Los ojos del tuareg (Tuareg 2) 8 #4
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—La razón por la que los imohag nos vemos obligados a aceptar que cada vez que les da la gana a unos fantoches tenemos que prestarnos a ver cómo nos invaden, nos atropellan y nos matan, dejando nuestras tierras sembradas de coches incendiados, latas de refrescos vacías,

preservativos usados y toda clase de basura.

—El anciano agitó casi con furia la cabeza al inquirir—: ¿Por qué debemos asistir al espectáculo de su derroche de riqueza en una causa tan absolutamente inútil, si con lo que se gasta en una sola de esas carreras se solucionarían la mayor parte de los problemas de mi pueblo?

¿Por qué tenemos que ver cómo cuentan con un moderno hospital móvil para atender a unos heridos que si han tenido un accidente es porque se lo han buscado, cuando los tuaregs no contamos ni con un mísero ambulatorio en el que vacunar a los niños?

¿Acaso tienes una respuesta a esas preguntas?

—¡Bueno…! —balbuceó el egipcio un tanto incómodo por el chaparrón que se le había venido encima—. Tan sólo se trata de una simple prueba deportiva, y cuando se organiza se pide siempre permiso a las autoridades de cada país.

—«Permiso a las autoridades de cada país»…

—repitió irónicamente Al-Aidieri—. Sé muy bien lo que eso significa.

Significa sobornar a los funcionarios para que den toda clase de facilidades, a menudo incluso poniendo su ejército a vuestro servicio.

¿Y quién se beneficia de ello? ¿El pueblo?

Nunca he visto a nadie del pueblo beneficiarse por el hecho de que un vehículo cruce como una exhalación por delante de su casa levantando polvo y matándole las cabras, las gallinas, y por desgracia, a veces, incluso a los niños.

El Guepardo alargó la mano, hizo sonar una campanilla de plata que descansaba sobre la bandeja del té, y, cuando su nieta asomó la cabeza, ordenó:

—Busca a Sakib y pídele que cite a los miembros del «Consejo de Ancianos». Que procuren acudir al anochecer, puesto que se trata de tomar una decisión muy importante.

Amed Habaja palideció de forma visible y su voz sonó levemente temblorosa al inquirir:

—¿Qué piensa hacer?

—Ya lo has oído… Consultar al «Consejo de Ancianos».

—¿Sobre…?

—Eso no puedo decírtelo hasta que hayamos tomado una decisión, pero mañana lo sabrás.

El egipcio Amed Habaja abandonó el campamento beduino con la cabeza gacha y la demudada expresión de un perro apaleado, puesto que su larga experiencia como mediador en conflictos entre cristianos y musulmanes y sus largos años de trabajo en la organización de innumerables «eventos deportivos»,

le bastaban para comprender que en este caso particular sus esfuerzos no sólo habían resultado inútiles, sino quizá hasta cierto punto contraproducentes.

Ni siquiera se sintió con fuerzas como para disimular su pesimismo en el momento en que hizo su entrada en el pequeño bimotor que Yves Clos había habilitado como oficina de prensa volante.

—¿Qué diablos te ocurre? —inquirió el francés con una leve sonrisa—. Se diría que te ha cagado encima un elefante.

—Me temo que vamos a tener problemas.

—¡Gran noticia! —rió el otro—. Desde que estoy metido en esto no ha amanecido un solo día en que no tengamos algún problema en apariencia irresoluble.

A veces pienso que este negocio se creó con el fin de enseñar al mundo cómo se puede solucionarlo todo a base de continuas chapuzas que se van superponiendo unas a otras hasta que al fin ya no queda ni rastro del problema original.

—No es cuestión de tomárselo a broma… —masculló el egipcio tomando asiento y sirviéndose un café—. El Guepardo ha convocado al «Consejo de Ancianos», y eso tan sólo suele hacerse cuando se piensan tomar decisiones importantes.

—¿Qué clase de decisiones?

—Mañana lo sabremos.

—Adelántame algo… ¿De qué crees que van a hablar?

—Nunca me ha gustado hacer conjeturas —replicó Amed Habaja sin dejar de observar el fondo de su taza ya vacía—.

No es bueno para los negocios. Corres el peligro de hacerte una idea que luego no se cumple y te encuentras con que no estás preparado para hacer frente a la nueva situación. Es mejor no pensar en ello, y esperar.

—Quizá quieran discutir si nos ayudan a convencer a ese tuareg.

—Decididamente no.

—¿No qué?

—Que no nos van a ayudar en absoluto. Y me temo que más bien se trata de todo lo contrario. Según ellos, ese tal Gacel tiene toda la razón a la hora de pedir lo que pide y hacer lo que hace. Es su ley y por lo visto sus leyes nunca cambian.

—Lo cual, personalmente, me parece muy bien. Yo también estoy de acuerdo con el tuareg en lo que pide, aunque no en cómo lo pide. Secuestrar inocentes no es forma de solucionar las cosas.

—¿Y qué querías que hiciese? ¿Subirse a un camello como su padre y enfrentarse a todo un ejército? Aquí no existen ejércitos contra los que luchar. Solamente existe un gamberro al que no podrá alcanzar nunca porque en cuanto la carrera acabe abandonará el continente y dudo que vuelva.

El rubio de los cabellos lacios fue hasta su mesa tomó una hoja de papel y se la tendió a su interlocutor al tiempo que señalaba:

—Por desgracia no se trata de un simple gamberro.

Como sabes tengo amigos en todas partes y hace un par de horas me ha llegado esta información.

Ese hijo de perra de Milosevic participó mucho más activamente de lo que se dice en la guerra de Bosnia y se sospecha que en Kosovo tomó parte en algunas acciones en las que también estaban involucrados los tristemente famosos «Tigres de Arkan», encargados de la «limpieza étnica» de la región.

Como la mayor parte de esos fascistas balcánicos, odia a los musulmanes.

—¿Y odiando a los musulmanes se embarca en una aventura que atraviesa seis países habitados casi exclusivamente por musulmanes? Sinceramente, no lo entiendo.

—No hay nada que entender. Los fascistas, los integristas y los nacionalistas recalcitrantes no son más que una cuadrilla de enfermos mentales a los que algo les falla en el cerebro.

Resulta evidente que no se puede ser un vándalo extremista si tus neuronas funcionan con una cierta digamos «normalidad».

Partiendo de esa base, lo que haga o deje de hacer un fascista armado, violento, prepotente y que odia a los que llama despectivamente «moros de mierda», es algo que no se puede predecir.

—¿Y por qué tenemos que ser siempre nosotros los que tengamos que apechugar con las consecuencias? ¿Por qué alguna vez no le cargan el muerto a otro aunque tan sólo sea para variar?

—¡Porque para eso nos pagan, querido amigo!

Para eso nos pagan. Y durante los años que llevo en esto también he tenido la suerte de conocer a innumerables muchachos llenos de vitalidad y entusiasmo a los que anima un auténtico espíritu deportivo, creen en la amistad,

y están convencidos de que el hecho de participar en una aventura tan excitante les ayudará a ser mejores, más fuertes y más solidarios.

—También yo los he conocido.

—Es que son muchos… ¡Gracias a Dios son muchos!

Pero también son muchos (y entre ellos me incluyo) los que ya no vemos en esto más que un productivo negocio, y eso que por desgracia no soy accionista de la empresa.

Estamos convirtiendo una buena parte de África en simple banco de pruebas para un sinnúmero de coches, motos, camiones, neumáticos, piezas de recambio, aceites y todo cuanto esté relacionado con el mundo del motor.

Y como suele ocurrir con los bancos de prueba, nadie se acuerda de ellos hasta que vuelve a necesitarlos.

Tú, como abogado, y yo, como relaciones públicas, somos los encargados de adecentar un poco esos bancos de pruebas para que el próximo año vuelvan a dar servicio.

—¿Y no te molesta tener que ocuparte siempre del trabajo sucio?

—Nadie me obliga, y sabes bien que habría bofetadas por quitarme el puesto.

—Hizo un amplio gesto señalando cuanto le rodeaba—.

¿Quién más que yo tiene su despacho en un avión privado?

¿Quién más maneja presupuestos multimillonarios con la libertad con que me dejan hacerlo?

Lo único que importa son los resultados y está claro que esos resultados mejoran de año en año.

—¡Confiemos en que este año no se invierta el signo por culpa de un fascista majadero!

—Fascista y majadero vienen a significar lo mismo, quizá con la única diferencia de que el majadero suele ser inofensivo, y este hijo de perra parece que no lo es.

Ya le he pasado una nota a Fawcett para que no le deje abandonar la prueba e incluso me he permitido insinuar que no resultaría del todo descabellado permitir que volviera a encontrarse cara a cara con nuestro buen amigo Gacel.

—¿Es que te has vuelto loco? ¿Cómo puedes plantear una cosa así?

—¿Acaso no sería una solución perfecta? Los reunimos y que solucionen sus problemas como mejor les plazca…

Anteayer un motorista perdió una pierna en un accidente…

¿Qué tendría de extraño que un automovilista perdiera una mano en otro…

? Dentro de un año no sería más que un número más en las estadísticas: muertos, tantos; parapléjicos, tantos; miembros perdidos, tantos…

—A veces me abruma tu cinismo.

—«Cínico» es el que se atreve a decir sin pensar lo que los otros piensan pero no se atreven a decir…

—En eso tienes razón.

—Ciertos trabajos insensibilizan a quienes los practican —añadió en idéntico tono impersonal el francés— .

Por desgracia he tenido que asistir a muchas autopsias, y siempre me ha horrorizado la naturalidad con que un forense puede fumar mientras manipula en el interior de un chico que horas antes cantaba y reía.

—Agitó la cabeza una y otra vez con gesto de profunda fatiga al añadir—: Llevo demasiado tiempo en este oficio como para conmoverme por nada, y mi única preocupación se centra en que la representación continúe porque ésta es una compleja maquinaria que funciona por inercia,

y estoy convencido de que si en alguna ocasión llega a detenerse, lo más probable es que nunca más vuelva a arrancar…

—Pues procuremos que nadie se dedique a echarle arena en el engranaje, ya que, por aquí, arena es lo que sobra…

Gacel Sayah no sintió miedo, pero sí asombro y una desagradable sensación de vacío en el estómago durante el corto tiempo —que sin embargo a él se le antojó interminable— que duró el viaje desde su campamento hasta las montañas.