Los nueve dragones CAPÍTULO 16. FUEGO
55%

CAPÍTULO 16. FUEGO

El destino de la transferencia era imposible de determinar en tiempo real. Shen ordenó cortar la conexión. Un técnico desconectó la fibra, pero la barra de progreso siguió avanzando. Había una antena de respaldo oculta en la montaña.

Entonces sonaron disparos en la galería lateral.

Shen corrió con dos agentes. La sangre conducía hacia una antigua salida de ventilación que ascendía en dirección al Dragón de Fuego. Encontraron a Jian detrás de una compuerta, herido en el abdomen, intentando cargar otro cargador en una pistola.

Lin llegó segundos después pese a las órdenes de quedarse atrás.

Durante un instante ninguno habló.

Jian era reconocible y extraño a la vez. Más delgado, cabello gris en las sienes, rostro endurecido por años que Lin no había compartido. Ella se arrodilló junto a él.

—Hola, pequeña —dijo Jian.

Lin le dio una bofetada.

Después lo abrazó.

Jian soltó una risa que terminó en gemido.

—Me lo merecía.

Shen pidió un equipo médico, pero Jian señaló la galería.

—Ma va hacia Fuego. Tiene un detonador real. Preparó cargas en las cámaras antiguas.

—¿Por qué?

—Si no puede controlar el archivo, lo destruirá.

—La transferencia.

—La inicié yo.

Shen lo miró.

—¿A dónde?

—A varias redacciones y a una unidad anticorrupción. Pensé que ustedes quizá llegaran tarde.

—Eso puede comprometer investigaciones y exponer víctimas.

—Lo sé.

—Entonces no ha cambiado tanto.

Jian sostuvo su mirada.

—No vine a que me absolviera.

Los sanitarios llegaron. Lin se negó a apartarse hasta que Jian agarró su mano.

—Ve con él.

—¿Con Shen?

—Con el inspector que te mira como si quisiera arrestarte y besarte al mismo tiempo.

A pesar de todo, Lin casi sonrió.

—Cállate.

—Quince años sin verte y eso es lo primero que me dices.

Lo trasladaron. Shen y Lin siguieron hacia Fuego.

El interior del dragón estaba iluminado por destellos naranjas.

Ma había encendido antiguas instalaciones de emergencia y provocado varios incendios pequeños para bloquear accesos.

El humo convertía las salas en un laberinto.

Encontraron cables nuevos que conducían a cargas colocadas junto a soportes estructurales.

—Si las activa —dijo Lin—, podría hundir parte de la ladera.

Ma apareció al otro extremo de una sala, pistola en mano.

Tenía sesenta y tantos años, cuerpo delgado, rostro común. Shen había esperado algo más teatral. Los hombres que construyen sistemas de chantaje suelen parecer hombres a quienes nadie recordaría en un ascensor.

—Inspector —dijo Ma—. Ha tardado.

—Suelte el arma.

—¿Y dejar que Qiao se convierta en anciano arrepentido? ¿Que Gao diga que obedecía órdenes? Todos comieron de la misma mesa.

—Incluido usted.

Ma sonrió.

—Yo puse la mesa.

Lin avanzó medio paso.

—¿Mató a mi hermano?

—Su hermano está vivo. Eso debería agradecerlo.

—Chen Peipei.

La sonrisa desapareció.

—Fue un accidente.

En novela negra, pensó Shen, “accidente” casi siempre era el nombre que los culpables daban a la violencia cuando ya no podían negar el cadáver.

Ma levantó un pequeño mando.

—Hay nueve cargas. Una por dragón.

—No va a detonarlas —dijo Shen.

—¿Por qué no?

—Porque necesita salir.

—No necesito salir. Necesito que nadie más posea lo que es mío.

Detrás de Ma, una pared comenzó a arder.

Lin vio algo que Shen no: una tubería principal del antiguo sistema contra incendios.

Y empezó a moverse hacia una válvula.

El reencuentro entre Lin y Jian continuó en el breve trayecto hasta la camilla.

Ella le preguntó por qué no había llamado.

Jian respondió que al principio no podía, después no sabía cómo, y finalmente cada año de silencio hacía que el siguiente pareciera más imposible.

«Eso no es una razón», dijo Lin. «No. Es una explicación».

Esa distinción dolió porque era honesta.

Jian confesó haber seguido a Ma desde Xiamen hasta Zhejiang.

Sabía que Duan quería comprar o tomar el archivo y que Ma se preparaba para huir.

Contactó con Luo porque necesitaba un tercero visible.

Después, cuando Luo fue secuestrado, entendió que Duan ya estaba moviendo gente.

La improvisación posterior —rescatar al periodista, colocar el teléfono, atacar a Qiao— había sido su manera de acelerar la investigación.

Shen lo llamó manipulación. Jian aceptó.

En Fuego, Ma intentó explicar su filosofía mientras se movía por pasadizos conocidos.

Aseguró que el sistema de cinco fases demostraba que todo poder circulaba: dinero se convertía en favores, favores en protección, protección en información y de nuevo en dinero.

Lin respondió desde la distancia que no entendía las cinco fases, solo las había convertido en una hoja de cálculo con pretensiones.

Ma pareció más ofendido por eso que por las acusaciones de asesinato.

Antes de seguirlo, Shen vio que Lin temblaba.

No era miedo al fuego, sino al hermano que acababa de recuperar y podía morir otra vez.

«Jian está con médicos», dijo. Ella asintió.

«Y nosotros vamos a hacer esto». No era una pregunta.

Shen comprendió que el trabajo se había convertido también en la única forma que Lin tenía de no quedarse esperando.

Mientras Jian era evacuado, Lin caminó junto a la camilla hasta que las puertas de la ambulancia se cerraron.

Él pidió perdón una vez. Ella respondió que no gastara aire.

Después se quedó mirando el vehículo alejarse.

Shen le preguntó si quería ir con él. Lin negó.

«Si me voy ahora, todo lo que hizo para traer esto hasta aquí habrá servido para que yo vuelva a esperar en un hospital». Eligió continuar.

Los incendios de Fuego habían sido preparados con acelerantes colocados días antes.

Ma no improvisó. Planeaba destruir el archivo si la negociación con Duan fracasaba.

En una bolsa encontraron documentos de viaje y moneda extranjera.

Pretendía huir después, pese a decir a Shen que estaba dispuesto a morir.

La grandilocuencia criminal también mentía.

Ma utilizó durante la persecución rutas que solo aparecían en planos tempranos.

Lin anticipó una salida y permitió a la policía cerrarla.

El conocimiento que durante años le había parecido contaminado por el parque se convirtió en herramienta.

Por primera vez dejó de sentirse únicamente vinculada a Jiulongshan por pérdida.

Jian explicó a los sanitarios dónde creía que Ma había colocado cargas. Incluso herido seguía intentando dirigir. Lin le dijo que dejara de comportarse como si solo él pudiera entender el problema. Jian la miró y respondió: «Te pareces demasiado a mamá». Lin dijo que era la peor disculpa posible.

En el recorrido hacia Fuego, Shen recibió confirmación de que la sangre desconocida del almacén pertenecía a un antiguo empleado de seguridad vinculado a Yunhe.

La intervención que liberó a Luo había provocado un enfrentamiento entre dos grupos.

Jian pudo ser quien disparó y rescató al periodista.

Eso explicaba por qué tenía el teléfono.

Ma, acorralado, intentó presentar su archivo como equilibrio de poder.

Según él, todos los socios sabían cosas de todos y por eso nadie podía dominar.

Shen respondió que eso no era equilibrio, sino miedo distribuido.

Duan había roto el sistema porque entendió que podía concentrar y monetizar ese miedo.

El tiroteo en la galería lateral duró menos de un minuto.

Después, a Shen le pareció que había ocupado toda la noche.

Un agente cayó herido en el hombro. El atacante retrocedió hacia una escalera de mantenimiento y arrojó una botella incendiaria contra un archivador.

Lin, desde la sala central, cerró una compuerta cortafuegos manual que nadie sabía que seguía operativa.

El humo quedó atrapado en un sector y el equipo pudo recuperar dos cajas antes de evacuar.

Jian apareció entre el humo con una herida superficial en el costado y un arma que dejó en el suelo antes de que se lo ordenaran.

Lin lo vio y durante un segundo desaparecieron quince años.

Después vio la pistola, la sangre y dos policías apuntándole, y los años regresaron todos a la vez.

Jian quiso explicar. Ella le dio una bofetada.

Nadie intervino. 'Eso es por estar vivo', dijo.

Luego señaló el arma. 'Lo demás lo hablarás con ellos'.

Más tarde, en la ambulancia, Jian reconoció haber seguido a los hombres de Duan y haber disparado para sacar a Luo de un almacén.

No sabía si había herido a alguien. Shen le informó de que esa incertidumbre no lo protegía.

Jian asintió. La facilidad con que aceptó posibles cargos inquietó a Lin más que una excusa.

Era el comportamiento de alguien que llevaba años imaginando su regreso únicamente como una entrega de pruebas, no como una vuelta a la vida.