Los nueve dragones CAPÍTULO 17. LA LLUVIA DENTRO DEL DRAGÓN
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CAPÍTULO 17. LA LLUVIA DENTRO DEL DRAGÓN

Ma disparó antes de que Lin alcanzara la válvula. La bala golpeó una barandilla. Shen respondió y obligó al hombre a cubrirse. Lin se arrojó detrás de un pilar. El humo descendía cada vez más. Las llamas lamían paneles decorativos fabricados con materiales que nunca debieron arder tan deprisa.

—¡La tubería! —gritó Lin.

Shen entendió. Disparó hacia el techo, no para alcanzar a Ma sino para obligarlo a mantenerse agachado. Lin corrió hasta la válvula y tiró de ella. No se movió. Golpeó con una barra metálica encontrada en el suelo. Una vez. Dos. A la tercera, la rueda giró.

Durante varios segundos no ocurrió nada.

Después una tubería reventó.

Miles de litros de agua acumulada en un depósito superior descendieron por el sistema. Rociadores antiguos se abrieron, otros explotaron. Una lluvia sucia inundó la sala. El fuego perdió fuerza. El humo se volvió vapor.

Ma salió de su cobertura y corrió hacia una escalera. Shen lo siguió. El hombre disparó dos veces. Una bala rozó el brazo del inspector. No se detuvo.

La persecución ascendió por el interior del Dragón de Fuego hasta una pasarela próxima a la cabeza. Afuera, la tormenta golpeaba el valle. Ma salió por una abertura de mantenimiento y avanzó sobre una plataforma exterior resbaladiza.

Shen lo alcanzó junto a uno de los cuernos de hormigón.

—Se acabó.

Ma miró hacia el vacío.

—Nunca se acaba. ¿Cree que el archivo contiene monstruos? Contiene hombres normales. Funcionarios, empresarios, policías, coleccionistas. Gente que compra una cosa, acepta un favor, guarda silencio. Así se construye un país real, inspector. No con leyes. Con deudas.

—Esa es la mentira que se cuentan para creer que todos son como ustedes.

Ma levantó el detonador.

Shen disparó.

La bala atravesó la mano. El mando cayó sobre la plataforma y resbaló hacia el borde. Ma se lanzó tras él. Lo atrapó con la mano herida, pero perdió el equilibrio.

Shen alcanzó su muñeca.

Durante un segundo sostuvo al hombre sobre el vacío.

Ma lo miró sorprendido.

—¿Por qué?

—Porque necesito que hable.

Con ayuda de dos agentes, lo subieron.

Lin apareció empapada, cubierta de hollín. Miró a Ma esposado y después a Shen.

—Está sangrando.

—Es un rasguño.

—Todos los hombres dicen eso justo antes de necesitar puntos.

La amenaza de las cargas seguía activa, pero Ma había perdido el detonador y los artificieros comenzaron a neutralizarlas. La transferencia de Jian había alcanzado un setenta y ocho por ciento antes de que lograran bloquearla. Suficiente para que parte de los documentos ya estuviera fuera.

Shen y Lin regresaron al centro. El agua de los sistemas de Fuego había penetrado por conductos y empezaba a gotear desde el techo del archivo.

Lin extendió una mano y dejó que una gota le cayera en la palma.

—El agua recuerda lo que el oro compra —dijo.

—¿Ahora cree en las frases de Ma?

—No. Creo que alguien diseñó este lugar para que todos acabáramos hablando como un folleto mitológico.

Shen sonrió.

Ella lo besó sin importarle los agentes alrededor.

Fue un beso breve, sucio de humo y lluvia.

—Eso también ha sido una mala idea —dijo Shen.

—Sí.

—¿Va a repetirla?

—Probablemente.

La captura de Ma no terminó con el peligro.

Los artificieros localizaron cargas en varios puntos y tuvieron que trabajar durante horas.

Los bomberos drenaron agua de las salas.

Parte del Dragón de Fuego quedó dañada. Lin caminó con los ingenieros evaluando grietas aun con hollín en el cabello y una manta sobre los hombros.

Shen la obligó finalmente a sentarse para que un médico comprobara que no había inhalado demasiado humo.

Ella protestó. «Es fascinante», dijo él.

«Puede enfrentarse a un hombre armado pero le asusta un pulsioxímetro».

Ma fue trasladado bajo fuerte custodia. Durante el trayecto pidió que no permitieran a Duan acceder al archivo. Nadie le había mencionado a Duan. Shen registró la frase. Cuando preguntó por ella, Ma cerró los ojos. «Yo inventé el archivo», dijo. «Ella inventó el mercado».

La transferencia de Jian había enviado fragmentos a varios destinos.

Una redacción recibió documentos sobre compradores de antigüedades; una unidad anticorrupción, registros de funcionarios; un servidor cifrado, material todavía sin destinatario conocido.

Luo se enfureció porque Jian había utilizado una cuenta asociada a él.

Shen respondió que ser utilizado sin consentimiento quizá le enseñara algo sobre sus fuentes. Luo no apreció el comentario.

El beso dentro del archivo fue seguido por una discusión en el aparcamiento.

Lin dijo que no quería que el caso se convirtiera en el origen romántico que contarían dentro de diez años.

Shen preguntó si estaba planificando diez años.

Ella lo acusó de oportunista. Acabaron riendo, agotados.

Por primera vez hablaron de verse cuando todo terminara.

Ninguno sabía qué significaba “terminar”.

Tras capturar a Ma, Shen tuvo que elegir entre interrogarlo de inmediato o ir al hospital por la herida del brazo.

Lin decidió por él y pidió a otro inspector comenzar las diligencias.

«Si se desangra por orgullo, voy a declarar que fue suicidio administrativo». Shen obedeció. Le pusieron seis puntos.

Ma pidió hablar con Qiao. La solicitud fue denegada.

Después pidió hablar con Duan. Eso confirmó que la consideraba parte esencial.

Finalmente pidió papel y escribió nueve nombres nuevos.

Ninguno pertenecía a los desaparecidos originales.

Eran directivos y funcionarios en activo.

Ma aún intentaba comprar valor procesal.

En el aparcamiento del hospital, Shen y Lin acordaron que lo ocurrido entre ellos no desaparecería cuando el caso acabara.

Tampoco lo convertirían en prioridad sobre la investigación.

Era una promesa modesta y por eso creíble.

Lin dijo que odiaba las promesas modestas.

Shen respondió que eran las únicas que sabía intentar cumplir.

La imagen de Shen sujetando a Ma sobre el vacío circuló después entre agentes, pero nunca se publicó. Lin le preguntó si de verdad había considerado soltarlo. Shen respondió que no. «Me decepciona un poco», dijo ella. «Por eso usted no lleva placa».

El detonador herido permitió a artificieros recuperar registros.

Ma había probado el sistema dos semanas antes.

Las cargas estaban diseñadas para colapsar galerías, no destruir dragones completos.

Quería sepultar el archivo central. Su amenaza de “nueve cargas, una por dragón” era otra exageración para controlar la escena.

Esa diferencia importó a Shen. Ma necesitaba parecer más poderoso de lo que era. Duan, en cambio, parecía preferir que nadie supiera cuánto poder tenía. Dos estilos criminales que se habían complementado hasta volverse enemigos.

La lluvia penetraba por una fisura del lomo del dragón y descendía por la escalera como un hilo continuo.

Shen, Lin y dos técnicos avanzaron hasta una sala inundada hasta los tobillos.

Allí encontraron cajas de plástico flotando, la mayoría vacías.

Una contenía fotografías domésticas. Cumpleaños, bodas, niños frente a escuelas.

No eran recuerdos de Ma. Eran expedientes de presión: familias de funcionarios, socios y trabajadores fotografiadas sin saberlo.

Lin sostuvo una imagen donde aparecía ella a los veintiséis años saliendo de un estudio de arquitectura en Hangzhou.

Otra mostraba a su madre comprando verduras.

Una tercera, a Jian desde lejos, ya después de su supuesta desaparición.

Shen pidió que fotografiaran todo antes de moverlo.

Lin no pudo apartar la mirada de la imagen de su hermano: la fecha demostraba que Shuqin había recibido, o podía haber recibido, prueba de que seguía vivo.

Esa noche discutieron. Lin acusó a su madre muerta de haber elegido el secreto antes que a ella.

Shen no intentó defenderla. Dijo que quizá Shuqin creyó que saberlo la pondría en peligro.

'Eso también es elegir por mí', respondió Lin.

Shen pensó en su propia hija, en todas las veces que había ocultado riesgos para protegerla.

La frase le dolió porque no podía descartarla.

Llamó a An antes de dormir y, por primera vez, le contó dónde estaba y por qué el caso era peligroso.