CAPÍTULO 6. LO QUE QUEDA DE UNA FAMILIA
La sangre del almacén pertenecía a Luo. No había suficiente para demostrar que hubiera muerto.
Shen prefirió aferrarse a esa posibilidad, aunque conocía bien la aritmética de las desapariciones: cada hora convertía la esperanza en un argumento más débil.
Ordenó revisar cámaras de tráfico, estaciones, hoteles, hospitales y registros de vehículos.
El periodista había llegado a Yiwu en su propio coche y había abandonado el almacén dentro de una furgoneta blanca sin matrícula visible.
Esa noche Shen llevó a Lin a cenar a un local pequeño cerca del hotel.
No era una cita y ambos se comportaron como si decirlo fuera innecesario.
Ella pidió noodles con ternera y él arroz frito, aunque ninguno tenía hambre.
Por primera vez hablaron de algo que no fuera el caso.
Shen contó que se había divorciado hacía seis años, después de convertir cada ausencia laboral en una promesa de que sería la última.
Tenía una hija de dieciséis años que vivía con su madre en Hangzhou y que respondía a sus mensajes con una eficacia casi administrativa. Lin dijo que nunca se había casado.
—¿Por Jian? —preguntó él.
—Por muchas cosas. Jian fue una de ellas. Después de que desapareciera, mi madre convirtió la casa en una sala de espera. Cada llamada podía ser él. Cada desconocido podía traer una noticia. Yo aprendí que querer a alguien era darle al mundo una forma de castigarte.
Shen dejó los palillos.
—Eso suena muy convincente hasta que uno se da cuenta de que también sirve para no vivir.
Lin lo miró con una mezcla de irritación y sorpresa.
—¿Y su divorcio le convierte en experto?
—No. Me convierte en ejemplo.
Ella sonrió por primera vez. Fue breve, pero alteró el rostro entero. Shen comprendió que había empezado a buscar esa expresión sin admitirlo.
A medianoche los llamaron al depósito de evidencias.
En el interior de la ficha número dos, bajo una capa de corrosión, los técnicos habían encontrado una microtarjeta de memoria encapsulada en resina.
Contenía un archivo de texto cifrado y nueve imágenes.
La primera mostraba el Dragón de Metal durante la construcción.
La segunda, el de Madera. En cada fotografía aparecía una marca roja señalando un punto concreto del interior.
Las otras siete correspondían a los dragones restantes.
El archivo de texto se abrió con una contraseña que Lin dedujo a partir de una frase de un folleto original del parque: 九龙归海, los nueve dragones regresan al mar.
No era un libro de cuentas completo. Era un índice.
Nueve códigos. Nueve fechas. Nueve cantidades. Nueve iniciales.
Una de las fechas coincidía con la desaparición de Lin Jian.
Junto a ella figuraban las iniciales LS.
Lin Shuqin.
La madre de Lin.
—No puede ser —dijo ella.
Shen no respondió. La cantidad asociada era de cuatro millones de yuanes, muy superior a todos los pagos posteriores juntos.
Lin se levantó tan deprisa que golpeó la silla.
—Mi madre no tenía ese dinero.
—El código no dice que lo recibiera.
—Dice su nombre.
—Dice dos iniciales.
Ella caminó hasta la ventana. Afuera, los edificios de Dongyang brillaban bajo una lluvia fina.
—Jian me dijo que había visto algo en Agua. Mi madre recibió dinero después. ¿Qué cree que significa?
Shen se acercó, pero no la tocó.
—Creo que alguien quiere que usted llegue exactamente a esa conclusión.
—¿Por qué?
—Porque cada prueba que encontramos está demasiado bien colocada.
Lin volvió la cara.
Por un instante quedaron muy cerca.
El teléfono de Shen sonó antes de que ninguno decidiera qué hacer con aquella cercanía.
Habían encontrado a Luo Qiming.
Estaba vivo.
Y no quería hablar con la policía.
Los extractos de Shuqin obligaron a revisar toda la contabilidad doméstica de la familia Lin.
Yulan se sintió invadida al ver a desconocidos estudiar el precio de medicamentos, alquileres, reparaciones y matrículas universitarias.
Shen intentó mantenerla fuera de esa parte, pero ella se negó.
«Si mi madre hizo algo, quiero verlo completo».
Los pagos de Haijin aparecían cada tres meses y luego se dispersaban: parte cubría gastos médicos, parte iba a cuentas de otras familias.
Shuqin no se enriqueció. Esa constatación no la exculpaba, pero cambiaba la hipótesis.
Una de las transferencias terminaba en la cuenta de la madre de Wu Dehai.
Otra en la viuda de un trabajador muerto oficialmente en un accidente de cantera.
Otra en una mujer cuyo marido jamás figuró como empleado del parque.
Shen comprendió que existía un fondo de compensación clandestino mucho más amplio que los nueve casos.
Algunas familias quizá nunca supieron de dónde venía el dinero. Otras sí y callaron.
Lin encontró en casa de su madre un cuaderno escondido dentro de un libro de recetas.
Contenía nombres y cantidades que coincidían con los extractos.
Junto a varios había una marca en forma de ola.
Shen preguntó qué significaba. Lin recordó que Shuqin dibujaba una ola junto a las facturas pendientes.
“Agua” podía significar movimiento, transferencia, algo que debía pasar de una mano a otra.
La mitología empezaba a contaminar incluso sus recuerdos domésticos.
La cena con Shen ocurrió después de horas de revisar esos papeles.
Lin había esperado una conversación estrictamente profesional y acabó contándole cómo Jian la enseñó a conducir en un aparcamiento vacío, cómo su madre preparaba sopa demasiado salada cuando estaba preocupada y cómo durante años evitó volver a Dongyang.
Shen habló de su hija, de la primera vez que se dio cuenta de que ella ya no le contaba sus problemas porque había aprendido que él podía recibir una llamada y marcharse.
Ninguno intentó consolar al otro. Solo se escucharon.
Esa ausencia de soluciones fue lo que hizo la conversación íntima.
La reconstrucción del fondo clandestino llevó al equipo a visitar familias que no habían pronunciado el nombre Jiulongshan en años.
Una viuda enseñó a Shen un sobre marrón recibido después de la muerte de su marido en una cantera.
Nunca supo quién lo envió. Con ese dinero pagó una operación cardiaca a su hija.
Cuando Shen preguntó si habría denunciado de haber sabido su origen, la mujer respondió que quería decir que sí, pero no estaba segura.
«La gente con dinero siempre cree que comprar silencio significa que quien calla es corrupto», dijo.
«A veces solo significa que tiene hambre».
Lin escuchó testimonios parecidos y empezó a entender el trabajo de su madre de otra manera.
Shuqin no había sido la cajera de un mecanismo simple de sobornos; administraba una frontera moral en la que cada pago podía ser ayuda y coacción al mismo tiempo.
Eso no la exculpaba. Hacía la culpa más difícil de clasificar.
En el cuaderno de recetas aparecieron marcas junto a algunas transferencias: una ola, una llama, un cuadrado.
Lin explicó que su madre usaba símbolos domésticos para recordar pagos, pero jamás había visto aquellos.
Los técnicos compararon fechas con operaciones del archivo y descubrieron que correspondían a Agua, Fuego y Tierra.
Shuqin ya utilizaba el código interno de Ma.
Probablemente copiaba información desde dentro.
Durante la cena, Shen habló también de su exmujer.
No la culpó por el divorcio. Eso llamó la atención de Lin.
Dijo que durante años había creído que proveer económicamente y resolver problemas era equivalente a estar presente.
Cuando su hija era pequeña se perdió un recital por un interrogatorio que otro inspector podría haber hecho.
La investigación no cambió gracias a él.
Su familia sí. «No fue un gran drama», dijo.
«Es peor. Fueron cien cosas pequeñas». Lin entendió esa clase de pérdida.
Al salir del restaurante, la lluvia había parado.
Caminaron sin prisa. Shen le preguntó qué quería hacer si encontraban a Jian vivo.
Lin dijo que primero lo abrazaría y después probablemente lo golpearía.
«Orden razonable». «¿Y si es culpable?».
Shen respondió que ser culpable de algo no borraba la relación.
Solo la hacía más difícil. Esa conversación preparó a Lin mejor que cualquier evidencia para lo que vendría.
La aparición de Luo vivo transformó la oficina durante unas horas, pero Shen no permitió celebraciones.
El periodista era testigo y posible objetivo.
Lo trasladaron a una habitación protegida.
Mientras esperaba autorización para interrogarlo, Shen revisó el historial financiero de Shuqin.
Descubrió que ella había vendido un pequeño apartamento heredado en 2012 y que casi todo el dinero desapareció en transferencias a terceros.
No había enriquecimiento. Había un flujo constante hacia familias, abogados y tratamientos médicos.
Una beneficiaria fue la esposa de un vigilante que había sufrido un accidente de trabajo nunca comunicado.
Otra, la madre de Chen, que recibió dinero anónimo seis meses después de la desaparición de su hija.
Lin se quedó inmóvil al verlo. Su madre había enviado ayuda a la familia de una mujer cuya muerte conocía o sospechaba, pero sin contarles la verdad.
«Eso es monstruoso», dijo primero. Minutos después añadió: «Y quizá era lo único que se atrevía a hacer». Ambas frases podían ser ciertas.
Shen habló con un psicólogo forense sobre la conducta de Shuqin.
El hombre se negó a diagnosticar a una muerta mediante papeles, pero señaló un patrón: personas atrapadas en sistemas coercitivos a veces intentan recuperar agencia mediante actos parciales de reparación sin romper el sistema que temen.
Eso podía explicar los pagos y las copias.
No convertía a Shuqin en heroína. La convertía en alguien que se movía entre miedo y responsabilidad.
Lin encontró una libreta escolar de Jian con números de teléfono de antiguos compañeros.
Uno pertenecía a un mecánico de Xiamen, Fang Rui.
Al contactarlo, Fang admitió que Jian había aparecido en 2014 usando otro nombre y pidiendo reparar una furgoneta.
Estaba herido y llevaba una caja de negativos.
Le pidió guardarla durante dos semanas. Fang la devolvió después.
Recordaba una fotografía de Qiao con un policía y una mujer. Podía ser la imagen de Zhou.
En la cena con Shen, Lin preguntó por qué seguía trabajando en homicidios después del divorcio.
Él respondió que durante un tiempo creyó que el trabajo era lo único que no podía abandonarlo.
Luego descubrió que también el trabajo acababa: casos archivados, superiores trasladados, compañeros jubilados.
«La diferencia es que el trabajo nunca te pregunta por qué llegaste tarde».
Lin dijo que quizá por eso resultaba tan cómodo. Shen aceptó el golpe.
Caminaron de vuelta al hotel. Dongyang estaba húmeda y llena de luces de tiendas cerrando.
Hablaron de ciudades. Lin prefería Shanghái para trabajar y Dongyang para recordar, aunque odiaba recordar.
Shen prefería Hangzhou porque su hija estaba allí.
Esa respuesta simple hizo que Lin lo mirara distinto.
Él estaba intentando reorganizar prioridades incluso antes del secuestro que pondría esa promesa a prueba.