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Eso significaba, en buena lógica, que los diarios le dedicarían de igual modo mucho más espacio y un gran despliegue fotográfico, probablemente con titular en la primera página, y lo mismo harían la mayoría de los periódicos, estaciones de radio y televisiones del mundo.
Si la base económica de una prueba deportiva de semejantes características se centraba casi exclusivamente en la amplitud de la cobertura informativa que consiguiera alcanzar, no cabía duda de que a partir de aquel momento el rally africano se convertía, gracias a unos supuestos terroristas,
en una sensacional noticia de cabecera.
Un despliegue informativo semejante tan sólo lo conseguía el estallido de una guerra o el asesinato de un líder político de primera magnitud, lo cual significaba que por muchos millones que costase el alquiler de los aviones,
lo que los organizadores iban a obtener a cambio les compensaba con creces, puesto que nadie sería capaz de precisar el incalculable valor de los espacios que se les iba a conceder en los próximos días.
El padre de la idea de contratar los gigantescos Antonov 124 que se encargarían del traslado, Yves Clos, no podía evitar sentirse francamente eufórico por su espectacular hallazgo,
aunque al propio tiempo se sentía en cierto modo culpable al reconocer que el despliegue táctico en hombres y medios previsto superaría en mucho a cuanto solía hacerse cuando se trataba de remediar los catastróficos efectos de un huracán centroamericano, un terremoto en Turquía,
o las terribles hambrunas africanas que se llevaban por delante miles de vidas.
Con los veinte vuelos programados para cada uno de los tres aviones capaces de transportar más de cien mil kilos de alimentos, la mitad de los desgraciados que habían muerto de hambre últimamente en Somalia, Etiopía y Sudán aún seguirían con vida,
pero resultaba evidente que aquéllas eran misiones humanitarias que no interesaban en absoluto a las firmas comerciales que patrocinaban tan «trascendental acontecimiento deportivo».
—El mundo es así… —reconoció esa misma noche ante el desconcertado Nené Dupré que se había convertido en su mejor confidente—.
Admito que lo que estamos a punto de hacer es un descarado despliegue de riqueza y poderío en el corazón mismo de un paupérrimo continente que ni siquiera consigue sobrevivir con lo más imprescindible, pero yo no soy quién para cambiar las reglas del juego.
—Y según tú, ¿quién debería cambiarlas?
—Los políticos.
—¿Los mismos que se fotografían contigo en el momento en que empieza la prueba, o los mismos que se fotografían con los ganadores a la hora de entregar los trofeos?
—Los mismos que se sienten muy orgullosos a la hora de promulgar leyes que prohíben la publicidad de tabaco y licores, pero miran hacia otro lado cuando uno de nuestros coches aparece en pantalla.
—¿Los hipócritas?
—Llámalos como quieras, pero recuerda el dicho: «Hecha la ley, hecha la trampa…»
Nosotros nos aprovechamos de un vacío en las leyes, y por lo tanto nadie puede culparnos.
El día que en cada saco de arroz que se envíe al Tercer Mundo se permita colocar el logotipo de una marca de cigarrillos, el número de muertos por hambre disminuirá al tiempo que aumentará el de víctimas del cáncer.
De momento esa publicidad está prohibida, pero no lo está que se coloque en nuestros vehículos.
—Se encogió de hombros como dando por concluido el tema, para añadir—: Y ahora dime: ¿cómo van tus relaciones con nuestro buen amigo Gacel?
—¿Y cómo quieres que vayan? —se sorprendió el piloto—. Igual. Ese tuareg no es de los que cambian de idea, y si no le llevamos a Milosevic cumplirá su palabra y se cargará a esos desgraciados.
—Pues de ti depende que no lo haga.
El tono de voz de su amigo, más que sus propias palabras, consiguieron que Nené Dupré se alarmara, por lo que inquirió atemorizado:
—¿Qué pretendes decir?
—Que Fawcett ha decidido que seas tú quien se ocupe del asunto. Si consigues salvarlos, bien. Si no lo consigues, peor para ellos.
—¡No me jodas!
—Últimamente todos creemos que los demás están intentando jodernos, pero te garantizo que no es así.
Las cosas vienen como vienen, y en estos momentos «la prioridad» se concreta en el traslado en avión hasta la frontera libia, desde donde tendremos el tiempo justo para llegar a El Cairo en la fecha prevista.
Los temas secundarios quedan en otras manos. En este caso las tuyas.
—¿Consideras esas vidas humanas «un tema secundario»?
—Como asegura Fawcett, en toda guerra hay muertos.
—Pero es que no se trata de una guerra.
—¡Desde luego que no! Pero existen centenares de pequeñas guerras a las que no se dedica ni la décima parte de la cobertura informativa de la que nos dedican a nosotros, y hoy por hoy las cosas son tanto más importantes cuanto más se hable de ellas. Te lo dice un experto en relaciones públicas.
—¡Pues yo me cago en «las relaciones públicas»!
—Querido mío, «las relaciones públicas» suelen ser una montaña de mierda tan grande, que la que tú puedas aportar ni siquiera la hará aumentar un milímetro.
—Me niego a tomar parte en esto.
—Pues lo siento por esos infelices, ya que eres su única esperanza de salvación, y si renuncias los van a convertir en paté de oca.
—Yves Clos extendió la mano para colocarla con afecto sobre el antebrazo del piloto al añadir—: No te estamos pidiendo milagros; tan sólo pedimos que hagas lo que esté en tu mano, y personalmente creo que eres el más capacitado para intentarlo.
—¡Pero es que no tengo la más mínima experiencia como mediador! —protestó el otro—. Lo único que sé hacer es manejar un helicóptero.
—La experiencia no siempre es buena, querido amigo —fue la tranquila respuesta—.
La experiencia es algo que va llenando tu equipaje a medida que avanzas por la vida, y que resulta de gran utilidad cuando te enfrentas a problemas conocidos.
—El rubio sonrió casi con ironía—. Pero cuando, como en este caso, se trata de enfrentarse a situaciones que nada tienen que ver con lo vivido anteriormente, la experiencia estorba tanto como un par de pesadas maletas cuando tienes que abrirte paso por la selva virgen.
En tales circunstancias, lo mejor es actuar según tu propio instinto, olvidándote de cuanto te hayan enseñado.
—¡Hermoso consejo!
—Y gratuito. Actúa libremente y sin prejuicios. Mira las cosas desde un ángulo distinto, nada a contracorriente, y si fracasas no te preocupes, puesto que a mi modo de ver ésa es una batalla perdida de antemano.
—¿Cómo puedes hablar con tanta frialdad? —quiso saber Nené Dupré al que se le advertía francamente dolido.
—Sacando lo peor que tengo dentro, y construyéndome con ello una coraza…
—replicó su amigo en tono de profunda fatiga—.
Al fin y al cabo, ¿qué significan actualmente esas vidas?
Hace un rato, cuando terminé de hacer números sobre el costo de esta maldita operación aérea caí en la cuenta de un detalle muy curioso: en apenas tres días vamos a transportar casi ocho millones de kilos de carga útil a dos mil kilómetros de distancia.
¿Qué te parece…? Ocho millones de kilos de alimentos proporcionarían comida a doscientos mil niños famélicos durante tres meses, pero en lugar de salvar niños, empleamos nuestro ingenio,
nuestra capacidad organizativa y millones de francos en procurar que unos cuantos estúpidos vayan a matarse a Libia en lugar de permitir que los maten en Níger.
—Hizo un leve gesto de despedida con la mano mientras se alejaba y añadió—: Medita sobre ello y no me toques los huevos con la suerte que puedan correr esos cretinos…
—No obstante, cuando ya se encontraba a unos metros de distancia se volvió alzando la mano—.
¡Me olvidaba! —exclamó—. Puedes emplear hasta un millón de francos en conseguir su libertad.
—¿Un millón de francos…? —se escandalizó el otro—. ¿En tan poco valoran a esos desgraciados?
—Es más de lo que paga el seguro, querido. ¡Mucho más!
El piloto quedó tan confundido como si uno de los patines de su propio helicóptero le hubiese aplastado un pie, y acabó por ir a tomar asiento a su lugar predilecto, el estribo del aparato, desde donde contempló las idas y venidas de corredores, mecánicos y personal auxiliar,
que se afanaban en prepararlo todo ante el anuncio de la llegada del primer avión, prevista para el amanecer.
A partir de ese instante todo se convertiría en un alocado trasiego de hombres y máquinas, por lo que Nené Dupré no necesitó mucho tiempo para llegar a la conclusión de que efectivamente se estaba quedando solo frente a un problema que no sabía cómo encarar.
Intentó hacerse una idea acerca de los amargos pensamientos que cruzarían por las mentes de los infelices cautivos si llegasen a tener conocimiento de que —contra lo que probablemente imaginaban— el mundo no estaba pendiente de su liberación,
sino que su destino dependía de las decisiones de alguien cuya mente parecía haberse quedado completamente en blanco.
La responsabilidad que de improviso habían descargado sobre sus hombros le agobiaba hasta el punto de impedirle pensar, puesto que en lo más íntimo de su ser estaba convencido de que por mucho que lo intentara no se le ocurriría nada merecedor de ser tenido en cuenta.
—De un lado un tuareg intransigente… —musitó para sus adentros—. Del otro, unos hijos de puta que se desentienden del asunto… Y en el centro, yo. ¡Menuda papeleta!
Y tal como el mismísimo Yves Clos acababa de advertirle, ningún tipo de experiencia le serviría de nada en semejantes circunstancias, puesto que resultaba evidente que aquélla era un novedosa situación a la que ni el más avezado de los pilotos de helicóptero se había enfrentado anteriormente.
A su modo de ver, Yves Clos había cambiado mucho durante los últimos días.
Después de casi veinte años de colaborar entusiásticamente en las más difíciles circunstancias, compartiendo buenos y malos momentos e incluso alguna que otra mujer, por primera vez advertía desganado y escéptico a su compañero de fatigas,