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—Porque si lo dijera y os atacaran, lo más probable es que acabarais matando a los rehenes, y lo que pretendo es que las cosas se solucionen, no provocar una masacre.
—Entiendo. Lo que no entiendo es cómo has podido averiguarlo.
—Recuerda que soy piloto de helicóptero y mi misión es estar atento a cuanto ocurra bajo mis pies.
Me he pasado media vida siguiendo pistas y buscando gente perdida en el desierto, la sabana o la selva…
—Señaló con el dedo hacia lo alto—. Desde allí arriba las cosas se ven con mucha claridad si sabes verlas, y yo ayer me di cuenta de que desde este pozo partían varias rodadas de coche que se dirigían al nordeste, y otras que provenían del sudoeste…
Pero también se divisaban con total nitidez las huellas de una caravana de varios camellos y gente de a pie, que el viento aún no ha tenido tiempo de borrar.
Esa caravana tuvo que partir de aquí hace un par de días, y las huellas terminan justamente en la falda de aquella montaña.
—¡Eres más listo de lo que pareces!
—Siempre conviene ser más listo de lo que uno parece.
La gente se pasa la vida pretendiendo parecer más lista de lo que es en realidad, y eso le pierde.
Yo me hago el tonto pero me fijo mucho. Lo suficiente como para descubrir un grupo de camellos en lo más profundo de la garganta, allí donde nadie podría verlos a no ser que viniera como yo, por el aire…
—Abrió las manos en un cómico gesto que pretendía significar que con eso se aclaraba todo—.
¿Conclusión? Tus hermanos y los rehenes se esconden en un radio de menos de tres kilómetros en torno a esos camellos… ¿O no?
—Debería pegarte un tiro aquí mismo.
El otro se echó a reír alegremente al exclamar:
—¿Y romper la sagrada ley de la hospitalidad? Jamás lo harías, puesto que de hacerlo todo este lío no tendría el menor sentido. ¡Confía en mí! —concluyó—. Soy tu amigo y el único que tiene la intención de ayudarte en estos momentos.
—¿Me traerás a ese hijo de puta?
—Sabes que eso no puedo hacerlo. ¡Ni quiero hacerlo! Admito que merece que le cortes una mano, pero me enseñaron que es muy diferente pensar las cosas que hacerlas… Y ahora, si prometes que no me vas a vomitar encima, te llevaré a esas montañas.
—No puedo prometértelo. Nunca me he subido en un aparato que vuele.
—¡No te preocupes! Es como ir en camello, pero con aire acondicionado.
—¡Odio el aire acondicionado!
—Y yo los camellos. ¡Anda, vamos!
Turki Al-Aidieri, conocido popularmente por el sobrenombre de el Guepardo, estaba considerado, con toda justicia, el más sabio y respetado de los amenokal, jefes o patriarcas del noble pueblo del Kel-Talgimus,
y a su campamento solían acudir a pedir consejo la mayor parte de los imohag del territorio.
Tenía fama de prudente y mesurado, sabía escuchar los problemas ajenos, y cuando emitía un veredicto nadie osaba poner en tela de juicio su parecer, puesto que era uno de los pocos tuaregs que había conseguido alcanzar el rango de capitán en el ejército francés y había estudiado en el mismísimo
París.
Fiel guía del general Leclerc durante su heroica expedición a través del desierto hacía ya más de sesenta años, había pasado una larga temporada en Londres, había tomado parte en el desembarco de Normandía,
y había entrado de los primeros el día de la liberación en la capital francesa trepado en un viejo tanque y cantando a pleno pulmón La Marsellesa.
Anciano y enfermo, carecía ya lógicamente de la prestancia que le hizo muy popular entre las mujeres de su tiempo, pero aún conservaba unos ojos acerados y enigmáticos y una voz profunda y autoritaria que continuaba imponiendo respeto.
Sentado ahora sobre una raída alfombra a la que profesaba un muy especial apego puesto que al parecer le había servido para rezar sus oraciones durante todo el transcurso de la guerra, observaba en silencio al egipcio Amed Habaja,
que acababa de hacerle una lenta y pormenorizada exposición del delicado asunto que le había traído a su presencia.
Aguardó a que la menor de sus nietas le sirviera un nuevo vaso de té, bebió a cortos sorbos, y por último inquirió amablemente:
—¿Has concluido?
—He concluido… —admitió el egipcio—. Ésa es la situación, y ése el problema que te suplicamos que contribuyas a resolver.
—¿Y estás absolutamente seguro de que te refieres a la familia de Gacel Sayah?
—Completamente. Por lo que sabemos se trata de su viuda y sus tres hijos.
—Hace años que no tenía noticias de ellos…
—reconoció afirmando muy lentamente con la cabeza el Guepardo—.
Tantos, que incluso llegué a temer que sus incontables enemigos hubieran conseguido aniquilarles, y en verdad que mi alma se alegra al saber que la sangre del más valiente de los guerreros que ha dado nuestro pueblo continúa fluyendo.
—¡Y de qué forma!
—Hubiera sido una pena que la estirpe de los Sayah, y todo lo que ese nombre significa, se hubiera extinguido, aunque a tenor de lo que cuentas parece ser que la vida ha sido bastante dura con ellos.
—Esa impresión me dio.
—Y para colmo de males les han envenado un pozo que constituye su más valiosa posesión.
—Así ha sucedido.
—¿Y has acudido a mí con la intención de que interceda en favor de quien cometió tamaña barbaridad?
—Me han ordenado que lo haga.
—¿Y has obedecido aun a sabiendas de que ésa es una proposición que atenta contra nuestros más sagrados principios y nuestras más viejas costumbres? —inquirió en tono severo el anciano amenokal—. ¿Por qué?
—Es mi deber.
—¿Tanto te pagan?
—No es cuestión de dinero.
—¿Entonces de qué?
—De principios —respondió el otro con aparente sinceridad—.
Formo parte de una organización muy poderosa con fuertes intereses e influencias en la mayor parte de los medios de comunicación del mundo.
¿Crees que me apetece la idea de que todos los periódicos, las radios y las televisiones de los cinco continentes empiecen a proclamar a voz en grito que una pandilla de salvajes tuaregs está dispuesta a asesinar a inocentes por el simple hecho de que no se les permite cortarle la mano a un
supuesto culpable?
—¿Y por qué le preocupa tanto a un egipcio el buen nombre de los tuaregs?
—Porque también son musulmanes, y me consta que judíos y cristianos aprovechan la menor ocasión para tacharnos de fanáticos extremistas.
Me veo obligado a viajar constantemente y sufro casi a diario el odio y el desprecio que sienten la mayor parte de los europeos por cuantos hemos nacido al sur del Mediterráneo.
Nos aborrecen, y son incidentes como éste los que añaden leña a un fuego que jamás se consume.
—¿Y quién ha encendido este fuego en particular…? —quiso saber el anciano sin cambiar en lo más mínimo el tono de su voz—. ¿Quién estaba tranquilamente en su casa, o quién irrumpe como un poseso en un hogar ajeno, le amenaza y le envenena el agua?
—¡Nadie niega de quién es la culpa! —se apresuró a responder el egipcio al tiempo que abría las manos como si con ese gesto quisiera dar a entender que no ocultaba nada—. ¡Ni por lo más remoto! Lo que está en discusión es lo desmesurado del castigo.
—Es lo que marca la ley.
—Una ley obsoleta. Vivimos en otros tiempos y…
El Guepardo le detuvo con un gesto, y luego le indicó que se apoderara del periódico que descansaba sobre un pequeño estante:
—¡Nunca hables de tiempos en un lugar en el que el tiempo carece de importancia!
—exclamó—. Y observa el titular de esa noticia.
Un tribunal italiano acaba de condenar a diez años de cárcel a los cinco bosniocroatas que habían perpetrado la matanza de Ahmici, donde asesinaron a ciento dieciséis civiles musulmanes.
Entraron a saco en sus casas, violaron a las mujeres, degollaron a los niños y les sacaron los ojos a los ancianos, pero dentro de cinco años estarán en libertad condicional…
—El anciano amenokal lanzó un hondo suspiro con el que pretendía expresar la profundidad de su frustración—.
¡Si ésas son las leyes de nuestro tiempo, reniego de ellas!
—Estoy plenamente de acuerdo contigo. ¡Pero de ahí a lo otro…!
—Lo «otro» son leyes y costumbres que han venido funcionando en nuestro entorno desde mucho antes de que existiera Bosnia, Croacia, Yugoslavia e incluso la inmensa mayoría de los países europeos —le hizo notar el Guepardo—.
Y lo han hecho con notable eficacia, puesto que un niño sabe desde que tiene uso de razón cuáles son sus límites, y qué es lo que puede hacer, y qué es lo que no se le puede pasar por la cabeza.
Sin embargo en «estos tiempos» a los que tú te refieres, las leyes son un auténtico galimatías que cada cual interpreta a su antojo, con lo cual llegan a darse injusticias como la de esa horrenda masacre.
Asesinos confesos, traficantes de drogas, políticos corruptos y empresarios que han envenenado a miles de personas con alimentos manipulados, viven en absoluta libertad e incluso se convierte en el espejo en que se mira una juventud que tan sólo piensa en el éxito y en el dinero fácil…
—Turki Al-Aidieri negó con la cabeza una vez más—.
Y a mi modo de ver ésa no es forma de hacer las cosas, y tan sólo conducen a la decadencia y la depravación.
El mío puede que sea un pueblo muy pobre y condenado a la extinción como si se tratara de una de las tantas «especies amenazadas» con las que la civilización acaba a diario, pero de lo que puedes estar seguro es de que el día que desaparezcamos de la faz de estos desiertos,
lo haremos respetándonos a nosotros mismos y a los mandamientos de nuestros antepasados.
—Entiendo con esto que no debo contar para nada con tu ayuda.
—Entiendes bien.
—Pues lo lamento, puesto que como comprenderás la solución de este desagradable incidente se presenta harto complicada.
—Y más que se va a complicar… —puntualizó su interlocutor que de pronto daba la impresión de haberse erguido enderezando la espalda y alzando la cabeza hasta el punto de parecer mucho más alto—.
Esta conversación me ha abierto los ojos a un tema que siempre me rondó por la cabeza, pero que tal vez la edad me impidió encarar en su auténtica dimensión.
—¿Y es?