañía de una hermosa muchacha, la diferencia entre estar vivo y estar muerto sea este cazo de agua y mi buena voluntad?

—No todo en la vida tienen que ser yates y hermosas muchachas.

—Eso únicamente puede decirlo quien, como tú, desde siempre ha disfrutado de yates y hermosas muchachas.

Pero si renuncias a ello, no por hacer el bien a los demás, sino por el simple placer de experimentar nuevas emociones, es como si renunciaras al paraíso por la morbosa curiosidad de comprobar cuánto se sufre en el infierno.

Si hicieras eso, lo más probable es que Alá te castigara dejándote para siempre en el infierno…

—El imohag hizo una corta pausa y agitando una y otra vez la cabeza pensativamente añadió—: Tal vez, si en lugar de mataros, os mantuviera una año aquí, pasando hambre, sed, calor y fatigas, justo en el límite entre la vida y la muerte,

aprendierais lo que son auténticos padecimientos y estaríais en condiciones de transmitírselo a todos esos imbéciles que andan correteando por ahí.

—Yo ya he aprendido la lección.

—Me temo que no del todo. Me temo que aún te queda mucho que aprender. Y ahora es mejor que nos pongamos en marcha porque pretendo llegar al pozo antes de que amanezca.

Fueron una larga caminata y una noche interminable durante la que el italiano agradeció en el alma el hecho de que al fin abandonaran las montañas para adentrarse en el erg,

ya que en cuanto llegaron las sombras y la arena comenzó a enfriarse pudo desprenderse de lo poco que le quedaba de unos destrozados zapatos que se habían convertido en un estorbo, para continuar descalzo aun a riesgo de pisar un alacrán.

Los últimos kilómetros los hizo casi arrastrando unos ensangrentados pies que parecían pesarle más que todo el resto del cuerpo, y cuando al fin se dejó caer en el interior de la mayor de las jaimas le asaltó la sensación de que se hundía definitivamente en un abismo sin fondo.

Gacel le dejó descansar mientras llenaba hasta el borde el abrevadero.

Permitió que la mayor parte de las bestias bebieran confiando en que sus estómagos fuesen capaces de asimilar el aceite sin enfermarse, ya que en caso contrario lo mismo daba que murieran de sed o envenenadas,

y cuando hubieron concluido aprovechó para darse un largo y reconfortante baño por primera vez en mucho tiempo.