Los nueve dragones CAPÍTULO 7. EL PERIODISTA
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CAPÍTULO 7. EL PERIODISTA

Luo apareció en una clínica privada de Ningbo con dos costillas fracturadas, una herida suturada en la cabeza y una historia según la cual se había caído de una escalera.

La historia duró hasta que Shen mostró su fotografía entrando en el almacén de Yiwu.

Entonces el periodista pidió que Lin saliera de la habitación.

—No —dijo Shen.

—Ella no sabe quién era su madre.

Lin se quedó inmóvil.

Luo cerró los ojos.

—Eso ha sonado peor de lo que quería.

—Empiece de nuevo —ordenó Shen.

Luo contó que meses atrás había recibido un paquete anónimo con documentos sobre Haijin Cultural Logistics.

Investigando la empresa descubrió envíos de supuestas réplicas desde talleres vinculados a producciones cinematográficas.

Algunas fotografías coincidían con objetos denunciados como robados de excavaciones clandestinas en Anhui, Jiangxi y Zhejiang.

La red no se limitaba a Jiulongshan, pero el parque había servido durante años como punto de tránsito y almacenamiento.

Sus interiores inacabados, las obras continuas y el acceso restringido permitían mover cajas sin levantar sospechas.

—¿Y los nueve desaparecidos?

—Personas que vieron cosas, participaron o intentaron marcharse. No todos eran inocentes.

Luo explicó que Xu Ancheng controlaba cuadrillas nocturnas.

Ma Rong había alterado planos para crear cámaras no registradas.

Peng Zhi certificaba copias como auténticas y auténticas como copias.

Chen Peipei traducía documentación para compradores extranjeros.

Lin Jian conducía. Wu Dehai vigilaba. Los otros tres eran más difíciles de situar.

—¿Mi madre? —preguntó Lin.

Luo la miró con cansancio.

—Llevaba las cuentas.

Lin pareció encogerse sin moverse.

—No.

—No sé cuánto sabía. Puede que creyera que eran irregularidades fiscales. Puede que descubriera después lo que pasaba. Los pagos a su cuenta no eran sobornos. Eran pagos por un fondo de seguridad.

—¿Qué significa eso?

—Una caja para las familias. Si alguien desaparecía, su familia recibía dinero para no preguntar demasiado.

Shen sintió frío pese al calor de la habitación.

—¿Quién la administraba?

—Su madre, durante un tiempo.

Lin se apartó de la cama. Shen vio que estaba conteniendo algo más complejo que lágrimas: rabia, vergüenza, alivio porque su madre quizá no fuera una criminal completa y horror porque tampoco era inocente.

—¿Quién lo secuestró? —preguntó Shen.

Luo negó saberlo. Había seguido una pista hasta el almacén.

Dos hombres lo golpearon y lo obligaron a grabar un vídeo leyendo una declaración.

Antes de terminar, alguien llegó y disparó.

Los hombres huyeron. El recién llegado liberó a Luo, lo llevó en coche hasta Ningbo y lo dejó cerca de la clínica.

—¿Quién?

—No lo vi bien. Llevaba mascarilla y gorra. Pero era una mujer.

—¿Dijo algo?

Luo asintió.

—Me dijo que el noveno dragón todavía estaba dormido.

Shen recordó los nueve códigos de la tarjeta. Preguntó por el móvil hallado con Xu.

Luo explicó que se lo habían quitado en el almacén. Eso significaba que quien había colocado el teléfono junto al cadáver estaba conectado con su secuestro o había intervenido después.

Antes de marcharse, Luo pidió hablar con Lin a solas. Shen se negó al principio, pero ella insistió. Esperó fuera. Diez minutos después, Lin salió con los ojos secos y el rostro cerrado.

—¿Qué le ha dicho?

—Que mi madre dejó una carta para mí.

—¿Dónde?

—En el Dragón de Tierra.

Shen sostuvo su mirada.

—No vamos a entrar sin equipo.

—No pensaba hacerlo.

Mentía.

Shen supo que mentía porque él habría dicho exactamente lo mismo.

Luo Qiming resultó ser más difícil como testigo que como desaparecido.

Había publicado investigaciones sobre corrupción inmobiliaria, clínicas ilegales y fraude cultural, y consideraba la prudencia policial una forma elegante de lentitud.

Shen, por su parte, consideraba a Luo un hombre que confundía el interés público con inmunidad personal.

Discutieron durante veinte minutos sobre la entrega de sus archivos.

Lin terminó interviniendo: «Si siguen midiendo quién tiene el ego más grande, vamos a necesitar otra habitación».

El periodista entregó finalmente una copia de su investigación.

Había entrevistado a veintiséis antiguos empleados.

Tres mencionaron entregas nocturnas. Dos hablaron de excavaciones en una zona cerrada antes de que comenzara la cimentación.

Una mujer recordó que Chen Peipei lloró en el baño de una oficina y dijo que “habían vendido a los muertos dos veces”.

Luo creyó al principio que hablaba de tráfico de reliquias funerarias.

Después entendió que podía referirse también a las personas silenciadas.

Luo había recibido la lista de nueve de una fuente que se comunicaba mediante correos temporales.

La fuente conocía detalles del interior del parque y corrigió errores de sus planos.

Nunca pidió dinero. Solo insistía en que Luo no acudiera a la policía local.

Shen preguntó si la fuente podía ser Jian.

Luo respondió que nunca lo supo. Pero una vez recibió una fotografía de una carretera de Xiamen con la frase “todavía no puedo volver”.

Cuando Lin quedó sola con Luo, el periodista le explicó que Shuqin había intentado contactar con él años antes, cuando él trabajaba para un periódico local.

Luo era entonces un reportero joven y no entendió la importancia de la historia.

Shuqin dejó un mensaje y nunca insistió.

«He pensado mucho en eso», dijo. «Podría haberlo investigado cuando ella estaba viva».

Lin respondió que la culpa retrospectiva era una forma de vanidad: suponía que uno habría sabido hacer entonces lo que solo sabía hacer ahora.

Luo aceptó la reprensión. Después le habló de la carta escondida en Tierra.

Luo insistió en conservar una copia de sus notas.

Shen aceptó siempre que entregara originales relevantes y no publicara detalles operativos mientras hubiera riesgo para testigos.

El acuerdo fue incómodo. Luo decía que la policía había protegido la red en el pasado; Shen admitió que Gao parecía demostrarlo.

«Entonces comprenderá que no confíe». «Comprender no significa permitir que destruya una investigación».

Ambos terminaron respetándose un poco más por no fingir confianza.

Entre las notas de Luo había una entrevista con un antiguo monje que había cuidado el pequeño templo cerca de Este.

Recordaba a Shuqin visitando el lugar en 2014 y dejando paquetes detrás de un altar.

También recordaba a Tang. Eso explicaba parte del sistema de copias.

El templo no era escenario sobrenatural; era un lugar que nadie consideraba conectado con la contabilidad.

Luo relató su secuestro con más detalle.

Los hombres del almacén le preguntaban quién le había dado los planos y cuántas copias tenía.

No parecían interesados en los nueve desaparecidos, sino en el archivo.

La mujer que lo liberó sabía exactamente dónde estaba el interruptor y cómo salir por una puerta trasera.

Luo solo vio sus ojos. Pensó que podía tener entre cuarenta y sesenta años.

La descripción era inútil, pero la voz le pareció de alguien educado, sin acento local fuerte.

Lin preguntó si podía ser Tang. Luo no sabía. Shen consideró también a Duan, pero liberar a un periodista no encajaba con alguien que después intentaría matar a Jian. La existencia de varias mujeres relacionadas con el archivo impedía conclusiones fáciles.

Cuando Luo entregó la ubicación de la carta en Tierra, confesó que había prometido a su fuente esperar. El secuestro cambió su opinión. «Alguien quiere que esto salga, pero quiere decidir cómo. Ya no me gusta». Shen respondió que por fin hablaba como investigador. Luo dijo que no lo insultara.

Luo describió a sus secuestradores como profesionales mediocres: sabían vigilar, golpear y mover a una persona, pero no parecían parte de una organización criminal tradicional.

Uno revisaba constantemente instrucciones en el móvil.

Eso sugería contratistas. La mujer que lo liberó, en cambio, conocía el edificio y disparó con precisión.

Luo oyó que uno de los hombres la llamaba “vieja loca” antes de huir.

No era Duan, que probablemente habría delegado el rescate si quisiera hacerlo.

Tang empezó a ganar peso como posibilidad.

El periodista entregó un audio recibido de su fuente.

Una voz masculina distorsionada decía: “Nueve no son muertos. Nueve son posiciones”.

Los técnicos no pudieron recuperar voz original, pero el vocabulario coincidía con Jian en cartas antiguas.

Luo admitió que sospechaba de él desde hacía meses.

No se lo dijo a Lin porque no tenía prueba.

Por una vez, su prudencia pareció a Shen adecuada.

Luo había investigado también a Duan. Descubrió que Yunhe aparecía alrededor de empresas que sufrían crisis reputacionales y después obtenían contratos favorables.

No podía demostrar extorsión, pero veía patrones estadísticos.

Una empresa rival retiró una demanda días después de contratar a Yunhe; un funcionario cambió una decisión tras un informe privado.

Las coincidencias eran demasiado numerosas para ignorarlas y demasiado indirectas para acusar.

Cuando Luo habló con Lin a solas, le confesó que Shuqin dejó un mensaje años antes diciendo “mi hijo no está muerto”.

Él no lo investigó. Lin sintió una oleada de rabia, pero comprendió que Luo era entonces un reportero sin recursos y la llamada parecía una historia familiar.

La culpa retrospectiva no podía convertir cada oportunidad perdida en obligación.

La carta en Tierra era diferente. Luo sabía exactamente dónde estaba porque su fuente le envió un croquis.

Shen pidió verlo. El dibujo no era de Jian, según Lin.

La letra se parecía a la de su madre. Alguien había escaneado un croquis antiguo de Shuqin y lo había reutilizado.

El pasado seguía guiando el presente mediante copias.