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En el mismo momento en que sus dos colaboradores hubieron abandonado la amplia estancia, Alex Fawcett lanzó una última ojeada al mapa, extrajo del bolsillo un minúsculo teléfono, marcó un número, y cuando le respondieron al otro lado, ordenó secamente:
—¡Ven a mi despacho!
Minutos más tarde un hombrecillo de apariencia anodina, que no vestía más que unos pantalones cortos y una sudada camiseta con una foto de «Madonna» salpicada de lamparones, hizo su entrada en la blanca carpa para tomar asiento al otro lado de la amplia mesa repleta de papeles.
—¿Cuál es el problema? —quiso saber.
Escuchó impasible la detallada relación que el inglés le hizo de los últimos acontecimientos para limitarse a inquirir:
—¿Y qué tengo que hacer?
—En primer lugar, ocuparte de los rehenes. Ese asunto tiene que estar resuelto, de un modo u otro, esta misma semana.
—¿«De un modo u otro»? —repitió su interlocutor remarcando mucho las palabras.
—Eso he dicho.
—¿Sin que importe el número de bajas?
—Me tienen sin cuidado el número de bajas…
—admitió el inglés sin cambiar para nada el tono de voz—.
En los tiempos que corren, los muertos, sean los que sean, se olvidan pronto y acaban por convertirse en mera estadística.
Pero lo que nadie olvidará fácilmente es el aberrante hecho de que seis inocentes europeos permanezcan secuestrados por unos beduinos en el corazón del desierto.
—Chasqueó la lengua queriendo expresar con ello la magnitud de su fastidio al señalar—: Siempre existirá una madre, una novia, una hermana o una asociación de amigos y vecinos dispuesta a dar la paliza exigiendo a sus respectivos gobiernos que los liberen de inmediato.
Y los medios de comunicación suelen ser muy sensibles a ese tipo de temas puesto que el sufrimiento ajeno acostumbra a dar mucho juego.
—Es lógico que la familia se preocupe por ellos —admitió el recién llegado—. Mientras hay vida, hay esperanza.
—Pero no me interesan ese tipo de «esperanzas» que se prolongan mucho tiempo después de que nos hayamos ido, y provocan que algún periodista que no tenga otra cosa que hacer se dedique a cuestionar nuestros métodos. Quiero a esos seis de vuelta a casa cuanto antes; y a ser posible por su propio pie.
Bruno Serafian, más conocido por el Mecánico, aunque nadie en la organización había tenido nunca muy claro qué era lo que en realidad reparaba puesto que jamás se le había visto debajo de un vehículo,
se rascó durante largo tiempo la entrepierna como si estuviera aguardando a que de tan sorprendente lugar le llegara alguna idea, y por último masculló casi sin mover los labios:
—¡No hay problema! ¿Cuál es la segunda parte?
—El «Consejo de Ancianos». Pero ése es un tema del que quiero que te ocupes dentro de unos meses, cuando las cosas se hayan tranquilizado y nadie lo relacione con nosotros.
—El jefe de seguridad señaló con la cabeza el mapa cuajado de banderas al puntualizar—: Como comprenderás, si el año que viene los tuaregs continúan en su idea de boicotear la carrera, me veo disputándola en Namibia, lo cual no me hace puñetera la gracia…
—¡Entiendo!
—Pero entiende también que en ese asunto tienes que ser muy discreto. No conviene que el «Consejo de Ancianos» desaparezca como por arte de magia, sino que algunos de sus más significativos miembros sean sustituidos por otros que no tengan la menor intención de jodernos.
—¡Evidente!
—¿Evidente también que «la organización» no tiene nada que ver en esto?
—¡Por supuesto!
—Daré órdenes para que hoy mismo transfieran a tu banco un millón de dólares. Cuando necesites más no tienes más que pedirlo, pero resulta inútil que te advierta que esta conversación nunca ha tenido lugar.
—Me conoces hace ya demasiados años como para que necesites recordármelo. ¿Me puedo fiar del piloto del helicóptero?
—¡Decididamente no!
—No puedo hablar del tema.
—¿No puedes, o no quieres?
—Las dos cosas.
—¿Por qué?
—Me lo advirtieron claramente.
—¿Quién?
—Tampoco pienso decírtelo.
—¿Fawcett?
—¡Deja de presionarme!
—Es mi obligación, y te he hecho demasiados favores para que ahora te niegues a proporcionarme una información que sospecho que puede convertirse en un auténtico notición.
La prueba se ha interrumpido nadie sabe exactamente por qué, y la nariz me dice que tú tienes algunas respuestas.
¿Qué pasó aquel día? ¿Por qué regresaste y qué se discutió en la reunión que mantuviste con los miembros de la organización… ?
—¡Escúchame con atención, Hans…! —replicó en tono impaciente Gunther Meyer en el tono de quien quiere dar por concluida una conversación que a nada conduce—.
Yo soy un corredor profesional que trabaja para un equipo oficial que subvenciona con grandes sumas a la organización.
Si mi patrocinador me ordena que guarde silencio sobre algo, debo guardarlo, porque de lo contrario es muy posible que me quede sin trabajo. Y vivo de esto.
Hans Scholt tardó en responder, como si se tomara todo el tiempo del mundo para meditar sobre lo que acababa de oír y lo que pensaba replicar, y por último su tono de voz cobró un deje levemente amenazador al señalar:
—¡Ahora escúchame tú, Gunther! Ese mismo día, y en esa misma ruta, desaparecieron tres coches de los que no se ha vuelto a saber nada.
Cada vez que pregunto me responden con evasivas, y ahora, de improviso, el rally se detiene alegando no se sabe qué extrañas amenazas terroristas.
Puede que yo no sea el mejor periodista del mundo, pero no soy estúpido, y por lo tanto barrunto que existe alguna relación entre ambos casos.
Siempre te he ayudado, pero si en este caso no me echas una mano, te garantizo que iré a por ti, y si por alguna extraña razón los que iban en esos coches sufren algún daño, te acusaré públicamente de complicidad en un hecho delictivo.
—¡No intentes joderme, Hans!
—Pues no intentes joderme tú, cuéntame lo que sepas, y te garantizo que tu nombre no aparecerá. Nadie me puede obligar a revelar mis fuentes de información y lo sabes. Dame una pista y yo la seguiré sin que tengas que verte involucrado.
El austriaco Gunther Meyer lanzó un hondo suspiro que sonaba a lamento, se metió el dedo índice en la oreja ahondando en ella como si estuviera intentando que le destupiera el cerebro, dejó escapar un malsonante reniego, y por último señaló casi mordiendo las palabras:
—¡Es lo más absurdo que me ha ocurrido nunca!
Cuando quince minutos más tarde dio por concluido el pormenorizado relato de cómo había sido capturado por una familia de tuaregs en un perdido pozo del desierto, y de cómo le habían dejado en libertad a condición de que fuera a poner sobreaviso a los organizadores de la prueba,
su interlocutor dejó escapar un largo silbido de admiración:
—¡La madre que me parió! —exclamó—. ¡Eso es una auténtica bomba!
—Que nos puede estallar en las manos…
—No, si la manejamos con cuidado, porque tú quedarás al margen y a mí no me preocupan las represalias que puedan tomar, puesto que ya había decidido que éste sería mi último rally africano. Demasiado polvo y demasiado jaleo para mi gusto… ¿Tienes una idea de quién es Marc Milosevic?
El otro negó con un gesto.
—Me han prohibido que me acerque a él, y por lo que he podido advertir lo vigilaban de cerca, aunque creo que no le han dicho nada para evitar que se largue. Al parecer prefieren tenerle controlado.
—¿Supones que tienen intención de hacer un intercambio? —se sorprendió el periodista.
—No, pero imagino que les conviene tener a mano a alguien a quien echar las culpas de lo que pueda ocurrir en caso de que esos tuaregs decidan cargarse a los rehenes.
—¿Realmente crees que los matarán?
—Parecían hablar en serio, y con gente tan fanática de su religión, sus leyes y sus costumbres nunca se sabe…
—Lo que no entiendo es qué tiene esto que ver con la interrupción de la prueba… —puntualizó Hans Scholt mordiéndose pensativo el labio inferior—. ¿Existe alguna relación?
—¿Y a mí qué me preguntas? —se lamentó su interlocutor—.
Tan sólo soy un mecánico que aprendió a correr, y hasta ahora no había visto a los beduinos más que de refilón, cuando pasaba junto a sus campamentos a cien por hora…
—Agitó la cabeza de un lado a otro como si con ello quisiera dejar bien claro que nada de aquello tenía que ver con él—.
Termino el día agotado, reviso la moto, ceno poco y mal, duermo inquieto, me levanto con el alba, y vuelve a trepar a la máquina confiando en no romperme la crisma.
Si llego a El Cairo entre los cinco primeros, me pagarán por seguir corriendo, pero en caso contrario tendré que volver a currar al taller.
—Lanzó un bufido—. El resto me tiene sin cuidado y lo único que te suplico es que no me compliques en todo esto.
—No te complicaré. Tienes mi palabra.
Hans Scholt aún rumiaba la mejor forma de abordar al jefe de relaciones públicas de la organización con el fin de sonsacarle alguna información adicional sin necesidad de mencionar su charla con Gunther Meyer,
cuando por todo el campamento se corrió la voz de que se había encontrado una solución al grave problema que significaba la amenaza terrorista:
—¡Parte del viaje se hará en avión!
Más de uno no pudo evitar su desconcierto y casi su estupefacción:
—¿En avión?
—¡Exactamente!
—¿Realmente existe la posibilidad de transportar ciento cuarenta motos, ciento treinta coches, sesenta camiones, ocho helicópteros y mil cuatrocientas personas en avión…?
—Eso han dicho.
—¿Y hasta dónde?
—Hasta la frontera con Libia, donde al parecer no alcanza ya el poder de los grupos terroristas.
—¡Están locos!
—Siempre lo han estado.
—¿Y cuánto va a costar?
—Menos de la mitad de lo que reportará en publicidad extra en todos los medios de comunicación del mundo una operación aérea de tan tremendas características.
En un principio la respuesta dejó un tanto desconcertado a Hans Scholt, pero en el momento de escribir su crónica advirtió que resultaba doblemente larga que las transmitidas cualquiera de los días anteriores, así como muchísimo más interesante desde el punto de vista periodístico.