Los nueve dragones CAPÍTULO 25. LA HIJA DEL INSPECTOR
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CAPÍTULO 25. LA HIJA DEL INSPECTOR

Shen no levantó la voz cuando vio la fotografía. Eso asustó a Lin más que cualquier reacción violenta. Llamó a su exmujer. La hija había salido de la escuela después de un ensayo y nunca llegó a casa. Una mujer había dicho que su padre había sufrido un accidente.

Duan conocía el nombre, horarios y relaciones de Shen gracias a bases de datos que su empresa había construido durante años. La amenaza demostraba para qué servía realmente el sistema.

—No iremos solos —dijo el jefe provincial.

—Si ve movimiento, la matará.

—Si usted entra solo, quizá los mate a ambos.

Shen miró el libro mayor.

Lin lo llevó aparte.

—No puede pensar como policía y como padre al mismo tiempo.

—Tengo que hacerlo.

—No. Tiene que permitir que otros sean policías durante una hora.

Él la miró con furia contenida.

—Es mi hija.

—Precisamente.

Shen apoyó ambas manos en una mesa y bajó la cabeza.

—Le prometí ir el domingo.

Lin entendió lo que no decía. Cada incumplimiento antiguo se había concentrado en aquella noche.

—Va a ir.

El operativo se diseñó alrededor de las rutas ocultas del Dragón de Agua.

Lin conocía entradas que Duan quizá no hubiera considerado.

Shen llevaría una copia del libro; el original quedaría asegurado.

Equipos tácticos entrarían desde dos niveles inferiores cuando Lin confirmara la posición de la rehén mediante sensores térmicos.

A las once y treinta y siete, Shen entró solo por la boca del dragón.

El agua le llegaba a los tobillos. Las luces estaban apagadas. Duan había colocado pequeñas lámparas rojas a intervalos, como si quisiera convertir el encuentro en una ceremonia.

—Qué pretenciosa —murmuró Shen.

La voz de Duan llegó por un altavoz.

—Deje el libro en el suelo.

—Primero mi hija.

—El libro.

Shen lo dejó sobre una plataforma.

Una puerta se abrió al fondo. Su hija apareció con las manos atadas, acompañada por un hombre armado.

—Papá.

Shen sintió que el corazón le golpeaba con una violencia que no había sentido frente a Ma.

—Estoy aquí.

Duan salió detrás. Vestía ropa oscura, sin dramatismo. Parecía una ejecutiva que hubiese llegado a una reunión demasiado tarde.

—Esto no era necesario —dijo Shen.

—Lo era desde que usted decidió convertir un problema archivado en un espectáculo público.

—Usted intentó matar a Jian.

—Jian llevaba años robándome.

—No puede robarse un archivo de crímenes.

—Todo puede poseerse si alguien está dispuesto a protegerlo.

Duan hizo una señal. El hombre recogió el libro.

En la distancia, Lin observaba una pantalla térmica. Dos figuras junto a la plataforma, una tercera más atrás. No veía a la hija con claridad porque el agua fría distorsionaba contrastes.

Esperó.

Duan acercó una pistola al cuello de la joven.

—Ahora vamos a salir.

Shen levantó las manos.

—Ella se queda.

—No está negociando.

Lin dio la orden.

Las luces se apagaron.

La hija de Shen se llamaba Shen An. Tenía dieciséis años, estudiaba música y estaba más enfadada que asustada, según el único mensaje que consiguió enviar antes de que le quitaran el teléfono: «Una mujer dice que estás herido.

No le creo». La frase llegó tarde al servidor familiar, cuando ya la habían secuestrado.

Shen la leyó una y otra vez. Su hija había aprendido a desconfiar de noticias sobre él porque demasiadas veces su trabajo había interrumpido la vida doméstica.

Ahora esa desconfianza quizá la mantuviera alerta.

Lin coordinó con la exmujer de Shen detalles que podían servir para calmar a An si había contacto: alergias, medicación, hábitos.

La conversación fue extrañamente civil. La exmujer preguntó si Lin era “la arquitecta”.

Lin respondió que sí. «Entonces haga que vuelva», dijo la mujer.

No especificó si hablaba de An o de Shen. Lin decidió que de ambos.

Antes de entrar en Agua, Shen grabó un mensaje para su hija por si algo salía mal.

No dijo que la amaba porque eso ya lo sabía.

Dijo que lamentaba cada vez que la había hecho sentir segunda después del trabajo y que, si salían de aquello, no intentaría compensarlo con regalos ni promesas enormes.

Empezaría por aparecer. Luego borró el mensaje. Prefería decírselo vivo.

El operativo para recuperar a An incluyó psicólogos de negociación, equipos tácticos y técnicos de comunicaciones.

Shen quiso participar en cada reunión hasta que su superior lo apartó de una decisión sobre rutas de entrada.

«Ahora mismo eres información para nosotros, no mando», le dijo.

Shen odiaba esa posición y, precisamente por eso, entendió que era correcta.

Lin aportó planos y recordó una compuerta del sistema hidráulico que permitía cortar luz en un sector sin dejar completamente ciega la salida. Esa sería la base del rescate. Su conocimiento del parque, nacido mucho antes de los crímenes, se convirtió en elemento decisivo.

Antes de entrar, Shen habló por teléfono con su exmujer. No se pidieron perdón por el matrimonio. No era el momento. Ella solo dijo: «Tráela». Shen respondió: «Sí». Esa palabra fue más pesada que cualquier juramento.

An había dejado una pulsera dentro del vehículo de los secuestradores y otra pieza de joyería en el pasillo de Agua.

Recordaba consejos de seguridad que su padre le había dado de niña.

La policía utilizó esos rastros para confirmar la ruta.

Shen sintió orgullo y culpa al mismo tiempo: la había preparado para peligros que su propio trabajo acababa de atraer.

Durante el operativo, Lin permaneció en un puesto técnico. Oía la respiración de Shen por radio y comprendió que él estaba haciendo algo que Jian nunca hizo: permitir que otros compartieran el riesgo. No era menos valiente. Era menos solitario.

Cuando Shen dejó el libro falso en la plataforma, Duan tardó en abrirlo. Sospechaba una copia. Su desconfianza absoluta era también debilidad: necesitaba controlar cada detalle y eso retrasó la salida, dando al equipo tiempo para posicionarse.

La fotografía de An había sido tomada en un aula vacía.

En una esquina se veía parte de un cartel escolar.

Un técnico amplió el reflejo de una ventana y obtuvo dos caracteres de un anuncio exterior.

Bastaron para reducir la zona de búsqueda a tres edificios.

Pero el vehículo ya se había movido. Duan enviaba pruebas caducadas con precisión calculada: suficientes para demostrar control, inútiles para localizarla.

Shen escuchó la grabación de su hija tres veces.

La primera como padre, la segunda como policía, la tercera obligándose a oír lo que An quería que oyera.

Había una vibración de fondo cada cuarenta segundos y un goteo irregular.

Lin reconoció el sonido de las bombas antiguas del Dragón de Agua. No era certeza, pero era dirección.

Antes del operativo, Shen llamó a su exmujer.

No prometió traer a An de vuelta. Dijo que haría todo lo que pudiera y que el equipo era bueno.

Su ex guardó silencio y luego le pidió que no convirtiera la culpa en heroísmo.

La frase lo acompañó hasta el parque. Por eso, cuando el jefe táctico le dijo que no entraría primero, Shen discutió treinta segundos y después obedeció.