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—¡Mira esas fotos! —dijo—. Las tomé en un campamento que está a unos treinta kilómetros de aquí. Como verás son docenas de niños a los que les faltan las piernas, los brazos, e incluso en algunos casos, ambas cosas. Te garantizo que al verlos se me cayó el alma a los pies.
Nené Dupré observó con atención las impactantes fotografías y no pudo por menos que arrugar el ceño horrorizado.
—¡No me extraña! —reconoció—. Son terribles.
—¡Espeluznante, diría yo! —puntualizó el austriaco—. Y más espeluznante aún resulta el hecho de ir hasta allí y advertir cómo a la mutilación se añaden el hambre y el abandono. Si no fuera por un puñado de misioneros que las pasan putas para sacarlos adelante, la mayoría estarían muertos.
—¿Y qué tiene esto que ver con los tuaregs o los rehenes?
—Que tres de las marcas de automóviles que más contribuyen al presupuesto de esta «prueba deportiva» se dedican también a fabricar armas, y una de ellas está especializada en el tipo de minas que mata o mutila cada año a miles de niños, no sólo de África, sino de todo el mundo…
¿Entiendes a lo que me refiero?
—Intento hacerme una idea.
—Pues te lo aclararé más aún. En unos momentos en que a los austriacos se nos acusa de racistas, alegando que fuimos la cuna del nazismo y el primer país de la moderna Europa que ha permitido que la ultraderecha acceda al poder, existen otros países europeos, supuestamente liberales,
que están dando pruebas de ser mucho más racistas que nosotros.
—Ésa es una afirmación muy dura.
—Pero que refleja la verdad. Los franceses de la libertad, igualdad y fraternidad, que tanto os enorgullecéis de un gobierno de izquierdas de lo más progresista,
no deberíais permitir que muchos de vuestros conciudadanos se estén haciendo asquerosamente ricos a base de organizar eventos tan fascistas como éste.
—Admito que en eso tienes toda la razón
—Semejante despliegue de medios económicos ante los ojos de unos niños que no disponen ni de una miserable silla de ruedas con la que compensar la pérdida de sus piernas arrancadas por una mina o un obús que han fabricado esas mismas empresas no significa tan sólo una muestra de pésimo gusto,
sino la prueba más evidente del desprecio que se siente por quienes han nacido más allá de nuestras fronteras.
—Nunca se me había ocurrido verlo de ese modo.
—Pues ya va siendo hora de que alguien lo vea como es en realidad.
Se suele bromear asegurando que este rally es como un circo, pero a decir verdad no es un inocente circo de payasos y funambulistas, sino un auténtico «circo romano» en el que los emperadores han sido sustituidos por cámaras de la televisión,
los rugientes leones por rugientes vehículos lanzados a toda velocidad, los gladiadores por pilotos que se juegan la vida compitiendo por ver quién es más irresponsable, y los «cristianos» por pobres nativos a los que de tanto en tanto aplasta un coche.
El espectáculo es inhumano, pero colorido y brillante, por lo que consigue cada año una tasa de millones de telespectadores que ni siquiera se detienen a pensar en que al contemplarlo están permitiendo que salga al exterior ese pequeño fascista que todos llevamos dentro.
—Supongo que exageras… —replicó con una leve sonrisa amarga Nené Dupré—.
Pero después de tantos años en la brecha debo admitir que algo hay de cierto en cuanto has dicho…
—Se abanicó con la sucia y desteñida gorra de capitán de barco con que solía cubrirse cuando volaba—.
Lo que empezó como romántica aventura de unos cuantos chiflados ansiosos de nuevas emociones se ha ido convirtiendo con el paso del tiempo en un turbio negocio que cada día exige más y más sin que nadie sea capaz de predecir cuál es su límite…
Con la primera claridad del alba Gacel y Suleiman reunieron los camellos para conducirlos hasta el punto en que había aterrizado el helicóptero con el fin de transportar el agua y los víveres hasta la seguridad de la caverna.
Una vez hubieron concluido con la pesada tarea de cargar a las bestias, afianzando firmemente cada bulto conscientes de que arrear la pequeña caravana a través de las agrestes montañas les iba a proporcionar incontables problemas e incomodidades,
tomaron asiento en el mismo lugar en que el tuareg lo había hecho el día anterior en compañía de Nené Dupré , y tras prepararse un reconfortante té muy caliente y comer algo,
observaron durante largo rato la infinita llanura que reverberaba en el horizonte castigada por un inclemente sol que caía a plomo.
—¿Qué vas a hacer ahora? —inquirió al fin Suleiman en el tono de quien da por aceptada de antemano cualquier decisión.
—Aún lo estoy pensando… —fue la sincera respuesta.
—La solución que propone ese muchacho tal vez sea la más razonable.
—Tal vez… Pero significaría dejar que extraños resuelvan nuestros problemas.
—¿Y qué otra cosa podemos hacer?
—Comportarnos como auténticos imohags.
—Desde que tengo memoria nos hemos comportado como auténticos imohags, y mira dónde nos encontramos. En el mundo que comienza más allá de esa llanura todos dependen los unos de los otros. Quizá ha llegado el momento de aprender de ellos.
—No me gusta ese mundo —musitó apenas Gacel.
—Tampoco a mí… —admitió su hermano—. Pero resulta evidente que el que nos ha tocado vivir poco tiene que ver con el de nuestros antepasados, que vagaban pastoreando o luchando, pero libres e independientes como dueños indiscutibles del desierto.
Nosotros nos vemos obligados a escondernos en un mísero rincón en el que ni siquiera nos dejan vivir en paz.
—Seguimos siendo tuaregs.
—Un tuareg obligado a huir eternamente, ni es tuareg, ni es nada. Yo hace tiempo que sueño con salir de aquí, conocer a una hermosa muchacha y fundar mi propia familia librándome de una vez por todas de la carga que significa ser hijo de quien soy.
—Puedes hacerlo cuando quieras. Únicamente yo llevo su nombre.
—Pero yo llevo su sangre… —Suleiman hizo un amplio gesto como pretendiendo abarcar la inmensidad de la llanura que se abría ante ellos—.
Se avecinan tiempos difíciles —musitó—. Y aun en el improbable caso de que todo esto acabe bien, resulta evidente que ya nunca estaremos seguros en el pozo. ¿Qué haremos entonces?
—«El guerrero que se distrae pensando en lo que hará después de la batalla, perderá la batalla, y el viajero que se distrae pensando en lo que hará al final del viaje jamás llegará a su destino…»
—sentenció Gacel recitando una conocida máxima saharaui—.
Concentrémonos en lo que tenemos que hacer, y dejemos el futuro en manos de Alá.